EL ÚLTIMO VIAJE DE CARLOS ARBELOS

Posted 28 Enero 2010 by RB
Categories: Personajes

Roberto Bardini

Foto: Paco Sánchez

“En España, y especialmente en Andalucía –donde vivo– nunca se habla del ‘último’ o la ‘última’. Siempre es la penúltima copa, la penúltima despedida y así sucesivamente… porque el último es un viaje sin regreso”, me dijo Carlos Arbelos en septiembre de 2006.

El 27 de enero, en Sevilla, él partió en su último viaje, del que ya no retornará.

Nacido en 1944, originario del barrio de Belgrano, alumno del Colegio Nacional Roca y estudiante de Arquitectura de 1962 a 1964, Arbelos inició su militancia en el Movimiento Nacionalista Tacuara. Más tarde, se integró al Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara, liderado por Joe Baxter y José Luis Nell, y en agosto de 1963 fue uno de los comandos que participó en el célebre asalto a Policlínico Bancario, considerada la primera acción de guerrilla urbana en Argentina.

Pasó un primer destierro en Uruguay y conoció las celdas de Villa Devoto, Caseros, Rawson y el buque-cárcel Granaderos. A comienzos de la década del 70, se sumó con otros ex militantes del MNRT a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y al Peronismo de Base (PB), vivió la clandestinidad junto con Envar El Kadri y, finalmente, amenazado por la Triple A, en 1974 se exilió en España.

En Madrid administró un restaurant llamado Cafetín de Buenos Aires, vendió alfombras árabes y tapices persas, redactó artículos que firmaban otros.

En 1977 fue detenido junto con Alfredo Roca y Horacio Rossi –viejos camaradas de Tacuara– acusado de participar en París del secuestro de Luchino Revelli-Beaumont, director-gerente de la Fiat en Francia, por el que se pagó un rescate de dos millones de dólares. Sin juicio, estuvo preso en la cárcel de Carabanchel, con pedidos de captura de las policías de Francia, Italia y Suiza.

“Pasé más de la mitad de mi juventud detrás de las rejas”, recordaba.

Después de salir en libertad por falta de pruebas, en 1978 vivió un nuevo exilio en Costa Rica en compañía de Roca, con quien más tarde –de regreso en España– publicó cuatro libros: Argentina, peronismo y democracia (1980), Los muchachos peronistas (1981), Evita: No me llaméis fascista (1982) y Argentina: Proceso a la violencia (1983).

Vivió 30 años en Argentina y 36 en España, donde se transformó en uno de los más reconocidos fotógrafos y críticos del arte flamenco. Deja un libro inédito, El exilio de un muchacho peronista, del que publicamos el siguiente capítulo.

Por un puñado de dólares

“Buenos muchachos”

En el ambiente del exilio argentino en España no todos los compatriotas eran militantes políticos, dirigentes sindicales, artistas o periodistas comprometidos. También llegaron algunos a quienes se podría encuadrar en el “destierro económico”, por decirlo de alguna manera. No eran inversionistas, ni empresarios, ni comerciantes, ni empleados. Eran, simplemente, “buenos muchachos” que también tenían que ganarse la vida. Y lo hacían, como diría el mariscal Karl von Clausewitz, “por otros medios”. Conocí a algunos de ellos a través de Horacio Rossi, mi antiguo amigo.

Rossi, apodado cariñosamente “El Viejo”, era hijo de un obrero de la construcción que el 17 de octubre de 1945 –cuando él tenía nueve o diez años– lo había llevado de la mano a la Plaza de Mayo para ver al entonces coronel Juan Domingo Perón en el balcón de la Casa Rosada. Desde entonces era peronista.

“El Viejo” fue suboficial de la Marina y, cuando estaba destinado en la base naval de Punta Indio, cerca de Bahía Blanca, había tenido una participación decisiva contra los militares gorilas que el 16 de junio de 1955 intentaron derrocar a Perón. Una década después de la gesta popular de aquel 17 de octubre, Horacio militaba en la Resistencia Peronista y colocaba “caños”. En 1962 se vinculó al Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT) y al año siguiente participó del Operativo Rosaura, de expropiación al Policlínico Bancario. Con él compartimos militancia, cárcel y maltratos.

Nos veíamos con cierta frecuencia en Madrid. “El Viejo” estaba muy contento en España porque había descubierto que los familiares de Mary, su mujer, eran ricos hacendados de Galicia, por lo que heredó una buena suma de dinero. Él suponía que si invertía bien esas pesetas no iba a tener que trabajar durante el resto de su vida e iba a poder criar a sus hijos holgadamente; Mary estaba esperando el segundo. Esto, además de ser una garantía para él, era un seguro para mí, porque a cuenta de tanta hermandad, siempre disponía de alguien a quien mangar una peseta si me hacía falta, ya que “El Viejo” era muy generoso con lo mucho o poco que tuviese.

Fue precisamente en el departamento de Horacio Rossi en el barrio de Chamartín donde estuve en una fiesta con algunos de estos “buenos muchachos” de los que hablaba antes. “El Viejo” invitó a unos cuantos amigos al tercer cumpleaños de Horacito, su hijo. El niño había nacido a los cinco meses de gestación y durante las primeras semanas los médicos no sabían con certeza si moriría o quedaría con secuelas. Afortunadamente, no fue ni lo uno ni lo otro, y Horacio y Mary siempre festejaban su llegada al mundo con una gran fiesta. Así que en esa oportunidad tomé algunos tragos y charlé con Víctor “Cacho” Castillo, Vicente “El Tano” Giarratana, Luis Alberto “Tito” Ramos y Héctor Iriarte.

Víctor “Cacho” Castillo era el único que conocía de antes. Había sido jefe de una banda de asaltantes y compartimos durante muchos años el mismo pabellón en la cárcel de Villa Devoto. Él era bastante mayor que todos nosotros –presos muy jóvenes del MNRT y del peronismo– y tenía mucho prestigio dentro de la prisión. Detrás de las rejas, su palabra era ley. Aunque estaba considerado como uno de los líderes de “la pesada”, a fines de la década del sesenta había llegado a la conclusión de que robar con armas era un riesgo innecesario. En su nueva etapa, “Cacho” prefería disfrazarse de policía, detener camiones que transportaban contrabando y llevárselos. Muy educado, peronista de toda la vida y admirador del “Che” Guevara, lo considerábamos “el buen ladrón”. O, por lo menos, un “ladrón bueno”. Él, por su parte, respetaba a los presos políticos jóvenes como nosotros porque decía que arriesgábamos la vida sin pensar en el lucro personal.

Cuando “Cacho” Castillo llegó a España en 1977, tenía 54 años y lo acompañaban su esposa y su hijo de tres años. Antes de la fiesta de cumpleaños en casa de Horacio Rossi, nos habíamos encontrado por casualidad en alguna calle de Madrid. Me contó que estaba ganando mucho dinero con cierto “negocio” de tarjetas de crédito y cheques de viajero, pero trabajaba fuera de España porque “donde se come no se caga”. Comentó que había venido a Europa porque en Argentina la calle se había puesto muy dura: la policía de la dictadura militar, en vez de detener a los “buenos muchachos” y mandarlos a prisión, les exigía parte de sus ganancias; si no, los mataban. Para esa época, “Cacho” le tenía aún más alergia a las armas de fuego.

Yo le conté las razones de mi exilio y las dificultades económicas por las que estaba pasando. “Cacho” me ofreció dinero rápidamente. Cuando me negué a aceptarlo, él impuso su vieja autoridad del pabellón en Villa Devoto y me obligó casi a la fuerza a que le “guardase” un pequeño fajo de dólares. Un tipazo, realmente, respetuoso de códigos que ya no existen en estas épocas de polvo blanco, hierba verde, uniformes azules y gatillo fácil.

Luis Alberto “Tito” Ramos, otro de los recién llegados a España, era amigo íntimo de “Cacho” y trabajaban juntos en Europa. En la fiesta en casa de Rossi me enteré que era muy habilidoso con las llaves y las cerraduras. También me enteré, con sorpresa, que había tenido cierta militancia política en una Unidad Básica de la zona norte del Gran Buenos Aires, ligada al Peronismo de Base. Pienso que, en realidad, Ramos sólo aportaba algún dinero.

Vicente “El Tano” Giarratana, se llamaba en realidad Vincenzo y había nacido en Calabria, Italia, pero se crió en Argentina. Se decidió a vivir en España por las mismas razones que “Cacho” Castillo: bajo la dictadura militar ya no se podía trabajar tranquilo porque había que repartir el botín con los guardianes de la ley y el orden. “El Tano” era muy amigo de Rossi, por quien sentía auténtica veneración. Creo que en algún momento de sus vidas habían estado presos juntos y “El Viejo” lo protegió frente a alguna dificultad que tuvo con otros reclusos.

Héctor Iriarte llegó a España con Vicente Giarratana y por las mismas razones: era imposible trabajar tranquilo en Argentina. La policía pedía tajadas cada vez más grandes y a uno, que se arriesgaba, le quedaba poca ganancia. Iriarte y Giarratana eran los últimos recién llegados a este exilio económico sui generis y, a pedido de Rossi, fui un poco guía de los dos durante los primeros días que pasaron en Madrid.

Después de esa fiesta en casa de “El Viejo” pensé que nunca más en mi vida volvería a ver a estos “buenos muchachos”. Estaba equivocado.

Algún tiempo más tarde, recordé a la fuerza el final de El largo adiós, de Raymond Chandler: “Nunca volví a ver a ninguno de ellos… excepto a los policías. A éstos todavía no se ha inventado la forma de decirles adiós”.

En mi caso, además de los policías, volví a ver a Castillo, Ramos, Giarratana e Iriarte. Y no fue en una fiesta, precisamente.

Reencuentro en Madrid

Un día, a finales de 1976, Horacio Rossi me llamó por teléfono, y me citó en el bar El Comercial, en la glorieta de Bilbao, en Madrid.

– Te voy a dar una buena sorpresa, así que ni faltes ni te demores –me dijo.

Allí estuve y cuando llegó, lo hizo precedido por “El Turco” Jorge Caffatti, otro compañero de militancia en los viejos tiempos y hermano de celdas y castigos.

Del barrio de Caballito, hijo de un sastre de origen sirio y ex alumno del colegio Mariano Acosta, Jorge se había iniciado políticamente en Tacuara, como tantos adolescentes de fines de los cincuenta e inicios de los sesenta. “El Turco” –que tenía dotes de ideólogo y organizador– fue integrante del Comando General Belgrano y más tarde, junto con Amílcar Fidanza, dirigió el Comando 17 de Octubre, en el barrio de Flores.

Después, con Joe Baxter, José Luis Nell, Tommy Rivaric, Alfredo Ossorio, Alfredo Roca y unos cuantos compañeros más creamos el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT), que tenía una orientación decididamente peronista y de vinculación con las luchas de la clase trabajadora.

En el MNRT, “El Turco” ocupó la jefatura sindical. En un artículo publicado en 1967 en el semanario Marcha, de Montevideo, el escritor uruguayo Eduardo Galeano lo describe así: “Jorge Caffatti reúne su comando en el local del Sindicato de Obreros del Tabaco y explica a sus muchachos: ‘No es casual que estemos aquí y no en otra parte. No se encuentra a los revolucionarios en las sacristías’”.

En julio de 1962, “El Turco” viajó a Huerta Grande, en Córdoba, para asistir al plenario nacional de las 62 Organizaciones, opuestas al dirigente metalúrgico Augusto Timoteo Vandor. Ese encuentro produjo un programa de diez puntos que proponía la nacionalización de los bancos y los sectores claves de la economía (siderurgia, electricidad, petróleo y frigoríficos), el control estatal sobre el comercio exterior, el desconocimiento de compromisos financieros firmados a espaldas del pueblo, la expropiación de los grandes terratenientes y el control obrero sobre la producción industrial. En Huerta Grande, “El Turco” también tomo contacto con ex integrantes de Uturuncos, la primera guerrilla rural de Argentina, que a fines de 1959 y comienzos de 1960, había intentado establecerse en Tucumán.

En esos años agitados, lo nuestro era teoría y acción. Con Jorge Caffatti y otros compañeros desarmamos a policías y centinelas del Ejército y de la Fuerza Aérea, vaciamos armerías, nos apropiamos de camiones cargados de municiones. Eran armas para el pueblo, para hacer la revolución, para traer a Perón de regreso a la Argentina. Entonces ya éramos hombres hechos y derechos: teníamos dieciocho, diecinueve o veinte años.

En agosto de 1963, Jorge fue uno de los participantes del asalto al Policlínico Bancario. Él, Alfredo Roca y yo alquilamos después de ese operativo guerrillero una oficina en la avenida Belgrano al 200 e instalamos una pequeña imprenta. Aunque hacíamos trabajos comerciales como pantalla, en realidad imprimíamos volantes y publicaciones del MNR Tacuara y del Movimiento Revolucionario Peronista (MRP). Ya entonces comenzamos a despegarnos de la denominación Tacuara y a firmar algunos volantes como Juventud Revolucionaria Peronista.

Después de ser detenidos en 1964, “El Turco” Caffatti y “El Viejo” Rossi habían recibido la pena más alta: dieciocho años de condena. Jorge se le escapó dos veces a la policía. La primera vez, pidió permiso para orinar y se fugó de los tribunales de Rosario. La segunda, luego de ser capturado nuevamente, lo rescatamos del tren en que lo llevaban detenido a Buenos Aires.

A comienzos de los años setenta, la mayoría de integrantes del MNRT nos unimos a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP). Ahí empezó otra etapa política para todos nosotros… aunque gracias al trabajo sistemático de la prensa del sistema, el nombre de Tacuara sería un fantasma que nos seguiría durante un buen trecho de nuestras vidas.

Un “cañonazo” irresistible

Me alegró ver a Jorge Caffatti en Madrid, pero también me sorprendió. Yo sabía que él no compartía la idea de irse de Argentina. Era de los que creían que la batalla contra la dictadura militar había que darla en el país y junto a los trabajadores peronistas. Estuvimos charlando desde la mañana hasta la noche y, en un momento en que “El Viejo” fue al baño, “El Turco” me dijo:

– Quiero verte a solas porque tengo una propuesta que hacerte. Veámonos mañana a las doce en la cafetería del hotel Meliá.

Un hotel de tanta categoría me pareció un poco demencial para un encuentro entre militantes revolucionarios, pero no dije nada. Sólo postergué 24 horas el encuentro porque al siguiente tenía que entregar un trabajo para la Agencia Centroamericana de Noticias (ACAN-EFE) y para poder hacerlo –debido a esta visita inesperada– iba a tener que trabajar toda la noche.

Cuando nos volvimos a ver, Jorge me hizo una confidencia. Estaba en España para recaudar fondos entre las organizaciones de solidaridad con el Tercer Mundo y así proseguir la lucha en Argentina. En el país –me contó– era prácticamente imposible realizar “operaciones de rescate” de dinero.

– ¿Y yo qué pinto en todo esto? –le pregunté.

– Quiero que hagas un trabajo de investigación –me explicó–. Cuando termines, se te pagarán diez mil dólares. Nos encargaremos de todos los gastos, ya que tendrás que moverte por toda Europa.

Intrigado, quise saber más:

– Decíme de qué se trata…

– Necesitamos conocer todos los datos sobre la estructura internacional de Fiat. Sabemos que además de la fabricación de coches, se dedican a otros negocios, entre ellos, la construcción de vehículos de guerra pesados. También están abriendo líneas de negocio con países del Tercer Mundo y de Europa del Este. Necesito que vos, como periodista, averigües todo lo que puedas sobre estos asuntos. Pensálo. Si te interesa, hacés una primera aproximación de los gastos que este trabajo pueda implicar. Cuanto antes lo termines, más pronto cobrás los diez mil dólares.

Después de despedirnos, una pregunta comenzó a darme vueltas en la cabeza: ¿en qué nueva aventura me estaría metiendo? Ya me imaginaba que esos datos no eran precisamente para una tesis doctoral. Pero me conformé con la versión que me dio “El Turco”: se trataba de organizar una gran denuncia a nivel internacional sobre las manipulaciones de la Fiat y de la llamada Comisión Trilateral, que reunía a las principales multinacionales económicas e industriales de Estados Unidos, Europa y Japón.

Esta organización, surgida en julio de 1973, era un auténtico gobierno mundial a la búsqueda del modelo capitalista más adecuado para obtener mejores beneficios y menos conflictos sociales. Su principal ideólogo era Zbigniew Brzezinski, un polaco nacionalizado estadounidense y graduado en Harvard, quien llegó a ser consejero de Seguridad Nacional del presidente James Carter. También le quedó tiempo para crear la Comisión Trilateral por encargo del banquero David Rockefeller. El propio Brzezinski había definido a este conglomerado como “el mayor conjunto de potencias financieras e intelectuales que el mundo haya conocido jamás”. En ella estaban representadas alrededor del 65 por ciento de las empresas bancarias, comerciales e industriales más poderosas del planeta. Entre sus miembros se contaban los más altos dirigentes de las bancas Lehmann y Rothschild, el Chase Manhattan Bank, las multinacionales Bechtel, Caterpillar, Coca Cola, Cummins, Exxon, Gibbs, Hewlett-Packard, Mitsubishi, Nippon Steel, Saint-Gobain, Shell, Sony, Sumitono, Unilever… Y, por supuesto, la Fiat.

Pensé en la propuesta de Jorge Caffati. Consideré los pro y los contra. Le di vueltas y más vueltas al asunto.

Diez mil dólares…

Me costaba trabajo dormir.

Lo que más me preocupaba era que “El Turco” me había advertido que yo debería tomar estrictas medidas de seguridad. También me recomendó que mantuviese el más absoluto silencio sobre esta investigación. Me pidió, además, que me desvinculara al máximo del ambiente del exilio. Recalcó que los exiliados estaban muy infiltrados por los servicios de inteligencia argentinos, especialmente por los de la Marina. Los Grupos de Tarea de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) operaban clandestinamente en Europa. “Todas las precauciones serán pocas”, insistió.

Vi la posibilidad de un trabajo fuera de lo común. Era una investigación apasionante y por una buena causa. Imaginé viajes por Europa, acceso a mucha información, algo de aventura.

Y también vi los diez mil dólares. Al contado, uno sobre otro.

Una vez leí que el mexicano Álvaro Obregón dijo que “ningún general de la Revolución podía resistir un ‘cañonazo’ de diez mil pesos”. Esa cantidad –en dólares– era un bocado muy apetitoso en 1976 para un exiliado muerto de hambre como yo. Representaba el vellocino de oro, el Dorado prehispánico, las Siete Ciudades de Cíbola.

Decidí aceptar.

Fue el “minuto fatal”, como en aquella viñeta cómica que se publicaba en la revista Rico Tipo en los años cincuenta. Y, además, no resultó nada cómico.

En ningún momento consideré que mi vida daría un vuelco absoluto. No un giro de ciento ochenta grados, como se dice generalmente, sino un triple salto mortal, con los ojos vendados y sin red. No sabía que iba a meterme dentro de una de las bocas de león más feroces, tenebrosas e implacables del mundo. No imaginé que durante veinte años iba a tener que pagar la hipoteca de esos diez mil dólares, uno por uno, sin poder salir de España. Tampoco imaginé que, de remate, quedaría con un estigma de “terrorista” que en Europa no era entonces –como no es ahora, mientras escribo estas líneas– nada bueno.


 

CUANDO UN PINEDO ENTREGÓ LAS ISLAS MALVINAS A UN MARINO INGLÉS DE 23 AÑOS

Posted 22 Enero 2010 by RB
Categories: Historia

Roberto Bardini

Muchos detractores de Federico Pinedo, jefe del bloque de diputados del PRO, sacaron a relucir recientemente la línea genealógica del político. No sólo la que conduce directamente a su madre, sino también la que lleva a su bisabuelo y abuelo, dos conservadores también llamados Federico Pinedo.

El primero fue intendente de Buenos Aires en 1893 y ministro de Justicia e Instrucción Pública en 1906. El segundo, un extraño socialista pro británico, fue ministro de Economía en 1933, 1940 y 1962 bajo tres presidentes de triste recuerdo: Agustín P. Justo, Ramón Castillo y José María Guido. El general Justo y el conservador Castillo son figuras centrales de la llamada “década infame” (1930-1943), una etapa de fraudes electorales, corrupción política y orientaciones económicas del Reino Unido, que se benefició con las exportaciones de carne argentina, la concesión de todo el transporte público y la creación de un Banco Central diseñado en Londres.

