LOS DÍAS Y LA ESPERA
Roberto Bardini
1
El hombre y la niña bajaron del taxi en la colonia Anzures, a una cuadra del circuito interior. Cruzaron la calle corriendo, tomados de la mano. Con la mano libre la niña sujetaba el cordón de un globo rojo, que tironeaba hacia atrás como si quisiera quedarse. El globo tenía el dibujo de Pitufina, un personaje que a ella le gustaba. El hombre calzaba en la cintura una pequeña pistola automática, pero no se veía porque llevaba la camisa fuera del pantalón.
Cuando llegaron a la esquina se detuvieron y miraron durante unos instantes el edificio de apartamentos color ladrillo a la mitad de la cuadra, donde la niña vivía con su madre. El cielo comenzó a nublarse. “En cualquier momento se larga a llover”, pensó el hombre. El globo continuaba tironeando como si tuviera vida, ahora hacia adelante, hacia el edificio.
– Bueno, llegamos –dijo él.
La niña lo miró y no dijo nada, y volvió a ver el edificio color ladrillo.
– Mañana es lunes –continuó el hombre– y tenés que ir a la escuela y yo salgo de viaje.
En realidad el hombre estaba pensando en una muchacha que lo esperaba a una hora de ahí, en la colonia Coyoacán, la muchacha de pelo largo y negro con la que haría el amor toda la noche hasta el amanecer, y luego él iría hasta el aeropuerto, subiría a un avión y no regresaría por mucho tiempo.
– Sí –dijo la niña. Miraba el edificio a mitad de la cuadra y también parecía pensar en otra cosa.
En la esquina, el hombre se agachó hasta quedar a la misma altura que la cara de ella y se miraron sin decirse nada. Él frotó su nariz contra la de la niña: era un costumbre inaugurada cuando ella era un bebé de cuna, en Tegucigalpa; después el gesto se convirtió en un modo de hacer las paces tras las pequeñas peleas, en una forma de reiterar las complicidades.
– Hoy la pasamos bien, ¿verdad? –dijo él.
La niña asintió con la cabeza.
– Bueno, ya sabés que el próximo domingo no vendré. Ni el otro. Ni el otro tampoco –dijo el hombre–. Ese viaje largo, a otro país: ya te expliqué. Y tengo tu foto en Acapulco.
La niña contestó que sí otra vez con la cabeza, sin hablar, y bajó la vista. El hombre se puso de pie y miró el cielo. “Lloverá, debo apurarme”, se dijo. Pensó en la muchacha que lo esperaba, en la pequeña maleta que aún no había preparado, en las dos o tres cartas que dejaría por si acaso. Se levantó un poco de viento y el globo rojo con la Pitufina se bamboleó entre la niña y él.
– Y ahora, a casa –dijo el hombre–. Va a llover y tu mamá te está esperando.
La niña alzó los ojos y tragó saliva. Miró otra vez hacia el edificio de apartamentos y luego volvió a verlo a él. “Lo tiene clavado en el pecho”, pensó el hombre, que en seis años había aprendido a descifrar las señales. “No lo puede sacar porque se le traba en la garganta”.
– Dame un abrazo y un beso –dijo y se inclinó ofreciéndole una mejilla–. Uno grande, muy grande.
La niña lo abrazó y le dio un beso.
– Papi…
Se miró los zapatitos. Movió un pie y después el otro y luego, sin levantar la vista del suelo (las baldosas grises de la esquina, los gastados mocasines color café del hombre), dijo:
– No te vayas todavía, papi.
El hombre la tomó suavemente de la barbilla y le levantó el rostro con mucha delicadeza, buscándole los ojos, preguntándole en silencio. La niña tragó saliva nuevamente y agregó con voz delgada:
– Quédate un ratito más.
El hombre sonrió y le pasó una mano por los cabellos. Miró el cielo, su reloj, el edificio de apartamentos a mitad de la cuadra. Empezaba a oscurecer. Pensó en la chica que lo esperaba, en la maleta que no había preparado, en el avión que mañana a mediodía aterrizaría a seis horas de ahí, en las cartas que quería dejar escritas. Por fin, dijo:
– Está bien, chiquitina, claro que sí.
La niña lo abrazó por la cintura sin soltar el globo rojo y pegó su rostro en la cadera de él. El hombre le acarició la cabeza, ella lo apretó más.
– Vamos hasta tu casa –dijo él. Volvió a mirar el cielo, se fijó en la hora.
