SÁBADO A LA NOCHE, RON Y PLEITO

Roberto Bardini

ronManagua, noviembre de 1981. Es sábado a la noche. Como siempre, hace un calor húmedo, pegajoso; un calor que podría llamarse “de jungla” en lo que podría llamarse “una ciudad”. Los tres tipos están en Los Antojitos, un pequeño restaurante mexicano al aire libre frente al Hotel Intercontinental y la nada.

Managua es una ciudad semidestruida. Primero, por el terremoto de 1972; después, por la guerra entre somocistas y sandinistas. Donde antes había cuadras y manzanas, ahora hay baldíos y crece la hierba. En esa zona que se podría llamar “el centro”, donde antes hubo casas y comercios, ahora hay ruinas a ras del suelo. Lo único que se yergue es la construcción piramidal del Hotel Intercontinental y, cruzando la calle llena de baches y morterazos, el restaurante Los Antojitos. Cinco o seis calles hacia el sur, está el lago de Managua y, sobre una loma, el ex bunker de Anastasio Somoza. Una cuadra al este de Los Antojitos, está el hotelito Siete Mares, una modesta construcción de dos pisos y un pequeño comedor atendido por sus dueños chinos, donde sirven platos orientales.

Los tres tipos son argentinos. Como es sábado a la noche, beben ron Flor de Caña “Plate”. No le dicen “pleit”; le dicen “pleito”. Ingerido en abundancia, puede inducir a la gresca a ecologistas, contempladores budistas, pacifistas hindúes y cobardes de cualquier nacionalidad.

Los tres tipos visten de civil. En esos días –que desde 1979 son “días y noches de amor y de guerra”, donde uno piensa en “la última mujer y el próximo combate”– quien no viste uniforme verdeolivo es un perejil. Y si no tiene una pistola en la cintura, es un perejil con uniforme.

Dos de los tipos vestidos de civil tienen pistolas en la cintura, ocultas por los faldones de las guayaberas. Son Makarov nueve milímetros, soviéticas, consideradas un privilegio. También tienen algo que vale más que un par de uniformes y pistolas: tienen credenciales de oficiales del ministerio del Interior.

Uno de ellos, con aspecto de jugador de rugby, es asesor de la Policía Sandinista. Llegó a Nicaragua recomendado por el servicio de inteligencia de un país amigo, y tiene antecedentes que lo avalan. Antes, estuvo en Colombia y en Guatemala; después, combatió en el Frente Sur.

Otro de los tipos, alto y corpulento, se parece a Humphrey Bogart pero a diferencia de Bogart mide un metro ochenta y tiene densos pelos en las orejas. En su país, los compañeros le decían Boogie, le decían Rififí, le decían El Killer. A comienzos de los años 60, era asaltante de bancos; a mediados de esa década, tras de una temporada en la cárcel, se convirtió en militante peronista y siguió asaltando bancos. Ahora, por esas cosas de los ministerios del Interior jóvenes, implacables en el combate y generosos en la victoria, es instructor en la Policía Sandinista. Lo llamaremos El Pistolero.

El tercero es un perejil sin uniforme, sin pistola y sin credencial, armado únicamente con una libreta de apuntes y alguna ilusión: convertirse en un Jack London de los trópicos o Ernie Pike del Caribe, por ejemplo. Pobre tipo. Lo llamaremos El Periodista.

Los tres argentinos están en Los Antojitos, se deshidratan por el calor y beben ron “pleito”. Y suena el walkie-talkie del Policía:

– [Bzzz bzzz...] Central a las unidades de la Zona Uno… [Bzzz bzzz... crock crock]… Reportan un Cuatro Cero en el Hotel Siete Mares… Repito: …portan un …uatro …ero en el …tel …iete …ares [Plash plash... Crrr crrr].

– Un Cuatro Cero: bronca familiar, conyugal o doméstica –dice El Policía–. No falla nunca: sábado a la noche, ron y pleito. Vamos.

Los tres se levantan al mismo tiempo.

– Ya volvemos –le dice El Pistolero a una de las hermosas meseras morenas, de escote largo y falda corta. Y a paso rápido salen hacia el Hotel Siete Mares.