No obstante, sus descalificadores olvidaron mencionar a un ancestro cuya trascendencia posiblemente supere a todos los Pinedo hasta ahora conocidos. Se trata del cauteloso lobo de mar que en 1833 entregó las Islas Malvinas a Gran Bretaña sin disparar un tiro.

“Nunca se rendirá a fuerzas superiores”

Fue durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Por orden del Restaurador, el 10 de septiembre de 1832 el Ministerio de Guerra y Marina designa provisoriamente como comandante civil y militar de las Malvinas al mayor de artillería Juan Esteban Mestivier. El oficial tiene dos años de casado con Gertrudis Sánchez, una porteña de 22 años, que está embarazada.

Quince días después, la goleta de guerra Sarandí, a las órdenes del teniente coronel de marina José María Pinedo, de 38 años, parte hacia las islas con Mestivier, su joven esposa y 25 soldados del Regimiento Patricios al mando del teniente primero José Gomila.

Pinedo, hijo y hermano de militares, ha ingresado a la marina en marzo de 1816, a la edad de 20 años, mientras el país luchaba por su independencia. Durante la guerra con Brasil, la goleta Sarandí ha sido una de las naves más heroicas bajo el mando del almirante Guillermo Brown.

Las instrucciones que lleva Pinedo, firmadas por el ministro de Guerra y Marina, Juan Ramón Balcarce, son claras: “El comandante de la goleta Sarandí guardará la mayor circunspección con los buques de guerra extranjeros, no los insultará jamás; mas en el caso de ser atropellado violentamente [...] deberá defenderse de cualquier superioridad de que fuere atacado con el mayor valor, nunca se rendirá a fuerzas superiores sin cubrirse de gloria en su gallarda resistencia […y] no podrá retirarse de las islas Malvinas mientras no le fuera orden competente para efectuarlo”.

Dos meses más tarde, los acontecimientos demostrarán que Pinedo no estaba a la altura de las instrucciones.

Año Nuevo trágico

La expedición arriba a Puerto Soledad el 7 de octubre. Pinedo sale a recorrer en su goleta las costas de las islas y regresa el 30 de diciembre, con la idea de festejar el nuevo año en tierra. El oficial se encuentra con un desastre: un ex esclavo negro que revistaba en el Regimiento Patricios, Manuel Sáenz Valiente, y seis soldados se han amotinado y asesinado al mayor Mestivier, mientras Gertrudis Sánchez daba a luz. Los insubordinados también mataron a un comerciante y a su mujer, robaron caballos y huyeron al campo. El teniente primero Gomila no sólo no intervino sino que obligó a la viuda de Mestivier a convivir con él. Con ayuda de los peones malvineros y la tripulación de un barco francés, Pinedo encarcela a los insurrectos.

Los mortificados colonos de la isla celebran el Año Nuevo quizá con la esperanza de un futuro de paz y prosperidad. Pero el drama recién comienza. El 2 de enero de 1833 llega la fragata de guerra inglesa Clio, al mando del capitán John James Onslow, de apenas 23 años de edad e hijo de un almirante de la Corona. El marino le comunica a Pinedo que tiene orden de ocupar el archipiélago en nombre de Gran Bretaña y le da plazo hasta el día siguiente para arriar la bandera argentina y retirarse.

Pinedo, quien seguramente era un lobo de mar muy prudente, considera que no tiene ninguna posibilidad de enfrentarse a la Clio. Al mañana siguiente ordena a sus hombres que embarquen y ofrece trasladar a Buenos Aires a los pobladores que quieran abandonar Puerto Soledad. La mayoría comienza a preparar su equipaje. Antes de abandonar ese territorio que le resulta tan hostil, el cauto hombre de armas redacta un documento que nombra “comandante político y militar” de las Islas Malvinas al capataz “Juan Simón”. Se trata de Jean Simon, que, además de francés, es analfabeto.

Una bandera “extranjera”

A las nueve de la mañana del 3 de enero de 1833, mientras el decidido Onslow ordena izar la bandera británica en medio de redoble de tambores, el prudente Pinedo observa la ceremonia desde la Sarandí. Antes de mediodía, un oficial inglés llega a la goleta con la enseña azul y blanca doblada, y un mensaje que expresa que las fuerzas de ocupación habían encontrado “esa bandera extranjera en territorio de Su Majestad”. A las cuatro de la tarde del día siguiente, el teniente coronel de la marina de guerra argentina ordena levar anclas y poner rumbo a Buenos Aires a toda velocidad.

En Puerto Soledad quedan apenas 26 personas: 21 hombres, tres mujeres y dos niños. A eso se reduce la población de lo que poco tiempo antes era un laborioso establecimiento ganadero.

El capitán Onslow parte en la fragata Clio el 14 de enero, luego de encomendar la custodia del pabellón inglés a William Dickson, un irlandés encargado del almacén de víveres del poblado. La misión de Dickson es enarbolar la bandera los días domingo y cuando se presenten naves extranjeras, incluidas las argentinas.

Indulgencia militar

Cuando la Sarandí llega a Buenos Aires y Pinedo informa al gobierno, las autoridades ordenan una investigación y se forma un tribunal militar. Al concluir el proceso, la sentencia se cumple el 8 de febrero de 1833. El negro Sáenz Valiente, asesino de Mestivier, es fusilado en la Plaza de Marte (actual Plaza San Martín, en Retiro) después de amputársele la mano derecha. Sus seis cómplices también terminan acribillados contra el paredón. Los siete cadáveres son colgados durante cuatro horas. Otros dos soldados, que habían profanado el cadáver de Mestivier, fueron condenados a recibir cien y doscientos palos tras los muros del cuartel.

El tribunal militar es mucho más benigno con el teniente primero José Gomila, a quien le correspondía el mando de la tropa y tenía atribuciones de vicegobernador de las Malvinas. Lo condena a dos años con media paga en algún fortín de la provincia de Buenos Aires “a su elección”.

El teniente coronel José María Pinedo declara que sus oficiales y toda la tripulación, “exceptuando uno, eran ingleses”, que sus instrucciones “le prohibían hacer fuego a ningún buque de guerra extranjero” y que él era quien “tenía que romper el fuego con una nación en paz y amistad con la República Argentina”.

El tribunal que lo juzga es indulgente. Lo condena a una suspensión de cuatro meses sin goce de sueldo, le prohíbe estar al mando de buques y lo destina al Ejército de tierra. Pero en 1834, ante la falta de oficiales, es reincorporado a la Marina y destinado a tareas de vigilancia en el Río de la Plata. Y en la Armada termina su carrera tranquilamente a pesar de sus reiteradas conductas poco honorables. Siempre logra “zafar” gracias al prestigio de su valeroso hermano Agustín, quien en 1833 encabezó la llamada Revolución de los Restauradores y en 1835 había sido designado ministro de Guerra por Rosas.

Pinedo fallece tranquilamente en Buenos Aires en 1885, a los 90 años. A lo largo del tiempo, los cronistas oficiales irán arreglando de a poco los detalles de su “gesta” y justificarán su cobarde inacción en las Islas Malvinas. En 1890, la Marina de Guerra compra en los astilleros británicos de Yarrow una torpedera de 39 metros de eslora y la bautiza con su nombre. Y en 1938 también rebautiza como Pinedo a un viejo barreminas adquirido en Alemania.

Su hermano Agustín no tiene tanta suerte. El 3 de febrero de 1852 muere de insolación durante la batalla de Caseros.

La Armada de la República Argentina y la Academia Nacional de Historia son exquisitamente benévolas con los “héroes” de linaje patricio. Y con más razón cuando sus descendientes terminan emparentados por vía matrimonial –como es el caso de los Pinedo– con apellidos como Zuberbühler, Rodríguez Larreta, Álzaga Unzué, Del Pont, Zemborain, Miguens Basavilbaso, Blaquier, Lanusse…

DARDO CABO Y LA MUERTE DE VANDOR: SIETE FALACIAS

Posted 9 Enero 2010 by RB
Categories: Argentina

Roberto Bardini 

Dardo Cabo

 Hay quienes sostienen que “la duda es una jactancia de los intelectuales”. Pero a mí nunca me “cerró” que Dardo Cabo, formado en los años de la Resistencia Peronista y forjado desde la adolescencia en el ámbito sindical, haya participado directa o indirectamente en 1969 del asesinato de Augusto Timoteo Vandor, secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). 

Hijo del legendario sindicalista metalúrgico Armando Cabo –hombre de la vieja guardia peronista muy cercano a Evita, encargado de la frustrada creación de milicias sindicales en 1951 y peso pesado de la Resistencia– Dardo saltó a las primeras planas de las noticias el 28 de septiembre de 1966. Ese día, junto con su novia, la periodista y dramaturga Cristina Verrier, y otros 16 muchachos, encabezó el desvío de un avión hacia las Islas Malvinas, donde desplegaron siete banderas argentinas. Esa pequeña gran gesta se conoce como Operación Cóndor. 

Dardo Cabo fue asesinado por el ejército el 6 de enero de 1977, una semana después de cumplir 36 años. Había estado preso, en distintos momentos de su agitada militancia política, exactamente la mitad de su vida. Afortunadamente, le sobreviven muchos que pueden dar testimonio por él. 

LOS HECHOS 

El Lobo

El asesinato de Augusto Vandor fue a las 11:40 de la mañana del 30 de junio de 1969, en la sede que la UOM tenía en La Rioja Nº 1945. El general Juan Carlos Onganía –cuyas únicas lecturas se reducían a reglamentos militares, folletos de formación católica y revistas ilustradas sobre cría de caballos– había cumplido el día antes tres años como presidente de facto. 

Aquel día, cinco hombres jóvenes entran al local sindical con credenciales falsas de empleados de Tribunales y la Policía Federal. Reducen a los dos custodios de la puerta y a todas las personas que encuentran a su paso. Tres de ellos suben al primer piso, ubican a Vandor y le disparan seis balazos calibre 45. Conocido como “El Lobo” y astuto interlocutor del gobierno militar, el dirigente muere poco después en la ambulancia que lo lleva al sanatorio de los metalúrgicos. 

Un desconocido Ejército Nacional Revolucionario (ENR) se atribuye el asesinato, al que denomina Operación Judas. Catorce meses después, el ENR vuelve a ser noticia: el 27 de agosto de 1970, mata a tiros a José Alonso, dirigente de la Asociación Obrera Textil. 

Después del golpe del 24 de marzo de 1976, ciertos informadores –con certeza, empleados de los poco confiables servicios de inteligencia autóctonos– hacen circular la versión de que Dardo Cabo ha participado en este crimen junto con el periodista Rodolfo Walsh y Carlos Caride, un militante histórico de la Juventud Peronista. Afirman que Walsh planificó el operativo, Cabo trazó el plano de la sede de la UOM y Caride suministró las armas. Alguno va más allá y asegura que Dardo fue uno de los que entró, arma en mano, al local sindical. Todas estas versiones configuran un frágil conjunto de falacias. 

PRIMERA FALACIA: LA PARTICIPACIÓN DE CARIDE 

Según la Real Academia Española, “falacia” es “engaño, fraude o mentira con que se intenta dañar a alguien”. En Wikipedia figura una definición del filósofo y profesor de lógica estadounidense Irving Copi: “Razonamiento lógicamente incorrecto, aunque psicológicamente pueda ser persuasivo”. 

A los “serviciales” periodistas les hubiera bastado revisar los diarios de la época para enterarse que Carlos Caride, uno de los fundadores de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), estaba preso cuando murió Vandor. Había sido detenido el 24 de abril de 1969 en un departamento de la calle Paraguay, después de resistir a tiros un allanamiento de la Policía Federal y matar a un oficial. Salió en libertad el 25 de mayo de 1973, con la amnistía para los presos políticos ordenada por el efímero presidente Héctor Cámpora. 

Caride no puede rebatir la acusación de haber participado en la muerte del “Lobo”. Fue asesinado en 1976. Walsh, tampoco. Murió el 25 de marzo de 1977, resistiendo con una ridícula pistola 22 a un grupo de tareas de la marina. 

SEGUNDA FALACIA: LA FECHA 

Mucha de esta información errónea puede hallarse en Aramburu, el crimen imperfecto, libro publicado en 1987 por Eugenio Méndez. Allí se dice: “El último en incorporarse [al Ejército Nacional Revolucionario], a comienzos de 1969, apenas salido de la prisión de Ushuaia luego de cumplir tres años por el Operativo Cóndor de las islas Malvinas, fue Dardo Cabo”. 

Si se entiende que “comienzos” de año incluye enero, febrero, marzo y abril, que “mediados” de año abarca mayo, junio, julio y agosto, y que “fines” de año contiene a septiembre, octubre, noviembre y diciembre, entonces hay una segunda falacia: Cabo sale en libertad condicional el 29 de mayo de 1969, es decir a mediados de año y apenas un mes antes de la muerte de Vandor. 

La fecha de salida de la cárcel de Ushuaia figura en el prontuario Nº 25/66 bis de la Policía Territorial de Tierra del Fuego y lleva la firma del comisario Gregorio Manuel Albornoz, jefe de la División Judicial. Cualquiera puede solicitar una fotocopia. 

TERCERA FALACIA: 21 DÍAS PARA “FABRICAR” UN ASESINO 

Dardo Cabo llega a Buenos Aires en la primera semana de junio, tras dos años y siete meses de cárcel. ¿Se suma inmediatamente a un grupo clandestino –en el que no conoce a nadie y cuyos miembros provienen de una militancia muy distinta a la de él, que es un peronista ortodoxo– para asesinar a Vandor a fines de ese mes? Suena un poco vertiginoso. 

Dardo Cabo y Cristina Verrier

Lo cierto es que en las tres semanas que transcurren entre su arribo a Buenos Aires y la muerte del líder de la UOM, Cabo se dedica a algo muy distinto a la planificación de una muerte. Se dedica a comer comida decente (en prisión sólo le daban guiso de carnero capón), dormir, llamar a viejos compañeros. Se dedica al reencuentro con su mujer, Cristina Verrier, quien permaneció detenida siete meses y con la que se casó en la cárcel. Y, fundamentalmente, se dedica a conocer a la pequeña hija de ambos: María. 

La nena tiene poco más de un año y ha nacido mientras él estaba en prisión. Apodada cariñosamente “la Tata”, se llama María en recuerdo de la madre de Dardo, María Campano, fallecida de un derrame cerebral el 16 de junio de 1955, mientras los aviones de la marina bombardeaban la Plaza de Mayo. 

CUARTA FALACIA: UN VANDORISTA ANTIVANDORISTA 

“Cuando Dardo sale de la cárcel, aprovecha su relación con la UOM y comenzamos a trabajar como obreros metalúrgicos. Él va a la fábrica de frenos Tensa, en Munro, y yo a una fábrica de envases de aluminio”, me cuenta en 1999 el veterano militante peronista Omar Marinucci. “Estábamos recién llegados al gremio y le quisimos hacer una rosca a Victorio Calabró, que era el delegado de la UOM en Vicente López y que en 1974 terminó como gobernador de la provincia de Buenos Aires; resultado: nos echaron a los dos”. 

Este relato parece más cercano a la realidad. Ex cadete y repartidor del periódico Palabra Argentina –fundado por Alejandro Olmos en noviembre de 1955, después del derrocamiento de Perón– y amigo de Cabo desde los 15 años, Marinucci fue el responsable de prensa de la Operación Cóndor en septiembre de 1966. 

Américo Rial es otro añejo militante del peronismo. El 9 de junio de 1961 fue uno de los fundadores del Movimiento Nueva Argentina (MNA) junto con Dardo Cabo, Rodolfo Pfaffendorf, Andrés Castillo, Edmundo Calabró, José López Vargas y Antonio Arroyo. Periodista del diario Crónica desde su adolescencia, fue un personaje clave para llenar páginas enteras sobre el Operativo Cóndor durante meses, con artículos, entrevistas, referencias históricas, cronologías, notas de color y docenas de fotografías. 

Rial es claro: “Luego del operativo, se fractura la conducción del MNA”, me dice en 1998 en el café Los 36 billares, en Avenida de Mayo. “Dardo queda en el sector de Augusto Vandor, de los metalúrgicos, y los otros en el de José Alonso, de los textiles”. 

Más categórico es Rodolfo Pfaffendorf, quien además de ser uno de los pioneros del MNA, fue compañero de escuela primaria de Cabo en el Colegio San José y uno de sus mejores amigos. “Después de salir de la cárcel, Dardo siguió siendo vandorista. A él lo estaban formando desde los 16 o 17 años como uno de los cuadros sindicales de la UOM”, me explica en enero de 2010 en el restaurant El Imparcial. Y recuerda con vehemencia que es la tercera o cuarta vez que me lo explica en los últimos diez años. 

“Dardo estaba destinado a suceder a Armando, su papá, y a llegar muy alto en la UOM o la CGT”, insiste Pfaffendorf. “La muerte de Vandor anuló esta posibilidad. A Vandor lo sucedió Lorenzo Miguel, que rajó a todos los muchachos vandoristas. Armando no esperó que lo echaran: se fue dando un portazo. Y sin el respaldo del Lobo, poco a poco Dardo terminó buscando otros caminos políticos”. 

QUINTA FALACIA: EL ROSTRO DESCUBIERTO 

Si Dardo Cabo hubiera ingresado el 30 de junio 1969 a la UOM a rostro descubierto, lo hubiera reconocido cualquiera de las más de 30 personas que se encontraban en ese momento en el local y que alcanzaron a ver las caras de los atacantes. Lo conocían desde que era pibe. Y, además, poco tiempo antes, todos los diarios y revistas de Argentina habían publicado fotografías a causa del Operativo Cóndor. Este detalle se le escapa a los que sostienen que participó en “la acción directa”. 

Y también se le desliza a un periodista de extensa trayectoria, Andrés Bufali, quien trabajó en las revistas Primera Plana, Panorama, Siete Días y Somos, y en los diarios La Opinión y Clarín. Bufali escribe el 20 de julio de 2004 en La Nación que el escritor Osvaldo Soriano –que en 1969 aún no se ha convertido en novelista y es su compañero de redacción en el semanario Primera Plana– creía haber “descubierto” que Cabo estaba entre los asesinos de Vandor. Soriano le cuenta que a uno de los guardaespaldas del Lobo le pareció escuchar que el líder de la UOM, antes de caer herido de muerte, había dicho algo como “¡Hola, Cóndor!” o “¿Qué hacés, Cóndor?”. 

Lamentablemente, el talentoso Osvaldo Soriano no puede confirmar su “descubrimiento”. Falleció en enero de 1997. 

SEXTA FALACIA: EL PRECOZ INGRESO A DESCAMISADOS 

Entre los integrantes del fugaz Ejército Nacional Revolucionario, los informantes cívico-militares también mencionan a Horacio Mendizábal, Oscar Degregorio, Norberto Habegger, Raimundo Villaflor y Roberto Perdía. Aseguran que posteriormente todos integraron el grupo guerrillero Descamisados. 

Salvo Perdía, todos están muertos. Pero él y Villaflor no pertenecen a Descamisados. En 1969, el primero es un abogado laboral vinculado a la juventud democristiana; después, ingresa a Montoneros. El segundo, milita en la Alianza Revolucionaria Peronista (ARP), dirigida por Alicia Eguren de Cooke, y luego se suma al Peronismo de Base. Se han publicado alrededor de 20 libros y unos 300 artículos y entrevistas donde figuran estos datos. Villaflor fue secuestrado el 4 de agosto de 1979 por una patota de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA); murió en el cuarto de torturas a los tres o cuatro días. 

Es cierto que Mendizábal, Degregorio y Habegger pertenecen Descamisados, que aparece públicamente en septiembre de 1970, cuando irrumpen en un cine de La Tablada donde se proyecta la película La hora de los hornos. También es cierto que a principios de 1973 se fusionan con Montoneros. 

Mendizábal fue abatido por agentes de civil que lo emboscaron el 19 de septiembre de 1979 en Munro, durante la llamada “contraofensiva”. Degregorio, herido y capturado el 18 de noviembre de 1977 en la ciudad uruguaya de Colonia, fue trasladado a la ESMA, donde murió en una mesa de operaciones mientras intentaban revivirlo médicos no muy hipocráticos. Habegger, que se inició como periodista deportivo en las revistas Primera Plana y Panorama y en 1973 llegó a ser subdirector del diario Noticias, fue secuestrado por militares argentinos el 6 de agosto de 1978 en Río de Janeiro. Nunca más se supo de él. 

