FLORENCIO VARELA, LA SEÑORA CARRIÓ Y “LA CHINGADA MADRE QUE LOS PARIÓ”

Posted 4 Noviembre 2009 by RB
Categories: Argentina

Roberto Bardini

En estos días, cuando falta poco para que se cumpla un nuevo aniversario del combate de la Vuelta de Obligado, recordé al escritor unitario Florencio Varela, extrañé un poco a México –donde viví 32 años– y pensé en Carmen Lira, directora del diario La Jornada, del Distrito Federal. Y todo a causa de recientes declaraciones de la ex diputada Elisa Carrió.

VarelaEn 1843, como se sabe, Florencio Varela viaja a Londres y París como representante del Partido Unitario para solicitar la intervención militar de Gran Bretaña y Francia en el Río de la Plata. El emisario especial, exiliado en Montevideo, obedece instrucciones de los enemigos de Juan Manuel de Rosas en Uruguay. Y en el fondo le hace el juego al almirante John Brett Purvis, comandante en jefe de la flota británica en América del Sur, y al canciller del Imperio de Brasil, João Vieira Cansanção, vizconde de Sinimbu.

Dos años después, una poderosa escuadra naval anglo-francesa llega a las costas suramericanas y declara el bloqueo a Buenos Aires. Y en medio de esta poco patriótica misión opositora al gobierno de Rosas se escribe una de las más gloriosas gestas nacionales: la batalla de la Vuelta de Obligado el 20 de noviembre de 1845.

A 166 años de aquella gira europea antirrosista, Florencio Varela tiene una especie de clon femenino en estas latitudes: la señora Elisa Carrió, lideresa de la Coalición Cívica.

carrioEx Reina de Belleza del Chaco (1971), ex asesora de la Fiscalía de Estado de esa provincia durante el Proceso de Reorganización Nacional (1979) y ex juez de Cámara también bajo la dictadura militar (1980), la señora Elisa Carrió anunció recientemente a los cuatro puntos cardinales que entregará un documento a varias embajadas extranjeras para denunciar una inminente “escalada de violencia” por parte del gobierno.

Según la sistemática opositora, recurre “a los gobiernos de los países amigos” porque la situación es tan alarmante que “vulnera principios y normas del derecho internacional, particularmente los del sistema interamericano”. Y es tan grave el asunto, que está en juego “la vigencia efectiva de la democracia representativa, que es principio esencial de la Organización de los Estados Americanos”.

¿No será demasiado? ¿Qué pretende la señora Elisa Carrió, esa especie de pitonisa chaqueña? ¿Un bloqueo naval a Buenos Aires? ¿Un golpe “constitucional” al estilo Honduras? ¿La llegada de observadores internacionales, el desembarco de marines, la intervención de los cascos azules de la ONU?

Las representaciones destinatarias del informe son Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, España, Estados Unidos, Francia, Italia, México, Perú y Uruguay. Pero la señora Elisa Carrió, predicadora de catástrofes, no toma en cuenta que la mayoría de estas sedes dispone de analistas de primer nivel con acceso a fuentes de información políticas, diplomáticas, militares y de inteligencia mucho más objetivas y confiables.

Antes, la señora Elisa Carrió se presenta en varios programas periodísticos en la televisión –a veces dos en el mismo día, con diferencia de pocos minutos– para denunciar con vehemencia acopios de armas, entrenamientos guerrilleros, futuros atentados contra políticos opositores. Y, como siempre, desenfunda los nombres de Hitler, Stalin y Ceaucescu, personajes sepultados bajo siete capas geológicas de la historia. Por el momento, no se atreve a incluir en su gran obra maestra del terror a Rosas y a Perón.

Y ahora entra en escena la periodista mexicana Carmen Lira, directora del periódico La Jornada, a quien conocí en 1976 cuando era una inquieta reportera de la sección internacional del diario Excelsior. Varias veces estuvimos juntos en los años siguientes, “bajo fuego” y muertos de miedo, en Nicaragua y El Salvador.

Carmen es una mujer de izquierda, pero como buena mexicana también es nacionalista. Muchos años atrás me dijo algo así: “Yo soy opositora desde que tengo uso de razón y no les doy tregua a estos cabrones que nos gobiernan desde hace décadas. Pero cuando estoy fuera de México no tolero que nadie hable mal de ningún presidente o funcionario o político mexicano. Aquí, si pudiera, los meto presos a todos; afuera, no permito que les falten respeto. Para mí, aquí o afuera, México está primero”.

Y así piensa la mayoría de mexicanos que conozco, liberales o conservadores, de izquierda, derecha o centro, militantes o apolíticos. Para todos ellos –salvo ínfimas excepciones– la Patria está primero.

Y por cierto: los mexicanos acuñaron un nombre para designar a personajes como Florencio Varela y la señora Elisa Carrió. Les denominan “malinchistas” o les aplican el muy extendido “hijos de la chingada” o el más directo “la chingada madre que los parió”. Son otros usos, distintas costumbres. Pero ésa es otra historia.

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ELIJA SU “GORILA” PROPIO

Posted 26 Octubre 2009 by RB
Categories: Argentina

Roberto Bardini

escudoperonistaTras el golpe cívico-militar que el 16 de septiembre de 1955 derroca al general Juan Perón, se “borran” casi todos los jerarcas que no han sido encarcelados. Muchos se quitan el escudito peronista de las solapas, descuelgan los retratos de Perón y Evita, esconden carnets de afiliados, queman banderines, diplomas y certificados que los puedan vincular con el gobierno constitucional depuesto.

En enero de 1956, Perón redacta las “Directivas Generales para todos los Peronistas” y da instrucciones para la Resistencia: “Hemos cometido el error de creer que una revolución social podría realizarse incruentamente. La reacción nos ha demostrado que estábamos equivocados y hemos pagado un caro precio por nuestro humanitarismo. […] Ello impone: luchar con la dictadura mediante la resistencia pasiva hasta que se debilite y nuestras fuerzas puedan tomar el poder”.

Este primer documento sobre la Resistencia llega al país en febrero y enumera una serie de actividades para desgastar a la dictadura del general Pedro Aramburu y el contralmirante Isaac Rojas: “Es menester no dar tregua a la tiranía. El trabajo a desgano, el bajo rendimiento, el sabotaje, la huelga, el paro, el desorden, la lucha activa por todos los medios y en todo lugar debe ser la regla”.

Tres letras pintadas en las paredes

Al comienzo de 1956 ya existe en el desarticulado peronismo la decisión de resistir por todos los medios a la “revolución libertadora”. Al calor de la lucha surgen nuevos liderazgos políticos y sindicales, espontáneos y desorganizados pero combativos. También hay un trasvasamiento generacional. La mayor parte de los viejos funcionarios peronistas queda al margen: están en la cárcel o buscaron refugio en otros países, han perdido la mística o claudicaron.

“Los dirigentes nos han defraudado, los políticos nos han engañado, los intelectuales nos han olvidado”, resume en octubre de 1955 el primer número de Crisol del Litoral, una hoja semiclandestina editada por trabajadores del puerto de Santa Fe. Y en el número cuatro, de diciembre, afirma: “La dinámica social está en nosotros, en nuestros pechos, nuestros músculos, nuestras manos”.

El sentimiento de esos pechos impulsa la acción de muchas manos. Y de pronto, en los muros de algunos barrios de Buenos Aires aparecen tres letras pintadas con tiza o carbón: GRM.

Una anécdota explica el significado de la sigla. En Documentos de la Resistencia Peronista, Roberto Baschetti cuenta lo que le ocurrió a Coco, un trabajador al que la “libertadora” despidió de Correos y que en su juventud había sido campeón de levantamiento de pesas. Los “comandos civiles” lo apresan y encuentran en uno de los bolsillos un papelito arrugado con las letras GRM garabateadas. Piensan que son las iniciales de alguien y comienzan a interrogarlo a las trompadas. Entre golpe y golpe, le preguntan quién es el contacto, cuándo se iba a encontrar con él, en qué lugar. Y Coco, que pesa 160 kilos, aguanta. Los “libertadores” lo muelen a puñetazos, pero él no dice nada.

GRM quería decir, se supo después, “Generar Resistencia Masiva”.

Desde el filonazi hasta el protozurdo

“No teníamos armas, no podíamos hablar, ni votar, ni hacer nada. No teníamos explosivos; el sabotaje era la única manera que teníamos de enfrentar a esta banda que nos explotaba. No teníamos libertad de prensa, nada. No podíamos tener ni siquiera una foto de Perón en nuestras casas. Así que recurrimos a los «caños»”. El testimonio es de Juan Carlos Brid, comando de la Resistencia Peronista, y lo cita el historiador británico Daniel James en Resistencia e integración, publicado con respaldo de la Universidad de Cambridge.

Apodado “El alámbrico” por sus compañeros, Brid era de Tigre. Había estado exiliado en Montevideo, realizó operaciones de sabotaje en el norte del Gran Buenos Aires y era una de las obsesiones de los servicios de inteligencia de la “libertadora”, que lo buscaron durante siete años pero nunca pudieron atraparlo.

[Esa faena la logra varios años más tarde el régimen cívico-militar instaurado el 24 de marzo de 1976. Una patota del Grupo de Tareas 100, de la Fuerza Aérea, captura al militante peronista en noviembre del año siguiente en San Fernando, lo mantiene prisionero en el centro de detención clandestino conocido como Mansión Seré, en Morón, y finalmente lo asesina].

Los “caños” son explosivos artesanales. Consisten en tubos rellenos con trotyl, gelinita o pólvora y tuercas, provistos de un sistema elemental de detonación retardada. La mayoría de las veces, representan más peligro para quien los coloca que para el objetivo del ataque. Los resistentes se esfuerzan para que la explosión sólo produzca daños materiales, sin provocar muertes.

Los comandos de la Resistencia Peronista son pequeños grupos creados espontáneamente en casi todo el país, en la mayoría de los casos sin relación entre sí. Están organizados por dirigentes de segunda y tercera línea que se han salvado de caer en prisión, precisamente, por no ser muy conocidos. Al comienzo, sus células están integradas por amigos de barrio, de café y de esquina, por obreros, empleados de comercio, ex militantes de la Alianza Libertadora Nacionalista, militares dados de baja y, en ocasiones, policías.

Los periódicos informan, por ejemplo, que en Paraná (Entre Ríos), la policía ha arrestado en febrero de 1956 a cuatro hombres acusados de pintar con carbón leyendas en las paredes, intentar prender fuego un depósito de cereales, quemar vagones de trenes y planificar el incendio de un local de la Unión Cívica Radical. Formaban el grupo un chofer de camión, un trabajador ferroviario y dos individuos más, todos de “condición humilde”.

Los comandos son una muestra de la composición social del peronismo. Otra célula, desbaratada ese mes en Pergamino estaba integrada por un médico, un subinspector de policía, un contratista de construcción y un ex dirigente de la CGT local. Por esas fechas, se sabe que en Junín funciona un comando de sólo tres personas: el ex intendente, un capataz de ferrocarril y un aviador civil.

“Lo popular, lo obrero, lo negro, lo antiimperialista era lo peronista… Y el peronismo resistente obviaba cualquier diferencia interna. Así luchaban codo con codo, desde el filonazi hasta el protozurdo”, resume el semanario Primera Plana en mayo de 1972. De ese modo, la Resistencia Peronista le responde a la “revolución libertadora”.

Cuando llegue la hora…

FerminLa revista Militancia reproduce el 20 de junio de 1973 el relato de Fermín Jeanneret, miembro de un comando: “Poníamos «caños» desde el primer momento. No estábamos acostumbrados a esa clase de lucha, cuantimás un 38 corto y rajar a pata. Si hasta había veces que salíamos con cachiporras nada más. [...] Al principio teníamos las casas contadas y la gente no entendía. [...] La gente decía que volvían otra vez los salteadores de caminos, los asaltantes. [...] Poníamos «caños» a montones. Y te digo: a veces para nada, para hacer ruido nada más”.

[Jeanneret, ex militante de la Alianza Libertadora Nacionalista, era de Quilmes. Fue secuestrado el 6 de abril de 1977 y posteriormente asesinado. Tenía 68 años].

La Resistencia es anárquica, pero evita el atentado personal. Las bombas de los comandos a mediados de los años 50, contrariamente a lo que sucederá a comienzos de los 70, no buscan matar ni herir.

Los artefactos no tienen gran poder explosivo y se colocan en locales partidarios antiperonistas, centros de producción, vías de ferrocarril, refinerías de petróleo, tanques de combustible, puentes. A pesar del odio al adversario, se conserva el respeto por la vida. Pero los estallidos sacuden la noche en muchas ciudades del país y generan intranquilidad entre los “vencedores”. A eso se suma el trabajo a desgano, el sabotaje en las fábricas y usinas, la rotura de maquinarias, los cortocircuitos eléctricos en las empresas, la destrucción de señales viales, el derroche de energía, gas y agua.

Juan Vigo, un destacado activista de aquellos años, publica en 1973 su libro La vida por Perón: crónicas de la Resistencia y calcula que en abril de 1956 existían en el Gran Buenos Aires más de 200 comandos, de los que formaban parte alrededor de diez mil hombres. Estas células no constituían grupos guerrilleros como los que surgieron en los años 70. Distaban mucho de ser un encuadramiento político-militar y sus miembros carecían de la disciplina y el entrenamiento que caracterizará, más tarde, a las organizaciones armadas.