Dos de ellos caminan como ojos, oídos y puños de la Revolución, guardianes de la Ley y el Orden en la Consolidación de la Victoria Popular, manos de hierro en guantes de seda: disuadir antes que reprimir, reprimir sin generar daños, dejar fuera de combate sin causar heridas, herir sin provocar muertes…

El tercer tipo va detrás de ellos, rezagado. Cree que es El Cronista de la Nueva Era Verdeolivo y Generosa. Imagina que es el Testigo Privilegiado en el Lugar de los Hechos. Pobre tipo. Es El Periodista.

El trío comienza a trotar. Ninguno de los tres se da cuenta de que han ingerido demasiado ron “pleito”. Cuando se den cuenta, será demasiado tarde.

A la carrera, El Policía, El Pistolero y El Periodista llegan al Siete Mares con los pulmones a punto de estallar. Los tres son fumadores empedernidos. En la puerta del hotel hay varios curiosos. Se oyen los gritos de una mujer y un hombre en otro idioma, posiblemente insultos en un dialecto chino de los bajos fondos de Shangai o Cantón. También se escuchan sonidos de objetos que se rompen, seguramente de loza, porcelana y vidrio.

El Policía, El Pistolero y El Periodista entran al único y amplio ambiente de la planta baja del hotelito. Al centro está la recepción; detrás del mostrador, una anciana china se agarra la cabeza y llora. A la derecha, hay una sala de estar con sillones, una mesita baja con diarios y revistas, ceniceros de pie. Dos huéspedes están parados en el sillón más grande, aterrorizados. A la izquierda, se ubica el modesto restaurante de comida china. Todos los comensales están de pie, apoyados de espaldas contra las paredes, con expresión de pánico.

Y zigzagueando entre las mesas del comedor y los sillones de la sala, saltando por encima de la mesita baja, desde un extremo del comedor hasta el final de la sala de estar, una pequeña y delgada china con un enorme cuchillo de cocina en la mano huye de un pequeño y delgado chino que la persigue revoleando chakos. También llamados numchakus, son dos garrotes de madera de unos 50 centímetros cada uno, unidos por una cadena de acero de cinco centímetros. Es un Arma Mortal Uno, Dos y Tres, sobre todo en la mano de un chino borracho.

– ¡Asesino! –grita la china– ¡Me quiere matar!

El chino la persigue con sus chakos de un extremo a otro de la planta baja. A su paso deja una estela de olor a ron “pleito”, sudor agrio y chop suey del mediodía. A su paso también descarga con furia su Arma Mortal Uno, Dos y Tres sobre mesas y sillas, rompe platos y vasos, golpea las paredes y destroza cuadros.

Pero esto no parece ser problema para El Policía y El Pistolero, revolucionarios profesionales al servicio de la Policía Sandinista. Son hombres de acción curtidos en el peligro, un par de veteranos equilibristas en la cuerda floja, un dúo dinámico habituado a sobrevivir al margen de las leyes demoliberales capitalistas burguesas, transformados en guardianes de la ley y el orden de la Revolución.

En una pasada del chino, el robusto Policía le hace un tackle y lo derriba. Cuando está en el suelo, El Pistolero de un metro ochenta de estatura toma una silla y le planta el respaldo en el tórax. Y entonces El Policía le coloca salvajemente una rodilla en la cara y le aferra con las dos manos la muñeca para que no pueda defenderse con los chakos. Han controlado la situación en dos minutos.

Todo está bien ahora. La china deja de correr y se lanza a los brazos de la anciana que lloraba detrás del mostrador en la recepción. Los huéspedes bajan de los sillones. Los comensales regresan lentamente a sus mesas.

Pero el chino no está dispuesto a rendirse. No suelta los chakos, le muerde la rodilla al Policía, intenta patear con los dos pies al Pistolero que trata de inmovilizarlo con la silla, se retuerce en el suelo como un reptil herido y los escupe. Visto con calma y casi treinta años después, el pequeño y delgado chino ofrece un maravilloso espectáculo de resistencia a la ley, una indoblegable voluntad de no entregarse. Diminuto en comparación con los otros dos, pero irreductible, está dispuesto a que lo maten a golpes antes que ceder.

Eso si uno lo ve con calma. Pero esa noche de noviembre de 1981 nadie ve las cosas con calma. Y mucho menos, porque todos están borrachos. Sábado a la noche, ron y pleito.

El Periodista siente que debe ir en apoyo a sus dos compañeros y colaborar en el restablecimiento del orden. Se arrodilla sobre las piernas del hombrecito para que no patalee más y comienza a darle puñetazos en los testículos para que deje de escupir, chino cochino.