También es cierto que Dardo Cabo se suma a Descamisados. Pero lo hace tardíamente, recién en 1972, después de la muerte José Alonso, el caudillo de los trabajadores textiles. Y más tarde, como sus compañeros, también ingresa a Montoneros. 

“Conocí a Dardo cuando salió de la cárcel y creamos la Agrupación Peronista de Base 17 de Octubre (Apeba 17)”, relata Héctor Carrica, que a mediados de la década del 60 militaba en el Comando de Organización (CdeO), fundado por Alberto Brito Lima. Al ser entrevistado, en 1998, era integrante de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) y de la agrupación HIJOS. Su madre, la enfermera y docente Irma Laciar de Carrica, fue detenida en abril de 1977 por un comando conjunto de la Policía Federal y el ejército argentino y “desaparecida”. 

Apeba 17 organiza en 1970 a los trabajadores municipales que recogen la basura y “recupera” –es decir, ocupa de prepo– un corralón que era del dirigente metalúrgico Paulino Niembro. Ese año, recuerda Carrica, hay un acercamiento hacia Guardia de Hierro, la organización creada en 1961 por Alejandro Álvarez. Cabo coordina sus actividades políticas con Eduardo Baca, un militante de Guardia que más tarde, durante el segundo gobierno de Carlos Menem, será senador y presidente del Partido Justicialista. 

A fines de 1971, Guardia de Hierro y Apeba 17 se ponen de acuerdo con el Frente Estudiantil Nacional (FEN), que dirige el estudiante de Filosofía Roberto “Pajarito” Grabois, y los Comandos Tecnológicos, que conduce el ex teniente Julián Licastro, y fundan la Mesa del Trasvasamiento Generacional. Considerada ortodoxa, la Mesa privilegia la lucha política antes que la lucha armada. Se ubica en una posición intermedia entre dos bandos que ya muestran los colmillos: la llamada “burocracia sindical” de la CGT y los grupos guerrilleros. Aunque Cabo permanece poco tiempo en la Mesa, sus coincidencias con Guardia son visibles. Todo esto me lo confirma en enero de 2010 un militante de la primera hora de esta “orga”, el publicista Alejandro Pandra, director de la publicación digital Agenda de Reflexión

Recién cuando Cabo se separa de la Mesa del Trasvasamiento, Horacio Mendizábal lo convence de unirse a Descamisados. Esto posiblemente es en 1972, tres años después de la muerte de Vandor. 

SÉPTIMA FALACIA: CABO Y WALSH JUNTOS 

Rodolfo Walsh

Resulta casi alucinante intentar creer que Dardo Cabo y Rodolfo Walsh hubieran podido en el convulsionado 1969 planificar juntos un crimen político. En aquella época aún no se conocían personalmente y, además, ni siquiera se hubieran sentado a tomar un café. Hubieran terminado a las trompadas. 

Ese año, Walsh comienza a militar en el Peronismo de Base, dirige el semanario CGT de los Argentinos y publica su segundo libro: ¿Quien mató a Rosendo? El texto narra el tiroteo en la pizzería La Real, de Avellaneda, donde el 13 de mayo de 1966 murieron Rosendo García, dirigente local de la UOM, y dos militantes de la Resistencia Peronista, Domingo Blajakis y Juan Salazar, quienes estaban desarmados. 

Augusto Vandor y Armando Cabo, que están sentados con García, sí tenían armas. Walsh inculpa al padre de Dardo: “En la cabecera de la mesa vandorista, Armando Cabo se había parado y avanzaba tirando metódicamente con su 38 especial”. Lo retrata como “un hombre de la vieja guardia metalúrgica, héroe de la Resistencia, ahora dilapidado por las transacciones y el alcohol”. De todos los que acompañaban al caudillo de la UOM, afirma, era el “mejor tirador”. Y describe la muerte de Salazar en una sola línea que tiene el peso de una lápida: “Armando Cabo, que estaba sentado al lado de Vandor, terminó de tomar su whisky, hizo puntería y lo mató”. 

En septiembre de 1999 entrevisté al memorioso Andrés Framini, dirigente histórico de la Asociación Obrera Textil, secretario adjunto de la CGT en 1955, preso político tiempos de la Resistencia Peronista y candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires en las elecciones de 1962. “Poco después de publicarse el libro de Walsh, me encontré con Armando y Dardo, que lo andaban buscando para darle una paliza. Les dije que no jodieran, que él había dicho la verdad: los otros no estaban armados”, me contó en su casa de Floresta. Framini falleció en mayo de 2001, a los 87 años, pero conservo la grabación. 

Hay que ser un auténtico imbécil para inventar que en esas circunstancias Dardo Cabo y Rodolfo Walsh pudieran participar juntos en un asesinato político. Años después, ciertamente, los dos ingresaron a Montoneros. Pero ésa es otra historia. 

Y PARECE QUE LA HISTORIA FUE ASÍ: 

Un domingo a mediodía, en el primer mes del agitado verano de 1973, Miguel Bonasso, entonces secretario de prensa del Frente Justicialista de Liberación (Frejuli), organiza un asado en el patio de su departamento de la planta baja de Moldes Nº 2460. El pretexto es juntar a miembros de dos agrupaciones de prensa: la 26 de Enero –afín a la Juventud Peronista pro Montoneros, en la que él milita junto con Dardo Cabo– y la 26 de Julio, cercana al Peronismo de Base, en la que revista Rodolfo Walsh. 

A la comida asisten alrededor de 30 periodistas y fotógrafos. “La verdadera intención era acercar a Dardo y Rodolfo, lo que era una misión casi imposible”, me comenta Bonasso en febrero de 1998, en un café del barrio de Palermo. 

Cuando llegan los de la 26 de Julio, Walsh y Cabo se saludan fríamente. Durante la comida, quedan sentados frente a frente en la mesa puesta en el jardín. Mientras Bonasso ofrece chorizos y morcillas e intenta chistes, los dos periodistas no se dirigen la palabra. 

Después, cuando se sirve el café y se arma una guitarreada, Walsh y Cabo se levantan de la mesa y entran a la casa. Están largo rato conversando en la sala, solos. Muchos de los invitados se van retirando de a poco, pero los dos hombres permanecen como clavados en sus sillones. Bonasso recordará, 25 años después, que tuvo la impresión de aquella tarde se sirvieron litros de café y fumaron kilos de tabaco. 

Anochece cuando el anfitrión acompaña a sus dos amigos a la puerta del edificio y es testigo de cómo se despiden con un fuerte y honesto apretón de manos. 

Menos de tres años después, en su célebre Carta abierta a la Junta Militar, del 24 de marzo de 1977, Walsh recriminará, entre otras muchas cosas, “el asesinato de Dardo Cabo, detenido en abril de 1975, fusilado el 6 de enero de 1977 con otros siete prisioneros en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército que manda el general Suárez Mason”. 

Postdata 

Una semana después de publicado este artículo, un amigo me envía algunos párrafos del libro Montoneros. La buena historia, publicado en 2005 por José Amorín, que suministra “desde adentro” datos sobre esta historia. Y menciona el error cometido por el autor británico Richard Gillespie en Soldados de Perón, publicado que 1987, y otros autores que lo citan.

“Gillespie atribuye a Descamisados el asesinato de Vandor (1969), un operativo mayor para una organización que no sólo estaba en pañales sino que, además, rechazaba la violencia hacia el interior del peronismo”, escribe Amorín. “La ejecución o asesinato de Vandor fue realizado por un grupo de seis o siete compañeros, la mayoría de trayectoria sindical y que desarrollaba su actividad política en el seno de la CGT de los Argentinos. [...] Perdía, en su libro, afirma que el grupo estaba jefaturado por un ex dirigente sindical del gremio ferroviario e integrado por jóvenes activistas sindicales y algún que otro intelectual. Yo conocí a sus integrantes durante los preparativos para la toma de la Prefectura de Zárate”.

Más adelante, agrega:

“De los que integraban el grupo que liquidó a Vandor sólo continué la relación con uno. Un flaco alto, a quien conocía desde hacía un año [...]. La cuestión es que el Flaco en algún momento me contó sobre la muerte de Vandor: ‘Broncas viejas, pero además el General lo había ordenado; cuando el General le ordena a la derecha, nos caga; entonces, si cumplimos las órdenes que el General le da a la izquierda, cagamos a la derecha’, dijo el Flaco. [...] Tenía, el Flaco, cerca de cuarenta años y había pasado por Palabra Obrera antes de integrarse al peronismo. Era obrero, gráfico o metalúrgico. Gráfico, me inclino a pensar [...]. No era, nunca fue, Descamisado. Gillespie, equivocado. Y con él, María Seoane, Lapolla, etc., etc.”

MANUEL DORREGO: FUE APÓSTOL, VIVIÓ COMO HÉROE Y MURIÓ COMO MÁRTIR

Posted 10 Diciembre 2009 by RB
Categories: Argentina

Roberto Bardini

Faltan 11 días para Navidad. A la orden de “¡fuego!”, un pelotón de fusilamiento unitario acribilla de ocho tiros en el pecho al coronel federal Manuel Dorrego, ex gobernador de Buenos Aires. Había sido estudiante de leyes, militar indisciplinado en los cuarteles pero valiente en el campo de batalla, apasionado político y patriota hasta los huesos. Fue una víctima más del crónico desencuentro entre argentinos.

Dorrego nace el 11 de junio de 1787 en Buenos Aires. Es el menor de cinco hermanos, hijos del rico comerciante portugués José Antonio de Dorrego y la argentina María de la Ascensión Salas. En 1803, a los 15 años, ingresa en el Real Colegio de San Carlos y a inicios de 1810 comienza a estudiar Derecho en la Universidad de San Felipe, en Santiago de Chile. Pronto abandona las aulas y se une al movimiento independentista chileno. Exaltado, cambia el traje civil y los libros por el uniforme y las armas. En la milicia del país andino gana las tres estrellas de capitán al sofocar un movimiento contrarrevolucionario. Tiene 23 años.

Antes de concluir 1810, Dorrego regresa a Buenos Aires y con el grado de mayor se une a las fuerzas armadas encabezadas por Cornelio Saavedra rumbo al norte. En el combate de Cochabamba sufre dos heridas y gana el ascenso a teniente coronel. Más tarde, bajo las órdenes de Manuel Belgrano, lucha en Tucumán (24 de septiembre de 1812) y Salta (20 de febrero de 1813). El ejército de Belgrano marcha hacia Potosí sin Dorrego: se queda en la retaguardia, arrestado por indisciplina. Eso le evita las derrotas de Vilcapugio (1º de octubre de 1813) y Ayohuma (14 de noviembre de 1813), y quizá la muerte en servicio.

El payador uruguayo José Curbelo lo recuerda así:

Argentino, Americano
En la idea y en los hechos
Impulsivo y corajudo
En los embates guerreros
Recibió sendas heridas
En Sansana y Nazareno
Y le pidió a sus soldados
Para seguir combatiendo
Lo alzaran sobre el caballo
Así fue Manuel Dorrego

A pesar de todo, ese mismo agitado año, Dorrego asciende a coronel y encabeza la creación de milicias gauchas. Apenas ha cumplido 26 años. Los momentos de inacción, sin embargo, lo descontrolan. El inflexible general José de San Martín ordena su confinamiento por nuevas actitudes de indisciplina y en mayo de 1814 es trasladado a Buenos Aires. Allí se pone a las órdenes del general Carlos María de Alvear.

Temperamental en todo
Bromista en los campamentos
Pudo hasta indisciplinarse
Pero puesto en el gobierno
Supo muy bien dónde iba
En defensa de su pueblo
Ni emperador del Brasil
Ni centralismo porteño
Entreveraron las huellas
Que marcó Manuel Dorrego

Alvear le propone al caudillo oriental, José Gervasio Artigas (1764-1850) la independencia de la Banda Oriental a cambio de que retire su influencia de las provincias del litoral. Artigas ha dirigido la insurrección de los orientales contra las autoridades españolas en el llamado Grito de Asencio y fue proclamado por sus compatriotas como Primer Jefe de los Orientales. El 20 de enero de 1814, abandonó el sitio de Montevideo -cuyo mando comenzó a monopolizar José Rondeau- y apoyó los pronunciamientos de los paisanos de Entre Ríos y Corrientes. El líder rioplatense rechaza el ofrecimiento de Alvear. Dorrego parte a enfrentarse con el rebelde, con quien -paradójicamente- tiene ideas bastante cercanas. El militar derrota al artiguista Fernando Otorgués en las cercanías del arroyo Marmarajá (6 de octubre de 1814), pero es vencido por Fructuoso Rivera en Guayabos (10 de enero de 1815).

Cada vez que algún retazo
Perteneciente a este suelo
De las Provincias Unidas
Anduvo corriendo un riesgo
Se alzó con su voz valiente
Reclamando ese derecho
Y por la soberanía
Él supo jugarse entero
Así cruzó por la vida
Luchando Manuel Dorrego

Joseph Conrad, autor de novelas marineras, escribe en el cuento La Laguna (1898): “Un hombre no debe hablar sino del amor o la guerra. Tú sabes qué es la guerra y en la hora del peligro me has visto lanzarme en busca de la muerte como tantos otros en busca de la vida”. Amor y guerra, muerte y vida: estas palabras pueden aplicarse a la trayectoria de Dorrego, quien a su regreso a Buenos Aires, en 1815, se casa con Angela Baudrix. De la unión nacen dos hijas: Isabel en 1816 y Angelita en 1821.

El impetuoso Dorrego se lanza a la lucha política. Se declara partidario de un gobierno federativo y fomenta la autonomía de Buenos Aires. Con Manuel Moreno y otros patriotas se opone a Juan Martín de Pueyrredón, Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Finalmente, para no participar en el enfrentamiento civil, solicita que su regimiento se una al ejército que San Martín prepara en Mendoza para la Campaña de los Andes. No alcanza a partir: el 15 de noviembre de 1816, Pueyrredón ordena su destierro. Lo embarcan y recién al tercer día de viaje se entera que su destino es el puerto de Baltimore, en Estados Unidos.

El 9 de julio de 1819, Pueyrredón renuncia y es reemplazado por el general José Rondeau. Dorrego regresa a Buenos Aires al año siguiente. Recupera su grado de coronel, obtiene el mando militar de Buenos Aires y es designado temporalmente gobernador interino. Presenta su candidatura a gobernador en la provincia pero es derrotado por Martín Rodríguez. Con caballerosidad, hace reconocer por sus tropas el triunfo de su adversario. Pero el hecho de estar en la oposición hace que el gobierno lo destierre en Mendoza. Una mejor idea hubiera sido darle el mando de un regimiento y ordenarle combatir. La inactividad o el ostracismo no son buenos para Dorrego: huye a Montevideo.

[Nota al margen: además de los problemas políticos internos de las Provincias Unidas, desde septiembre de 1816 existe la amenaza militar externa de los portugueses en la Banda Oriental. Las autoridades nacionales no procedían con la energía necesaria para expulsarlos. Artigas, el principal perjudicado, culpaba con razón a las autoridades de Buenos Aires por la falta de respaldo. Algunos historiadores sostienen que se debería reconocer que el caudillo oriental procedió como "un auténtico patriota argentino" hasta su derrota en 1820.]

Por una América Unida
Compartía el alto sueño
Que tuvo Simón Bolívar
Desencontrado en el tiempo
Por intereses extraños
Ajenos al sentimiento
De los hombres que lucharon
Y que hasta su sangre dieron
A veces incomprendidos
Como fue Manuel Dorrego

Dorrego regresa a Buenos Aires -junto con exiliados como Carlos María de Alvear, Manuel de Sarratea y Miguel Estanislao Soler- gracias a la Ley del Olvido (noviembre de 1821). En 1823, es electo representante ante la Junta de Gobierno y desde su periódico El Argentino respalda las ideas federalistas, en oposición al gobierno de Bernardino Rivadavia, lo cual le hace ganar prestigio en las provincias. En 1825, se entrevista con Simón Bolívar, a quien considera el único capaz de contener los planes expansionistas del Imperio de Brasil.

El militar convertido en político resulta elegido representante por Santiago del Estero en el Congreso Nacional. Cuando se discute la Constitución de 1826 se destaca en los debates sobre la forma de gobierno y el derecho al sufragio. Desde el periódico El Tribuno continúa atacando la posición centralista de Rivadavia, lo que aumenta su popularidad en las provincias.

Al referirse a la constitución rivadaviana de ese año, Dorrego afirma: “Forja una aristocracia, la más terrible porque es la aristocracia del dinero. Échese la vista sobre nuestro país pobre, véase qué proporción hay entre domésticos asalariados y jornaleros y las demás clases del Estado (…). Entonces sí que sería fácil influir en las elecciones, porque no es fácil influir en la generalidad de la masa, pero sí en una corta porción de capitalistas; y en ese caso, hablemos claro, el que formaría la elección sería el Banco, porque apenas hay comerciantes que no tengan giro con el Banco, y entonces sería el Banco el que ganaría las elecciones, porque él tiene relación en todas las provincias”.

Allá por el veintiséis
Diputado en el Congreso
Defendía el derecho cívico
De los empleados a sueldo
Excluidos de votar
Con el absurdo pretexto
Que el depender de un patrón
Ataría su pensamiento
En defensa del humilde
Se alzó el verbo de Dorrego

Acosado, Rivadavia renuncia a la presidencia. Vicente López es designado mandatario provisional. En agosto de 1827, Dorrego es electo gobernador de la provincia de Buenos Aires. Pero ante el tratado de paz firmado con Brasil, los unitarios ven la posibilidad de recuperar el poder aprovechando el descontento de los jefes militares de regreso. Ex compañeros de exilio, como Soler y Alvear, junto con los generales Martín Rodríguez, Juan Lavalle y José María Paz comienzan a conspirar para derrocar al gobierno federal.

El 1° de diciembre de 1828, Lavalle ocupa Buenos Aires con sus tropas. Dorrego se dirige al sur de la provincia y le pide apoyo a Juan Manuel de Rosas, entonces comandante de campaña. Rosas le aconseja que vaya a Santa Fe y le solicite respaldo a Estanislao López, pero Dorrego decide enfrentar a Lavalle. Las fuerzas de uno y otro se chocan en Navarro. El gobernador cae prisionero y el vencedor ordena, sin ninguna grandeza, que muera fusilado el 13 de diciembre. La decisión estremece a la capital y las provincias.

Del veintisiete al veintiocho
En su gestión de gobierno
Propulsó el federalismo
Que siempre fuera su credo
Y cayó buscando luz
Entre las sombras envuelto
No pudo montar de vuelta
Como lo hizo en Nazareno
Y en un trece de diciembre
Se apagó Manuel Dorrego

El valiente general unitario Gregorio Aráoz de Lamadrid, un tucumano que peleó la guerra de independencia y en las luchas que siguieron en Vilcapugio, Ayohuma y Sipe Sipe, permanece junto a su ex camarada Dorrego hasta el abrazo final. A él le entrega el condenado cartas para su mujer y las dos hijas. A la esposa le escribe: “Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir. Ignoro por qué; mas la Providencia divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. Mi vida: educa a esas amables criaturas. Sé feliz, ya que no lo has podido ser en compañía del desgraciado Manuel Dorrego”. Tiene 41 años.

Aráoz de Lamadrid es un oficial curtido que ha combatido en Tucumán, Córdoba, San Juan y Mendoza. También conoció el exilio en Bolivia y Chile. Dorrego le pide al compadre su chaqueta para morir y le solicita que le entregue a su esposa Ángela la que él lleva puesta. El duro Aráoz se “quiebra” ante la entereza de su amigo-adversario y llora frente a la tropa como un adolescente.

Allí en la Estancia de Almeida
Se ordenó el fusilamiento
Con un pañuelo amarillo
Sus ojos enceguecieron
Cuando el padre Juan José
Lo acompañaba en silencio
Sonaron ocho disparos
Y quedó escrito en un pliego
Besos para esposa e hija
Que Dios proteja mi suelo
Ahorren sangre de venganza
Firmao’ Manuel Dorrego

Ángela Baudrix, la viuda, queda en la miseria. Sus hijas tienen seis y doce años de edad. Tiempo después se ven obligadas a trabajar de costureras en el taller de Simón Pereyra, un proveedor de uniformes para el ejército y especulador en la compra-venta de tierras. [Nota al margen: en una de sus extensas propiedades, ubicada en El Palomar, en 1925 se inició la construcción del Colegio Militar de la Nación, del que egresarían varios discípulos de Lavalle. Un general Aramburu, por ejemplo, fusilador de un general Valle.]