La respuesta obrera, traducida en números, la resume Richard Gillespie en su libro Soldados de Perón: cinco millones de jornadas de trabajo perdidas en las huelgas de 1956, más de seis millones en 1958 y más de once millones en 1959. Esas cifras nunca se repetirán en la historia argentina del siglo veinte y, mucho menos, en lo va del veintiuno.

A veces, la Resistencia recurre al humor. En 1957 circula en Rosario una hoja barrial: Juancito. El nombre cumple un doble propósito: evoca cariñosamente a Perón y apela a los muchachos del barrio, los “Juan Pueblo”. En septiembre, bajo el título “Todo el mundo debe tener uno”, Juancito convoca a los peronistas a seleccionar su “gorila” propio:

“Elíjalo en su club o dondequiera, cuídelo, pero sea un poco perverso, haga su vida divertida. Cualquier cosa servirá; rompa sus ventanas, haga pis en su jardín, mándele notas anónimas, haga sonar su timbre a las tres de la mañana. Cuando llegue la hora indicada, el hijo de puta sabrá que es un hombre marcado”.

“Perturbadores transformados en criminales”

En la madrugada del 22 de febrero de 1956, militantes peronistas hacen estallar el polvorín del la Fábrica Militar de Materiales de Comunicaciones, cerca de la estación ferroviaria de Migueletes, en el Gran Buenos Aires. La acción no causa víctimas, pero genera conmoción entre los “vencedores”. La “libertadora” se indigna a través de la cadena oficial; los diarios simpatizantes del régimen le hacen eco.

El mismo día, Clarín –fundado en agosto de 1945 por el abogado y ex diputado socialista Roberto Noble– condena las instrucciones de Perón y exige mano dura contra “perturbadores” y “criminales”:

“Las versiones que acerca de inminentes actos de sabotaje venían circulando en los últimos días no sólo verbalmente, sino también en misivas que contenían una incitación a cometerlos, firmados apócrifa o realmente por el mandatario depuesto, han tenido trágica confirmación en los primeros minutos de hoy [...]. Lo realizaron acatando órdenes, directas o indirectas, de quien durante diez años de tiranía simuló ser protector de las clases modestas [...]. Nosotros, que nos enrolamos patrióticamente en las filas de la Revolución Libertadora, nos sentimos orgullosos de lo que se ha calificado de tolerancia del gobierno con los perturbadores, transformados ahora en criminales [...]. Basta ya de complacencias, basta ya de tolerancias con quienes, guiados por instintos primarios apelan a este crimen de lesa humanidad para quitar a sus hermanos la paz, la justicia y la libertad [...]. Basta pues, que el gobierno proceda desde hoy con el máximo rigor”.

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SÁBADO A LA NOCHE, RON Y PLEITO

Posted 11 Octubre 2009 by RB
Categories: Relatos

Roberto Bardini

ronManagua, noviembre de 1981. Es sábado a la noche. Como siempre, hace un calor húmedo, pegajoso; un calor que podría llamarse “de jungla” en lo que podría llamarse “una ciudad”. Los tres tipos están en Los Antojitos, un pequeño restaurante mexicano al aire libre frente al Hotel Intercontinental y la nada.

DragonChinoManagua es una ciudad semidestruida. Primero, por el terremoto de 1972; después, por la guerra entre somocistas y sandinistas. Donde antes había cuadras y manzanas, ahora hay baldíos y crece la hierba. En esa zona que se podría llamar “el centro”, donde antes hubo casas y comercios, ahora hay ruinas a ras del suelo. Lo único que se yergue es la construcción piramidal del Hotel Intercontinental y, cruzando la calle llena de baches y morterazos, el restaurante Los Antojitos. Cinco o seis calles hacia el sur, está el lago de Managua y, sobre una loma, el ex bunker de Anastasio Somoza. Una cuadra al este de Los Antojitos, está el hotelito Siete Mares, una modesta construcción de dos pisos y un pequeño comedor atendido por sus dueños chinos, donde sirven platos orientales.

Los tres tipos son argentinos. Como es sábado a la noche, beben ron Flor de Caña “Plate”. No le dicen “pleit”; le dicen “pleito”. Ingerido en abundancia, puede inducir a la gresca a ecologistas, contempladores budistas, pacifistas hindúes y cobardes de cualquier nacionalidad.

Los tres tipos visten de civil. En esos días –que desde 1979 son “días y noches de amor y de guerra”, donde uno piensa en “la última mujer y el próximo combate”– quien no viste uniforme verdeolivo es un perejil. Y si no tiene una pistola en la cintura, es un perejil con uniforme.

MakarovDos de los tipos vestidos de civil tienen pistolas en la cintura, ocultas por los faldones de las guayaberas. Son Makarov nueve milímetros, soviéticas, consideradas un privilegio. También tienen algo que vale más que un par de uniformes y pistolas: tienen credenciales de oficiales del ministerio del Interior.

Uno de ellos, con aspecto de jugador de rugby, es asesor de la Policía Sandinista. Llegó a Nicaragua recomendado por el servicio de inteligencia de un país amigo, y tiene antecedentes que lo avalan. Antes, estuvo en Colombia y en Guatemala; después, combatió en el Frente Sur.

Otro de los tipos, alto y corpulento, se parece a Humphrey Bogart pero a diferencia de Bogart mide un metro ochenta y tiene densos pelos en las orejas. En su país, los compañeros le decían Boogie, le decían Rififí, le decían El Killer. A comienzos de los años 60, era asaltante de bancos; a mediados de esa década, tras de una temporada en la cárcel, se convirtió en militante peronista y siguió asaltando bancos. Ahora, por esas cosas de los ministerios del Interior jóvenes, implacables en el combate y generosos en la victoria, es instructor en la Policía Sandinista. Lo llamaremos El Pistolero.

El tercero es un perejil sin uniforme, sin pistola y sin credencial, armado únicamente con una libreta de apuntes y alguna ilusión: convertirse en un Jack London de los trópicos o Ernie Pike del Caribe, por ejemplo. Pobre tipo. Lo llamaremos El Periodista.

Los tres argentinos están en Los Antojitos, se deshidratan por el calor y beben ron “pleito”. Y suena el walkie-talkie del Policía:

– [Bzzz bzzz...] Central a las unidades de la Zona Uno… [Bzzz bzzz... crock crock]… Reportan un Cuatro Cero en el Hotel Siete Mares… Repito: …portan un …uatro …ero en el …tel …iete …ares [Plash plash... Crrr crrr].

– Un Cuatro Cero: bronca familiar, conyugal o doméstica –dice El Policía–. No falla nunca: sábado a la noche, ron y pleito. Vamos.

DragonChino2Los tres se levantan al mismo tiempo.

– Ya volvemos –le dice El Pistolero a una de las hermosas meseras morenas, de escote largo y falda corta. Y a paso rápido salen hacia el Hotel Siete Mares.

Dos de ellos caminan como ojos, oídos y puños de la Revolución, guardianes de la Ley y el Orden en la Consolidación de la Victoria Popular, manos de hierro en guantes de seda: disuadir antes que reprimir, reprimir sin generar daños, dejar fuera de combate sin causar heridas, herir sin provocar muertes…

El tercer tipo va detrás de ellos, rezagado. Cree que es El Cronista de la Nueva Era Verdeolivo y Generosa. Imagina que es el Testigo Privilegiado en el Lugar de los Hechos. Pobre tipo. Es El Periodista.

El trío comienza a trotar. Ninguno de los tres se da cuenta de que han ingerido demasiado ron “pleito”. Cuando se den cuenta, será demasiado tarde.

A la carrera, El Policía, El Pistolero y El Periodista llegan al Siete Mares con los pulmones a punto de estallar. Los tres son fumadores empedernidos. En la puerta del hotel hay varios curiosos. Se oyen los gritos de una mujer y un hombre en otro idioma, posiblemente insultos en un dialecto chino de los bajos fondos de Shangai o Cantón. También se escuchan sonidos de objetos que se rompen, seguramente de loza, porcelana y vidrio.

El Policía, El Pistolero y El Periodista entran al único y amplio ambiente de la planta baja del hotelito. Al centro está la recepción; detrás del mostrador, una anciana china se agarra la cabeza y llora. A la derecha, hay una sala de estar con sillones, una mesita baja con diarios y revistas, ceniceros de pie. Dos huéspedes están parados en el sillón más grande, aterrorizados. A la izquierda, se ubica el modesto restaurante de comida china. Todos los comensales están de pie, apoyados de espaldas contra las paredes, con expresión de pánico.

NunchakuY zigzagueando entre las mesas del comedor y los sillones de la sala, saltando por encima de la mesita baja, desde un extremo del comedor hasta el final de la sala de estar, una pequeña y delgada china con un enorme cuchillo de cocina en la mano huye de un pequeño y delgado chino que la persigue revoleando chakos. También llamados numchakus, son dos garrotes de madera de unos 50 centímetros cada uno, unidos por una cadena de acero de cinco centímetros. Es un Arma Mortal Uno, Dos y Tres, sobre todo en la mano de un chino borracho.

– ¡Asesino! –grita la china– ¡Me quiere matar!

El chino la persigue con sus chakos de un extremo a otro de la planta baja. A su paso deja una estela de olor a ron “pleito”, sudor agrio y chop suey del mediodía. A su paso también descarga con furia su Arma Mortal Uno, Dos y Tres sobre mesas y sillas, rompe platos y vasos, golpea las paredes y destroza cuadros.

Pero esto no parece ser problema para El Policía y El Pistolero, revolucionarios profesionales al servicio de la Policía Sandinista. Son hombres de acción curtidos en el peligro, un par de veteranos equilibristas en la cuerda floja, un dúo dinámico habituado a sobrevivir al margen de las leyes demoliberales capitalistas burguesas, transformados en guardianes de la ley y el orden de la Revolución.

En una pasada del chino, el robusto Policía le hace un tackle y lo derriba. Cuando está en el suelo, El Pistolero de un metro ochenta de estatura toma una silla y le planta el respaldo en el tórax. Y entonces El Policía le coloca salvajemente una rodilla en la cara y le aferra con las dos manos la muñeca para que no pueda defenderse con los chakos. Han controlado la situación en dos minutos.

Todo está bien ahora. La china deja de correr y se lanza a los brazos de la anciana que lloraba detrás del mostrador en la recepción. Los huéspedes bajan de los sillones. Los comensales regresan lentamente a sus mesas.

Pero el chino no está dispuesto a rendirse. No suelta los chakos, le muerde la rodilla al Policía, intenta patear con los dos pies al Pistolero que trata de inmovilizarlo con la silla, se retuerce en el suelo como un reptil herido y los escupe. Visto con calma y casi treinta años después, el pequeño y delgado chino ofrece un maravilloso espectáculo de resistencia a la ley, una indoblegable voluntad de no entregarse. Diminuto en comparación con los otros dos, pero irreductible, está dispuesto a que lo maten a golpes antes que ceder.

Eso si uno lo ve con calma. Pero esa noche de noviembre de 1981 nadie ve las cosas con calma. Y mucho menos, porque todos están borrachos. Sábado a la noche, ron y pleito.

El Periodista siente que debe ir en apoyo a sus dos compañeros y colaborar en el restablecimiento del orden. Se arrodilla sobre las piernas del hombrecito para que no patalee más y comienza a darle puñetazos en los testículos para que deje de escupir, chino cochino.

Grave error. Ese procedimiento no figura en los manuales policiales revolucionarios. Implacables en el combate, generosos en la victoria. Disuadir antes que reprimir, dejar fuera de combate sin causar heridas, etcétera.

Entonces se escucha un alarido de espanto, un chillido agudo que paraliza al chino, al Policía, al Pistolero y al Periodista. La escena se congela. Los cuatro quedan inmóviles y con la boca abierta. Sólo se escucha el sonido de cuatro bocas abiertas que toman y exhalan aire. En la calurosa atmósfera, las respiraciones apestan a “ron pleito”.

– ¡Asesinos! –grita la china– ¡Lo van a matar!

Y la escena recomienza cuando la pequeña mujer avanza hacia los guardianes del orden empuñando el enorme y afilado cuchillo de cocina. Fulguran de odio los ojos de la china, restallan con llamaradas asesinas. Las llamaradas parecen reflejarse en la gélida hoja del cuchillo, eficaz para decapitar los pollos, pescados, ranas y gatos que constituyen la base de los sabrosos platillos orientales del Hotel Siete Mares, atendido por sus propios dueños.

Y avanza la china, amenazante, hacia El Policía, El Pistolero y El Periodista. Más que amenazante, avanza decidida a castrarlos y seccionarlos. Ninguna de estas situaciones está prevista en el Manual del Buen Policía Sandinista.

Entonces, ante la peligrosa proximidad de la mujer del cochino chino que patalea en el suelo, El Policía, El Pistolero y El Periodista se ponen rápidamente de pie. Sin el más mínimo pudor dicen “permiso, permiso”, y pasan a los codazos y empujones tambaleándose entre la gente que se ha reunido en el hotel Siete Mares. Atraviesan velozmente la puerta que da a la calle y comienzan a correr, perseguidos por la diminuta mujer armada con el enorme cuchillo.