Grave error. Ese procedimiento no figura en los manuales policiales revolucionarios. Implacables en el combate, generosos en la victoria. Disuadir antes que reprimir, dejar fuera de combate sin causar heridas, etcétera.

Entonces se escucha un alarido de espanto, un chillido agudo que paraliza al chino, al Policía, al Pistolero y al Periodista. La escena se congela. Los cuatro quedan inmóviles y con la boca abierta. Sólo se escucha el sonido de cuatro bocas abiertas que toman y exhalan aire. En la calurosa atmósfera, las respiraciones apestan a “ron pleito”.

– ¡Asesinos! –grita la china– ¡Lo van a matar!

Y la escena recomienza cuando la pequeña mujer avanza hacia los guardianes del orden empuñando el enorme y afilado cuchillo de cocina. Fulguran de odio los ojos de la china, restallan con llamaradas asesinas. Las llamaradas parecen reflejarse en la gélida hoja del cuchillo, eficaz para decapitar los pollos, pescados, ranas y gatos que constituyen la base de los sabrosos platillos orientales del Hotel Siete Mares, atendido por sus propios dueños.

Y avanza la china, amenazante, hacia El Policía, El Pistolero y El Periodista. Más que amenazante, avanza decidida a castrarlos y seccionarlos. Ninguna de estas situaciones está prevista en el Manual del Buen Policía Sandinista.

Entonces, ante la peligrosa proximidad de la mujer del cochino chino que patalea en el suelo, El Policía, El Pistolero y El Periodista se ponen rápidamente de pie. Sin el más mínimo pudor dicen “permiso, permiso”, y pasan a los codazos y empujones tambaleándose entre la gente que se ha reunido en el hotel Siete Mares. Atraviesan velozmente la puerta que da a la calle y comienzan a correr, perseguidos por la diminuta mujer armada con el enorme cuchillo.

Los tres corren una cuadra, jadeantes como hipopótamos en el desierto. Cuando llegan al restaurante mexicano al aire libre Los Antojitos, que fue donde comenzó esta historia, tratan de recuperar la compostura. Es imposible. Están borrachos, acalorados, agitados por la carrera y con potentes descargas de adrenalina que les recorren el cuerpo como un rayo que se descarga sobre un solitario árbol flaco, alto y seco.

El Periodista voltea y mira hacia atrás. Quiere cerciorarse que no va morir a puñaladas un caluroso sábado a la noche, que no va a desangrarse en plena calle y en una Nicaragua en la que los héroes mueren jóvenes pero por otros motivos que no tienen nada qué ver con riñas conyugales. Y lo que El Periodista ve lo embriaga aún más.

A la mitad de la cuadra, la china ya no corre. Está con el chino. Están unidos por el más recíproco y rotundo de los abrazos. Se dan el más vital, húmedo y eterno de los besos, como dos amantes que han naufragado en una isla del Pacífico después de la tempestad, como los dos únicos supervivientes de un holocausto planetario. “Una escena digna del final de Cinema Paradiso”, piensa ahora, tres décadas después, El Periodista.

Y es mejor terminar este relato aquí, porque lo que sigue tiene aún mucha menos gracia.

– ¿Qué te pasa que estás tan nervioso? –le pregunta El Policía al Pistolero.

Están los tres en sentados en Los Antojitos, resoplan por el calor y el esfuerzo, fuman y beben ron.

– De esa mesa me están mirando –responde El Pistolero–. Me están haciendo muecas. Ya no se puede ir a ningún lado.

El Policía mira, ve a cuatro o cinco tipos sentados y dice:

– Son trotskistas.

Exactamente así. Igual que aquel diálogo de aquella noche de mayo de 1966 en la pizzería La Real, de Avellaneda. La noche que mataron a Rosendo García, al Griego Blajakis y a Juan Salazar, y tres o cuatro terminaron heridos de bala.

El Periodista intenta levantarse e irse porque intuye lo que sigue: insultos de mesa a mesa, sillazos, trompadas, disparos, muertos y heridos. Sábado a la noche, ron y pleito. Pero no puede incorporarse. Apoya la cabeza en la mesa y se queda dormido.

Roberto BardiniManagua, noviembre de 1979. Es sábado a la noche. Como siempre, hace un calorhúmedo, pegajoso; un calor que podría llamarse “de jungla” en lo que podríallamarse “una ciudad”. Los tres tipos están en Los Antojitos, un pequeño

restaurante mexicano al aire libre frente al Hotel Intercontinental y la nada.