Juan Lavalle nació en Buenos Aires el 17 de octubre de 1797. Desde los 14 años hasta su muerte, a los 44, su vida estuvo consagrada a las armas. Al mando de Dorrego, luchó contra Artigas y combatió en la batalla de Guayabos. El escritor Esteban Echeverría (1805-1851), autor de El Matadero y La Cautiva, que también era unitario, lo describe como “una espada sin cabeza”.

En cambio, el periodista e historiador José Manuel de Estrada (1842-1894), considerado uno de los más lúcidos intelectuales de la segunda mitad del siglo XIX, escribió un homenaje a Manuel Dorrego que puede considerarse un conmovedor epitafio:

“Fue un apóstol y no de los que se alzan en medio de la prosperidad y de las garantías, sino apóstol de las tremendas crisis. Pisó la verde campiña convertida en cadalso, enseñando a sus conciudadanos la clemencia y la fraternidad, y dejando a sus sacrificadores el perdón, en un día de verano ardiente como su alma, y sobre el cual la noche comenzaba a echar su velo de tinieblas, como iba a arrojar sobre él la muerte su velo de misterio. Se dejó matar con la dulzura de un niño, él que había tenido dentro del pecho todos los volcanes de la pasión. Supo vivir como los héroes y morir como los mártires”.

MANUEL UGARTE, EL PROFETA OLVIDADO

Posted 2 Diciembre 2009 by RB
Categories: Argentina

Roberto Bardini

Es uno de los grandes personajes de Argentina y posiblemente de Iberoamérica en la primera mitad del siglo XX. En su época influyó en dirigentes de todo el continente, pero continúa siendo un gran desconocido en su patria. Nacido el 27 de febrero de 1875 en el barrio porteño de Flores, en las siguientes siete décadas su nombre se menciona poco en las noticias a pesar de su permanente actividad literaria y política. Fallece el 2 de diciembre de 1951 en Niza (Francia) y desaparece de los comentarios bibliográficos, las antologías y las librerías.

Ugarte pertenece a una familia tradicional. Estudia en el Colegio Nacional de Buenos Aires, asiste al Jockey Club, practica esgrima, lee y escribe poesía. El escritor Pedro Orgambide recordó en 2003 que en últimos años del siglo XIX Manuel vive en París, “como correspondía a un rico, joven y culto caballero argentino, aficionado a las mujeres, al teatro y la poesía galante”. Lo describe como un bon viveur y dice que “nada hacía sospechar a los parientes y amigos el giro que tomaría su vida apenas se iniciara en la política”.

Entre los amigos de Ugarte se cuentan Alfonsina Storni, Alfredo Palacios, José Ingenieros, Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez y Ernesto Palacio. También trata con la chilena Gabriela Mistral, el uruguayo José Enrique Rodó, el peruano José Santos Chocano, el nicaragüense Rubén Darío, los mexicanos Amado Nervo y José Vasconcelos, los españoles Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez y Pío Baroja, los franceses Henri Barbuse y Jean Jaurés; es decir, con los más destacados intelectuales de principios del siglo XX. Rubén Darío, Unamuno y Baroja le prologan sus primeros libros. Barbuse, director de la revista Monde, lo incluye en el comité editorial junto con Albert Einstein, Máximo Gorki y Upton Sinclair.

Autor de treinta libros, la mayoría publicados fuera del país, Manuel Ugarte es un socialista criollo de la generación del 900 que impulsa la unidad hispanoamericana. Denuncia al imperialismo yanqui desde 1901 –por sus intervenciones en América Central y el Caribe– hasta el año de su muerte, por la guerra de Corea. A principios del siglo XX escribe: “Actualmente los grandes diarios nos dan, día a día, detalles a menudo insignificantes de lo que pasa en París, Londres o Viena y nos dejan, casi siempre, ignorar las evoluciones del espíritu en Quito, Bogotá o Méjico. Entre una noticia sobre la salud del emperador de Austria y otra sobre la renovación del ministerio del Ecuador, nuestro interés real reside naturalmente en la última. Estamos al cabo de la política europea, pero ignoramos el nombre del presidente de Guatemala”.

Hombre de barricadas

En 1904, Ugarte asiste como delegado al Congreso de la Internacional Socialista en Amsterdam. Tres años después, participa en Stuttgart de otro Congreso de la IS, en el que participan Vladimir Ilich Lenín, Rosa Luxembugo, Jean Jaurés, Karl Kautsky y Gueorgui Plejánov.

De 1910 a 1913, Ugarte recorre toda la América hispana, da conferencias y es aclamado en 20 capitales. Ya no predica el internacionalismo proletario sino la construcción de la Patria Grande, la gran nación iberoamericana. Es un socialista que rechaza trasplantar experiencias europeas: “El socialismo debe ser nacional”, dice en 1911. Al año siguiente escribe: “Bajo ningún pretexto podemos aceptar la hipótesis de quedar en nuestros propios lares en calidad de raza sometida. ¡Somos indios, somos españoles, somos latinos, somos negros, pero somos lo que somos y no queremos ser otra cosa!”.

Agentes secretos de las distintas embajadas de Estados Unidos le siguen los pasos en Cuba, Santo Domingo, México, Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua. Funcionarios diplomáticos norteamericanos le piden a las autoridades locales que impidan su participación en actos públicos. A pesar de todo, llena teatros y plazas, participa en manifestaciones callejeras, es orador de barricada y reúne a multitudes.

Ugarte continúa su gira y llega a Bolivia. Pronuncia un discurso en La Paz, interrumpido por las ovaciones de un público entusiasta. El embajador estadounidense lo critica duramente y el escritor lo desafía a batirse a duelo. Debe intervenir el representante diplomático para evitar el enfrentamiento.

La Patria y los ferrocarriles ingleses

En noviembre de 1915, con su propio dinero, Manuel Ugarte funda en Buenos Aires el diario La Patria. Comienza una cruzada que hasta entonces nadie se había atrevido a encarar en Argentina: la denuncia del imperialismo inglés. El país es prácticamente una semicolonia británica, pero nadie parece percibirlo. A principios de 1916, el escritor analiza tempranamente uno de los factores que permitían la penetración económica de Gran Bretaña: los ferrocarriles.

“Uno de los problemas que más nos interesa, fuera de toda duda, es el de la explotación de nuestros ferrocarriles por empresas de capital foráneo, cuyos intereses, de conveniencias motivadas por su misma falta de arraigo y su origen, son fundamentalmente opuestos a los intereses de la república”, escribe Ugarte. “Las empresas ferroviarias son todas extranjeras: capital inglés, sindicatos ingleses, empleados ingleses […]. Lleva la empresa noventa y ocho probabilidades de obtener pingües ganancias contra dos de obtenerlas… regulares; de perder, ninguna. […] Y este dato merece ser tenido en cuenta al ocuparse de los ferrocarriles como origen de nuestra atrofia industrial”.

Asfixiado económicamente, el 15 de febrero de 1916 La Patria publica su último número. Ante la primera gran guerra europea del siglo XX, que muchos insisten todavía en denominar “mundial”, Ugarte propone la neutralidad. El diario dura menos tres meses en medio del boicot que le hacen los nacionalistas –que lo consideran socialista– y los socialistas, que lo ven como nacionalista. Más tarde, durante la segunda gran guerra europea, el escritor afirmará que mucho se habla en Iberoamérica acerca de las presuntas amenazas alemana y japonesa, pero nada se dice sobre el real saqueo británico y estadounidense.

En abril de 1918, cuando se funda en Córdoba la Federación Universitaria Argentina (FUA), Ugarte es el principal orador del encuentro. Ese año se autoexilia en España y luego pasa a Francia. Retorna 17 años más tarde.

En la década del 20, los principales líderes de la Revolución Mexicana le escriben a Ugarte y le agradecen su apoyo. Augusto César Sandino, el “general de hombres libres”, también le envía una carta desde Nicaragua, reconoce su respaldo a la lucha contra los marines yanquis y dice que lo ve como una de las figuras más importantes del patriotismo latinoamericano. Dos grandes dirigentes peruanos lo alaban: Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), lo considera el precursor de esta organización; José Carlos Mariátegui afirma que el escritor argentino es uno de las más prestigiosos personajes de América hispana.

El apóstol vencido

En mayo de 1935, en plena Década Infame, Ugarte regresa a Argentina. El semanario Señales, del grupo FORJA, es el único periódico que informa sobre su llegada; la gran prensa lo ignora. En 1937, el escritor se va nuevamente del país.

El patriota iberoamericano regresa a Buenos Aires en marzo de 1946, después del triunfo electoral del entonces coronel Juan Domingo Perón. “Más democracia que la que ha traído Perón, nunca la vimos en nuestra tierra. Con él estamos los demócratas que no tenemos tendencia a preservar a los grandes capitalistas y a los restos de la oligarquía”, declara. Y luego escribe: “Todos los presentimientos y las esperanzas dispersas de nuestra juventud, volcada un instante en el socialismo, han sido concretadas definitivamente en la carne viva del peronismo, que ha dado fuerza al argentinismo todavía inexpresado de la Nación. Ahora sabemos lo que somos y a dónde vamos. Tenemos nacionalidad, programa, derrotero”.

El 31 de mayo, el historiador Ernesto Palacio lo acompaña a la Casa Rosada y le presenta al nuevo presidente, quien le ofrece el puesto de embajador en México. A los 71 años, es la primera y única vez que Ugarte recibe un reconocimiento oficial en su país. Pero los diplomáticos “de carrera” lo boicotean. Desinteligencias con el personal de la propia embajada lo obligan a regresar a Argentina en junio de 1948. Lo envían a Nicaragua, donde no se encuentra muy a gusto. A principios de 1949 lo trasladan a la representación en Cuba, donde persisten las intrigas de algunos funcionarios, y en enero de 1950 presenta su renuncia. Por problemas de salud, regresa a su casa alquilada en Niza.

El poeta peruano Alberto Hidalgo, quien trata a Ugarte en los años 40, lo describe viviendo humildemente, como un proscrito: “Yo quiero llamar la atención de un país sobre este hombre, al que no puede dejarse perecer en la pobreza o en el olvido, aunque fuese, si no tuviera otros méritos, sólo por esto: por haber sido el apóstol de los ideales americanistas, por haber gastado su fortuna recorriendo nuestras repúblicas a fin de despertarlas y hacerles ver el peligro que las acecha. Y es por ello que, aunque la Argentina lo tenga olvidado, el nombre de Manuel Ugarte no morirá nunca en la conciencia de América”.

En noviembre de 1951, Ugarte vuelve a Buenos Aires. Él mismo explica la razón del viaje: “No he pertenecido nunca al bando de los adulones y si hago ahora esta afirmación, si he vuelto especialmente de Europa a votar por Perón, es porque tengo la certidumbre absoluta de que alrededor de él debemos agruparnos, en momentos difíciles que atraviesa el mundo, todos los buenos argentinos”.

Poco después regresa a Niza. El 2 de diciembre de 1951 lo encuentran muerto en su casa. Aunque oficialmente se considera que la muerte fue “accidental”, en los medios literarios y políticos se presume que él mismo decidió poner punto final a su vida. Los suicidios de Horacio Quiroga en 1937, Alfonsina Storni y Leopoldo Lugones en 1938, y de Lisandro de la Torre en 1939 habían conmovido a Ugarte, quien afirmó que la suya era una generación vencida. La historiadora Liliana Barela no descarta que “exiliado, solitario, excluido y desilusionado, pudiera sentirse vencido y tentado a adoptar el camino que eligieron tantos compañeros que integraron su malograda generación”.

La conspiración del silencio

Entre la obra poética de Manuel Ugarte se destacan Palabras (1893), Poemas grotescos (1893), Versos (1894) y Vendimias juveniles (1907). También es autor de narraciones cortas: Cuentos de la Pampa (1903) y Cuentos argentinos (1908). Dentro de sus relatos de viaje figuran Paisajes parisienses (1901), Crónicas de boulevard (1902) y Visiones de España (1904). Sus ensayos literarios incluyen El arte y la democracia (1905) y La joven literatura hispanoamericana (1906). Los textos sociopolíticos abarcan El Porvenir de América Española (1910), La Patria Grande (1922), El destino de un continente (1923) y La Reconstrucción de Hispanoamérica (1951).

¿Cuál fue el trato que recibió Ugarte en Argentina? A este auténtico polígrafo –autor de novelas, cuentos, poesías y ensayos– las autoridades universitarias le niegan una cátedra de Literatura. Los representantes de la cultura oficial también rechazan la propuesta de Gabriela Mistral –quien lo denomina “el maestro de América Latina”– para considerarlo candidato al Premio Nacional de Literatura.

El Partido Socialista, de orientación liberal conservadora, lo expulsa dos veces, a causa de sus “desviaciones nacionalistas”. En 1910 se realiza un nuevo congreso de la Internacional Socialista en Copenhague, pero esta vez viaja el dirigente Juan B. Justo desde Buenos Aires, en lugar de designar a Ugarte que se encontraba en París. El diario La Nación comienza a rechazarle artículos. Sus libros El Porvenir de América Española, La Patria Grande, El destino de un continente y La Reconstrucción de Hispanoamérica, se editan en el país recién dos años después de su muerte, por iniciativa de Jorge Abelardo Ramos en la pequeña editorial Coyoacán. Ugarte muere enfermo y sin un centavo, lejos de Argentina. Poco antes, comenta: “En otras partes se fusila, es más noble”.

¿A qué se debe esta conspiración del silencio? En el prólogo a La nación latinoamericana, editado en Venezuela, Norberto Galasso da algunas claves: los representantes de la generación del 900, “a pesar de las enormes presiones, los silencios y los acorralamientos, han logrado hacerse conocer en la Argentina y en América Latina desde hace años. De un modo u otro, esterilizándolos o deformándolos, tomando sus aspectos más baladíes o resaltando sus obras menos valiosas, han sido incorporados a los libros de enseñanza, los suplementos literarios, las antologías, las bibliotecas públicas, las sociedades de escritores, las aburridas conferencias de los sábados, los anaqueles de cualquier biblioteca con pretensiones”.

Galasso señala que Ugarte, en cambio, “ha corrido un destino diverso: un silencio total ha rodeado su vida y su obra durante décadas convirtiéndolo en un verdadero «maldito», en alguien absolutamente desconocido para el argentino medianamente culto que ambula por los pasillos de las Facultades. No es casualidad, por supuesto. La causa reside en que, de aquel brillante núcleo intelectual, sólo Ugarte consiguió dar respuesta al enigma con que los desafiaba la historia y fue luego leal a esa verdad hasta su muerte. Sólo él recogió la influencia nacional-latinoamericanista que venía del pasado inmediato y la ensambló con las nuevas ideas socialistas que llegaban de Europa, articulando los dos problemas políticos centrales de la semicolonia Argentina y de toda la América Latina: cuestión social y cuestión nacional. […] De ahí la singular actualidad del pensamiento de Ugarte y por ende su condena por parte de los grandes poderes defensores del viejo orden”.

Muerto en vida

En “Redescubrimiento de Ugarte”, publicado en febrero de 1985, Jorge Abelardo Ramos escribe: “[…] en la irresistible Argentina del Centenario, orgullosa y rica, el emporio triguero del mundo, no había lugar para él. No solamente porque, como decía Miguel Cané, escribir una página desinteresada en Buenos Aires equivalía a recitar un soneto de Petrarca en la Bolsa de Comercio, sino a causa de que Ugarte iría a desenvolver su vida contra la lógica de la factoría euro-porteña: era socialista, aunque criollo y católico; argentino, pero hispanoamericanista. Si bien es cierto que lucharía por la neutralidad en las dos guerras inter-colonialistas del siglo, debería hacerlo contra la opinión dominante del rupturismo demo-izquierdista favorable a las potencias democráticas; más tarde, asumiría la defensa de la industria nacional y de la clase obrera en un país agropecuario, librecambista y antiobrero”.

El luchador social se había convertido en “un muerto civil” mucho tiempo antes de fallecer, apunta Ramos. “Sin el respaldo de un partido, de una capilla, de los grandes diarios o del orden vigente, ningún editor manifestó nunca el menor interés por publicar algún libro de Ugarte. Semejante maravilla se explica porque la formación del gusto público, en 1914 o en la actualidad, corría por cuenta de los intereses creados por la oligarquía anglófila y su dócil clientela de la clase media urbana, en suma, el cipayo ilustrado, que se cultiva a la orilla de los grandes puertos de la América Latina”.

Ramos recuerda: “En noviembre de 1954, organicé una Comisión de Homenaje. Recibimos los restos de Ugarte en el puerto de Buenos Aires […]. Un silencio sepulcral reinaba sobre la República, en cuyo subsuelo toda la reacción conspiraba. Pugnaban por derribar a Perón tanto la agónica partidocracia democrática, como la izquierda cosmopolita y el nacionalismo puramente retórico de ciertos grupos de la derecha antiobrera. […] Enseguida organizamos en el salón Príncipe George un Funeral Cívico en su homenaje. Hablaron en el acto Carlos María Bravo, Rodolfo Puiggrós, John William Cooke y yo. […] A pesar de la tensión reinante, congregamos unas cuatrocientas personas. Salvo el presidente Perón, que envió un telegrama de adhesión, ni el gobierno ni el peronismo oficial se hicieron presentes. Y, va de suyo, nadie de la «inteligentzia» llamada argentina. Soplaba un viento gélido y en el espíritu colectivo palpitaban sórdidos presagios. La contrarrevolución democrática estaba en marcha”.

En el capítulo XII de Historia de la nación latinoamericana, Ramos dedica varias páginas al trágico destino de este luchador visionario y el silenciamiento sistemático de su vida y obra. Se transcriben sólo dos párrafos:

“El irritado silencio que ha rodeado siempre a la figura de Ugarte no sólo es necesario atribuirlo al papel de «emigrado interior» del intelectual del 900 en las semicolonias, sino al «leprosario político» en el que la oligarquía y sus amigos de la izquierda cipaya recluyen a los hombres de pensamiento nacional independiente. A principios de siglo al escritor latinoamericano no le quedaba otro recurso que enmudecer o emigrar. Las pequeñas capitales de la nación «balcanizada», aún la más presuntuosa, como Buenos Aires, habían sustituido la función social del escritor con el libro español o francés.

“[…] En 1945, cuando en la Argentina el país estaba polarizado entre Braden y Perón, Ugarte regresó después de muchos años de ausencia y estuvo contra el embajador Braden, al mismo tiempo que la inmensa mayoría de la intelligentzia argentina y latinoamericana se pronunciaba contra Perón. El coraje moral de estar contra los mandarines, ese coraje no le faltó jamás a Ugarte y esa es la razón del silencio profundo que envuelve su persona y su obra”.

El artículo sobre Ugarte de Pedro Orgambide –el último que escribió antes de morir el 19 de enero de 2003– sostiene: “No fue profeta en su tierra. Es, aún, el gran olvidado del pensamiento político argentino. En cambio, sus ideas impulsaron la acción de hombres como el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre o el nicaragüense Augusto César Sandino. Su nombre es citado con frecuencia en otros países de América latina; pocas veces en la Argentina. […] No gana plata con la política. Al contrario: por ella, pierde su fortuna. Y por su heterodoxia, se le cierran las puertas de la cultura oficial. […] Su figura disgusta a algunos sectores clericales y políticos por lo que cansado de pelear renuncia. […] Más retaceada es su influencia aquí, en el llamado «pensamiento nacional», y poco reconocida su incidencia en el origen de la «tercera posición» de nuestro país, en tiempos de la guerra fría”.

Textos consultados

Liliana Barela, Vigencia del pensamiento de Manuel Ugarte, Leviatán, Buenos Aires, 1999.

Norberto Galasso, Manuel Ugarte, EUDEBA, Buenos Aires, 1973.

Jorge Abelardo Ramos, Historia de la nación latinoamericana, A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires, abril de 1968.

Pedro Orgambide, “El largo viaje de Manuel Ugarte por América Latina”, Clarín, Buenos Aires, 26 de enero de 2003.

Manuel Ugarte, La nación latinoamericana (compilación, prólogo, notas y cronología de Norberto Galasso), Biblioteca Ayacucho, Caracas, noviembre de 1978.


McDONALD’S, HALLOWEEN, PAPA NOEL Y LA VUELTA DE OBLIGADO

Posted 30 Noviembre 2009 by RB
Categories: Argentina

Roberto Bardini

Viernes 20 de noviembre, ocho y media de la noche. Vamos en coche con Alfredo Ossorio y César González Trejo. Regresamos de la Universidad Nacional de Lanús, donde se conmemoró el Combate de la Vuelta de Obligado. Antes, a mediodía, se había inaugurado en la Casa Rosada la muestra-homenaje al Día de la Soberanía Nacional. Y allí mismo se anunció la construcción de un monumento en el sitio histórico para recordar la batalla del 20 de noviembre de 1845 en la que patriotas mal armados enfrentaron a la poderosa flota naval anglo-francesa.