Caminaron hasta la puerta del edificio, la niña tomada de la cintura del hombre, con la cabeza apoyada en su cadera, y él con su brazo en el hombro de ella. El globo rojo flotaba de un lado a otro, iba y venía empujado por la brisa. Llegaron y se sentaron en uno de los escalones de la entrada, muy juntos.
Sopla más brisa, se transforma en viento, levanta un poco de polvo y vuelan algunas hojas que estaban caídas junto a los árboles de la calle. Ha oscurecido y comienza a lloviznar y después a llover con fuerza. Pero el hombre y la niña parecen no darse cuenta.
2
Se levantó de la cama, fue al baño y se duchó. Después de secarse, se cortó el bigote con una tijera hasta que se transformó en una sombra arriba del labio y lo rasuró para parecerse a la fotografía del pasaporte falso.
Regresó a la habitación. Bebió un poco del vino abierto unas cuantas horas antes y se sentó en el borde de la cama, junto a la muchacha de pelo largo y negro que lo observaba y sonreía. Se fijó en la hora (cuatro y diecisiete de la mañana), pensó en las cartas que no había escrito por hacer el amor con ella –y que ya no escribiría– y dijo: “Tengo que irme. La pistola está escondida en una caja entre los zapatos, al fondo de todo, debajo de otras cajas”. Ella asintió, se incorporó un poco y lo besó en la mejilla, el cuello y el pecho. Suspiró, se separó de él, encendió un cigarrillo, se sirvió un poco de vino de la botella que estaba en el suelo, junto a la cama y la ropa desordenada de los dos y dijo: “Es lindo hacer el amor contigo. Te voy a extrañar”. Él la besó en la boca dos, tres, cuatro veces, y la despeinó a modo de última caricia. Se puso de pie, se vistió y mientras se colocaba los mocasines pensó en decirle algo así como “a mí también me gusta hacerlo con vos”, pero no dijo nada.
– Nos volvemos a ver pronto –le aseguró, a modo de despedida–. El 79 ha sido mi año de la suerte.
– Y el 80 también lo será. Cuídate mucho –contestó ella, y se esforzó en mostrarle la mejor sonrisa que pudo. Lo había decidido desde muchos días atrás, después que él le contó del viaje. “Que cuando piense en mí, me recuerde así”, se había propuesto: resplandeciente
Cuando él salió de la habitación y después de la casa y mientras caminaba por la calle con la pequeña maleta en la mano, atento a la aparición de un taxi que lo llevara al aeropuerto, la muchacha ya no sonreía. Fumaba y miraba la nada. “Que me recuerde sonriente, radiante, amorosa”, pensaba. “Que sepa que aquí lo espero, que no le pase nada, que regrese”. Después apretó en el cenicero lo que quedaba del cigarrillo, apagó la luz de la lámpara de la mesita junto a la cama y hundió el rostro en la almohada como si quisiera, a pesar de que estaba sola en la habitación, que nadie la escuchara sollozar.
3
Hace calor. A pesar del ruido que llega de la calle y del sonido del ventilador del techo, se oye el zumbido de una mosca que vuela dentro de la habitación del hotelucho. El hombre está tendido en la cama. Mira el techo de color indefinido, descascarado, lleno de manchas amarillentas, y dibuja figuras, piensa en otras cosas; recuerda. En el cuarto hace calor y él transpira. Está vestido, la ropa húmeda y arrugada.
“A las cinco y media pasan a buscarme”, piensa el hombre. El ventilador del techo ronronea. La mosca zumba.
La única ventana del cuarto está cerrada. Por la madera rota y descolorida entra el resplandor del sol a la hora de la siesta. De la calle llega el ruido del mercado al aire libre que está frente al hotel, las voces de los vendedores, discusiones, palabras que desconoce y un acento diferente, gritos de niños, risas. El trópico, se dice. Imagina un jeep militar con cuatro o cinco soldados que patrullan esa zona de la ciudad a la que llegó a mediodía y que no conoce. Luego piensa en la pistola semiautomática calibre 45 que le dio el muchacho que lo esperaba en el aeropuerto y que ahora guarda en la pequeña maleta, entre dos camisas nuevas y aún envueltas que no usará. Y en el pasaporte falso, el de tapa verde y fotografía sin bigote, que está encima de todo.
“Pasan a buscarme a las cinco y media”, se repite. La mosca vuela. Él no la ve: oye el zumbido, la imagina enorme.