Managua es una ciudad semidestruida. Primero, por el terremoto de 1972;

después, por la guerra entre somocistas y sandinistas. Donde antes había

cuadras y manzanas, ahora hay baldíos y crece la hierba. En esa zona que se

podría llamar “el centro”, donde antes hubo casas y comercios, ahora hay ruinas

a ras del suelo. Lo único que se yergue es la construcción piramidal del Hotel

Intercontinental y, cruzando la calle llena de baches y morterazos, el

restaurante Los Antojitos. Cinco o seis calles hacia el sur, está el lago de

Managua y, sobre una loma, el ex bunker de Anastasio Somoza. Una cuadra al este

de Los Antojitos, está el hotelito Siete Mares, una modesta construcción de dos

pisos y un pequeño comedor atendido por sus dueños chinos, donde sirven platos

orientales.

Los tres tipos son argentinos. Como es sábado a la noche, beben ron Flor de

Caña “Plate”. No le dicen ron “pleit”; le dicen “pleito”. Ingerido en

abundancia, puede inducir a la gresca a ecologistas, contempladores budistas,

pacifistas hindúes y cobardes de cualquier nacionalidad.

Los tres tipos visten de civil. En esos días de 1979 –que son “días y noches de

amor y de guerra”, donde uno piensa en “la última mujer y el próximo combate”–

quien no viste uniforme verdeolivo es un perejil. Y si no tiene una pistola en

la cintura, es un perejil con uniforme.

Dos de los tipos vestidos de civil tienen pistolas en la cintura, ocultas por

los faldones de las guayaberas. Son Makarov nueve milímetros, soviéticas,

consideradas un lujo. También tienen algo que vale más que un par de uniformes

y pistolas: tienen credenciales de oficiales del ministerio del Interior.

Uno de ellos, con aspecto de jugador de rugby, es asesor de la Policía

Sandinista. Llegó a Nicaragua recomendado por el servicio de inteligencia de un

país amigo, y tiene antecedentes que lo avalan. Antes, estuvo en Colombia y en

Guatemala; después, combatió en el Frente Sur.

Otro de los tipos, alto y corpulento, se parece a Humphrey Bogart pero a

diferencia de Bogart mide un metro ochenta y tiene densos pelos en las orejas.

En su país, los compañeros le decían Boogie, le decían Rififí, le decían El

Killer. A comienzos de los años 60, era asaltante de bancos; a mediados de esa

década, tras de una temporada en la cárcel, se convirtió en militante peronista

y siguió asaltando bancos. Ahora, por esas cosas de los ministerios del

Interior jóvenes, implacables en el combate y generosos en la victoria, es

instructor en la Policía Sandinista. Lo llamaremos El Pistolero.

El tercero es un perejil sin uniforme, sin pistola y sin credencial, armado

únicamente con una libreta de apuntes y alguna ilusión: convertirse en el Ernie

Pike del Caribe, por ejemplo. Pobre tipo. Lo llamaremos El Periodista.

Los tres argentinos están en Los Antojitos, se deshidratan por el calor y beben

ron “pleito”. Y suena el walkie-talkie del Policía:

– [Bzzz bzzz...] Central a las unidades de la Zona Uno… [Bzzz bzzz... crock

crock]… Reportan un Cuatro Uno Cero en el Hotel Siete Mares… Repito:

…portan un …uatro …ero uno en el …tel …iete …ares [Plash plash...

Crrr crrr].

– Un Cuatro Uno Cero: bronca familiar, conyugal o doméstica –dice El Policía–.

No falla nunca: sábado a la noche, ron y pleito. Vamos.

Los tres se levantan al mismo tiempo.

– Ya volvemos –le dice El Pistolero a una de las hermosas meseras morenas, de

escote largo y falda corta. Y a paso rápido salen hacia el Hotel Siete Mares.

Dos de ellos caminan como ojos, oídos y puños de la Revolución, guardianes de

la Ley y el Orden en la Consolidación de la Victoria Popular, manos de hierro

en guantes de seda: disuadir antes que reprimir, reprimir sin generar daños,

dejar fuera de combate sin causar heridas, herir sin provocar muertes…

El tercer tipo va detrás de ellos, rezagado. Cree que es El Cronista de la

Nueva Era Verdeolivo y Generosa. Imagina que es el Testigo Privilegiado en el

Lugar de los Hechos. Pobre tipo. Es El Periodista.