De pronto, antes de tomar la autopista 9 de Julio y entrar a Buenos Aires, vemos el enorme cartel a nuestra derecha. “20 de noviembre: Día Feliz”, anuncia con grandes letras. Y agrega: “Convertí un Big Mac en una sonrisa”. El cartel no tiene nada qué ver con el Día de la Soberanía. Es publicidad de McDonald’s, la omnipresente empresa elaboradora de saludables manjares dietéticos, bajos en calorías y recomendados por pediatras y nutricionistas de todo el mundo.

En 1954, la eficiente Organización de Naciones Unidas sugiere que todos los países instituyan el 20 de noviembre como el Día Universal del Niño, destinado a promover su bienestar. Y McDonald’s instaura esa fecha como el Día Feliz. Para la filantrópica compañía, la felicidad infantil consiste en un Big Mac. Es decir, dos hamburguesas intercaladas en tres rebanadas de pan con ajonjolí y entremezcladas con queso, pepino, cebolla y lechuga, todo rociado con una “salsa especial”. Son 200 gramos de carne rica en grasa, que representan casi 500 calorías. En la India, donde la vaca se considera un animal sagrado y no un alimento, McDonald’s elabora las hamburguesas con carne molida de camello.

Veinte minutos después llego a mi casa. Mis dos hijos menores están terminando de cenar. Federico, de siete años, y Eva Victoria, de ocho, son mexicanos. Viven en Buenos Aires desde hace un año y medio. Los dos ya se bañaron y están vestidos con pijamas, listos para ir a la cama. Los pijamas son, en realidad, disfraces de Halloween o Noche de Brujas.

El Halloween –me enteré hace algunos años en México– es una tradición celta anterior a la era cristiana. La noche del 31 de octubre marcaba el fin del verano y el inicio del nuevo año en lo que hoy se conoce como Gran Bretaña y Francia. Los antepasados de los irlandeses creían que en esa fecha los muertos buscaban apropiarse del cuerpo de los vivos. Los amenazaban con una “treta” y les proponían un “trato”, de donde viene la expresión Trick or Treat. Para alejar a estos espíritus malignos, los aldeanos se vestían con trajes horribles, apagaban el fuego de sus chozas, colocaban huesos y calaveras en las puertas. Las hechiceras introducían velas dentro de los cráneos e iluminaban las cuencas de los ojos y la nariz.

Entre 1840 y 1846, los inmigrantes irlandeses que viajaron a Estados Unidos huyendo del fracaso de la cosecha de papa y la posterior gran hambruna, llevaron esa costumbre. Y como no podían efectuar las prácticas con cráneos humanos, recurrieron a las calabazas, a las que les tallaban ojos, nariz y boca antes de iluminarlas por dentro. El festejo pagano se comercializó e irradió a México y otros países iberoamericanos, donde en la noche del 31 de octubre los niños se disfrazan de brujas o monstruos y salen a pedir en el barrio monedas o golosinas. “Treta o trato”, amenazan los enanitos.

Entonces, en esta noche del 20 de noviembre de 2009, empiezo a rezongar porque Eva y Fede están con sus pijamas de Halloween. No pretendo que tengan pijamas de gauchos, mazorqueros o del Regimiento Patricios, desde luego. Pero me molesta que sepan más de la Noche de Brujas que del Combate de la Vuelta de Obligado, a cuya celebración los llevé el año pasado.

Digo algo, no recuerdo bien qué, acerca de la colonización cultural. Eva y Fede me observan como si hablara de la Guerra de las Galaxias.

Escucho la voz de mi mujer desde la cocina:

– ¿Y no es colonización cultural el Papa Noel que por aquí aparece en verano? Un gordo ridículo que llega en Navidad con trineo y nieve… ante compradores que visten bermudas, calzan sandalias y transpiran porque es diciembre, hace calor y la temperatura llega a más de 30 grados.

Papa Noel, es cierto. En otros países se le conoce como Santa Claus y San Nicolás. Se dice que apareció en Turquía en el año 345. Era un joven religioso de origen griego, hijo de padre rico, que cargaba una bolsa con alimentos y regalos para los niños. Vestía una túnica verde e iba montado en un burro blanco. La leyenda se extiende a Holanda y, de ahí, a los países nórdicos. En el siglo XVII, los inmigrantes holandeses que cruzan el Atlántico y se establecen en Nueva Amsterdam –más tarde rebautizada Nueva York– llevan esa costumbre a Estados Unidos.

Allí, un escritor y un religioso se adelantan en décadas a Hollywood y Disneylandia. En 1809, el novelista Washington Irving –autor de Cuentos de la Alhambra y El jinete sin cabeza– publica su Historia de Nueva York contada por Dietrich Knickerbocker, en la que narra la vida de los descendientes neoyorkinos de aquellos holandeses. Describe a San Nicolás o Santa Claus en un caballo volador y con una bolsa de regalos que reparte en las chimeneas. En 1823, el pastor protestante y profesor de estudios bíblicos Clement C. Moore decide que el obeso personaje vestido de verde debe viajar en un trineo conducido por seis renos.

En 1931, los estadounidenses se resignan a esperar la peor Navidad de sus vidas. La crisis desatada por el crack del “jueves negro” en la Bolsa de Nueva York en 1929, lleva a la miseria a millones de ciudadanos y las ventas de la Coca-Cola caen estrepitosamente. La empresa le encarga al dibujante Habdon Sundblom, un nieto de suecos que vive en Chicago, que cambie el color del traje navideño. La idea es que adopte los colores de la bebida, rojo y blanco. La imagen se refuerza todos los años en la publicidad de la marca y se exporta, incluso, a los trópicos de América.

El 20 de noviembre de 1845, los argentinos resistieron en la Vuelta de Obligado el ataque de británicos y franceses. Lo que nunca pudimos rechazar, 86 años después, fue la invasión de un solo personaje de dudosa nacionalidad, desarmado y montado en un trineo ártico en pleno verano. Nuestra imbecilidad quizás explique su risa, Navidad tras Navidad: jo jo jo.

Sucede algo parecido con nuestros políticos. Cuando están en campaña, los candidatos se presentan cargados de promesas –como las bolsas de regalos de Papa Noel– en todos los diarios, revistas, radios y canales de televisión. En algunos casos no aparecen risueños, sino graves y hasta trágicos. No sacan obsequios de sus bolsas, sino alarmantes presagios, advertencias apocalípticas, profecías sobre la inminente llegada del Armagedón. Pero en cualquiera de las dos circunstancias, unos y otros están muy dispuestos a recurrir a la “treta” o el “trato”. Y al final, los que andamos a pie siempre quedamos sumidos en una terrorífica Noche de Brujas peor que la de Halloween.

FLORENCIO VARELA, LA SEÑORA CARRIÓ Y “LA CHINGADA MADRE QUE LOS PARIÓ”

Posted 4 Noviembre 2009 by RB
Categories: Argentina

Roberto Bardini

En estos días, cuando falta poco para que se cumpla un nuevo aniversario del combate de la Vuelta de Obligado, recordé al escritor unitario Florencio Varela, extrañé un poco a México –donde viví 32 años– y pensé en Carmen Lira, directora del diario La Jornada, del Distrito Federal. Y todo a causa de recientes declaraciones de la ex diputada Elisa Carrió.

VarelaEn 1843, como se sabe, Florencio Varela viaja a Londres y París como representante del Partido Unitario para solicitar la intervención militar de Gran Bretaña y Francia en el Río de la Plata. El emisario especial, exiliado en Montevideo, obedece instrucciones de los enemigos de Juan Manuel de Rosas en Uruguay. Y en el fondo le hace el juego al almirante John Brett Purvis, comandante en jefe de la flota británica en América del Sur, y al canciller del Imperio de Brasil, João Vieira Cansanção, vizconde de Sinimbu.

Dos años después, una poderosa escuadra naval anglo-francesa llega a las costas suramericanas y declara el bloqueo a Buenos Aires. Y en medio de esta poco patriótica misión opositora al gobierno de Rosas se escribe una de las más gloriosas gestas nacionales: la batalla de la Vuelta de Obligado el 20 de noviembre de 1845.

A 166 años de aquella gira europea antirrosista, Florencio Varela tiene una especie de clon femenino en estas latitudes: la señora Elisa Carrió, lideresa de la Coalición Cívica.

carrioEx Reina de Belleza del Chaco (1971), ex asesora de la Fiscalía de Estado de esa provincia durante el Proceso de Reorganización Nacional (1979) y ex juez de Cámara también bajo la dictadura militar (1980), la señora Elisa Carrió anunció recientemente a los cuatro puntos cardinales que entregará un documento a varias embajadas extranjeras para denunciar una inminente “escalada de violencia” por parte del gobierno.

Según la sistemática opositora, recurre “a los gobiernos de los países amigos” porque la situación es tan alarmante que “vulnera principios y normas del derecho internacional, particularmente los del sistema interamericano”. Y es tan grave el asunto, que está en juego “la vigencia efectiva de la democracia representativa, que es principio esencial de la Organización de los Estados Americanos”.

¿No será demasiado? ¿Qué pretende la señora Elisa Carrió, esa especie de pitonisa chaqueña? ¿Un bloqueo naval a Buenos Aires? ¿Un golpe “constitucional” al estilo Honduras? ¿La llegada de observadores internacionales, el desembarco de marines, la intervención de los cascos azules de la ONU?

Las representaciones destinatarias del informe son Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, España, Estados Unidos, Francia, Italia, México, Perú y Uruguay. Pero la señora Elisa Carrió, predicadora de catástrofes, no toma en cuenta que la mayoría de estas sedes dispone de analistas de primer nivel con acceso a fuentes de información políticas, diplomáticas, militares y de inteligencia mucho más objetivas y confiables.

Antes, la señora Elisa Carrió se presenta en varios programas periodísticos en la televisión –a veces dos en el mismo día, con diferencia de pocos minutos– para denunciar con vehemencia acopios de armas, entrenamientos guerrilleros, futuros atentados contra políticos opositores. Y, como siempre, desenfunda los nombres de Hitler, Stalin y Ceaucescu, personajes sepultados bajo siete capas geológicas de la historia. Por el momento, no se atreve a incluir en su gran obra maestra del terror a Rosas y a Perón.

Y ahora entra en escena la periodista mexicana Carmen Lira, directora del periódico La Jornada, a quien conocí en 1976 cuando era una inquieta reportera de la sección internacional del diario Excelsior. Varias veces estuvimos juntos en los años siguientes, “bajo fuego” y muertos de miedo, en Nicaragua y El Salvador.

Carmen es una mujer de izquierda, pero como buena mexicana también es nacionalista. Muchos años atrás me dijo algo así: “Yo soy opositora desde que tengo uso de razón y no les doy tregua a estos cabrones que nos gobiernan desde hace décadas. Pero cuando estoy fuera de México no tolero que nadie hable mal de ningún presidente o funcionario o político mexicano. Aquí, si pudiera, los meto presos a todos; afuera, no permito que les falten respeto. Para mí, aquí o afuera, México está primero”.

Y así piensa la mayoría de mexicanos que conozco, liberales o conservadores, de izquierda, derecha o centro, militantes o apolíticos. Para todos ellos –salvo ínfimas excepciones– la Patria está primero.

Y por cierto: los mexicanos acuñaron un nombre para designar a personajes como Florencio Varela y la señora Elisa Carrió. Les denominan “malinchistas” o les aplican el muy extendido “hijos de la chingada” o el más directo “la chingada madre que los parió”. Son otros usos, distintas costumbres. Pero ésa es otra historia.

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ELIJA SU “GORILA” PROPIO

Posted 26 Octubre 2009 by RB
Categories: Argentina

Roberto Bardini

escudoperonistaTras el golpe cívico-militar que el 16 de septiembre de 1955 derroca al general Juan Perón, se “borran” casi todos los jerarcas que no han sido encarcelados. Muchos se quitan el escudito peronista de las solapas, descuelgan los retratos de Perón y Evita, esconden carnets de afiliados, queman banderines, diplomas y certificados que los puedan vincular con el gobierno constitucional depuesto.

En enero de 1956, Perón redacta las “Directivas Generales para todos los Peronistas” y da instrucciones para la Resistencia: “Hemos cometido el error de creer que una revolución social podría realizarse incruentamente. La reacción nos ha demostrado que estábamos equivocados y hemos pagado un caro precio por nuestro humanitarismo. […] Ello impone: luchar con la dictadura mediante la resistencia pasiva hasta que se debilite y nuestras fuerzas puedan tomar el poder”.

Este primer documento sobre la Resistencia llega al país en febrero y enumera una serie de actividades para desgastar a la dictadura del general Pedro Aramburu y el contralmirante Isaac Rojas: “Es menester no dar tregua a la tiranía. El trabajo a desgano, el bajo rendimiento, el sabotaje, la huelga, el paro, el desorden, la lucha activa por todos los medios y en todo lugar debe ser la regla”.

Tres letras pintadas en las paredes

Al comienzo de 1956 ya existe en el desarticulado peronismo la decisión de resistir por todos los medios a la “revolución libertadora”. Al calor de la lucha surgen nuevos liderazgos políticos y sindicales, espontáneos y desorganizados pero combativos. También hay un trasvasamiento generacional. La mayor parte de los viejos funcionarios peronistas queda al margen: están en la cárcel o buscaron refugio en otros países, han perdido la mística o claudicaron.

“Los dirigentes nos han defraudado, los políticos nos han engañado, los intelectuales nos han olvidado”, resume en octubre de 1955 el primer número de Crisol del Litoral, una hoja semiclandestina editada por trabajadores del puerto de Santa Fe. Y en el número cuatro, de diciembre, afirma: “La dinámica social está en nosotros, en nuestros pechos, nuestros músculos, nuestras manos”.

El sentimiento de esos pechos impulsa la acción de muchas manos. Y de pronto, en los muros de algunos barrios de Buenos Aires aparecen tres letras pintadas con tiza o carbón: GRM.

Una anécdota explica el significado de la sigla. En Documentos de la Resistencia Peronista, Roberto Baschetti cuenta lo que le ocurrió a Coco, un trabajador al que la “libertadora” despidió de Correos y que en su juventud había sido campeón de levantamiento de pesas. Los “comandos civiles” lo apresan y encuentran en uno de los bolsillos un papelito arrugado con las letras GRM garabateadas. Piensan que son las iniciales de alguien y comienzan a interrogarlo a las trompadas. Entre golpe y golpe, le preguntan quién es el contacto, cuándo se iba a encontrar con él, en qué lugar. Y Coco, que pesa 160 kilos, aguanta. Los “libertadores” lo muelen a puñetazos, pero él no dice nada.

GRM quería decir, se supo después, “Generar Resistencia Masiva”.

Desde el filonazi hasta el protozurdo

“No teníamos armas, no podíamos hablar, ni votar, ni hacer nada. No teníamos explosivos; el sabotaje era la única manera que teníamos de enfrentar a esta banda que nos explotaba. No teníamos libertad de prensa, nada. No podíamos tener ni siquiera una foto de Perón en nuestras casas. Así que recurrimos a los «caños»”. El testimonio es de Juan Carlos Brid, comando de la Resistencia Peronista, y lo cita el historiador británico Daniel James en Resistencia e integración, publicado con respaldo de la Universidad de Cambridge.

Apodado “El alámbrico” por sus compañeros, Brid era de Tigre. Había estado exiliado en Montevideo, realizó operaciones de sabotaje en el norte del Gran Buenos Aires y era una de las obsesiones de los servicios de inteligencia de la “libertadora”, que lo buscaron durante siete años pero nunca pudieron atraparlo.

[Esa faena la logra varios años más tarde el régimen cívico-militar instaurado el 24 de marzo de 1976. Una patota del Grupo de Tareas 100, de la Fuerza Aérea, captura al militante peronista en noviembre del año siguiente en San Fernando, lo mantiene prisionero en el centro de detención clandestino conocido como Mansión Seré, en Morón, y finalmente lo asesina].

Los “caños” son explosivos artesanales. Consisten en tubos rellenos con trotyl, gelinita o pólvora y tuercas, provistos de un sistema elemental de detonación retardada. La mayoría de las veces, representan más peligro para quien los coloca que para el objetivo del ataque. Los resistentes se esfuerzan para que la explosión sólo produzca daños materiales, sin provocar muertes.

Los comandos de la Resistencia Peronista son pequeños grupos creados espontáneamente en casi todo el país, en la mayoría de los casos sin relación entre sí. Están organizados por dirigentes de segunda y tercera línea que se han salvado de caer en prisión, precisamente, por no ser muy conocidos. Al comienzo, sus células están integradas por amigos de barrio, de café y de esquina, por obreros, empleados de comercio, ex militantes de la Alianza Libertadora Nacionalista, militares dados de baja y, en ocasiones, policías.

Los periódicos informan, por ejemplo, que en Paraná (Entre Ríos), la policía ha arrestado en febrero de 1956 a cuatro hombres acusados de pintar con carbón leyendas en las paredes, intentar prender fuego un depósito de cereales, quemar vagones de trenes y planificar el incendio de un local de la Unión Cívica Radical. Formaban el grupo un chofer de camión, un trabajador ferroviario y dos individuos más, todos de “condición humilde”.

Los comandos son una muestra de la composición social del peronismo. Otra célula, desbaratada ese mes en Pergamino estaba integrada por un médico, un subinspector de policía, un contratista de construcción y un ex dirigente de la CGT local. Por esas fechas, se sabe que en Junín funciona un comando de sólo tres personas: el ex intendente, un capataz de ferrocarril y un aviador civil.

“Lo popular, lo obrero, lo negro, lo antiimperialista era lo peronista… Y el peronismo resistente obviaba cualquier diferencia interna. Así luchaban codo con codo, desde el filonazi hasta el protozurdo”, resume el semanario Primera Plana en mayo de 1972. De ese modo, la Resistencia Peronista le responde a la “revolución libertadora”.

Cuando llegue la hora…

FerminLa revista Militancia reproduce el 20 de junio de 1973 el relato de Fermín Jeanneret, miembro de un comando: “Poníamos «caños» desde el primer momento. No estábamos acostumbrados a esa clase de lucha, cuantimás un 38 corto y rajar a pata. Si hasta había veces que salíamos con cachiporras nada más. [...] Al principio teníamos las casas contadas y la gente no entendía. [...] La gente decía que volvían otra vez los salteadores de caminos, los asaltantes. [...] Poníamos «caños» a montones. Y te digo: a veces para nada, para hacer ruido nada más”.

[Jeanneret, ex militante de la Alianza Libertadora Nacionalista, era de Quilmes. Fue secuestrado el 6 de abril de 1977 y posteriormente asesinado. Tenía 68 años].

La Resistencia es anárquica, pero evita el atentado personal. Las bombas de los comandos a mediados de los años 50, contrariamente a lo que sucederá a comienzos de los 70, no buscan matar ni herir.

Los artefactos no tienen gran poder explosivo y se colocan en locales partidarios antiperonistas, centros de producción, vías de ferrocarril, refinerías de petróleo, tanques de combustible, puentes. A pesar del odio al adversario, se conserva el respeto por la vida. Pero los estallidos sacuden la noche en muchas ciudades del país y generan intranquilidad entre los “vencedores”. A eso se suma el trabajo a desgano, el sabotaje en las fábricas y usinas, la rotura de maquinarias, los cortocircuitos eléctricos en las empresas, la destrucción de señales viales, el derroche de energía, gas y agua.

Juan Vigo, un destacado activista de aquellos años, publica en 1973 su libro La vida por Perón: crónicas de la Resistencia y calcula que en abril de 1956 existían en el Gran Buenos Aires más de 200 comandos, de los que formaban parte alrededor de diez mil hombres. Estas células no constituían grupos guerrilleros como los que surgieron en los años 70. Distaban mucho de ser un encuadramiento político-militar y sus miembros carecían de la disciplina y el entrenamiento que caracterizará, más tarde, a las organizaciones armadas.

La respuesta obrera, traducida en números, la resume Richard Gillespie en su libro Soldados de Perón: cinco millones de jornadas de trabajo perdidas en las huelgas de 1956, más de seis millones en 1958 y más de once millones en 1959. Esas cifras nunca se repetirán en la historia argentina del siglo veinte y, mucho menos, en lo va del veintiuno.