Los tres corren una cuadra, jadeantes como hipopótamos en el desierto. Cuando llegan al restaurante mexicano al aire libre Los Antojitos, que fue donde comenzó esta historia, tratan de recuperar la compostura. Es imposible. Están borrachos, acalorados, agitados por la carrera y con potentes descargas de adrenalina que les recorren el cuerpo como un rayo que se descarga sobre un solitario árbol flaco, alto y seco.

El Periodista voltea y mira hacia atrás. Quiere cerciorarse que no va morir a puñaladas un caluroso sábado a la noche, que no va a desangrarse en plena calle y en una Nicaragua en la que los héroes mueren jóvenes pero por otros motivos que no tienen nada qué ver con riñas conyugales. Y lo que El Periodista ve lo embriaga aún más.

A la mitad de la cuadra, la china ya no corre. Está con el chino. Están unidos por el más recíproco y rotundo de los abrazos. Se dan el más vital, húmedo y eterno de los besos, como dos amantes que han naufragado en una isla del Pacífico después de la tempestad, como los dos únicos supervivientes de un holocausto planetario. “Una escena digna del final de Cinema Paradiso”, piensa ahora, tres décadas después, El Periodista.

Y es mejor terminar este relato aquí, porque lo que sigue tiene aún mucha menos gracia.

– ¿Qué te pasa que estás tan nervioso? –le pregunta El Policía al Pistolero.

Están los tres en sentados en Los Antojitos, resoplan por el calor y el esfuerzo, fuman y beben ron.

– De esa mesa me están mirando –responde El Pistolero–. Me están haciendo muecas. Ya no se puede ir a ningún lado.

El Policía mira, ve a cuatro o cinco tipos sentados y dice:

– Son trotskistas.

Exactamente así. Igual que aquel diálogo de aquella noche de mayo de 1966 en la pizzería La Real, de Avellaneda. La noche que mataron a Rosendo García, al Griego Blajakis y a Juan Salazar, y tres o cuatro terminaron heridos de bala.

El Periodista intenta levantarse e irse porque intuye lo que sigue: insultos de mesa a mesa, sillazos, trompadas, disparos, muertos y heridos. Sábado a la noche, ron y pleito. Pero no puede incorporarse. Apoya la cabeza en la mesa y se queda dormido.
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Roberto BardiniManagua, noviembre de 1979. Es sábado a la noche. Como siempre, hace un calor

húmedo, pegajoso; un calor que podría llamarse “de jungla” en lo que podría

llamarse “una ciudad”. Los tres tipos están en Los Antojitos, un pequeño

restaurante mexicano al aire libre frente al Hotel Intercontinental y la nada.

Managua es una ciudad semidestruida. Primero, por el terremoto de 1972;

después, por la guerra entre somocistas y sandinistas. Donde antes había

cuadras y manzanas, ahora hay baldíos y crece la hierba. En esa zona que se

podría llamar “el centro”, donde antes hubo casas y comercios, ahora hay ruinas

a ras del suelo. Lo único que se yergue es la construcción piramidal del Hotel

Intercontinental y, cruzando la calle llena de baches y morterazos, el

restaurante Los Antojitos. Cinco o seis calles hacia el sur, está el lago de

Managua y, sobre una loma, el ex bunker de Anastasio Somoza. Una cuadra al este

de Los Antojitos, está el hotelito Siete Mares, una modesta construcción de dos

pisos y un pequeño comedor atendido por sus dueños chinos, donde sirven platos

orientales.

Los tres tipos son argentinos. Como es sábado a la noche, beben ron Flor de

Caña “Plate”. No le dicen ron “pleit”; le dicen “pleito”. Ingerido en

abundancia, puede inducir a la gresca a ecologistas, contempladores budistas,

pacifistas hindúes y cobardes de cualquier nacionalidad.

Los tres tipos visten de civil. En esos días de 1979 –que son “días y noches de

amor y de guerra”, donde uno piensa en “la última mujer y el próximo combate”–

quien no viste uniforme verdeolivo es un perejil. Y si no tiene una pistola en

la cintura, es un perejil con uniforme.

Dos de los tipos vestidos de civil tienen pistolas en la cintura, ocultas por

los faldones de las guayaberas. Son Makarov nueve milímetros, soviéticas,

consideradas un lujo. También tienen algo que vale más que un par de uniformes

y pistolas: tienen credenciales de oficiales del ministerio del Interior.

Uno de ellos, con aspecto de jugador de rugby, es asesor de la Policía

Sandinista. Llegó a Nicaragua recomendado por el servicio de inteligencia de un

país amigo, y tiene antecedentes que lo avalan. Antes, estuvo en Colombia y en

Guatemala; después, combatió en el Frente Sur.

Otro de los tipos, alto y corpulento, se parece a Humphrey Bogart pero a

diferencia de Bogart mide un metro ochenta y tiene densos pelos en las orejas.

En su país, los compañeros le decían Boogie, le decían Rififí, le decían El

Killer. A comienzos de los años 60, era asaltante de bancos; a mediados de esa

década, tras de una temporada en la cárcel, se convirtió en militante peronista

y siguió asaltando bancos. Ahora, por esas cosas de los ministerios del

Interior jóvenes, implacables en el combate y generosos en la victoria, es

instructor en la Policía Sandinista. Lo llamaremos El Pistolero.

El tercero es un perejil sin uniforme, sin pistola y sin credencial, armado

únicamente con una libreta de apuntes y alguna ilusión: convertirse en el Ernie

Pike del Caribe, por ejemplo. Pobre tipo. Lo llamaremos El Periodista.

Los tres argentinos están en Los Antojitos, se deshidratan por el calor y beben

ron “pleito”. Y suena el walkie-talkie del Policía:

– [Bzzz bzzz...] Central a las unidades de la Zona Uno… [Bzzz bzzz... crock

crock]… Reportan un Cuatro Uno Cero en el Hotel Siete Mares… Repito:

…portan un …uatro …ero uno en el …tel …iete …ares [Plash plash...

Crrr crrr].

– Un Cuatro Uno Cero: bronca familiar, conyugal o doméstica –dice El Policía–.

No falla nunca: sábado a la noche, ron y pleito. Vamos.

Los tres se levantan al mismo tiempo.

– Ya volvemos –le dice El Pistolero a una de las hermosas meseras morenas, de

escote largo y falda corta. Y a paso rápido salen hacia el Hotel Siete Mares.

Dos de ellos caminan como ojos, oídos y puños de la Revolución, guardianes de

la Ley y el Orden en la Consolidación de la Victoria Popular, manos de hierro

en guantes de seda: disuadir antes que reprimir, reprimir sin generar daños,

dejar fuera de combate sin causar heridas, herir sin provocar muertes…

El tercer tipo va detrás de ellos, rezagado. Cree que es El Cronista de la

Nueva Era Verdeolivo y Generosa. Imagina que es el Testigo Privilegiado en el

Lugar de los Hechos. Pobre tipo. Es El Periodista.

El trío comienza a trotar. Ninguno de los tres se da cuenta de que han ingerido

demasiado ron “pleito”. Cuando se den cuenta, será demasiado tarde.

A la carrera, El Policía, El Pistolero y El Periodista llegan al Siete Mares

con los pulmones a punto de estallar. Los tres son fumadores empedernidos. En

la puerta del hotel hay varios curiosos. Se oyen los gritos de una mujer y un

hombre en otro idioma, posiblemente insultos en un dialecto chino de los bajos

fondos de Shangai o Cantón. También se escuchan sonidos de objetos que se

rompen, seguramente de loza, porcelana y vidrio.

El Policía, El Pistolero y El Periodista entran al único y amplio ambiente de

la planta baja del hotelito. Al centro está la recepción; detrás del mostrador,

una anciana china se agarra la cabeza y llora. A la derecha, hay una sala de

estar con sillones, una mesita baja con diarios y revistas, ceniceros de pie.

Dos huéspedes están parados en el sillón más grande, aterrorizados. A la

izquierda, se ubica el modesto restaurante de comida china. Todos los

comensales están de pie, apoyados de espaldas contra las paredes, con expresión

de pánico.

Y zigzagueando entre las mesas del comedor y los sillones de la sala, saltando

por encima de la mesita baja, desde un extremo del comedor hasta el final de la

sala de estar, una pequeña y delgada china con un enorme cuchillo de cocina en

la mano huye de un pequeño y delgado chino que la persigue revoleando chakos.

También llamados numchakos, son dos garrotes de madera de unos 50 centímetros

cada uno, unidos por una cadena de acero de cinco centímetros. Es un Arma

Mortal Uno, Dos y Tres, sobre todo en la mano de un chino borracho.

– ¡Asesino! –grita la china– ¡Me quiere matar!

El chino la persigue con sus chakos de un extremo a otro de la planta baja. A

su paso deja una estela de olor a ron “pleito”, sudor agrio y chop suey del

mediodía. A su paso también descarga con furia su Arma Mortal Uno, Dos y Tres

sobre mesas y sillas, rompe platos y vasos, golpea las paredes y destroza

cuadros.

Pero esto no parece ser problema para El Policía y El Pistolero,

revolucionarios profesionales al servicio de la Policía Sandinista. Son hombres

de acción curtidos en el peligro, un par de veteranos equilibristas en la

cuerda floja, un dúo dinámico habituado a sobrevivir al margen de las leyes

demoliberales capitalistas burguesas, transformados en guardianes de la ley y

el orden de la Revolución.

En una pasada del chino, el robusto Policía le hace un tackle y lo derriba.

Cuando está en el suelo, El pistolero de un metro ochenta de estatura toma una

silla y le planta el respaldo en el tórax. Y entonces El Policía le coloca

salvajemente una rodilla en la cara y le aferra con las dos manos la muñeca

para que no pueda defenderse con los chakos. Han controlado la situación en dos

minutos.

Todo está bien ahora. La china deja de correr y se lanza a los brazos de la

anciana que lloraba detrás del mostrador en la recepción. Los huéspedes bajan

de los sillones. Los comensales regresan lentamente a sus mesas.

Pero el chino no está dispuesto a rendirse. No suelta los chakos, le muerde la

rodilla al Policía, intenta patear con los dos pies al Pistolero que trata de

inmovilizarlo con la silla, se retuerce en el suelo como un reptil herido y los

escupe. Visto con calma y treinta años después, el pequeño y delgado chino

ofrece un maravilloso espectáculo de resistencia a la ley, una indoblegable

voluntad de no entregarse. Diminuto en comparación con los otros dos, pero

irreductible, está dispuesto a que lo maten a golpes antes que ceder.

Eso si uno lo ve con calma. Pero esa noche de noviembre de 1979 nadie ve las

cosas con calma. Y mucho menos, porque todos están borrachos. Sábado a la

noche, ron y pleito.

El Periodista siente que debe ir en apoyo a sus dos compañeros y colaborar en

el restablecimiento del orden. Se arrodilla sobre las piernas del hombrecito

para que no patalee más y comienza a darle puñetazos en los testículos para que

deje de escupir, chino cochino.

Grave error. Ese procedimiento no figura en los manuales policiales

revolucionarios. Implacables en el combate, generosos en la victoria. Disuadir

antes que reprimir, dejar fuera de combate sin causar heridas, etcétera.

Entonces se escucha un alarido de espanto, un chillido agudo que paraliza al

chino, al Policía, al Pistolero y al Periodista. La escena se congela. Los

cuatro quedan inmóviles y con la boca abierta. Sólo se escucha el sonido de

cuatro bocas abiertas que toman y exhalan aire. En la calurosa atmósfera, las

respiraciones apestan a “ron pleito”.

– ¡Asesinos! –grita la china– ¡Lo van a matar!

Y la escena recomienza cuando la pequeña mujer avanza hacia los guardianes del

orden empuñando el enorme y afilado cuchillo de cocina. Fulguran de odio los

ojos de la china, restallan con llamaradas asesinas. Las llamaradas parecen

reflejarse en la gélida hoja del cuchillo, eficaz para decapitar los pollos,

pescados, ranas y gatos que constituyen la base de los sabrosos platillos

orientales del Hotel Siete Mares, atendido por sus propios dueños.

Y avanza la china, amenazante, hacia El Policía, El Pistolero y El Periodista.

Más que amenazante, avanza decidida a castrarlos y seccionarlos. Ninguna de

estas situaciones está prevista en el Manual del Buen Policía Sandinista.

Entonces, ante la peligrosa proximidad de la mujer del cochino chino que

patalea en el suelo, El Policía, El Pistolero y El Periodista se ponen

rápidamente de pie. Sin el más mínimo pudor dicen “permiso, permiso”, y pasan a

los codazos y empujones tambaleándose entre la gente que se ha reunido en el

hotel Siete Mares. Atraviesan velozmente la puerta que da a la calle y

comienzan a correr, perseguidos por la diminuta mujer armada con el enorme

cuchillo.

Los tres corren una cuadra, jadeantes como hipopótamos en el desierto. Cuando

llegan al restaurante mexicano al aire libre Los Antojitos, que fue donde

comenzó esta historia, tratan de recuperar la compostura. Es imposible. Están

borrachos, acalorados, agitados por la carrera y con potentes descargas de

adrenalina que les recorren el cuerpo un rayo que se descarga sobre un

solitario árbol flaco, alto y seco.

El Periodista voltea y mira hacia atrás. Quiere cerciorarse que no va morir a

puñaladas un caluroso sábado a la noche, que no va a desangrarse en plena calle

y en una Nicaragua en la que los héroes mueren jóvenes pero por otros motivos

que no tienen nada qué ver con riñas conyugales. Y lo que El Periodista ve lo

embriaga aún más.