El trío comienza a trotar. Ninguno de los tres se da cuenta de que han ingerido

demasiado ron “pleito”. Cuando se den cuenta, será demasiado tarde.

A la carrera, El Policía, El Pistolero y El Periodista llegan al Siete Mares

con los pulmones a punto de estallar. Los tres son fumadores empedernidos. En

la puerta del hotel hay varios curiosos. Se oyen los gritos de una mujer y un

hombre en otro idioma, posiblemente insultos en un dialecto chino de los bajos

fondos de Shangai o Cantón. También se escuchan sonidos de objetos que se

rompen, seguramente de loza, porcelana y vidrio.

El Policía, El Pistolero y El Periodista entran al único y amplio ambiente de

la planta baja del hotelito. Al centro está la recepción; detrás del mostrador,

una anciana china se agarra la cabeza y llora. A la derecha, hay una sala de

estar con sillones, una mesita baja con diarios y revistas, ceniceros de pie.

Dos huéspedes están parados en el sillón más grande, aterrorizados. A la

izquierda, se ubica el modesto restaurante de comida china. Todos los

comensales están de pie, apoyados de espaldas contra las paredes, con expresión

de pánico.

Y zigzagueando entre las mesas del comedor y los sillones de la sala, saltando

por encima de la mesita baja, desde un extremo del comedor hasta el final de la

sala de estar, una pequeña y delgada china con un enorme cuchillo de cocina en

la mano huye de un pequeño y delgado chino que la persigue revoleando chakos.

También llamados numchakos, son dos garrotes de madera de unos 50 centímetros

cada uno, unidos por una cadena de acero de cinco centímetros. Es un Arma

Mortal Uno, Dos y Tres, sobre todo en la mano de un chino borracho.

– ¡Asesino! –grita la china– ¡Me quiere matar!

El chino la persigue con sus chakos de un extremo a otro de la planta baja. A

su paso deja una estela de olor a ron “pleito”, sudor agrio y chop suey del

mediodía. A su paso también descarga con furia su Arma Mortal Uno, Dos y Tres

sobre mesas y sillas, rompe platos y vasos, golpea las paredes y destroza

cuadros.

Pero esto no parece ser problema para El Policía y El Pistolero,

revolucionarios profesionales al servicio de la Policía Sandinista. Son hombres

de acción curtidos en el peligro, un par de veteranos equilibristas en la

cuerda floja, un dúo dinámico habituado a sobrevivir al margen de las leyes

demoliberales capitalistas burguesas, transformados en guardianes de la ley y

el orden de la Revolución.

En una pasada del chino, el robusto Policía le hace un tackle y lo derriba.

Cuando está en el suelo, El pistolero de un metro ochenta de estatura toma una

silla y le planta el respaldo en el tórax. Y entonces El Policía le coloca

salvajemente una rodilla en la cara y le aferra con las dos manos la muñeca

para que no pueda defenderse con los chakos. Han controlado la situación en dos

minutos.

Todo está bien ahora. La china deja de correr y se lanza a los brazos de la

anciana que lloraba detrás del mostrador en la recepción. Los huéspedes bajan

de los sillones. Los comensales regresan lentamente a sus mesas.

Pero el chino no está dispuesto a rendirse. No suelta los chakos, le muerde la

rodilla al Policía, intenta patear con los dos pies al Pistolero que trata de

inmovilizarlo con la silla, se retuerce en el suelo como un reptil herido y los

escupe. Visto con calma y treinta años después, el pequeño y delgado chino

ofrece un maravilloso espectáculo de resistencia a la ley, una indoblegable

voluntad de no entregarse. Diminuto en comparación con los otros dos, pero

irreductible, está dispuesto a que lo maten a golpes antes que ceder.

Eso si uno lo ve con calma. Pero esa noche de noviembre de 1979 nadie ve las

cosas con calma. Y mucho menos, porque todos están borrachos. Sábado a la

noche, ron y pleito.

El Periodista siente que debe ir en apoyo a sus dos compañeros y colaborar en

el restablecimiento del orden. Se arrodilla sobre las piernas del hombrecito

para que no patalee más y comienza a darle puñetazos en los testículos para que

deje de escupir, chino cochino.