A veces, la Resistencia recurre al humor. En 1957 circula en Rosario una hoja barrial: Juancito. El nombre cumple un doble propósito: evoca cariñosamente a Perón y apela a los muchachos del barrio, los “Juan Pueblo”. En septiembre, bajo el título “Todo el mundo debe tener uno”, Juancito convoca a los peronistas a seleccionar su “gorila” propio:

“Elíjalo en su club o dondequiera, cuídelo, pero sea un poco perverso, haga su vida divertida. Cualquier cosa servirá; rompa sus ventanas, haga pis en su jardín, mándele notas anónimas, haga sonar su timbre a las tres de la mañana. Cuando llegue la hora indicada, el hijo de puta sabrá que es un hombre marcado”.

“Perturbadores transformados en criminales”

En la madrugada del 22 de febrero de 1956, militantes peronistas hacen estallar el polvorín del la Fábrica Militar de Materiales de Comunicaciones, cerca de la estación ferroviaria de Migueletes, en el Gran Buenos Aires. La acción no causa víctimas, pero genera conmoción entre los “vencedores”. La “libertadora” se indigna a través de la cadena oficial; los diarios simpatizantes del régimen le hacen eco.

El mismo día, Clarín –fundado en agosto de 1945 por el abogado y ex diputado socialista Roberto Noble– condena las instrucciones de Perón y exige mano dura contra “perturbadores” y “criminales”:

“Las versiones que acerca de inminentes actos de sabotaje venían circulando en los últimos días no sólo verbalmente, sino también en misivas que contenían una incitación a cometerlos, firmados apócrifa o realmente por el mandatario depuesto, han tenido trágica confirmación en los primeros minutos de hoy [...]. Lo realizaron acatando órdenes, directas o indirectas, de quien durante diez años de tiranía simuló ser protector de las clases modestas [...]. Nosotros, que nos enrolamos patrióticamente en las filas de la Revolución Libertadora, nos sentimos orgullosos de lo que se ha calificado de tolerancia del gobierno con los perturbadores, transformados ahora en criminales [...]. Basta ya de complacencias, basta ya de tolerancias con quienes, guiados por instintos primarios apelan a este crimen de lesa humanidad para quitar a sus hermanos la paz, la justicia y la libertad [...]. Basta pues, que el gobierno proceda desde hoy con el máximo rigor”.

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SÁBADO A LA NOCHE, RON Y PLEITO

Posted 11 Octubre 2009 by RB
Categories: Relatos

Roberto Bardini

ronManagua, noviembre de 1981. Es sábado a la noche. Como siempre, hace un calor húmedo, pegajoso; un calor que podría llamarse “de jungla” en lo que podría llamarse “una ciudad”. Los tres tipos están en Los Antojitos, un pequeño restaurante mexicano al aire libre frente al Hotel Intercontinental y la nada.

DragonChinoManagua es una ciudad semidestruida. Primero, por el terremoto de 1972; después, por la guerra entre somocistas y sandinistas. Donde antes había cuadras y manzanas, ahora hay baldíos y crece la hierba. En esa zona que se podría llamar “el centro”, donde antes hubo casas y comercios, ahora hay ruinas a ras del suelo. Lo único que se yergue es la construcción piramidal del Hotel Intercontinental y, cruzando la calle llena de baches y morterazos, el restaurante Los Antojitos. Cinco o seis calles hacia el sur, está el lago de Managua y, sobre una loma, el ex bunker de Anastasio Somoza. Una cuadra al este de Los Antojitos, está el hotelito Siete Mares, una modesta construcción de dos pisos y un pequeño comedor atendido por sus dueños chinos, donde sirven platos orientales.

Los tres tipos son argentinos. Como es sábado a la noche, beben ron Flor de Caña “Plate”. No le dicen “pleit”; le dicen “pleito”. Ingerido en abundancia, puede inducir a la gresca a ecologistas, contempladores budistas, pacifistas hindúes y cobardes de cualquier nacionalidad.

Los tres tipos visten de civil. En esos días –que desde 1979 son “días y noches de amor y de guerra”, donde uno piensa en “la última mujer y el próximo combate”– quien no viste uniforme verdeolivo es un perejil. Y si no tiene una pistola en la cintura, es un perejil con uniforme.

MakarovDos de los tipos vestidos de civil tienen pistolas en la cintura, ocultas por los faldones de las guayaberas. Son Makarov nueve milímetros, soviéticas, consideradas un privilegio. También tienen algo que vale más que un par de uniformes y pistolas: tienen credenciales de oficiales del ministerio del Interior.

Uno de ellos, con aspecto de jugador de rugby, es asesor de la Policía Sandinista. Llegó a Nicaragua recomendado por el servicio de inteligencia de un país amigo, y tiene antecedentes que lo avalan. Antes, estuvo en Colombia y en Guatemala; después, combatió en el Frente Sur.

Otro de los tipos, alto y corpulento, se parece a Humphrey Bogart pero a diferencia de Bogart mide un metro ochenta y tiene densos pelos en las orejas. En su país, los compañeros le decían Boogie, le decían Rififí, le decían El Killer. A comienzos de los años 60, era asaltante de bancos; a mediados de esa década, tras de una temporada en la cárcel, se convirtió en militante peronista y siguió asaltando bancos. Ahora, por esas cosas de los ministerios del Interior jóvenes, implacables en el combate y generosos en la victoria, es instructor en la Policía Sandinista. Lo llamaremos El Pistolero.

El tercero es un perejil sin uniforme, sin pistola y sin credencial, armado únicamente con una libreta de apuntes y alguna ilusión: convertirse en un Jack London de los trópicos o Ernie Pike del Caribe, por ejemplo. Pobre tipo. Lo llamaremos El Periodista.

Los tres argentinos están en Los Antojitos, se deshidratan por el calor y beben ron “pleito”. Y suena el walkie-talkie del Policía:

– [Bzzz bzzz...] Central a las unidades de la Zona Uno… [Bzzz bzzz... crock crock]… Reportan un Cuatro Cero en el Hotel Siete Mares… Repito: …portan un …uatro …ero en el …tel …iete …ares [Plash plash... Crrr crrr].

– Un Cuatro Cero: bronca familiar, conyugal o doméstica –dice El Policía–. No falla nunca: sábado a la noche, ron y pleito. Vamos.

DragonChino2Los tres se levantan al mismo tiempo.

– Ya volvemos –le dice El Pistolero a una de las hermosas meseras morenas, de escote largo y falda corta. Y a paso rápido salen hacia el Hotel Siete Mares.

Dos de ellos caminan como ojos, oídos y puños de la Revolución, guardianes de la Ley y el Orden en la Consolidación de la Victoria Popular, manos de hierro en guantes de seda: disuadir antes que reprimir, reprimir sin generar daños, dejar fuera de combate sin causar heridas, herir sin provocar muertes…

El tercer tipo va detrás de ellos, rezagado. Cree que es El Cronista de la Nueva Era Verdeolivo y Generosa. Imagina que es el Testigo Privilegiado en el Lugar de los Hechos. Pobre tipo. Es El Periodista.

El trío comienza a trotar. Ninguno de los tres se da cuenta de que han ingerido demasiado ron “pleito”. Cuando se den cuenta, será demasiado tarde.

A la carrera, El Policía, El Pistolero y El Periodista llegan al Siete Mares con los pulmones a punto de estallar. Los tres son fumadores empedernidos. En la puerta del hotel hay varios curiosos. Se oyen los gritos de una mujer y un hombre en otro idioma, posiblemente insultos en un dialecto chino de los bajos fondos de Shangai o Cantón. También se escuchan sonidos de objetos que se rompen, seguramente de loza, porcelana y vidrio.

El Policía, El Pistolero y El Periodista entran al único y amplio ambiente de la planta baja del hotelito. Al centro está la recepción; detrás del mostrador, una anciana china se agarra la cabeza y llora. A la derecha, hay una sala de estar con sillones, una mesita baja con diarios y revistas, ceniceros de pie. Dos huéspedes están parados en el sillón más grande, aterrorizados. A la izquierda, se ubica el modesto restaurante de comida china. Todos los comensales están de pie, apoyados de espaldas contra las paredes, con expresión de pánico.

NunchakuY zigzagueando entre las mesas del comedor y los sillones de la sala, saltando por encima de la mesita baja, desde un extremo del comedor hasta el final de la sala de estar, una pequeña y delgada china con un enorme cuchillo de cocina en la mano huye de un pequeño y delgado chino que la persigue revoleando chakos. También llamados numchakus, son dos garrotes de madera de unos 50 centímetros cada uno, unidos por una cadena de acero de cinco centímetros. Es un Arma Mortal Uno, Dos y Tres, sobre todo en la mano de un chino borracho.

– ¡Asesino! –grita la china– ¡Me quiere matar!

El chino la persigue con sus chakos de un extremo a otro de la planta baja. A su paso deja una estela de olor a ron “pleito”, sudor agrio y chop suey del mediodía. A su paso también descarga con furia su Arma Mortal Uno, Dos y Tres sobre mesas y sillas, rompe platos y vasos, golpea las paredes y destroza cuadros.

Pero esto no parece ser problema para El Policía y El Pistolero, revolucionarios profesionales al servicio de la Policía Sandinista. Son hombres de acción curtidos en el peligro, un par de veteranos equilibristas en la cuerda floja, un dúo dinámico habituado a sobrevivir al margen de las leyes demoliberales capitalistas burguesas, transformados en guardianes de la ley y el orden de la Revolución.

En una pasada del chino, el robusto Policía le hace un tackle y lo derriba. Cuando está en el suelo, El Pistolero de un metro ochenta de estatura toma una silla y le planta el respaldo en el tórax. Y entonces El Policía le coloca salvajemente una rodilla en la cara y le aferra con las dos manos la muñeca para que no pueda defenderse con los chakos. Han controlado la situación en dos minutos.

Todo está bien ahora. La china deja de correr y se lanza a los brazos de la anciana que lloraba detrás del mostrador en la recepción. Los huéspedes bajan de los sillones. Los comensales regresan lentamente a sus mesas.

Pero el chino no está dispuesto a rendirse. No suelta los chakos, le muerde la rodilla al Policía, intenta patear con los dos pies al Pistolero que trata de inmovilizarlo con la silla, se retuerce en el suelo como un reptil herido y los escupe. Visto con calma y casi treinta años después, el pequeño y delgado chino ofrece un maravilloso espectáculo de resistencia a la ley, una indoblegable voluntad de no entregarse. Diminuto en comparación con los otros dos, pero irreductible, está dispuesto a que lo maten a golpes antes que ceder.

Eso si uno lo ve con calma. Pero esa noche de noviembre de 1981 nadie ve las cosas con calma. Y mucho menos, porque todos están borrachos. Sábado a la noche, ron y pleito.

El Periodista siente que debe ir en apoyo a sus dos compañeros y colaborar en el restablecimiento del orden. Se arrodilla sobre las piernas del hombrecito para que no patalee más y comienza a darle puñetazos en los testículos para que deje de escupir, chino cochino.

Grave error. Ese procedimiento no figura en los manuales policiales revolucionarios. Implacables en el combate, generosos en la victoria. Disuadir antes que reprimir, dejar fuera de combate sin causar heridas, etcétera.

Entonces se escucha un alarido de espanto, un chillido agudo que paraliza al chino, al Policía, al Pistolero y al Periodista. La escena se congela. Los cuatro quedan inmóviles y con la boca abierta. Sólo se escucha el sonido de cuatro bocas abiertas que toman y exhalan aire. En la calurosa atmósfera, las respiraciones apestan a “ron pleito”.

– ¡Asesinos! –grita la china– ¡Lo van a matar!

Y la escena recomienza cuando la pequeña mujer avanza hacia los guardianes del orden empuñando el enorme y afilado cuchillo de cocina. Fulguran de odio los ojos de la china, restallan con llamaradas asesinas. Las llamaradas parecen reflejarse en la gélida hoja del cuchillo, eficaz para decapitar los pollos, pescados, ranas y gatos que constituyen la base de los sabrosos platillos orientales del Hotel Siete Mares, atendido por sus propios dueños.

Y avanza la china, amenazante, hacia El Policía, El Pistolero y El Periodista. Más que amenazante, avanza decidida a castrarlos y seccionarlos. Ninguna de estas situaciones está prevista en el Manual del Buen Policía Sandinista.

Entonces, ante la peligrosa proximidad de la mujer del cochino chino que patalea en el suelo, El Policía, El Pistolero y El Periodista se ponen rápidamente de pie. Sin el más mínimo pudor dicen “permiso, permiso”, y pasan a los codazos y empujones tambaleándose entre la gente que se ha reunido en el hotel Siete Mares. Atraviesan velozmente la puerta que da a la calle y comienzan a correr, perseguidos por la diminuta mujer armada con el enorme cuchillo.

Los tres corren una cuadra, jadeantes como hipopótamos en el desierto. Cuando llegan al restaurante mexicano al aire libre Los Antojitos, que fue donde comenzó esta historia, tratan de recuperar la compostura. Es imposible. Están borrachos, acalorados, agitados por la carrera y con potentes descargas de adrenalina que les recorren el cuerpo como un rayo que se descarga sobre un solitario árbol flaco, alto y seco.

El Periodista voltea y mira hacia atrás. Quiere cerciorarse que no va morir a puñaladas un caluroso sábado a la noche, que no va a desangrarse en plena calle y en una Nicaragua en la que los héroes mueren jóvenes pero por otros motivos que no tienen nada qué ver con riñas conyugales. Y lo que El Periodista ve lo embriaga aún más.

A la mitad de la cuadra, la china ya no corre. Está con el chino. Están unidos por el más recíproco y rotundo de los abrazos. Se dan el más vital, húmedo y eterno de los besos, como dos amantes que han naufragado en una isla del Pacífico después de la tempestad, como los dos únicos supervivientes de un holocausto planetario. “Una escena digna del final de Cinema Paradiso”, piensa ahora, tres décadas después, El Periodista.

Y es mejor terminar este relato aquí, porque lo que sigue tiene aún mucha menos gracia.

– ¿Qué te pasa que estás tan nervioso? –le pregunta El Policía al Pistolero.

Están los tres en sentados en Los Antojitos, resoplan por el calor y el esfuerzo, fuman y beben ron.

– De esa mesa me están mirando –responde El Pistolero–. Me están haciendo muecas. Ya no se puede ir a ningún lado.

El Policía mira, ve a cuatro o cinco tipos sentados y dice:

– Son trotskistas.

Exactamente así. Igual que aquel diálogo de aquella noche de mayo de 1966 en la pizzería La Real, de Avellaneda. La noche que mataron a Rosendo García, al Griego Blajakis y a Juan Salazar, y tres o cuatro terminaron heridos de bala.

El Periodista intenta levantarse e irse porque intuye lo que sigue: insultos de mesa a mesa, sillazos, trompadas, disparos, muertos y heridos. Sábado a la noche, ron y pleito. Pero no puede incorporarse. Apoya la cabeza en la mesa y se queda dormido.
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Roberto BardiniManagua, noviembre de 1979. Es sábado a la noche. Como siempre, hace un calor

húmedo, pegajoso; un calor que podría llamarse “de jungla” en lo que podría

llamarse “una ciudad”. Los tres tipos están en Los Antojitos, un pequeño

restaurante mexicano al aire libre frente al Hotel Intercontinental y la nada.

Managua es una ciudad semidestruida. Primero, por el terremoto de 1972;

después, por la guerra entre somocistas y sandinistas. Donde antes había

cuadras y manzanas, ahora hay baldíos y crece la hierba. En esa zona que se

podría llamar “el centro”, donde antes hubo casas y comercios, ahora hay ruinas

a ras del suelo. Lo único que se yergue es la construcción piramidal del Hotel

Intercontinental y, cruzando la calle llena de baches y morterazos, el

restaurante Los Antojitos. Cinco o seis calles hacia el sur, está el lago de

Managua y, sobre una loma, el ex bunker de Anastasio Somoza. Una cuadra al este

de Los Antojitos, está el hotelito Siete Mares, una modesta construcción de dos

pisos y un pequeño comedor atendido por sus dueños chinos, donde sirven platos

orientales.

Los tres tipos son argentinos. Como es sábado a la noche, beben ron Flor de

Caña “Plate”. No le dicen ron “pleit”; le dicen “pleito”. Ingerido en

abundancia, puede inducir a la gresca a ecologistas, contempladores budistas,

pacifistas hindúes y cobardes de cualquier nacionalidad.

Los tres tipos visten de civil. En esos días de 1979 –que son “días y noches de

amor y de guerra”, donde uno piensa en “la última mujer y el próximo combate”–

quien no viste uniforme verdeolivo es un perejil. Y si no tiene una pistola en

la cintura, es un perejil con uniforme.

Dos de los tipos vestidos de civil tienen pistolas en la cintura, ocultas por

los faldones de las guayaberas. Son Makarov nueve milímetros, soviéticas,

consideradas un lujo. También tienen algo que vale más que un par de uniformes

y pistolas: tienen credenciales de oficiales del ministerio del Interior.

Uno de ellos, con aspecto de jugador de rugby, es asesor de la Policía

Sandinista. Llegó a Nicaragua recomendado por el servicio de inteligencia de un

país amigo, y tiene antecedentes que lo avalan. Antes, estuvo en Colombia y en

Guatemala; después, combatió en el Frente Sur.

Otro de los tipos, alto y corpulento, se parece a Humphrey Bogart pero a

diferencia de Bogart mide un metro ochenta y tiene densos pelos en las orejas.

En su país, los compañeros le decían Boogie, le decían Rififí, le decían El

Killer. A comienzos de los años 60, era asaltante de bancos; a mediados de esa

década, tras de una temporada en la cárcel, se convirtió en militante peronista

y siguió asaltando bancos. Ahora, por esas cosas de los ministerios del

Interior jóvenes, implacables en el combate y generosos en la victoria, es

instructor en la Policía Sandinista. Lo llamaremos El Pistolero.

El tercero es un perejil sin uniforme, sin pistola y sin credencial, armado

únicamente con una libreta de apuntes y alguna ilusión: convertirse en el Ernie

Pike del Caribe, por ejemplo. Pobre tipo. Lo llamaremos El Periodista.

Los tres argentinos están en Los Antojitos, se deshidratan por el calor y beben

ron “pleito”. Y suena el walkie-talkie del Policía:

– [Bzzz bzzz...] Central a las unidades de la Zona Uno… [Bzzz bzzz... crock

crock]… Reportan un Cuatro Uno Cero en el Hotel Siete Mares… Repito:

…portan un …uatro …ero uno en el …tel …iete …ares [Plash plash...

Crrr crrr].

– Un Cuatro Uno Cero: bronca familiar, conyugal o doméstica –dice El Policía–.

No falla nunca: sábado a la noche, ron y pleito. Vamos.

Los tres se levantan al mismo tiempo.

– Ya volvemos –le dice El Pistolero a una de las hermosas meseras morenas, de

escote largo y falda corta. Y a paso rápido salen hacia el Hotel Siete Mares.

Dos de ellos caminan como ojos, oídos y puños de la Revolución, guardianes de

la Ley y el Orden en la Consolidación de la Victoria Popular, manos de hierro

en guantes de seda: disuadir antes que reprimir, reprimir sin generar daños,

dejar fuera de combate sin causar heridas, herir sin provocar muertes…

El tercer tipo va detrás de ellos, rezagado. Cree que es El Cronista de la

Nueva Era Verdeolivo y Generosa. Imagina que es el Testigo Privilegiado en el

Lugar de los Hechos. Pobre tipo. Es El Periodista.

El trío comienza a trotar. Ninguno de los tres se da cuenta de que han ingerido

demasiado ron “pleito”. Cuando se den cuenta, será demasiado tarde.

A la carrera, El Policía, El Pistolero y El Periodista llegan al Siete Mares

con los pulmones a punto de estallar. Los tres son fumadores empedernidos. En

la puerta del hotel hay varios curiosos. Se oyen los gritos de una mujer y un

hombre en otro idioma, posiblemente insultos en un dialecto chino de los bajos

fondos de Shangai o Cantón. También se escuchan sonidos de objetos que se

rompen, seguramente de loza, porcelana y vidrio.

El Policía, El Pistolero y El Periodista entran al único y amplio ambiente de

la planta baja del hotelito. Al centro está la recepción; detrás del mostrador,

una anciana china se agarra la cabeza y llora. A la derecha, hay una sala de

estar con sillones, una mesita baja con diarios y revistas, ceniceros de pie.