A la mitad de la cuadra, la china ya no corre. Está con el chino. Están unidos

por el más recíproco y rotundo de los abrazos. Se dan el más vital, húmedo y

eterno de los besos, como dos amantes que han naufragado en una isla del

Pacífico después de la tempestad, como los dos únicos supervivientes de un

holocausto planetario. “Una escena digna del final de Cinema Paradiso”, piensa

El Periodista, mareado y a punto de caerse.

Y es mejor terminar este relato aquí, porque lo que sigue tiene aún mucha menos

gracia.

Tan poca gracia como lo que sigue:

– ¿Qué te pasa que estás tan nervioso? –le pregunta El Policía al Pistolero.

Están los tres en sentados en Los Antojitos, resoplan por el calor y el

esfuerzo, fuman y beben ron.

– De esa mesa me están mirando –responde El Pistolero–. Me están haciendo

muecas. Ya no se puede ir a ningún lado.

El Policía mira, ve a cuatro o cinco tipos sentados y dice:

– Son trotskistas.

Exactamente así. Igual que aquel diálogo de aquella noche de mayo de 1966 en la

pizzería La Real, de Avellaneda. La noche que mataron a Rosendo García, al

Griego Blajakis y a Juan Salazar, y tres o cuatro terminaron heridos de bala.

El Periodista intenta levantarse e irse porque intuye lo que sigue: insultos de

mesa a mesa, sillazos, trompadas, disparos, muertos y heridos. Sábado a la

noche, ron y pleito. Pero no puede incorporarse. Apoya la cabeza en la mesa y

se queda dormido.

ALTA ES LA NOCHE… Y CLEMENTINA VIGILA

Posted 23 Septiembre 2009 by RB
Categories: Personajes

Roberto Bardini

“De todas las repúblicas centroamericanas, Honduras es la más desdichada [...]. América Central produce en realidad el efecto de una caricatura, pero Honduras nos impresiona aún más porque parece una caricatura de Centroamérica misma”. Lo escribió el periodista canadiense William Krehm, corresponsal de la revista Time, en su libro Democracia y tiranías en el Caribe, publicado en 1949.

Leí ese libro en 1977, poco antes de viajar a Tegucigalpa, donde pasé muy buenos momentos en los tres años que viví allí y, al final de la estadía, las peores semanas. Fue antes de tomar apresuradamente un avión que me llevó de regreso a México, huyendo del Batallón 316, un grupo paramilitar creado por “asesores” militares argentinos a imagen y semejanza de la Triple A .

En iguales circunstancias también salieron otros dos compatriotas, Carlos María Vilas y Eduardo Halliburton. Los tres trabajábamos en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Y por esas vueltas de la vida, hoy los tres terminamos en la Universidad Nacional de Lanús, esa especie de Disneylandia nacional y popular surgida de la frenética imaginación de Ana Jaramillo.

En aquella etapa centroamericana, hubo un día inolvidable. A las 12:29 del 25 de julio de 1978 salió de la editorial de la Universidad hondureña mi primer libro y 16 minutos después nació mi primera hija, Valeria. Para completar la jornada, a las cuatro de la tarde de ese mismo día planté una docena de arbolitos en el jardín de mi casa. Yo tenía 29 años y estaba convencido de que podía llevarme a la vida por delante. Pasó exactamente al revés, pero esa es otra historia.

Clementina Suárez

Clementina Suárez, en su juventud

Tuve en Honduras buenos amigos, la mayoría poetas, noctámbulos y bebedores de whisky: Clementina Suárez, Roberto Sosa, Rigoberto Paredes, Eduardo Bahr, el salvadoreño Roberto Armijo, hermano de correrías con Roque Dalton… Y el historiador Ramón Oquelí, el economista Marco Virgilio Carías, el abogado Gerardo Salinas, el mayor (retirado) Ricardo Zúñiga y el dirigente estudiantil German Espinal, que hoy es embajador en Venezuela del gobierno de Manuel Zelaya.

A todos ellos me los presentó Víctor Meza, quien era mi jefe en la oficina de Relaciones Públicas de la Universidad y en la editorial universitaria, y me permitía hacer escapadas a Belice, Nicaragua, Guatemala o El Salvador, porque yo también trabajaba como corresponsal del diario mexicano El Día y la revista de circulación latinoamericana Cuadernos del tercer mundo.

Y casi todos ellos en algún momento me citaron al escritor nacional Rafael Heliodoro Valle: “La historia de Honduras puede escribirse en una lágrima”. O mencionaron el dicho local: “En Honduras, el plomo flota, el corcho se hunde y los aviones chocan con los autobuses”. A lo que el poeta Sosa agregaba que, además, “las camisas se fríen y los huevos se planchan”. Fue él quien me apodó “Ronberto Bacardini”.

Muchos de estos amigos tuvieron finales trágicos. Salinas, un amigable abogado laboralista y defensor de presos políticos, fue asesinado en julio de 1980 por el Batallón 316; tenía 33 años. El mayor Zúñiga fue asesinado en agosto de 1985, a los 37 años; poco antes de morir había denunciado que el 316 era una formación clandestina del ejército. La talentosa, enamoradiza y transgresora Clementina Suárez –de quien se decía que era la primera mujer hondureña que había publicado libros– fue asesinada en 1991 por delincuentes comunes; tenía 89 años.

En 1978, Víctor Meza también me presentó a Edmundo Orellana, un abogado simpatizante del Partido Liberal. Treinta años más tarde, Meza se convirtió en Secretario de Gobernación y Justicia (ministro del Interior) del gobierno de Manuel Zelaya, y Orellana fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores, primero, y de Defensa después. Fue este Orellana quien se dio vuelta como un guante y desencadenó la crisis que culminó con el derrocamiento de Zelaya, mientras Meza –que se mantiene leal al presidente legítimo– fue obligado a abandonar su cargo.

Unos días atrás, la Resistencia fiel a Zelaya me hizo llegar una noticia publicada en Habla Honduras, una publicación digital que se define como “un proyecto de periodismo ciudadano” y que concluye todos sus artículos con un firme “¡No pasarán!”:

Inspiradora de rebeldías

Ya anciana, aún inspiradora de rebeldías

“El jueves pasado [13 de agosto] y siguiendo con su programación anual, el Museo del Hombre hondureño organizó una actividad cultural en homenaje al aniversario de la muerte de Clementina Suárez, poeta reconocida y respetada. Al evento fue invitado originalmente el anterior ministro de Cultura, Pastor Fasquelle, pero se hizo presente la señora Mirna Castro en su rol de ministra de facto. Todo hubiera ocurrido sin incidentes: las palabras de bienvenida por parte del director del museo, el cóctel de vinos y quesos, los aplausos y las risas cultas de la elite hondureña… Pero como la Resistencia está en todas partes, en cada esquina y en cada evento, los músicos contratados para amenizar, al momento de presentar las clásicas piezas que tanto gustan a los burgueses del país, explicaron que no iban a tocar en reclamo al golpe de Estado y la presencia de la señora Castro. De nada sirvieron sus reclamos, insultos y llantos contenidos. La señora ministra tuvo que irse del museo ante la mirada sorprendida de los presentes que, luego de su salida, continuaron disfrutando de la velada”.

Alta es la noche… y Clementina vigila.

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CÓMO PROVOCAR UNA CARNICERÍA INTERNACIONAL

Posted 3 Septiembre 2009 by RB
Categories: Historia

Ninguna casa es duradera
edificada sobre las ruinas de la de tu vecino.
Y la venta de cañones trae más venta de cañones.

EZRA POUND, Canto LXI

Roberto Bardini

La Primera Guerra Mundial termina en noviembre de 1918 y deja el trágico legado de nueve millones de muertos. El aterrador saldo de mortandad ayuda a abrigar la esperanza de que aquella había sido “la guerra que acabaría todas las guerras”. Fue una vana ilusión.

VersallesEl “huevo de la serpiente” que desencadena la Segunda Guerra Mundial no es, en rigor, el furor expansionista nazi. Visto en el transcurso del tiempo y desapasionadamente, los padres de la bestia son los países vencedores de la Primera Guerra: ellos le imponen a Alemania, la gran derrotada, el implacable Tratado de Versalles.

Y cuando se rompe el cascarón del huevo que despiadadamente ayudaron a incubar, termina el festín de los triunfadores. Así que, si se busca un responsable de lo que sucedió en 1939-1945, puede señalarse con dedo seguro a la implacable Triple Entente: Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia.

El tratado se firma el 28 de junio de 1919 en la Galería de los Espejos del magnífico Palacio de Versalles, a 14 kilómetros de París. Las tres figuras prominentes del encuentro son el presidente norteamericano Woodrow Wilson, el primer ministro británico David Lloyd George y el premier francés Georges Clemenceau. Rusia, que se ha retirado de la confrontación antes de que concluya y ya se ha declarado comunista, no es invitada. Alemania, que adopta un régimen republicano tras la disolución del Imperio al final del conflicto, es excluida de las conversaciones en el suntuoso salón construido durante el reinado de Luis XIV.

Versalles2Fue en Versalles donde Francia reconoció en 1783 la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica. Allí en 1789 se convocó la Asamblea de los Estados Generales que desembocaría en la Revolución Francesa. Y también fue allí donde se originó la carnicería internacional más grande de la historia.

Esta afirmación se puede demostrar paso a paso. El Estado Mayor alemán solicita el armisticio sobre la base del programa de Woodrow Wilson, presentado en un mensaje al Senado de Estados Unidos el 21 de enero de 1917: un final “sin vencedores ni vencidos”. O sea: una paz-empate. El borrador del tratado sostiene: “La guerra no debe terminar con un acto de venganza. Ninguna nación, ningún pueblo, deben ser robados o castigados. Ninguna anexión, ninguna contribución, ninguna indemnización”. Esta honorable y generosa posibilidad determina que el ingenuo Estado Mayor alemán deponga las armas.

Poco más de dos años después, el lenguaje cambia. El 3 de marzo de 1919, Winston Churchill, primer Lord del Almirantazgo, propone ante la Cámara de los Comunes del Reino Unido: “Continuemos practicando el bloqueo por hambre con todo su rigor. Alemania está a punto de perecer de hambre. Dentro de muy pocos días estará en pleno colapso… Entonces será el momento de tratar con ella”.

Y lo que es peor, ahora el tratado incluye una cláusula que no es honorable ni generosa: “Las potencias aliadas declaran, y el gobierno alemán solemnemente admite, que la culpabilidad total en el desencadenamiento de la guerra incumbe a Alemania”.

Para asegurarse de que los perdedores no representarán nunca más un peligro bélico, los vencedores los obligan a disolver su Estado Mayor, reducir su ejército, desmantelar cuarteles y eliminar el reclutamiento militar. Les prohíben la fabricación de armas y suprimen la artillería pesada, la aviación militar y los submarinos. También disminuye la marina; la flota naval germana queda limitada a seis acorazados, seis cruceros y veinticuatro embarcaciones menores.

Sin embargo, un anexo secreto al artículo 433 permite que Alemania mantenga tropas en el Este, es decir, en la frontera con Rusia, donde la revolución soviética había derrocado al régimen zarista. Pero, como se verá, todo lo anterior no fue la única humillación inferida a Alemania.

Europa cambia de fisonomía

Francia recupera Alsacia-Lorena, perdidas durante la guerra franco-prusiana de 1870, con la inclusión de todos los puentes sobre el Rin. La orilla izquierda del río queda bajo ocupación anglo-francesa durante 15 años y los gastos de mantenimiento de las tropas aliadas invasoras corren a cargo de las casi vacías arcas alemanas.

Las minas del Sarre, donde el río del mismo nombre separa a Francia y Alemania, también pasan a ser propiedad francesa. En las regiones de Eupen y Malmédy se celebra un plebiscito que da la soberanía a Bélgica. Lo mismo sucede en los territorios en litigio de Schleswig-Holstein, perdidos por Dinamarca en la guerra de 1860.

También se reconocen las independencias de Austria, Checoslovaquia y Polonia, estados surgidos o revividos después de la derrota alemana. Alemania es obligada a renunciar a un sector de Pomerania en favor de Polonia, a una parte de Silesia en favor de Checoslovaquia y a grandes extensiones de las dos Prusias. Polonia se beneficia con un corredor que corta suelo alemán hasta el mar; su desembocadura, la ciudad de Dantzig, se convierte en ciudad libre incorporada al sistema aduanero polaco y bajo protección de la Sociedad de Naciones.

Resultado: Alemania pierde 90.000 kilómetros cuadrados de su propio suelo. Alrededor de once millones de sus habitantes quedan fuera de las fronteras originales, repartidos en países hostiles.

Y también pierde todas las posesiones coloniales, que son repartidas entre los vencedores. Camerún se divide entre Francia y Gran Bretaña. Además, los franceses se quedan con Togo y los ingleses se adueñan de Tanganyka (hoy Tanzania). La actual Namibia pasa a la Unión Sudafricana. Australia recibe una parte de Nueva Guinea. A Nueva Zelanda le toca Samoa. Las islas alemanas del Pacífico al norte del Ecuador, la región de Kiao-Chao y la península de Shantung, ambos territorios reclamados por China, pasan a manos japonesas.

Gran Bretaña aumenta su imperio con más de dos millones de kilómetros cuadrados de territorios. Francia incrementa sus posesiones con cerca de 485.000 kilómetros cuadrados al arrebatarle a Alemania las colonias de Camerún y Togo.