Transpira. A la madrugada, cuando salió de México, estaba fresco y seco después de la lluvia de la noche anterior; aquí hace un calor húmedo y pegajoso. Mira su reloj: las cuatro y cinco. Falta una hora y media. Pasarán a buscarlo cerca del mercado callejero. Siente sopor, se queda medio dormido. Piensa o sueña: los pasaportes falsos, los aeropuertos y los trámites en la aduana son casi siempre iguales. La policía, con distintos uniformes, también. La soledad y el miedo se parecen en cualquier parte del mundo.
La mosca da vueltas, incansable.
Al rato se despierta sobresaltado. Soñaba que había perdido el avión en México. Mira el reloj; debe ponerse en camino. Repasa mentalmente: la pistola en la maleta, entre las camisas; el pasaporte encima de todo. Transpira. Ya no se oye el zumbido. La mosca se ha detenido (“y el tiempo también”, se le ocurre). El pasaporte verdadero, el de tapa azul y la foto con bigote, está bien oculto junto con los dólares para el regreso.
“En marcha”, se dice, y salta de la cama.
4
“Bueno, esto es la montaña”, piensa una semana después. Y es la selva y el calor y la humedad y los mosquitos. Piensa: “Ya estoy agotado”. Y piensa: “Hay que caminar y no pensar, hay que seguir caminando”. Trata de no pensar más que en los árboles, las ramas, las hojas, la penumbra y el silencio.
Está cansado: llevan cuatro horas de marcha con subidas y bajadas, y aún faltan cinco o seis kilómetros que en las veredas de montaña equivalen casi al doble. Le duelen las piernas, los pies le pesan. No da más. No soporta la mochila sobre la espalda, piensa en sacársela y dejarla tirada en cualquier recodo del camino o ahí nomás, en el sendero. La correa del AK-47 le molesta en el hombro, siente que le traspasa la camisa verdeolivo que le dieron –y le queda demasiado grande– y le lastima la carne. Tropieza con una piedra o una raíz o quizá con su otro pie. Quiere dejarse caer lentamente y cerrar los ojos y dormir, quedarse dormido dos días seguidos. Pero hay que seguir caminando. Siente hambre y sueño y de tanto en tanto, a pesar del calor, escalofríos. Y ganas de llorar o gritar. Cuatro horas antes el responsable del grupo les había dicho, medio en broma y medio en serio: “Al que se quede atrás le pego un patadón en los güevos”. Rieron y se pusieron en camino.
Se detiene y respira hondo. Los otros también se paran. Los mira y sonríe (o intenta sonreír: le cuesta un triunfo, imagina su propia mueca).
– ¿Van bien? –pregunta, y se siente ridículo.
Los otros asienten con la cabeza y reinician la marcha. A largos pasos (la mochila que pesa, la correa del fusil que lastima, las piernas que hay que domar) retoma la delantera. Los demás son más jóvenes, tienen más aguante, siempre se movieron en la montaña. Quiere dejarse caer lentamente ahí mismo, a un costado del sendero, junto a los árboles. Pero ya está adelante de todos caminando junto al responsable del grupo, que en voz baja le susurra: “Ánimo. Ya falta poco”.
Pocos metros más adelante hay un claro. Y al fondo del claro, dando la espalda a la espesura, hay una patrulla del ejército. Los soldados están cuerpo a tierra, desplegados en posición de tiro. Los estaban esperando.
5
La muchacha de pelo negro y largo baja del taxi frente al edificio color ladrillo. Sube los tres escalones de la entrada y mira el número del departamento en el portero eléctrico. No se anima a tocar el botón. Abre su bolsa de mano, saca un pequeño espejo y observa sus ojos: aún están enrojecidos, a pesar de que antes de salir de su casa en Coyoacán se ha puesto gotas.
Ha llorado toda la mañana, desde que la llamaron para contarle lo que había sucedido tres días atrás. Se torturó preguntándose si el hombre habría sufrido, agonizado o muerto rápidamente, sin dolor. Preguntándose con una frágil esperanza si al final, en algún instante antes de apagarse, él la habría recordado aunque sea fugazmente y con la certeza de cuánto lo había querido. Decide esperar un rato antes de llamar. Se sienta en uno de los escalones y enciende un cigarrillo. Piensa en la niña –a la que sólo conoce por una fotografía tomada en Acapulco– y en cómo le dirá a la madre, que ni siquiera conoce por fotos, lo que ha venido a decirle. Y comienza a llorar. Pero inmediatamente se resigna (sabe que cuando suba al departamento seguirá llorando, que llorará todo ese día y el siguiente, muchos días) y se dice que no tiene caso quedarse paralizada ahí. Arroja lejos el cigarrillo, se pone de pie y oprime el botón.