Dos huéspedes están parados en el sillón más grande, aterrorizados. A la

izquierda, se ubica el modesto restaurante de comida china. Todos los

comensales están de pie, apoyados de espaldas contra las paredes, con expresión

de pánico.

Y zigzagueando entre las mesas del comedor y los sillones de la sala, saltando

por encima de la mesita baja, desde un extremo del comedor hasta el final de la

sala de estar, una pequeña y delgada china con un enorme cuchillo de cocina en

la mano huye de un pequeño y delgado chino que la persigue revoleando chakos.

También llamados numchakos, son dos garrotes de madera de unos 50 centímetros

cada uno, unidos por una cadena de acero de cinco centímetros. Es un Arma

Mortal Uno, Dos y Tres, sobre todo en la mano de un chino borracho.

– ¡Asesino! –grita la china– ¡Me quiere matar!

El chino la persigue con sus chakos de un extremo a otro de la planta baja. A

su paso deja una estela de olor a ron “pleito”, sudor agrio y chop suey del

mediodía. A su paso también descarga con furia su Arma Mortal Uno, Dos y Tres

sobre mesas y sillas, rompe platos y vasos, golpea las paredes y destroza

cuadros.

Pero esto no parece ser problema para El Policía y El Pistolero,

revolucionarios profesionales al servicio de la Policía Sandinista. Son hombres

de acción curtidos en el peligro, un par de veteranos equilibristas en la

cuerda floja, un dúo dinámico habituado a sobrevivir al margen de las leyes

demoliberales capitalistas burguesas, transformados en guardianes de la ley y

el orden de la Revolución.

En una pasada del chino, el robusto Policía le hace un tackle y lo derriba.

Cuando está en el suelo, El pistolero de un metro ochenta de estatura toma una

silla y le planta el respaldo en el tórax. Y entonces El Policía le coloca

salvajemente una rodilla en la cara y le aferra con las dos manos la muñeca

para que no pueda defenderse con los chakos. Han controlado la situación en dos

minutos.

Todo está bien ahora. La china deja de correr y se lanza a los brazos de la

anciana que lloraba detrás del mostrador en la recepción. Los huéspedes bajan

de los sillones. Los comensales regresan lentamente a sus mesas.

Pero el chino no está dispuesto a rendirse. No suelta los chakos, le muerde la

rodilla al Policía, intenta patear con los dos pies al Pistolero que trata de

inmovilizarlo con la silla, se retuerce en el suelo como un reptil herido y los

escupe. Visto con calma y treinta años después, el pequeño y delgado chino

ofrece un maravilloso espectáculo de resistencia a la ley, una indoblegable

voluntad de no entregarse. Diminuto en comparación con los otros dos, pero

irreductible, está dispuesto a que lo maten a golpes antes que ceder.

Eso si uno lo ve con calma. Pero esa noche de noviembre de 1979 nadie ve las

cosas con calma. Y mucho menos, porque todos están borrachos. Sábado a la

noche, ron y pleito.

El Periodista siente que debe ir en apoyo a sus dos compañeros y colaborar en

el restablecimiento del orden. Se arrodilla sobre las piernas del hombrecito

para que no patalee más y comienza a darle puñetazos en los testículos para que

deje de escupir, chino cochino.

Grave error. Ese procedimiento no figura en los manuales policiales

revolucionarios. Implacables en el combate, generosos en la victoria. Disuadir

antes que reprimir, dejar fuera de combate sin causar heridas, etcétera.

Entonces se escucha un alarido de espanto, un chillido agudo que paraliza al

chino, al Policía, al Pistolero y al Periodista. La escena se congela. Los

cuatro quedan inmóviles y con la boca abierta. Sólo se escucha el sonido de

cuatro bocas abiertas que toman y exhalan aire. En la calurosa atmósfera, las

respiraciones apestan a “ron pleito”.

– ¡Asesinos! –grita la china– ¡Lo van a matar!

Y la escena recomienza cuando la pequeña mujer avanza hacia los guardianes del

orden empuñando el enorme y afilado cuchillo de cocina. Fulguran de odio los

ojos de la china, restallan con llamaradas asesinas. Las llamaradas parecen

reflejarse en la gélida hoja del cuchillo, eficaz para decapitar los pollos,

pescados, ranas y gatos que constituyen la base de los sabrosos platillos

orientales del Hotel Siete Mares, atendido por sus propios dueños.

Y avanza la china, amenazante, hacia El Policía, El Pistolero y El Periodista.

Más que amenazante, avanza decidida a castrarlos y seccionarlos. Ninguna de

estas situaciones está prevista en el Manual del Buen Policía Sandinista.

Entonces, ante la peligrosa proximidad de la mujer del cochino chino que

patalea en el suelo, El Policía, El Pistolero y El Periodista se ponen

rápidamente de pie. Sin el más mínimo pudor dicen “permiso, permiso”, y pasan a

los codazos y empujones tambaleándose entre la gente que se ha reunido en el

hotel Siete Mares. Atraviesan velozmente la puerta que da a la calle y

comienzan a correr, perseguidos por la diminuta mujer armada con el enorme

cuchillo.

Los tres corren una cuadra, jadeantes como hipopótamos en el desierto. Cuando

llegan al restaurante mexicano al aire libre Los Antojitos, que fue donde

comenzó esta historia, tratan de recuperar la compostura. Es imposible. Están

borrachos, acalorados, agitados por la carrera y con potentes descargas de

adrenalina que les recorren el cuerpo un rayo que se descarga sobre un

solitario árbol flaco, alto y seco.

El Periodista voltea y mira hacia atrás. Quiere cerciorarse que no va morir a

puñaladas un caluroso sábado a la noche, que no va a desangrarse en plena calle

y en una Nicaragua en la que los héroes mueren jóvenes pero por otros motivos

que no tienen nada qué ver con riñas conyugales. Y lo que El Periodista ve lo

embriaga aún más.

A la mitad de la cuadra, la china ya no corre. Está con el chino. Están unidos

por el más recíproco y rotundo de los abrazos. Se dan el más vital, húmedo y

eterno de los besos, como dos amantes que han naufragado en una isla del

Pacífico después de la tempestad, como los dos únicos supervivientes de un

holocausto planetario. “Una escena digna del final de Cinema Paradiso”, piensa

El Periodista, mareado y a punto de caerse.

Y es mejor terminar este relato aquí, porque lo que sigue tiene aún mucha menos

gracia.

Tan poca gracia como lo que sigue:

– ¿Qué te pasa que estás tan nervioso? –le pregunta El Policía al Pistolero.

Están los tres en sentados en Los Antojitos, resoplan por el calor y el

esfuerzo, fuman y beben ron.

– De esa mesa me están mirando –responde El Pistolero–. Me están haciendo

muecas. Ya no se puede ir a ningún lado.

El Policía mira, ve a cuatro o cinco tipos sentados y dice:

– Son trotskistas.

Exactamente así. Igual que aquel diálogo de aquella noche de mayo de 1966 en la

pizzería La Real, de Avellaneda. La noche que mataron a Rosendo García, al

Griego Blajakis y a Juan Salazar, y tres o cuatro terminaron heridos de bala.

El Periodista intenta levantarse e irse porque intuye lo que sigue: insultos de

mesa a mesa, sillazos, trompadas, disparos, muertos y heridos. Sábado a la

noche, ron y pleito. Pero no puede incorporarse. Apoya la cabeza en la mesa y

se queda dormido.

ALTA ES LA NOCHE… Y CLEMENTINA VIGILA

Posted 23 Septiembre 2009 by RB
Categories: Personajes

Roberto Bardini

“De todas las repúblicas centroamericanas, Honduras es la más desdichada [...]. América Central produce en realidad el efecto de una caricatura, pero Honduras nos impresiona aún más porque parece una caricatura de Centroamérica misma”. Lo escribió el periodista canadiense William Krehm, corresponsal de la revista Time, en su libro Democracia y tiranías en el Caribe, publicado en 1949.

Leí ese libro en 1977, poco antes de viajar a Tegucigalpa, donde pasé muy buenos momentos en los tres años que viví allí y, al final de la estadía, las peores semanas. Fue antes de tomar apresuradamente un avión que me llevó de regreso a México, huyendo del Batallón 316, un grupo paramilitar creado por “asesores” militares argentinos a imagen y semejanza de la Triple A .

En iguales circunstancias también salieron otros dos compatriotas, Carlos María Vilas y Eduardo Halliburton. Los tres trabajábamos en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Y por esas vueltas de la vida, hoy los tres terminamos en la Universidad Nacional de Lanús, esa especie de Disneylandia nacional y popular surgida de la frenética imaginación de Ana Jaramillo.

En aquella etapa centroamericana, hubo un día inolvidable. A las 12:29 del 25 de julio de 1978 salió de la editorial de la Universidad hondureña mi primer libro y 16 minutos después nació mi primera hija, Valeria. Para completar la jornada, a las cuatro de la tarde de ese mismo día planté una docena de arbolitos en el jardín de mi casa. Yo tenía 29 años y estaba convencido de que podía llevarme a la vida por delante. Pasó exactamente al revés, pero esa es otra historia.

Clementina Suárez

Clementina Suárez, en su juventud

Tuve en Honduras buenos amigos, la mayoría poetas, noctámbulos y bebedores de whisky: Clementina Suárez, Roberto Sosa, Rigoberto Paredes, Eduardo Bahr, el salvadoreño Roberto Armijo, hermano de correrías con Roque Dalton… Y el historiador Ramón Oquelí, el economista Marco Virgilio Carías, el abogado Gerardo Salinas, el mayor (retirado) Ricardo Zúñiga y el dirigente estudiantil German Espinal, que hoy es embajador en Venezuela del gobierno de Manuel Zelaya.

A todos ellos me los presentó Víctor Meza, quien era mi jefe en la oficina de Relaciones Públicas de la Universidad y en la editorial universitaria, y me permitía hacer escapadas a Belice, Nicaragua, Guatemala o El Salvador, porque yo también trabajaba como corresponsal del diario mexicano El Día y la revista de circulación latinoamericana Cuadernos del tercer mundo.

Y casi todos ellos en algún momento me citaron al escritor nacional Rafael Heliodoro Valle: “La historia de Honduras puede escribirse en una lágrima”. O mencionaron el dicho local: “En Honduras, el plomo flota, el corcho se hunde y los aviones chocan con los autobuses”. A lo que el poeta Sosa agregaba que, además, “las camisas se fríen y los huevos se planchan”. Fue él quien me apodó “Ronberto Bacardini”.

Muchos de estos amigos tuvieron finales trágicos. Salinas, un amigable abogado laboralista y defensor de presos políticos, fue asesinado en julio de 1980 por el Batallón 316; tenía 33 años. El mayor Zúñiga fue asesinado en agosto de 1985, a los 37 años; poco antes de morir había denunciado que el 316 era una formación clandestina del ejército. La talentosa, enamoradiza y transgresora Clementina Suárez –de quien se decía que era la primera mujer hondureña que había publicado libros– fue asesinada en 1991 por delincuentes comunes; tenía 89 años.

En 1978, Víctor Meza también me presentó a Edmundo Orellana, un abogado simpatizante del Partido Liberal. Treinta años más tarde, Meza se convirtió en Secretario de Gobernación y Justicia (ministro del Interior) del gobierno de Manuel Zelaya, y Orellana fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores, primero, y de Defensa después. Fue este Orellana quien se dio vuelta como un guante y desencadenó la crisis que culminó con el derrocamiento de Zelaya, mientras Meza –que se mantiene leal al presidente legítimo– fue obligado a abandonar su cargo.

Unos días atrás, la Resistencia fiel a Zelaya me hizo llegar una noticia publicada en Habla Honduras, una publicación digital que se define como “un proyecto de periodismo ciudadano” y que concluye todos sus artículos con un firme “¡No pasarán!”:

Inspiradora de rebeldías

Ya anciana, aún inspiradora de rebeldías

“El jueves pasado [13 de agosto] y siguiendo con su programación anual, el Museo del Hombre hondureño organizó una actividad cultural en homenaje al aniversario de la muerte de Clementina Suárez, poeta reconocida y respetada. Al evento fue invitado originalmente el anterior ministro de Cultura, Pastor Fasquelle, pero se hizo presente la señora Mirna Castro en su rol de ministra de facto. Todo hubiera ocurrido sin incidentes: las palabras de bienvenida por parte del director del museo, el cóctel de vinos y quesos, los aplausos y las risas cultas de la elite hondureña… Pero como la Resistencia está en todas partes, en cada esquina y en cada evento, los músicos contratados para amenizar, al momento de presentar las clásicas piezas que tanto gustan a los burgueses del país, explicaron que no iban a tocar en reclamo al golpe de Estado y la presencia de la señora Castro. De nada sirvieron sus reclamos, insultos y llantos contenidos. La señora ministra tuvo que irse del museo ante la mirada sorprendida de los presentes que, luego de su salida, continuaron disfrutando de la velada”.

Alta es la noche… y Clementina vigila.

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CÓMO PROVOCAR UNA CARNICERÍA INTERNACIONAL

Posted 3 Septiembre 2009 by RB
Categories: Historia

Ninguna casa es duradera
edificada sobre las ruinas de la de tu vecino.
Y la venta de cañones trae más venta de cañones.

EZRA POUND, Canto LXI

Roberto Bardini

La Primera Guerra Mundial termina en noviembre de 1918 y deja el trágico legado de nueve millones de muertos. El aterrador saldo de mortandad ayuda a abrigar la esperanza de que aquella había sido “la guerra que acabaría todas las guerras”. Fue una vana ilusión.

VersallesEl “huevo de la serpiente” que desencadena la Segunda Guerra Mundial no es, en rigor, el furor expansionista nazi. Visto en el transcurso del tiempo y desapasionadamente, los padres de la bestia son los países vencedores de la Primera Guerra: ellos le imponen a Alemania, la gran derrotada, el implacable Tratado de Versalles.

Y cuando se rompe el cascarón del huevo que despiadadamente ayudaron a incubar, termina el festín de los triunfadores. Así que, si se busca un responsable de lo que sucedió en 1939-1945, puede señalarse con dedo seguro a la implacable Triple Entente: Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia.

El tratado se firma el 28 de junio de 1919 en la Galería de los Espejos del magnífico Palacio de Versalles, a 14 kilómetros de París. Las tres figuras prominentes del encuentro son el presidente norteamericano Woodrow Wilson, el primer ministro británico David Lloyd George y el premier francés Georges Clemenceau. Rusia, que se ha retirado de la confrontación antes de que concluya y ya se ha declarado comunista, no es invitada. Alemania, que adopta un régimen republicano tras la disolución del Imperio al final del conflicto, es excluida de las conversaciones en el suntuoso salón construido durante el reinado de Luis XIV.

Versalles2Fue en Versalles donde Francia reconoció en 1783 la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica. Allí en 1789 se convocó la Asamblea de los Estados Generales que desembocaría en la Revolución Francesa. Y también fue allí donde se originó la carnicería internacional más grande de la historia.

Esta afirmación se puede demostrar paso a paso. El Estado Mayor alemán solicita el armisticio sobre la base del programa de Woodrow Wilson, presentado en un mensaje al Senado de Estados Unidos el 21 de enero de 1917: un final “sin vencedores ni vencidos”. O sea: una paz-empate. El borrador del tratado sostiene: “La guerra no debe terminar con un acto de venganza. Ninguna nación, ningún pueblo, deben ser robados o castigados. Ninguna anexión, ninguna contribución, ninguna indemnización”. Esta honorable y generosa posibilidad determina que el ingenuo Estado Mayor alemán deponga las armas.

Poco más de dos años después, el lenguaje cambia. El 3 de marzo de 1919, Winston Churchill, primer Lord del Almirantazgo, propone ante la Cámara de los Comunes del Reino Unido: “Continuemos practicando el bloqueo por hambre con todo su rigor. Alemania está a punto de perecer de hambre. Dentro de muy pocos días estará en pleno colapso… Entonces será el momento de tratar con ella”.

Y lo que es peor, ahora el tratado incluye una cláusula que no es honorable ni generosa: “Las potencias aliadas declaran, y el gobierno alemán solemnemente admite, que la culpabilidad total en el desencadenamiento de la guerra incumbe a Alemania”.

Para asegurarse de que los perdedores no representarán nunca más un peligro bélico, los vencedores los obligan a disolver su Estado Mayor, reducir su ejército, desmantelar cuarteles y eliminar el reclutamiento militar. Les prohíben la fabricación de armas y suprimen la artillería pesada, la aviación militar y los submarinos. También disminuye la marina; la flota naval germana queda limitada a seis acorazados, seis cruceros y veinticuatro embarcaciones menores.

Sin embargo, un anexo secreto al artículo 433 permite que Alemania mantenga tropas en el Este, es decir, en la frontera con Rusia, donde la revolución soviética había derrocado al régimen zarista. Pero, como se verá, todo lo anterior no fue la única humillación inferida a Alemania.

Europa cambia de fisonomía

Francia recupera Alsacia-Lorena, perdidas durante la guerra franco-prusiana de 1870, con la inclusión de todos los puentes sobre el Rin. La orilla izquierda del río queda bajo ocupación anglo-francesa durante 15 años y los gastos de mantenimiento de las tropas aliadas invasoras corren a cargo de las casi vacías arcas alemanas.

Las minas del Sarre, donde el río del mismo nombre separa a Francia y Alemania, también pasan a ser propiedad francesa. En las regiones de Eupen y Malmédy se celebra un plebiscito que da la soberanía a Bélgica. Lo mismo sucede en los territorios en litigio de Schleswig-Holstein, perdidos por Dinamarca en la guerra de 1860.

También se reconocen las independencias de Austria, Checoslovaquia y Polonia, estados surgidos o revividos después de la derrota alemana. Alemania es obligada a renunciar a un sector de Pomerania en favor de Polonia, a una parte de Silesia en favor de Checoslovaquia y a grandes extensiones de las dos Prusias. Polonia se beneficia con un corredor que corta suelo alemán hasta el mar; su desembocadura, la ciudad de Dantzig, se convierte en ciudad libre incorporada al sistema aduanero polaco y bajo protección de la Sociedad de Naciones.

Resultado: Alemania pierde 90.000 kilómetros cuadrados de su propio suelo. Alrededor de once millones de sus habitantes quedan fuera de las fronteras originales, repartidos en países hostiles.

Y también pierde todas las posesiones coloniales, que son repartidas entre los vencedores. Camerún se divide entre Francia y Gran Bretaña. Además, los franceses se quedan con Togo y los ingleses se adueñan de Tanganyka (hoy Tanzania). La actual Namibia pasa a la Unión Sudafricana. Australia recibe una parte de Nueva Guinea. A Nueva Zelanda le toca Samoa. Las islas alemanas del Pacífico al norte del Ecuador, la región de Kiao-Chao y la península de Shantung, ambos territorios reclamados por China, pasan a manos japonesas.

Gran Bretaña aumenta su imperio con más de dos millones de kilómetros cuadrados de territorios. Francia incrementa sus posesiones con cerca de 485.000 kilómetros cuadrados al arrebatarle a Alemania las colonias de Camerún y Togo.

El ensañamiento con los caídos no termina ahí. En el aspecto económico se crea una Comisión de Reparaciones que debía determinar, antes del primero de mayo de 1921, el monto de la cantidad a pagar por Alemania en un plazo de 30 años. Pero antes de esa fecha, la nación vencida tenía que hacer un primer adelanto de 20 millones de marcos en oro o especies. En un plazo de diez años debía entregar 140 millones de toneladas de carbón a Francia, 80 toneladas a Bélgica y 77 a Italia. También tenía que suministrar a los aliados la mitad de sus existencias de productos químicos y colorantes. Además, queda obligado a entregar a Francia y a Bélgica 371.000 cabezas de ganado, de las que 141.000 eran vacas lecheras. En la miseria de la nueva república alemana de postguerra, esta imposición resulta casi genocida. El canciller de la República de Weimar la define como “asesinato organizado de niños”.

“El Tratado de Versalles es un dictado de odio”, dice José Stalin, que no es precisamente un santo.

Weimar: todos contra todos

Alemania

Luego de que el 3 de octubre de 1918 comenzaran las negociaciones para el armisticio –más que negociaciones, un monólogo de los vencedores– estallan en toda Alemania revueltas de soldados desmovilizados y trabajadores. El emperador Guillermo II abdica el 9 de noviembre. Nadie levanta un dedo en defensa de la monarquía. El 11 se firma el armisticio. Cuando se conocen las duras condiciones del tratado, se decreta una semana de luto nacional, mientras se realizan furiosas manifestaciones de protesta.