El ensañamiento con los caídos no termina ahí. En el aspecto económico se crea una Comisión de Reparaciones que debía determinar, antes del primero de mayo de 1921, el monto de la cantidad a pagar por Alemania en un plazo de 30 años. Pero antes de esa fecha, la nación vencida tenía que hacer un primer adelanto de 20 millones de marcos en oro o especies. En un plazo de diez años debía entregar 140 millones de toneladas de carbón a Francia, 80 toneladas a Bélgica y 77 a Italia. También tenía que suministrar a los aliados la mitad de sus existencias de productos químicos y colorantes. Además, queda obligado a entregar a Francia y a Bélgica 371.000 cabezas de ganado, de las que 141.000 eran vacas lecheras. En la miseria de la nueva república alemana de postguerra, esta imposición resulta casi genocida. El canciller de la República de Weimar la define como “asesinato organizado de niños”.

“El Tratado de Versalles es un dictado de odio”, dice José Stalin, que no es precisamente un santo.

Weimar: todos contra todos

Alemania

Luego de que el 3 de octubre de 1918 comenzaran las negociaciones para el armisticio –más que negociaciones, un monólogo de los vencedores– estallan en toda Alemania revueltas de soldados desmovilizados y trabajadores. El emperador Guillermo II abdica el 9 de noviembre. Nadie levanta un dedo en defensa de la monarquía. El 11 se firma el armisticio. Cuando se conocen las duras condiciones del tratado, se decreta una semana de luto nacional, mientras se realizan furiosas manifestaciones de protesta.

El ejército y los nacionalistas se enfrentan a los revolucionarios de izquierda. La Liga Espartaquista, dirigida por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, intenta una insurrección en enero de 1919. Ambos líderes terminan asesinados.

En la ciudad de Weimar se convoca a una Asamblea Nacional –en la que sólo participan los partidos Social Demócrata, Democrático Alemán y Católico de Centro– de la que surge un nuevo gobierno. La Constitución de agosto de 1919 instaura una república federal y parlamentaria, pero con un presidente dotado de amplios poderes. El primer mandatario elegido es el socialdemócrata Friedrich Ebert. Los historiadores no se ponen de acuerdo acerca de si el nuevo régimen era de centroizquierda o centroderecha. Quizá haya representado a las dos tendencias, a través de lo que un dirigente nacionalista definió como “sistema demócrata liberal capitalista burgués”.

Así, el nuevo régimen surge de una peculiar alianza entre los socialdemócratas –que han abandonado los métodos revolucionarios– y los conservadores, que representan a la burguesía liberal. Ambas fuerzas se unen contra el comunismo obrero. Las nuevas autoridades son acusadas de traición por aceptar las duras condiciones del Tratado de Versalles. Weimar es una república sin republicanos.

El empobrecido pueblo alemán ve cómo el dinero se esfuma del país. Mientras la inflación se acelera a un ritmo vertiginoso, los legisladores se trenzan en estériles debates parlamentarios. La laboriosa clase media pierde todos sus ahorros. Cuando el gobierno solicita una moratoria al pago de su deuda, Francia, Bélgica e Italia responden ocupando con fuerzas militares la zona del Rin en enero de 1923.

Ese año, uno de cada cuatro ciudadanos no tiene trabajo. Hay hambre, proliferan las enfermedades, la gente se muere de frío en las calles. La castigada población pierde completamente la credibilidad en la democracia liberal capitalista. Entre 1919 y 1923 la crisis se profundiza. El descrédito del gobierno aumenta cada vez más. Los grandes capitalistas financieros impulsan una implacable especulación que agrava aún más la hiperinflación.

En los 14 años posteriores a la guerra, se suicidan 225.000 personas. Esto es 16.000 por año, 44 por día.

Cuando el presidente Ebert fallece, el mariscal de campo (retirado) Paul von Hindenburg, es elegido jefe de estado en 1925. Aunque su candidatura está avalada por la Constitución, el militar carece de vocación republicana. El tiro de gracia a la República de Weimar llega con el colapso económico mundial de 1929.

FreikorpsLos combatientes que han regresado del frente, luego de cuatro años de penurias en las trincheras, están furiosos y se les exacerba el nacionalismo. Entre ellos hay un ex cabo nacido en Austria, hijo de un modesto empleado de aduanas; se llama Adolfo Hitler. La indignación nacionalista se dirige, como consecuencia, contra la implacable alianza vencedora de la guerra y la propia –e ineficiente– República de Weimar.

A lo largo ese período, crece en la mayoría de los alemanes el rechazo a lo que consideran una farsa parlamentarista de la democracia liberal. Grandes sectores del pueblo desean un Estado fuerte y organizado. Además, desde la visión de los vencidos, el mundo se ha transformado en enemigo de la que fuera una gran nación. El internacionalismo es el verdugo de la patria famélica y en harapos. No hay cabida, por tanto, a ninguna idea diferente –capitalismo, comunismo, catolicismo, pacifismo– a las antiguas tradiciones germánicas. Estas aspiraciones son retomadas y exacerbadas por la naciente doctrina nacionalsocialista.

Simultáneamente, un último componente del pensamiento nazi se desarrolla bajo la república de Weimar: el antijudaísmo. Se considera a los judíos como un enemigo interno que mueve las palancas de la especulación financiera, la inflación y el empobrecimiento del pueblo.

El 21 de marzo de 1933, la República de Weimar desaparece y comienza el Tercer Reich.

“Parásitos de vacaciones permanentes”

En abril de 1919 se crea la Sociedad de las Naciones, con sede en Ginebra (Suiza). El principal objetivo de esta agrupación internacional, surgida del Tratado de Versalles y predecesora de la Organización de Naciones Unidas, es mantener la paz mundial.

Desde su inicio, la Sociedad de Naciones es la depositaria de todas las esperanzas. Se cree que, luego de transformar a Europa en un enorme cementerio, las grandes potencias han aprendido la lección y suplantarán los cañones por el arado, la sierra y el torno. Se producirán tuercas y tornillos en lugar de bombas y balas. Se construirían fábricas, no cuarteles. Poco antes, el escritor inglés Herbert George Wells había pronosticado: “Ésta, la mayor de todas las guerras, no es sólo otra guerra… ¡Es la última guerra!”.

En 1928 se firma el pacto Briand-Kellog, que lleva el nombre del ministro francés de Relaciones exteriores y del secretario de Estado norteamericano. Las cerca de 60 naciones signatarias del tratado se comprometen a renunciar a la guerra como recurso a la solución de las crisis. Sin embargo, la Sociedad de Naciones surge de los restos de un banquete desenfrenado en Versalles. La digestión es lenta y pesada; sus consecuencias, terribles. El pacto Briand-Kellog sólo deja en evidencia el pequeño detalle de que las guerras no se acaban por decreto.

En poco tiempo, la organización se muestra impotente para resolver las cuestiones internacionales. El presidente Wilson, quien había sido su principal impulsor, no ingresa a la liga de naciones. Alemania, que se había incorporado en 1926, se retira en 1933, cuando Adolfo Hitler asciende al poder. Italia y Japón también la abandonan. La Unión Soviética entra recién en 1934, quince años más tarde.

Algunas mentes más aguzadas ya preveían el futuro sombrío que se avecinaba. En 1925, diplomáticos europeos se habían reunido en Locarno (Suiza) para ratificar las decisiones del Tratado de Versalles. Stalin, que en esa época iniciaba su escalada para transformarse en el líder de la Unión Soviética, comenta acerca del encuentro: “Pensar que Alemania va a tolerar esa situación es confiar en milagros. (…) Locarno está preñada de una nueva guerra europea”.

En 1933, Oswald Spengler alerta en su libro Años decisivos:

“Esta paz, demasiada prolongada sobre un suelo convulso de excitación creciente, es una terrible herencia. Ningún estadista, ningún partido, apenas un solo pensador político se encuentra hoy lo bastante seguro para decir la verdad. Mienten todos (…) ¡Pero qué jefes y estadistas tenemos hoy en el mundo! Este optimismo cobarde y falto de honradez anuncia todos los meses la prosperity en cuanto un par de especuladores alcistas hacen subir pasajeramente las cotizaciones, el término de la desocupación forzosa en cuanto un centenar de obreros encuentra trabajo en algún lado y, sobre todo, el logro de la «inteligencia» entre los países a la menor decisión de la Sociedad de Naciones, enjambre de parásitos veraneantes en las orillas del lago de Ginebra”.

Cerca de un siglo más tarde, los sucesores de aquella inoperante Sociedad de Naciones veranean 365 días al año en Nueva York. Envían a funcionarios que no funcionan, mediadores que no intermedian y fuerzas pacificadoras de que no pacifican. Hacen turismo prácticamente en los cinco continentes y, al igual que su predecesora, no logran evitar ningún conflicto armado, ninguna masacre, ningún desplazamiento masivo de refugiados de guerra. La ONU nace con el mismo mal de su predecesora, como un club de triunfadores con la misión de imponer sanciones.

El odio de los vencidos

El Tratado de Versalles fue especialmente despiadado con Alemania. Francia intentaba humillarla y materializar un sentimiento revanchista que alimentaba desde 1870, cuando fue derrotada en la guerra franco-prusiana. El vengativo premier Georges Clemenceau sembró torbellinos humillantes; su país –y Europa– recogieron “la tempestad de acero”.

BenitoEl Período de Entreguerras, como se conocerá posteriormente el intervalo de 20 años entre los dos conflictos mundiales, se caracteriza por la llamada “crisis de las democracias liberales”. Benito Mussolini y Adolfo Hitler se transforman en los líderes indiscutidos de Italia y Alemania, en parte porque supieron representar la retórica de un nacionalismo herido y humillado por las decisiones de Versalles.

Como Italia es el primer país en seguir esa tendencia (el Partido Fascista llegó al poder en 1922), la denominación de “fascismo” termina extendiéndose, por analogía, a los demás regímenes surgidos en Europa, porque tenían en común el hecho de ser contrarios a las democracias liberales y, por sobre todas las cosas, anticomunistas. Aunque en sus orígenes el fascismo contiene cierto sentimiento anticapitalista, especialmente contra el capital financiero, en la práctica termina estrechamente ligado al gran capital, del cual se transforma en un instrumento contra el avance de los comunistas, “el peligro rojo” que tenía aterrorizada a la burguesía.

El nacionalsocialismo es la versión alemana del fascismo. En 1923, un año después de que Mussolini asumiera como primer ministro y marchara sobre Roma al mando de sus “camisas negras”, Hitler intenta dar un golpe de Estado en Alemania. El golpe, conocido como el putsch de la cervecería, en Munich, fracasa y los principales líderes nazis son encarcelados.

En la prisión de Lansberg, Hitler escribe Mi lucha, en la cual expresa las ideas de la superioridad de la raza aria, señala como origen de todos los males a los judíos y manifiesta la necesidad de que la deshonrada Alemania conquiste el Lebensraum (espacio vital). El ex cabo sale de la cárcel convencido de la necesidad de llegar al poder por la vía constitucional. Al principio no tiene mucho éxito: en 1928, los nacionalsocialistas apenas logran 12 bancas en el Parlamento.

La oportunidad para que el nacionalsocialismo se fortalezca llega en 1929 con el crack de la Bolsa de Nueva York y la Gran Depresión. Los efectos de la crisis impactan violentamente en Alemania, ya bastante perjudicada. El colapso de la economía provoca un gran aumento del desempleo y empuja a miles de alemanes hacia la miseria, el hambre y la desesperación. El partido nacionalsocialista acrecienta su base de apoyo, pues sus postulados sensibilizan a la pequeña burguesía, empobrecida por la crisis, y a gran parte de los trabajadores y ex combatientes, quienes confían en la promesa de acabar con la desocupación.

El historiador norteamericano John Toland, ganador del premio Pulitzer, autor de una biografía de Hitler y varios trabajos sobre la Segunda Guerra, escribe en Los últimos cien días:

“La filosofía nazi, una fantasía distorsionada, era incomprensible para los ciudadanos de una democracia, pero no para los alemanes que habían visto a Hitler salvar a su tierra de una situación al borde de la revolución comunista, del desempleo y del hambre. Aunque relativamente pocos alemanes eran miembros del partido, nunca en la historia del mundo un hombre había hipnotizado tan completamente a tantos millones de seres. Hitler surgió de la nada para dominar completamente una gran nación, no sólo por la fuerza y el terror, sino también por las ideas. Ofrecía a los alemanes un digno lugar al sol que ellos creían pertenecerle, con la constante advertencia de que lo conseguirían solamente después de destruir a los judíos y sus siniestros complot de dominar el mundo por el comunismo”.

Hitler&HindLa crisis económica provoca una radicalización del cuadro político. El apoyo de la alta burguesía, preocupada por el crecimiento electoral de la izquierda y las significativas votaciones del nacionalsocialismo, conducen a la designación de Hitler como canciller en 1933. Con la muerte del presidente Hindenburg al año siguiente, Hitler pasa a acumular dos cargos. Es el inicio del régimen nazi. Ha llegado la hora de la revancha.

En la década del 30, la Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón imperial forman el grupo de “los países insatisfechos”. Los tres estados han sido duramente afectados por la ola de proteccionismo económico que siguió a la crisis de 1929, por la reducción de sus posesiones coloniales y por la terrible situación de miseria de sus ciudadanos. El caso de Alemania es el más grave: por el Tratado de Versalles ha perdido todos sus dominios de ultramar.