6
Pasan las tardes. La niña viste y desviste muñecas, y les habla largo rato. “¿Por qué están tristes?”, les pregunta. “No lloren, chiquitinas”, les dice. “Papá está de viaje, pero ya va a volver. Vendrá pronto, ya verán”.
A veces la niña se enoja con las muñecas y las regaña. Después, no sabe bien por qué, tiene deseos de llorar. Siente algo clavado dentro del pecho, que quiere subir y salir pero se le atraganta. Otras veces se olvida de las muñecas, se sienta frente a la ventana del departamento y mira la calle. Todos los días cuenta los días (“el próximo domingo no vendré, ni el otro, ni el otro tampoco”). Y muchas veces recuerda aquella tarde de lluvia y el globo rojo con la Pitufina e imagina aviones que llegan uno detrás de otro, que llegan siempre, que aterrizan para quedarse, que no se irán más. Entonces les vuelve a hablar a las muñecas y las consuela: “No estén tristes, chiquitinas, ya falta poco”.
Así pasan las tardes, y ella cuenta los días y espera.
7
En esta otra ciudad, erigida en el centro de un valle en honor a San José de Nazaret, no hace tanto calor, ni hay humedad, ni late el miedo. Este país no tiene ejército, no hay patrullas militares en las calles. Desde hace décadas sus habitantes repiten orgullosos que a diferencia del resto de América Central, tienen “más escuelas que cuarteles y más maestros que soldados”.
Al hombre le ha vuelto a crecer la barba, que en un rato más se quitará para dejarse sólo el bigote. Debe quedar como en la fotografía de su pasaporte auténtico –el de tapa azul– que traía oculto, aunque ahora esté pálido y más delgado. De la emboscada del mes anterior sólo se salvaron un muchacho campesino que era maestro rural y él, que por torpe rodó por una hondonada y perdió el fusil pero pudo ocultarse de los soldados. Después, los dos se escondieron en la aldea donde vivían los padres del chico. Allí se enteraron más tarde que en la ciudad los daban a todos por muertos. Sabe que la noticia ha llegado a México por las agencias de noticias, aunque no se mencionaba su verdadero nombre. Supone que han sufrido, que lo han llorado. Imagina lo que dirán cuando, al regreso, llame desde el aeropuerto a quienes tiene que llamar para informarles que está vivo. Recuerda a su niña y la tarde de aquel domingo con globo rojo y lluvia. También recuerda la luminosa sonrisa de la muchacha la madrugada en que se despidieron.
Una noche lo condujeron hasta la frontera, que cruzó a pie, donde lo esperaban. Desde allí lo llevaron en camioneta hasta la capital del país vecino. Le dijeron que estaría el tiempo necesario en casa de alguien mientras le conseguían una visa como si hubiera entrado legalmente. Después, compró el pasaje de regreso a México con los dólares que aún conservaba. Hoy, finalmente, se subirá al avión.
Él ya sabe que los aeropuertos, los trámites en la aduana y los policías son iguales en cualquier lugar del mundo. La soledad y el miedo, lo mismo. Pero aún confía –y de tanto repetirlo ya está más o menos convencido– que 1979 es su año de la suerte. Y quizá el 80 también lo será. Ya se ha quitado la barba y dejado el bigote, se ha bañado y vestido con las ropas que le han suministrado: viajará con poco equipaje, mezclado entre los pasajeros como si fuera un hombre de negocios. Ahora sólo tiene que esperar que pasen a buscarlo y lo lleven a la terminal aérea. Vislumbra los increíbles besos que le dará su hija, casi siente el abrazo de la chica de pelo negro y sonrisa inolvidable. Y aunque le cuesta un poco reconocerlo, eso que siente no puede ser otra cosa que felicidad.
9 Septiembre 2007 at 6:05 pm
Me gusto mucho, como casi todo lo que escribís.
Gracias
9 Septiembre 2007 at 6:48 pm
Tito:
me encantó.
Cariños,
Licia
10 Septiembre 2007 at 7:16 am
Una maravilla de las letras Sr Bardini. Gracias
ana
10 Septiembre 2007 at 9:05 am
Tito,
El 2007, ¿ha sido también un año de suerte? gracias por tus letras
10 Septiembre 2007 at 5:50 pm
Le he dado dos vueltas y me sigue gustando mucho, coronel.
Un gran abrazo.
7 Febrero 2008 at 7:33 pm
Me gusta cada vez que lo leo. Me recuerda algo…