El ejército y los nacionalistas se enfrentan a los revolucionarios de izquierda. La Liga Espartaquista, dirigida por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, intenta una insurrección en enero de 1919. Ambos líderes terminan asesinados.

En la ciudad de Weimar se convoca a una Asamblea Nacional –en la que sólo participan los partidos Social Demócrata, Democrático Alemán y Católico de Centro– de la que surge un nuevo gobierno. La Constitución de agosto de 1919 instaura una república federal y parlamentaria, pero con un presidente dotado de amplios poderes. El primer mandatario elegido es el socialdemócrata Friedrich Ebert. Los historiadores no se ponen de acuerdo acerca de si el nuevo régimen era de centroizquierda o centroderecha. Quizá haya representado a las dos tendencias, a través de lo que un dirigente nacionalista definió como “sistema demócrata liberal capitalista burgués”.

Así, el nuevo régimen surge de una peculiar alianza entre los socialdemócratas –que han abandonado los métodos revolucionarios– y los conservadores, que representan a la burguesía liberal. Ambas fuerzas se unen contra el comunismo obrero. Las nuevas autoridades son acusadas de traición por aceptar las duras condiciones del Tratado de Versalles. Weimar es una república sin republicanos.

El empobrecido pueblo alemán ve cómo el dinero se esfuma del país. Mientras la inflación se acelera a un ritmo vertiginoso, los legisladores se trenzan en estériles debates parlamentarios. La laboriosa clase media pierde todos sus ahorros. Cuando el gobierno solicita una moratoria al pago de su deuda, Francia, Bélgica e Italia responden ocupando con fuerzas militares la zona del Rin en enero de 1923.

Ese año, uno de cada cuatro ciudadanos no tiene trabajo. Hay hambre, proliferan las enfermedades, la gente se muere de frío en las calles. La castigada población pierde completamente la credibilidad en la democracia liberal capitalista. Entre 1919 y 1923 la crisis se profundiza. El descrédito del gobierno aumenta cada vez más. Los grandes capitalistas financieros impulsan una implacable especulación que agrava aún más la hiperinflación.

En los 14 años posteriores a la guerra, se suicidan 225.000 personas. Esto es 16.000 por año, 44 por día.

Cuando el presidente Ebert fallece, el mariscal de campo (retirado) Paul von Hindenburg, es elegido jefe de estado en 1925. Aunque su candidatura está avalada por la Constitución, el militar carece de vocación republicana. El tiro de gracia a la República de Weimar llega con el colapso económico mundial de 1929.

FreikorpsLos combatientes que han regresado del frente, luego de cuatro años de penurias en las trincheras, están furiosos y se les exacerba el nacionalismo. Entre ellos hay un ex cabo nacido en Austria, hijo de un modesto empleado de aduanas; se llama Adolfo Hitler. La indignación nacionalista se dirige, como consecuencia, contra la implacable alianza vencedora de la guerra y la propia –e ineficiente– República de Weimar.

A lo largo ese período, crece en la mayoría de los alemanes el rechazo a lo que consideran una farsa parlamentarista de la democracia liberal. Grandes sectores del pueblo desean un Estado fuerte y organizado. Además, desde la visión de los vencidos, el mundo se ha transformado en enemigo de la que fuera una gran nación. El internacionalismo es el verdugo de la patria famélica y en harapos. No hay cabida, por tanto, a ninguna idea diferente –capitalismo, comunismo, catolicismo, pacifismo– a las antiguas tradiciones germánicas. Estas aspiraciones son retomadas y exacerbadas por la naciente doctrina nacionalsocialista.

Simultáneamente, un último componente del pensamiento nazi se desarrolla bajo la república de Weimar: el antijudaísmo. Se considera a los judíos como un enemigo interno que mueve las palancas de la especulación financiera, la inflación y el empobrecimiento del pueblo.

El 21 de marzo de 1933, la República de Weimar desaparece y comienza el Tercer Reich.

“Parásitos de vacaciones permanentes”

En abril de 1919 se crea la Sociedad de las Naciones, con sede en Ginebra (Suiza). El principal objetivo de esta agrupación internacional, surgida del Tratado de Versalles y predecesora de la Organización de Naciones Unidas, es mantener la paz mundial.

Desde su inicio, la Sociedad de Naciones es la depositaria de todas las esperanzas. Se cree que, luego de transformar a Europa en un enorme cementerio, las grandes potencias han aprendido la lección y suplantarán los cañones por el arado, la sierra y el torno. Se producirán tuercas y tornillos en lugar de bombas y balas. Se construirían fábricas, no cuarteles. Poco antes, el escritor inglés Herbert George Wells había pronosticado: “Ésta, la mayor de todas las guerras, no es sólo otra guerra… ¡Es la última guerra!”.

En 1928 se firma el pacto Briand-Kellog, que lleva el nombre del ministro francés de Relaciones exteriores y del secretario de Estado norteamericano. Las cerca de 60 naciones signatarias del tratado se comprometen a renunciar a la guerra como recurso a la solución de las crisis. Sin embargo, la Sociedad de Naciones surge de los restos de un banquete desenfrenado en Versalles. La digestión es lenta y pesada; sus consecuencias, terribles. El pacto Briand-Kellog sólo deja en evidencia el pequeño detalle de que las guerras no se acaban por decreto.

En poco tiempo, la organización se muestra impotente para resolver las cuestiones internacionales. El presidente Wilson, quien había sido su principal impulsor, no ingresa a la liga de naciones. Alemania, que se había incorporado en 1926, se retira en 1933, cuando Adolfo Hitler asciende al poder. Italia y Japón también la abandonan. La Unión Soviética entra recién en 1934, quince años más tarde.

Algunas mentes más aguzadas ya preveían el futuro sombrío que se avecinaba. En 1925, diplomáticos europeos se habían reunido en Locarno (Suiza) para ratificar las decisiones del Tratado de Versalles. Stalin, que en esa época iniciaba su escalada para transformarse en el líder de la Unión Soviética, comenta acerca del encuentro: “Pensar que Alemania va a tolerar esa situación es confiar en milagros. (…) Locarno está preñada de una nueva guerra europea”.

En 1933, Oswald Spengler alerta en su libro Años decisivos:

“Esta paz, demasiada prolongada sobre un suelo convulso de excitación creciente, es una terrible herencia. Ningún estadista, ningún partido, apenas un solo pensador político se encuentra hoy lo bastante seguro para decir la verdad. Mienten todos (…) ¡Pero qué jefes y estadistas tenemos hoy en el mundo! Este optimismo cobarde y falto de honradez anuncia todos los meses la prosperity en cuanto un par de especuladores alcistas hacen subir pasajeramente las cotizaciones, el término de la desocupación forzosa en cuanto un centenar de obreros encuentra trabajo en algún lado y, sobre todo, el logro de la «inteligencia» entre los países a la menor decisión de la Sociedad de Naciones, enjambre de parásitos veraneantes en las orillas del lago de Ginebra”.

Cerca de un siglo más tarde, los sucesores de aquella inoperante Sociedad de Naciones veranean 365 días al año en Nueva York. Envían a funcionarios que no funcionan, mediadores que no intermedian y fuerzas pacificadoras de que no pacifican. Hacen turismo prácticamente en los cinco continentes y, al igual que su predecesora, no logran evitar ningún conflicto armado, ninguna masacre, ningún desplazamiento masivo de refugiados de guerra. La ONU nace con el mismo mal de su predecesora, como un club de triunfadores con la misión de imponer sanciones.

El odio de los vencidos

El Tratado de Versalles fue especialmente despiadado con Alemania. Francia intentaba humillarla y materializar un sentimiento revanchista que alimentaba desde 1870, cuando fue derrotada en la guerra franco-prusiana. El vengativo premier Georges Clemenceau sembró torbellinos humillantes; su país –y Europa– recogieron “la tempestad de acero”.

BenitoEl Período de Entreguerras, como se conocerá posteriormente el intervalo de 20 años entre los dos conflictos mundiales, se caracteriza por la llamada “crisis de las democracias liberales”. Benito Mussolini y Adolfo Hitler se transforman en los líderes indiscutidos de Italia y Alemania, en parte porque supieron representar la retórica de un nacionalismo herido y humillado por las decisiones de Versalles.

Como Italia es el primer país en seguir esa tendencia (el Partido Fascista llegó al poder en 1922), la denominación de “fascismo” termina extendiéndose, por analogía, a los demás regímenes surgidos en Europa, porque tenían en común el hecho de ser contrarios a las democracias liberales y, por sobre todas las cosas, anticomunistas. Aunque en sus orígenes el fascismo contiene cierto sentimiento anticapitalista, especialmente contra el capital financiero, en la práctica termina estrechamente ligado al gran capital, del cual se transforma en un instrumento contra el avance de los comunistas, “el peligro rojo” que tenía aterrorizada a la burguesía.

El nacionalsocialismo es la versión alemana del fascismo. En 1923, un año después de que Mussolini asumiera como primer ministro y marchara sobre Roma al mando de sus “camisas negras”, Hitler intenta dar un golpe de Estado en Alemania. El golpe, conocido como el putsch de la cervecería, en Munich, fracasa y los principales líderes nazis son encarcelados.

En la prisión de Lansberg, Hitler escribe Mi lucha, en la cual expresa las ideas de la superioridad de la raza aria, señala como origen de todos los males a los judíos y manifiesta la necesidad de que la deshonrada Alemania conquiste el Lebensraum (espacio vital). El ex cabo sale de la cárcel convencido de la necesidad de llegar al poder por la vía constitucional. Al principio no tiene mucho éxito: en 1928, los nacionalsocialistas apenas logran 12 bancas en el Parlamento.

La oportunidad para que el nacionalsocialismo se fortalezca llega en 1929 con el crack de la Bolsa de Nueva York y la Gran Depresión. Los efectos de la crisis impactan violentamente en Alemania, ya bastante perjudicada. El colapso de la economía provoca un gran aumento del desempleo y empuja a miles de alemanes hacia la miseria, el hambre y la desesperación. El partido nacionalsocialista acrecienta su base de apoyo, pues sus postulados sensibilizan a la pequeña burguesía, empobrecida por la crisis, y a gran parte de los trabajadores y ex combatientes, quienes confían en la promesa de acabar con la desocupación.

El historiador norteamericano John Toland, ganador del premio Pulitzer, autor de una biografía de Hitler y varios trabajos sobre la Segunda Guerra, escribe en Los últimos cien días:

“La filosofía nazi, una fantasía distorsionada, era incomprensible para los ciudadanos de una democracia, pero no para los alemanes que habían visto a Hitler salvar a su tierra de una situación al borde de la revolución comunista, del desempleo y del hambre. Aunque relativamente pocos alemanes eran miembros del partido, nunca en la historia del mundo un hombre había hipnotizado tan completamente a tantos millones de seres. Hitler surgió de la nada para dominar completamente una gran nación, no sólo por la fuerza y el terror, sino también por las ideas. Ofrecía a los alemanes un digno lugar al sol que ellos creían pertenecerle, con la constante advertencia de que lo conseguirían solamente después de destruir a los judíos y sus siniestros complot de dominar el mundo por el comunismo”.

Hitler&HindLa crisis económica provoca una radicalización del cuadro político. El apoyo de la alta burguesía, preocupada por el crecimiento electoral de la izquierda y las significativas votaciones del nacionalsocialismo, conducen a la designación de Hitler como canciller en 1933. Con la muerte del presidente Hindenburg al año siguiente, Hitler pasa a acumular dos cargos. Es el inicio del régimen nazi. Ha llegado la hora de la revancha.

En la década del 30, la Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón imperial forman el grupo de “los países insatisfechos”. Los tres estados han sido duramente afectados por la ola de proteccionismo económico que siguió a la crisis de 1929, por la reducción de sus posesiones coloniales y por la terrible situación de miseria de sus ciudadanos. El caso de Alemania es el más grave: por el Tratado de Versalles ha perdido todos sus dominios de ultramar.

Por otra parte, y como agresivo contraste, están “los países satisfechos”, como Inglaterra y Francia, que mantienen sus colonias en varios puntos del planeta. Sin alternativas para continuar con la expansión capitalista, Alemania, Italia y Japón presionan por una nueva división de los mercados mundiales, lo que lleva al estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939.

La iniciativa es de Japón, que en 1931 invade Manchuria. La Liga de las Naciones comienza a mostrar señales de debilidad y de nada sirven sus tibias protestas. En 1933, Japón se retira de la Liga y continúa su expansión imperialista en China.

En 1935 le toca el turno a Italia, que invade Etiopía, uno de los pocos países independientes de África. Se le imponen sanciones económicas pero no se toman medidas efectivas para impedir la invasión, como lo hubieran sido un embargo petrolero y el bloqueo del Canal de Suez. La impotencia de la Liga de las Naciones –como muchos años después lo hará su sucesora, la ONU– pone en evidencia la inoperancia del principio de la seguridad colectiva.

Al mismo tiempo, Alemania comienza a ignorar el sofocante Tratado de Versalles e inicia una acelerada carrera armamentista. Uno de sus primeros pasos es remilitarizar Renania, zona limítrofe con Francia. El ejército francés, en ese momento superior al alemán, no hace nada frente a la potencial amenaza a su seguridad nacional. En 1936, el acercamiento entre Alemania e Italia formaliza el Eje Berlín-Roma. Los dos países, junto con Japón, crean también el Pacto Antikomintern, orientado contra la Unión Soviética.

La carne en la parrilla

A partir de 1938, las relaciones internacionales se vuelven extremadamente tensas. Después de anexar Austria, proceso conocido como Anschluss, Alemania exige los Sudetes, una zona de Checoslovaquia habitada por pueblos de origen germánico. La chispa amenaza con incendiar la región.

Adolf&CiaEl problema se resuelve en la Conferencia de Munich, a la cual no es invitada Checoslovaquia. Inglaterra, Francia e Italia reconocen el derecho alemán sobre los Sudetes y sacrifican parte de la soberanía checoslovaca. Posteriormente, tropas alemanas ocupan casi enteramente el país, sin que Francia y Gran Bretaña muevan un dedo. Esas concesiones a Alemania son conocidas como “política de apaciguamiento”, cuyo mayor exponente es el primer ministro inglés Neville Chamberlain. De ese modo se piensa evitar una nueva guerra. Sucede exactamente al revés.

La Conferencia de Munich refuerza la sospecha soviética de que las potencias occidentales “empujaban” a Alemania en su dirección. Eso explica el polémico pacto de no agresión germano-soviético, firmado el 22 de agosto de 1939, que deja perplejo al mundo. Sobre todo porque el nacionalsocialismo es notoriamente anticomunista, y Hitler ha dejado muy claro en Mi lucha que algunas ricas regiones de la URSS forman parte de su ambicionado “espacio vital”. Sin embargo, ambos países –gobernados por sistemas políticos antagónicos– tienen sus motivos. Alemania cree que así tranquilizará a su futuro adversario; la URSS considera que de ese modo gana un poco de tiempo antes de un conflicto que es casi inevitable.

Además, el tratado contiene cláusulas secretas que permiten a la Unión Soviética extender sus dominios por Polonia y los países bálticos (Letonia, Lituania y Estonia). Estos territorios, desde la perspectiva de Stalin, eran una barrera defensiva contra un posible avance nazi. Como Chamberlain y otros líderes occidentales, Stalin también se equivoca en sus pronósticos. Todas las supuestas ventajas del pacto Molotov-Ribentropp demuestran ser de poca utilidad cuando los alemanes invaden la URSS, pues rápidamente logran llegar a las puertas de Moscú.

Alemania, a su vez, también se beneficia con el pacto, pues se libera –por el momento– de tener que abrir dos frentes de guerra (Europa oriental y occidental), circunstancia que ya la había perjudicado en la Primera Guerra Mundial. Cuando la neutralidad soviética queda garantizada, el primero de septiembre de 1939 el ejército alemán invade Polonia. Es la primera de una serie de fulminantes victorias militares, en las que se aplica un nuevo estilo de combate conocido como blitzkrieg (guerra relámpago): acción rápida de fuerzas blindadas en combinación con ataques aéreos. La blitzkrieg no es una creación nazi: está inspirada en las ideas del teórico militar británico Liddell Hart.

Esta vez, Francia y Gran Bretaña no dudan y le declaran la guerra a Alemania. Pero ya es tarde: con la blitzkrieg, en menos de un año el Tercer Reich invade –además de Polonia– Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda y la propia Francia.

Comienza la gran carnicería internacional. Ahora los muertos serán más de 60 millones, la mayoría civiles.

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1956: RICARDO DÍAZ, UN POLICÍA DE LA RESISTENCIA PERONISTA

Posted 8 Junio 2009 by RB
Categories: Argentina

Roberto Bardini

Corre el año 1956… Villa Manuelita, un barrio pobre al sur de Rosario, a cinco cuadras de un matadero de reses instalado en 1874, es una mezcla de villa miseria, conventillos y ranchos con una sola calle principal de tierra. Amalgama de “barrio bravo” de los años treinta y “barrio obrero” de los cuarenta, también es bastión de la Resistencia Peronista.

Su denominación oficial es General San Martín, pero le llaman Villa Manuelita en recuerdo de doña Manuela Rodríguez, dueña de catorce casas con nombres de provincias argentinas que alquilaba baratas. Habitan el barrio empleadas del frigorífico Swift y trabajadores del ferrocarril, el puerto, las fábricas y los depósitos de materiales de construcción. En septiembre de 1953, durante el segundo gobierno peronista, se había creado una biblioteca con 200 libros y se organizaban concursos de pintura infantil, funciones de cine y bailes para recaudar fondos y comprar nuevos textos.

Cuentan que en ese lugar aparece en septiembre de 1955 un mensaje escrito con brea en una sábana: “Todos los países reconocen a Lonardi. Villa Manuelita no lo reconoce”. Otros dicen que el mensaje se ve una mañana de 1956, escrito con alquitrán en una pared de chapa: “Los yanquis, los rusos y las potencias reconocen a la Libertadora. Villa Manuelita no”.

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En un barrio contiguo, Tablada, está el comisario Ricardo Díaz, un policía diabético que el 9 junio de 1956 se une en Rosario al levantamiento de los generales Juan José Valle y Raúl Tanco. La historia, poco conocida, la cuenta Eduardo Toniolli en “Armas para Valle”, publicada el 9 de junio de 2006 en la revista La memoria de nuestro pueblo, al cumplirse medio siglo del levantamiento peronista.

Hijo de un payaso y trapecista, dueño de un modesto circo, Díaz ha trabajado desde niño en la empresa familiar recorriendo pueblos del interior. En su adolescencia también fue payaso y actor de sainetes en los que interpretaba a famosos bandidos rurales: Juan Moreira, Mate Cocido, Bairoletto… Se casó muy joven con la hija de un militante anarquista del campo, tuvo un hijo y en 1942 llegó a Rosario, donde ingresó a la policía provincial con la idea de conseguir una ocupación fija. Hombre de ideas libertarias, hizo carrera durante el peronismo y llegó a comisario. Después del golpe de septiembre de 1955, gracias a su buena hoja de servicios no resultó perjudicado por los pases, traslados y bajas ordenados por la “revolución libertadora”.

El 9 de junio del año siguiente, Díaz está a cargo de la comisaría 16 del barrio Tablada, llamado así por los corrales con tablones de madera en los que se encerraba al ganado antes de enviarlo al matadero. El comisario les pregunta a sus subordinados si quieren unirse al levantamiento peronista; sólo acepta un policía sumariante de apellido Vigil. Entonces los dos encierran al resto de los agentes en los calabozos para no comprometerlos y se van con 14 carabinas a sumarse a otros rebeldes en el centro de la ciudad.

Tres días después, cuando la rebelión ha fracasado, son detenidos. Díaz va preso un año y medio en la Unidad Penitenciaria Nº 3, de Rosario, donde se le agrava la diabetes porque los carceleros no siempre le entregan la insulina que envía su familia.

Sale en libertad a principios de 1958. “El afuera resultó ser igual de duro para la familia Díaz: una peluquería, un salón de ventas, cualquier emprendimiento resultaba válido para pucherear, pero sobre todo para adquirir la insulina que el ex comisario precisaba para sobrellevar su diabetes”, escribe Toniolli. El ex policía logra que le paguen una magra jubilación con un grado menor y muere al poco tiempo. Y, salvo la paciente reconstrucción de Toniolli, no existe ningún otro testimonio escrito acerca de su participación en el levantamiento del general Valle.

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