Por otra parte, y como agresivo contraste, están “los países satisfechos”, como Inglaterra y Francia, que mantienen sus colonias en varios puntos del planeta. Sin alternativas para continuar con la expansión capitalista, Alemania, Italia y Japón presionan por una nueva división de los mercados mundiales, lo que lleva al estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939.

La iniciativa es de Japón, que en 1931 invade Manchuria. La Liga de las Naciones comienza a mostrar señales de debilidad y de nada sirven sus tibias protestas. En 1933, Japón se retira de la Liga y continúa su expansión imperialista en China.

En 1935 le toca el turno a Italia, que invade Etiopía, uno de los pocos países independientes de África. Se le imponen sanciones económicas pero no se toman medidas efectivas para impedir la invasión, como lo hubieran sido un embargo petrolero y el bloqueo del Canal de Suez. La impotencia de la Liga de las Naciones –como muchos años después lo hará su sucesora, la ONU– pone en evidencia la inoperancia del principio de la seguridad colectiva.

Al mismo tiempo, Alemania comienza a ignorar el sofocante Tratado de Versalles e inicia una acelerada carrera armamentista. Uno de sus primeros pasos es remilitarizar Renania, zona limítrofe con Francia. El ejército francés, en ese momento superior al alemán, no hace nada frente a la potencial amenaza a su seguridad nacional. En 1936, el acercamiento entre Alemania e Italia formaliza el Eje Berlín-Roma. Los dos países, junto con Japón, crean también el Pacto Antikomintern, orientado contra la Unión Soviética.

La carne en la parrilla

A partir de 1938, las relaciones internacionales se vuelven extremadamente tensas. Después de anexar Austria, proceso conocido como Anschluss, Alemania exige los Sudetes, una zona de Checoslovaquia habitada por pueblos de origen germánico. La chispa amenaza con incendiar la región.

Adolf&CiaEl problema se resuelve en la Conferencia de Munich, a la cual no es invitada Checoslovaquia. Inglaterra, Francia e Italia reconocen el derecho alemán sobre los Sudetes y sacrifican parte de la soberanía checoslovaca. Posteriormente, tropas alemanas ocupan casi enteramente el país, sin que Francia y Gran Bretaña muevan un dedo. Esas concesiones a Alemania son conocidas como “política de apaciguamiento”, cuyo mayor exponente es el primer ministro inglés Neville Chamberlain. De ese modo se piensa evitar una nueva guerra. Sucede exactamente al revés.

La Conferencia de Munich refuerza la sospecha soviética de que las potencias occidentales “empujaban” a Alemania en su dirección. Eso explica el polémico pacto de no agresión germano-soviético, firmado el 22 de agosto de 1939, que deja perplejo al mundo. Sobre todo porque el nacionalsocialismo es notoriamente anticomunista, y Hitler ha dejado muy claro en Mi lucha que algunas ricas regiones de la URSS forman parte de su ambicionado “espacio vital”. Sin embargo, ambos países –gobernados por sistemas políticos antagónicos– tienen sus motivos. Alemania cree que así tranquilizará a su futuro adversario; la URSS considera que de ese modo gana un poco de tiempo antes de un conflicto que es casi inevitable.

Además, el tratado contiene cláusulas secretas que permiten a la Unión Soviética extender sus dominios por Polonia y los países bálticos (Letonia, Lituania y Estonia). Estos territorios, desde la perspectiva de Stalin, eran una barrera defensiva contra un posible avance nazi. Como Chamberlain y otros líderes occidentales, Stalin también se equivoca en sus pronósticos. Todas las supuestas ventajas del pacto Molotov-Ribentropp demuestran ser de poca utilidad cuando los alemanes invaden la URSS, pues rápidamente logran llegar a las puertas de Moscú.

Alemania, a su vez, también se beneficia con el pacto, pues se libera –por el momento– de tener que abrir dos frentes de guerra (Europa oriental y occidental), circunstancia que ya la había perjudicado en la Primera Guerra Mundial. Cuando la neutralidad soviética queda garantizada, el primero de septiembre de 1939 el ejército alemán invade Polonia. Es la primera de una serie de fulminantes victorias militares, en las que se aplica un nuevo estilo de combate conocido como blitzkrieg (guerra relámpago): acción rápida de fuerzas blindadas en combinación con ataques aéreos. La blitzkrieg no es una creación nazi: está inspirada en las ideas del teórico militar británico Liddell Hart.

Esta vez, Francia y Gran Bretaña no dudan y le declaran la guerra a Alemania. Pero ya es tarde: con la blitzkrieg, en menos de un año el Tercer Reich invade –además de Polonia– Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda y la propia Francia.

Comienza la gran carnicería internacional. Ahora los muertos serán más de 60 millones, la mayoría civiles.

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1956: RICARDO DÍAZ, UN POLICÍA DE LA RESISTENCIA PERONISTA

Posted 8 Junio 2009 by RB
Categories: Argentina

Roberto Bardini

Corre el año 1956… Villa Manuelita, un barrio pobre al sur de Rosario, a cinco cuadras de un matadero de reses instalado en 1874, es una mezcla de villa miseria, conventillos y ranchos con una sola calle principal de tierra. Amalgama de “barrio bravo” de los años treinta y “barrio obrero” de los cuarenta, también es bastión de la Resistencia Peronista.

Su denominación oficial es General San Martín, pero le llaman Villa Manuelita en recuerdo de doña Manuela Rodríguez, dueña de catorce casas con nombres de provincias argentinas que alquilaba baratas. Habitan el barrio empleadas del frigorífico Swift y trabajadores del ferrocarril, el puerto, las fábricas y los depósitos de materiales de construcción. En septiembre de 1953, durante el segundo gobierno peronista, se había creado una biblioteca con 200 libros y se organizaban concursos de pintura infantil, funciones de cine y bailes para recaudar fondos y comprar nuevos textos.

Cuentan que en ese lugar aparece en septiembre de 1955 un mensaje escrito con brea en una sábana: “Todos los países reconocen a Lonardi. Villa Manuelita no lo reconoce”. Otros dicen que el mensaje se ve una mañana de 1956, escrito con alquitrán en una pared de chapa: “Los yanquis, los rusos y las potencias reconocen a la Libertadora. Villa Manuelita no”.

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En un barrio contiguo, Tablada, está el comisario Ricardo Díaz, un policía diabético que el 9 junio de 1956 se une en Rosario al levantamiento de los generales Juan José Valle y Raúl Tanco. La historia, poco conocida, la cuenta Eduardo Toniolli en “Armas para Valle”, publicada el 9 de junio de 2006 en la revista La memoria de nuestro pueblo, al cumplirse medio siglo del levantamiento peronista.

Hijo de un payaso y trapecista, dueño de un modesto circo, Díaz ha trabajado desde niño en la empresa familiar recorriendo pueblos del interior. En su adolescencia también fue payaso y actor de sainetes en los que interpretaba a famosos bandidos rurales: Juan Moreira, Mate Cocido, Bairoletto… Se casó muy joven con la hija de un militante anarquista del campo, tuvo un hijo y en 1942 llegó a Rosario, donde ingresó a la policía provincial con la idea de conseguir una ocupación fija. Hombre de ideas libertarias, hizo carrera durante el peronismo y llegó a comisario. Después del golpe de septiembre de 1955, gracias a su buena hoja de servicios no resultó perjudicado por los pases, traslados y bajas ordenados por la “revolución libertadora”.

El 9 de junio del año siguiente, Díaz está a cargo de la comisaría 16 del barrio Tablada, llamado así por los corrales con tablones de madera en los que se encerraba al ganado antes de enviarlo al matadero. El comisario les pregunta a sus subordinados si quieren unirse al levantamiento peronista; sólo acepta un policía sumariante de apellido Vigil. Entonces los dos encierran al resto de los agentes en los calabozos para no comprometerlos y se van con 14 carabinas a sumarse a otros rebeldes en el centro de la ciudad.

Tres días después, cuando la rebelión ha fracasado, son detenidos. Díaz va preso un año y medio en la Unidad Penitenciaria Nº 3, de Rosario, donde se le agrava la diabetes porque los carceleros no siempre le entregan la insulina que envía su familia.

Sale en libertad a principios de 1958. “El afuera resultó ser igual de duro para la familia Díaz: una peluquería, un salón de ventas, cualquier emprendimiento resultaba válido para pucherear, pero sobre todo para adquirir la insulina que el ex comisario precisaba para sobrellevar su diabetes”, escribe Toniolli. El ex policía logra que le paguen una magra jubilación con un grado menor y muere al poco tiempo. Y, salvo la paciente reconstrucción de Toniolli, no existe ningún otro testimonio escrito acerca de su participación en el levantamiento del general Valle.

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1964: CUANDO LA LEGIÓN ESPAÑOLA CASI INVADE ARGENTINA

Posted 27 Mayo 2009 by RB
Categories: Argentina, Personajes

Roberto Bardini

pavonpereyraEn 1999, el historiador Enrique Pavón Pereyra le aseguró a un periodista que el general Juan Domingo Perón llegó a evaluar, durante su destierro en Madrid y mientras gobernaba el radical Arturo Illia, una propuesta de invadir el noroeste de Argentina con legionarios españoles para crear un “foco rebelde” que posibilitara su retorno al poder.

El plan –según Pavón Pereyra– fue presentado en 1964 por un audaz y leal hombre de negocios llamado Julio Gallego Soto, un español nacionalizado argentino que había sido amigo del escritor nacionalista Raúl Scalabrini Ortiz.

La operación sería financiada por el magnate griego Aristóteles Sócrates Onassis, importador de tabaco turco y armador de barcos. El comandante de la avanzada militar era el general Raoul Salan, ex cabecilla de la Organisation de l’Armée Secrète (OAS), grupo terrorista que se había enfrentado al general Charles de Gaulle, presidente de Francia, a causa de la independencia de Argelia.

SalanEn la entrevista, realizada por Ricardo E. Brizuela y distribuida el 11 de abril de 1999 por la agencia de noticias Infosic, Pavón Pereyra sostiene que fue precisamente la participación de Salan en el operativo lo que determinó que Perón descartara la propuesta de Gallego Soto. El líder exiliado mantenía una excelente relación con De Gaulle.

“A última hora Perón la deja sin efecto”, relata el historiador. “El asunto consistía en transportar por aire, a una zona entre Tucumán y Salta, a un tercio español de setecientos a ochocientos hombres de la Legión Extranjera, para crear un foco rebelde”.

Los “tercios”, creados en el siglo XVI, eran unidades de infantería del ejército español, utilizados fundamentalmente en las guerras coloniales. Aunque fueron oficialmente disueltos en 1920, los regimientos de la Legión española aún conservan esa denominación.

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Más adelante, Pavón Pereyra agrega: “Pero resulta que el que comandaría la operación sería Raoul Salan, famoso general argelino que levantó el ejército de su país, antidegaullista, que también aplastó el movimiento independentista de Argel con mano durísima y cruel, con un costo tremendo en vidas humanas para el bando rebelde. Cuando Perón se enteró dijo: De ninguna manera, ni hablar”.

Pavón Pereyra, fallecido en enero de 2004, es considerado como el primer biógrafo en vida del tres veces presidente argentino. Algunos de los títulos que publicó lo dicen todo: Perón (1953), Vida de Perón (1965), Coloquios con Perón (1965), Perón, tal como es (1973), Perón, tal como fue (1986), Conversaciones con Juan Domingo Perón (1978), Correspondencia de Perón (1981), Los últimos días de Perón (1981), Diario secreto de Perón (1985) y Yo, Perón (1993).

No obstante, en sus revelaciones sobre el presunto proyecto de invasión de legionarios españoles al noroeste argentino desliza dos errores. Salan, el “famoso general argelino”, era francés. Conocido como “El mandarín” y “El chino” desde que fue comandante de las tropas francesas en Indochina, había nacido en 1899 en Roquecourbe, al sur de Francia, cerca de la frontera con España.

El segundo error es más grave: en 1964, Salan estaba preso. Dos años antes había sido condenado a cadena perpetua y encarcelado por su vinculación con la OAS. Ese dato echa por tierra todo el relato del “foco rebelde”. El militar salió en libertad en julio de 1968, gracias a una amnistía del general De Gaulle, y se estableció en el norte de España.

Sin embargo, Pavón Pereyra rescata la figura de un personaje desconocido por los peronistas jóvenes y poco conocido por los no tan jóvenes: Julio Gallego Soto. Nacido en noviembre de 1915 en una pequeña localidad de Castilla y León, llegó muy  joven a Buenos Aires, donde se hizo amigo de Raúl Scalabrini Ortiz. Integrante de una familia que se dedicaba a la importación de telas inglesas, se relacionó con Perón en 1943 y se convirtió, con apenas 28 años de edad, en su colaborador en las sombras durante tres décadas. Y aunque esquivaba los puestos públicos, en 1946 fue un discreto asesor económico del ministro de Salud Pública, Ramón Carrillo.

Pavón Pereyra lo describe así: “Era un hombre de circunstancias, le servía a Perón desde un principio, haciéndole llegar y atendiendo a las necesidades urgentes. No sólo de plata. Tenía acceso a los centros económicos con mucha familiaridad. No tenía aspiraciones económicas. No se le quedaba pegada plata que no le perteneciera”.

El periodista Rogelio García Lupo, a su vez, ahonda la descripción el 11 de octubre de 1998 en Zona, suplemento de Clarín: “Julio Gallego Soto fue agente de Perón para las operaciones confidenciales de mayor riesgo. Conocía las cuentas numeradas de los bancos de Nueva York, Barcelona, Montevideo y París, donde era mayor la discreción y también podía reconstruir de memoria la historia de los contradocumentos y las transferencias de fondos que respaldaban los pactos políticos del jefe del justicialismo. Gallego Soto fue un eximio conspirador que construyó como una obra de arte su bajo perfil, a pesar de haber vivido momentos históricos junto a Perón o por cuenta de Perón”.

Su vida se cortó abruptamente a los 61 años de edad. En julio de 1977, agentes del Batallón 601 de Inteligencia lo secuestraron para averiguar sus “conexiones financieras” con el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). “Se llevó muchos secretos a la tumba sin nombre, cuando un comando militar lo desapareció para siempre”, escribe García Lupo.

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CUANDO ERNEST HEMINGWAY “GASTÓ” AL EMBAJADOR SPRUILLE BRADEN EN CUBA

Posted 25 Abril 2009 by RB
Categories: Irreverencias y reverencias

Roberto Bardini

A mediados de la Segunda Guerra Mundial el escritor Ernest Hemingway se da uno de los grandes gustos de su vida: navega en aguas del Caribe con un grupo de amigos impresentables, pesca, devora manjares preparados al estilo antillano, le dispara a tiburones, bebe litros de ron y whisky, juega al espionaje y, de remate, se inspira para una futura novela que se llamará Islas en el golfo.

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La aventura marinera dura ocho meses. Es posible gracias a miles de dólares que Hemingway le factura a Spruille Braden, entonces embajador de Estados Unidos en Cuba, con el pretexto de que persigue submarinos alemanes para evitar que ataquen las costas norteamericanas. En realidad, es una espectacular tomadura de pelo que se prolonga desde agosto de 1942 hasta abril de 1943.

bradenBraden no es diplomático de carrera sino un ingeniero y empresario muy cercano al Departamento de Estado. Corpulento, con el aspecto de un toro dispuesto a embestir y aficionado al whisky, habla bastante bien el castellano. Antes ha estado en Asunción, donde operó a favor de la compañía petrolera Standard Oil durante la llamada Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia (1932-1935). Vinculado a la firma bananera United Fruit, es heredero de acciones en la empresa minera Braden Copper, fundada por su padre en Chile.

Braden sucumbe en La Habana ante las audaces propuestas de Hemingway. El escritor le ofrece lanzarse al mar en su propio yate para enfrentar a submarinos alemanes, además de armar una red de espionaje para neutralizar las actividades de simpatizantes cubanos del nazismo y de la Falange Española. Para financiar estos “servicios patrióticos”, el autor de Por quien doblan las campanas le pide al impetuoso embajador mil dólares mensuales y alrededor de 450 litros de nafta.

hemiconmetraHemingway equipa con ametralladoras, granadas y bombas caseras a su yate Pilar, una hermosa embarcación de caoba y roble, de casi 12 metros de eslora, con un motor de cien caballos de fuerza, que había comprado por 10.000 dólares en un astillero de Brooklyn en 1934. Él mismo afirma que el Pilar combina “el peso sensual de una hermosa mujer alegre habanera y la sólida construcción de la casa en lo alto de una colina”.

Pero es poco probable que el escritor esté dispuesto a permitir que se lo hundan en altamar, le cambien la pintura del casco o siquiera le rayen la cubierta con un alfiler. O, mucho menos, que le suceda algo a su timonel y camarada de andanzas, el legendario Gregorio Fuentes, un marinero en el que se inspirará para crear a Santiago, el personaje de El viejo y el mar, libro publicado en 1952 y adaptado al cine seis años después. Fuentes, nacido en las Islas Canarias en 1897, ha llegado a Cuba a los diez años de edad y conduce el Pilar desde 1938.

Al mismo tiempo, el novelista recluta a una docena de marginales, compañeros de parranda en los muelles y cantinas de La Habana, a quienes él denomina Crooks Factory (“fábrica de malandras”). El yate nunca entra en combate y la red de agentes secretos jamás se arma pero la pandilla navega, pesca y bebe durante 240 inolvidables días.

Todavía a fines de 1942 el representante diplomático de Estados Unidos en Cuba sostiene: “Hemingway colaboró para nosotros desde su finca de La Habana dos veces por semana. Reunió a un grupo de cuatro hombres que trabajaban todo el día”. Un informe del FBI de ese mismo año, en cambio, define aquella labor como “una torpe e infantil empresa de fulleros”.

En mayo de 1945, Spruille Braden llega a Buenos Aires como embajador. Viene con la democrática misión de neutralizar la “amenaza nazifascista” del entonces coronel Juan Domingo Perón. No tiene éxito y a los cuatro meses regresa a Washington. Los peronistas, evidentemente, son mucho peores que aquellos “malandras” reclutados en el puerto. El empresario fallece en 1978. Quizás contribuye a su alejamiento del mundo terrenal el hecho de que poco antes Perón ha ganado por tercera vez a la presidencia.

Ernest Hemingway se suicida en 1961. Nueve años después se publica Islas en el golfo, novela terminada en 1947. El personaje central, un pintor llamado Thomas Hudson, muere herido de bala a bordo de su yate. En la narración, Hudson y sus aguerridos compañeros perseguían a un submarino alemán en aguas caribeñas.

fuentesGregorio Fuentes, el timonel del Pilar, trabaja durante 27 años con Hemingway. Conocido como “Pellejo duro”, hace honor a su apodo: fallece en 2002, a los 104 años de edad.  Fumaba seis habanos diarios y nunca leyó El viejo y el mar. Alguna vez dijo que si él sobrevivía al escritor, le gustaría poner el barco en un jardín y mandar a construir al lado una estatua de su patrón y amigo. Lo imaginaba sentado, con un vaso en la mano.

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CUANDO LOS MAU MAU LUCHARON EN EL NOROESTE ARGENTINO

Posted 18 Abril 2009 by RB
Categories: Argentina

Roberto Bardini

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Después del golpe cívico-militar que el 16 de septiembre de 1955 derrocó al general Juan Perón, corre el rumor que en el noroeste argentino hay guerrilleros africanos Mau Mau, famosos porque decapitan a sus enemigos británicos.

Nadie los ha visto, pero se dice que operan en la zona ferroviaria de Tafí Viejo, en Tucumán, y a veces llegan a Salta y Jujuy. Y para preocupación de los servicios de inteligencia de la “revolución libertadora”, también se comenta que están con la Resistencia Peronista.

Mau Mau es una organización rebelde que de 1952 a 1960 combate en Kenia contra las tropas del Imperio Británico, que ha ocupado el país a fines del siglo diecinueve. Su líder es Jomo Kenyata, quien después de la independencia en 1963 será el primer presidente y gobernará hasta 1978. Los Mau Mau tienen pocos fusiles; pelean con lanzas y machetes. Los ingleses cuentan que cortan las cabezas de los blancos, las colocan en la punta de la lanza y las exhiben como escarmiento.

cenaLa verdadera historia –prácticamente desconocida en la actualidad– me la contó en 2007 el inclaudicable Juan Carlos Cena, hijo de un ferroviario de Córdoba y también él ferroviario desde los 12 años. Luego de la caída de Perón, padre e hijo se unieron a la Resistencia. Miembro fundador del Movimiento Nacional de Recuperación de los Ferrocarriles Argentinos (MoNaReFA), hoy es un experto en el tema.

“En 1955, mientras, los burócratas sindicales se reunían en Olivos con el general Lonardi primero y con el general Aramburu después, para reacomodar las relaciones con el nuevo poder, el Partido Justicialista se había volatilizado”, recuerda Cena, que conoce de primera mano la anécdota de los Mau Mau. “La Resistencia se fue conformando a través de los cuerpos de delegados, seccionales de sindicatos, por zona o región, comisiones internas y de reclamos. No hubo ningún ideólogo, intelectual o político que preparara la Resistencia”.

En el caso de los obreros ferroviarios, las reuniones comenzaron después del bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955. Cena fue testigo de esos encuentros porque se realizaron en la casa de su padre, en Córdoba. “Con el pretexto de jugar a la taba, llegaban compañeros de todos los lugares ferroviarios del país. Los articulaba la unidad territorial del oficio y el sindicato. Los encuentros organizativos fueron rotando. La reunión más importante fue en la Estación La Reducción, en Tucumán”.

Luego del golpe del 16 de septiembre, las comisiones internas y de reclamos de la Unión Ferroviaria en Tafí Viejo crean el Comando Interseccional Peronista de Obreros del Norte (Cipon). El núcleo está en Tafí Viejo, pero se extiende a todo el norte del país. Es la concentración obrera más grande del noroeste. Le siguen los Altos Hornos Zapla.

“El Cipon estaba formado por compañeros duros, probados y disciplinados, defensores a ultranza de los ferrocarriles estatales”, narra Cena. “En más de una oportunidad, en el gobierno de Perón descabezaron jefaturas del taller por corruptas o ineptas. Esta metodología perduró después del golpe de 1955. Fueron los primeros en operar fuera de la organización partidaria. En todo el norte organizaron paros y sabotajes, no sólo ferroviarios. También impulsaron aprietes a comandos civiles, rompehuelgas, delatores y traidores. Eran absolutamente independientes y nunca pudieron ser controlados. Antes del advenimiento del peronismo, los anarquistas tenían gran influencia en los talleres; instauraron maneras de comportamiento, códigos éticos, métodos de organización y trabajo gremial. Con Perón en el gobierno, la relación entre anarquistas y peronistas continuó, basada en un respeto mutuo”.

Los antiperonistas de Tafí comienzan a llamarlos Mau Mau. Los militantes del Cipon no se sienten ofendidos: también reivindican la guerra de independencia en Kenia. Y para hacer honor al nombre le “cortan la cabeza” a dos jefaturas de taller seguidas, expulsándolas por “gorilas”.

Varios oficiales del ejército retirados y en actividad que se dicen peronistas van a ver a los dirigentes del Cipon para influenciarlos. Todos son rechazados, especialmente el general Miguel Ángel Iñiguez, del Comando de Operaciones de la Resistencia (COR), más afecto a los golpes militares que a las revoluciones populares. “Los Mau Mau sólo recibieron al entonces capitán Adolfo César Phillipeaux, quien en 1956 se había unido en La Pampa al levantamiento del general Juan José Valle”, cuenta Cena. “Con él mantuvieron una relación militante y de gran respeto”.

El ferroviario cordobés evoca por sus apodos a viejos conocidos de la Resistencia Peronista: Cutiti Díaz, Chichilo Céliz, Tableta Gutiérrez, Andrés Suter… De ellos sólo viven El Toto Romero y El Inglés Campbell.

“El anecdotario de sus vidas es enorme”, recuerda Cena. “Todos murieron pobremente, orgullosos de haber sido lo que fueron. El primer desaparecido ferroviario de la Resistencia es Raúl Lechessi, en el gobierno de Isabel Martínez. Ni siquiera durante la dictadura cívico- militar de 1976-1983 los trabajadores ferroviarios claudicaron”.

Unas últimas líneas sobre los Mau Mau de Kenia: durante años, historiadores y periodistas británicos presentaron una imagen feroz de los independentistas, pero el investigador Mark Curtis, fundador del Royal Institute of International Affairs, tiró abajo estas descripciones. En su libro Web of Deceit (“Red de engaños”), publicado en 2003, Curtis revela que más de un millón de kenianos fueron prisioneros en “aldeas cercadas”. A los sospechosos se les interrogaba con “cortado de orejas, perforación de tímpanos, azotes y quemaduras con cigarrillos encendidos”.

Y el historiador David Anderson, de la Universidad de Oxford y autor de Histories of the Hanged: The Dirty War in Kenya and the End of Empire (“Historias de los colgados: La guerra sucia en Kenia y el fin del imperio”), publicado en 2005, presenta evidencias de la brutal represión británica: 20.000 rebeldes asesinados, 150.000 civiles acusados de simpatizar con ellos enviados a campos de trabajos forzados y más de mil ejecutados en la horca. Anderson demuestra que sólo 32 colonos ingleses murieron durante un conflicto que duró más de siete años.

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MALVINAS, UN CORSARIO NORTEAMERICANO Y SU AMANTE CHILENA

Posted 30 Marzo 2009 by RB
Categories: Argentina, Personajes

Roberto Bardini
jewettUn corsario norteamericano al servicio de las Provincias Unidas del Río de la Plata es el primero que toma posesión de las Islas Malvinas en nombre del gobierno de Buenos Aires. El 6 de noviembre de 1820, el lobo de mar desembarca en Puerto Soledad, ordena izar la bandera argentina y disparar una salva de 21 cañonazos ante 50 barcos pesqueros de diversas nacionalidades, la mayoría británicos y estadounidenses.

Se trata el coronel de marina David Jewett, de 48 años, comandante de la fragata Heroína. Tres días después, el militar envía una comunicación en inglés y en castellano a los capitanes de embarcaciones extranjeras, informándoles que está prohibido pescar en aguas jurisdiccionales o desembarcar para apoderarse del ganado. El mensaje, fechado el 9 de noviembre, está redactado en términos cordiales pero firmes:

“Señor, tengo el honor de informarlo que he llegado a este puerto comisionado por el Supremo Gobierno de las Provincias Unidas de Sud América para tomar posesión de las islas en nombre del país a que éstas pertenecen por la Ley Natural.

“Al desempeñar esta misión deseo proceder con la mayor corrección y cortesía para con todas las naciones amigas; uno de los objetos de mi cometido es evitar la destrucción de las fuentes de recursos necesarios para los buques de paso, que, en recalada forzosa, arriban a las islas, y hacer de modo que puedan aprovisionarse con los mínimos gastos y molestias.

“Dado que los propósitos de Usted no están en pugna y en competencia con estas instituciones y en la creencia de que una entrevista personal resultaría de provecho para ambos, invito a Usted a visitarme a bordo de mi barco, donde me será grato brindarle acomodo mientras le plazca; he de agradecerle –asimismo– que tenga a bien, en lo que esté a su alcance, hacer extensiva mi invitación a cualquier otro súbdito británico que se hallare en estas inmediaciones; tengo el honor de suscribirme, señor, su más atento y seguro servidor”.

El navegante inglés James Weddell –explorador de la zona que lleva su nombre en el mar antártico– se encontraba ese día entre los extranjeros presentes en las Malvinas. Es él quien divulga la carta de Jewett, que se publica en diarios ingleses y españoles.

La toma de posesión del coronel se describe en El Redactor, de Cádiz (España), en agosto de 1821, a través de informes obtenidos en Gibraltar. También a mediados de ese año se publica la noticia en La Gaceta de Salem, en Estados Unidos, por relatos de pescadores de ese país que presenciaron la ceremonia.

David Jewett, nacido el 17 de junio de 1772 en North Parish (Connecticut), estudió leyes y a los 19 años ingresó a la marina de guerra de Estados Unidos. Participó en la lucha de independencia de su país contra Gran Bretaña, fue comandante en jefe de la escuadra naval chilena en 1814 y ese mismo año ofreció sus servicios a las autoridades de las Provincias Unidas. El 22 de junio de 1815 se le otorga, en acuerdo secreto del gobierno, la patente de corso. Durante dos años está al frente del bergantín Invencible en el océano Atlántico y captura cuatro naves brasileras.

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En enero de 1820, el marino recibe el mando de una fragata mercante francesa equipada con 30 cañones y la bautiza Heroína. Lo hace–según el historiador chileno Armando Moreno Martín– en honor a su amante chilena Javiera Carrera, a quien ha conocido en Buenos Aires en 1814 y considera una “heroína de América”. La embarcación ya no es una nave corsaria, sino un buque de Estado.

De familia aristocrática, casada dos veces y madre de siete hijos, la hermosa Javiera se hizo famosa por bordar en 1812 la primera bandera nacional de su país, un escudo de armas con la sentencia “Por la razón o por la espada” y una escarapela que fue de uso obligatorio. La mujer es hermana mayor del patriota José Miguel Carrera, quien luego de servir como oficial en España y combatir contra las fuerzas invasoras de Napoleón, regresó a Chile, participó en la guerra de independencia, fue jefe de gobierno y primer comandante en jefe del ejército.

En 1814, cuando España reconquista Chile, Javiera y sus hermanos cruzan la Cordillera de los Andes en un viaje de doce días. Viven un tiempo en Mendoza y luego, por instrucciones del general José de San Martín, se trasladan a Buenos Aires. Sin dinero, la mujer se gana la vida vendiendo comida chilena y fabricando cigarros de hoja. “No tengo ni para comer, menos para pensar en viajes”, le escribe a su segundo marido, un abogado asturiano que se quedó en Santiago. En 1819 las autoridades argentinas la detienen, la destierran primero a Luján y después a San José de Flores y finalmente la recluyen en un convento de la capital.

Jewett la rescata y la sube a un barco portugués que parte hacia Montevideo. “Vuestra amable hermana está al mando de la Heroína de las Provincias Unidas y espera con impaciencia el momento de abrazarlo a usted”, le escribe en 1820 a José Miguel Carrera. Pero ese momento no llegará nunca: un año después, Carrera, “el húsar desdichado”, es fusilado en Mendoza por orden de Bernardo de O’Higgins.

Después de su intervención en las Malvinas, Jewett renuncia a la marina argentina. Entra al servicio de la armada brasileña y más tarde, paradójicamente, combate contra las Provincias Unidas del Río de la Plata. Muere el 26 de julio de 1842, a los 70 años, en Río de Janeiro.

Tras diez años de ausencia, Javiera Carrera regresa a Chile en 1824. Fallece en su hacienda de San Miguel, cerca de Santiago, en agosto de 1862, a los 81 años.

EL INDIO QUE FUE COMANDANTE MILITAR EN LAS ISLAS MALVINAS

Posted 29 Marzo 2009 by RB
Categories: Argentina, Personajes

Roberto Bardini

malvinasSu historia fue olvidada y hoy es prácticamente desconocida. Se llamaba Pablo Areguatí, era guaraní y había nacido en la aldea San Miguel Arcángel, fundada en tiempos del Virreinato del Río de la Plata por misioneros jesuitas en territorio que ahora pertenece a Río Grande do Sul, en Brasil. En 1824 fue el comandante militar de las Islas Malvinas durante seis meses.

El año anterior, el gobernador de Buenos Aires, general Martín Rodríguez, le había otorgado a Jorge Pacheco, un capitán de caballería retirado, derechos sobre 30 leguas de tierra para criar ganado y cazar lobos marinos, a cambio de reparar las instalaciones de Puerto Soledad.

Pero el ex militar, que tiene 52 años y vive de la explotación de un saladero, carece de dinero para iniciar la empresa. Se asocia entonces con el comerciante Luis María Vernet, nacido en Hamburgo (Alemania), de ascendencia francesa. Vernet, de 31 años, se beneficia con la mitad de la concesión en la isla y se hace cargo de la administración.

Por sugerencia de Pacheco, en enero 1824 es designado comandante militar de las Malvinas un soldado de la Independencia, Pablo Areguatí, ex capitán de milicias en Entre Ríos.

Educado primero por jesuitas en la provincia de Misiones y a partir de 1783 en Buenos Aires, el guaraní había estudiado en el Real Colegio de San Carlos. Esta institución –por cuyas aulas pasaron Manuel Belgrano, Juan José Paso, Juan José Castelli, Mariano Moreno, Manuel Dorrego, Cornelio Saavedra, Juan Martín de Pueyrredón y Martín Güemes, entre muchos otros nombres de los primeros años de vida argentina– con el correr del tiempo se convertirá en el Colegio Nacional de Buenos Aires.

En 1811, Areguatí fue nombrado por Manuel Belgrano como primer alcalde de la población entrerriana de Mandisoví, de 650 habitantes, fundada en 1777 por Juan de San Martín, padre del general José de San Martín. En 1814, Gervasio Posadas, Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, lo asciende a capitán de milicias.

El oficial retirado, que pensaba entrenar algunos peones en las Islas Malvinas para formar “una compañía de cívicos, con cabos y sargentos”, ha aceptado no cobrar sueldo del gobierno; a cambio, podrá criar su propio ganado. Sin embargo, por desinteligencias con Pacheco y Vernet renuncia en agosto de 1824. Seis años después es funcionario en la Aduana de Buenos Aires y, posteriormente, oficial de Justicia.

Uno de sus hermanos, Pedro Antonio, fue sargento en la expedición de los 33 Orientales, encabezada en 1825 por el general Juan Antonio Lavalleja para liberar la Provincia Oriental –que abarcaba lo que hoy es Uruguay y parte de Río Grande do Sul– entonces en poder de Brasil.

Una tataranieta del comandante militar guaraní de las Islas Malvinas, Evangelina Areguati, actualmente es maestra en la escuela Nº 74 Juan José Valle, de Concordia (Entre Ríos).

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DEL GHETTO DE VARSOVIA A LA FRANJA DE GAZA

Posted 16 Enero 2009 by RB
Categories: Medio Oriente

[Publicado en enero de 2005 con el título Israel, Palestina y el Informe Stroop]

Hoy nadie recuerda al general alemán Jürgen Stroop, quien ganó cierta notoriedad a mediados de la Segunda Guerra Mundial durante la ocupación de Polonia como comandante de las Waffen-SS. Sin embargo, recientemente su nombre volvió a cobrar notoriedad en Medio Oriente. Según informa el diario Haaretz, de Jerusalén, parece que el militar tiene algunos discípulos en el ejército israelí.

Roberto Bardini

Entre 1941 y 1943, el ejército del Tercer Reich confina a 60 mil judíos polacos en el ghetto de Varsovia, ubicado en el distrito de Podgorze. La desproporción entre la cantidad de reclusos y la superficie del lugar, provoca hacinamiento, miseria, hambre y epidemias. En algunos casos, conviven hasta 13 personas en cada habitación. Sólo un hombre cada 138 tiene trabajo. La mayoría trabaja en establecimientos alemanes; confecciona uniformes militares y fabrica armas.

El 19 de abril de 1943 estalla una rebelión en el ghetto. Mordejai Anielevicz, de 24 años, lidera a 700 jóvenes de la Organización Judía Combatiente, provistos de granadas, bombas molotov y unas pocas armas suministradas por la resistencia polaca. El levantamiento termina el 16 de mayo, cuando los alemanes hacen estallar la gran sinagoga judía, incendian el ghetto y lo reducen a un montón de escombros. Anielevicz y 80 jóvenes sobrevivientes al ataque se suicidan para no caer en manos del enemigo.

El ghetto ya no existe

El general Jürgen Stroop, hombre de confianza de Heinrich Himmler, estuvo al mando de la operación y redactó un minucioso parte de guerra día por día e, incluso, hora por hora, de los 28 días de combate. Su descripción, de 75 páginas, se conoce como Informe Stroop: el Ghetto de Varsovia ya no existe (Es gibt keinen jüdische Wohnbezirk in Warschau mehr). El relato se hace público en el Tribunal de Nuremberg en 1946 y es editado en forma de libro en 1998.

El 25 de enero del año pasado [2004], el diario Haaretz publicó un artículo del periodista Amir Oren, quien afirma que los militares judíos estudiaron las tácticas utilizadas por los nazis para aplastar la rebelión en el ghetto de Varsovia con el fin de aplicarlas contra las ciudades palestinas de Gaza y Cisjordania. El Informe Stroop figura entre los textos.

Oren utiliza como fuente a un alto oficial israelí, a quien no identifica para evitarle represalias. No es la primera vez que miembros del ejército brindan este tipo de testimonio, disgustados por sus tareas como de tropa de ocupación y la técnica de tierra arrasada ordenada por el alto mando.

Peor que en Varsovia

Lo cierto es que existen similitudes, corregidas y aumentadas, entre aquel episodio de la Segunda Guerra Mundial y lo que sucede hoy en los territorios dominados por Israel. Más de un millón de árabes subsiste gracias a los víveres distribuidos por la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos (UNRWA, por sus siglas en inglés), la cual ha denunciado que uno de cada cinco niños palestinos sufre de grave desnutrición. Desde septiembre de 2000, más de 25 mil palestinos han perdido sus hogares por demoliciones llevadas a cabo por soldados israelíes, según UNRWA, que apenas ha logrado construir casas para poco más de mil cien.

Por otro lado, un informe del Banco Mundial de noviembre de 2004 asegura que un 50 por ciento de los palestinos vive en la pobreza, con menos de dos dólares diarios. En promedio, cada palestino que trabaja debe mantener a siete personas.

Hay más semejanzas con el ghetto de Varsovia: existen en Cisjordania 61 puestos de control militar, 102 bloques de hormigón en las carreteras para dificultar el acceso de vehículos desde y hacia los pueblos palestinos, 61 zanjas, 28 vallas de tierra y 374 de pilas de escombros. Viajar por la región es muy difícil, si no imposible, para miles de personas.

En junio de 2002, Israel comenzó a construir un muro, que tendrá una longitud de 622 kilómetros a un costo de 3 mil 400 millones de dólares. La enorme valla impide el acceso de palestinos a lugares esenciales como el trabajo, los hospitales y las escuelas.

Tragedia moderna

La Franja de Gaza es una de las regiones más densamente pobladas del planeta. Con una superficie de sólo 360 kilómetros cuadrados, el hogar de más de un millón 400 mil palestinos y alrededor de 7 mil 300 israelíes radicados en 21 asentamientos vigilados por tropas israelíes. La mayoría árabe vive refugiada en ocho campos de las Naciones Unidas.

La Franja está completamente cercada, excepto en la costa con el mar Mediterráneo. Hay ocho puestos de control de las autoridades israelíes. Los palestinos sólo pueden cruzar la frontera por dos puntos: Erez, en el norte, y Rafah, en el sur. En 2004, 950 palestinos resultaron muertos por las fuerzas de ocupación israelí, incluyendo 172 niños y 36 mujeres. Ese mismo año, fueron heridos casi 6 mil palestinos.

Eric J. Hobsbawn, el más importante historiador vivo, definió la situación en Medio Oriente como “el conflicto más grave que enfrenta actualmente la humanidad”, cuyos efectos repercuten –a la corta o a la larga- en el todo el mundo. Mucho antes, en 1968, el historiador inglés Arnold Toynbee afirmó que la tragedia moderna de los judíos consiste en que, lejos de aprender de sus sufrimientos, tratan a los árabes igual que los nazis los trataron a ellos.

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