Grave error. Ese procedimiento no figura en los manuales policiales

revolucionarios. Implacables en el combate, generosos en la victoria. Disuadir

antes que reprimir, dejar fuera de combate sin causar heridas, etcétera.

Entonces se escucha un alarido de espanto, un chillido agudo que paraliza al

chino, al Policía, al Pistolero y al Periodista. La escena se congela. Los

cuatro quedan inmóviles y con la boca abierta. Sólo se escucha el sonido de

cuatro bocas abiertas que toman y exhalan aire. En la calurosa atmósfera, las

respiraciones apestan a “ron pleito”.

– ¡Asesinos! –grita la china– ¡Lo van a matar!

Y la escena recomienza cuando la pequeña mujer avanza hacia los guardianes del

orden empuñando el enorme y afilado cuchillo de cocina. Fulguran de odio los

ojos de la china, restallan con llamaradas asesinas. Las llamaradas parecen

reflejarse en la gélida hoja del cuchillo, eficaz para decapitar los pollos,

pescados, ranas y gatos que constituyen la base de los sabrosos platillos

orientales del Hotel Siete Mares, atendido por sus propios dueños.

Y avanza la china, amenazante, hacia El Policía, El Pistolero y El Periodista.

Más que amenazante, avanza decidida a castrarlos y seccionarlos. Ninguna de

estas situaciones está prevista en el Manual del Buen Policía Sandinista.

Entonces, ante la peligrosa proximidad de la mujer del cochino chino que

patalea en el suelo, El Policía, El Pistolero y El Periodista se ponen

rápidamente de pie. Sin el más mínimo pudor dicen “permiso, permiso”, y pasan a

los codazos y empujones tambaleándose entre la gente que se ha reunido en el

hotel Siete Mares. Atraviesan velozmente la puerta que da a la calle y

comienzan a correr, perseguidos por la diminuta mujer armada con el enorme

cuchillo.

Los tres corren una cuadra, jadeantes como hipopótamos en el desierto. Cuando

llegan al restaurante mexicano al aire libre Los Antojitos, que fue donde

comenzó esta historia, tratan de recuperar la compostura. Es imposible. Están

borrachos, acalorados, agitados por la carrera y con potentes descargas de

adrenalina que les recorren el cuerpo un rayo que se descarga sobre un

solitario árbol flaco, alto y seco.

El Periodista voltea y mira hacia atrás. Quiere cerciorarse que no va morir a

puñaladas un caluroso sábado a la noche, que no va a desangrarse en plena calle

y en una Nicaragua en la que los héroes mueren jóvenes pero por otros motivos

que no tienen nada qué ver con riñas conyugales. Y lo que El Periodista ve lo

embriaga aún más.

A la mitad de la cuadra, la china ya no corre. Está con el chino. Están unidos

por el más recíproco y rotundo de los abrazos. Se dan el más vital, húmedo y

eterno de los besos, como dos amantes que han naufragado en una isla del

Pacífico después de la tempestad, como los dos únicos supervivientes de un

holocausto planetario. “Una escena digna del final de Cinema Paradiso”, piensa

El Periodista, mareado y a punto de caerse.

Y es mejor terminar este relato aquí, porque lo que sigue tiene aún mucha menos

gracia.

Tan poca gracia como lo que sigue:

– ¿Qué te pasa que estás tan nervioso? –le pregunta El Policía al Pistolero.

Están los tres en sentados en Los Antojitos, resoplan por el calor y el

esfuerzo, fuman y beben ron.

– De esa mesa me están mirando –responde El Pistolero–. Me están haciendo

muecas. Ya no se puede ir a ningún lado.

El Policía mira, ve a cuatro o cinco tipos sentados y dice:

– Son trotskistas.

Exactamente así. Igual que aquel diálogo de aquella noche de mayo de 1966 en la

pizzería La Real, de Avellaneda. La noche que mataron a Rosendo García, al

Griego Blajakis y a Juan Salazar, y tres o cuatro terminaron heridos de bala.

El Periodista intenta levantarse e irse porque intuye lo que sigue: insultos de

mesa a mesa, sillazos, trompadas, disparos, muertos y heridos. Sábado a la

noche, ron y pleito. Pero no puede incorporarse. Apoya la cabeza en la mesa y

se queda dormido.

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2 comentarios en “SÁBADO A LA NOCHE, RON Y PLEITO”

  1. Eduardo Rosa Dice:

    Roberto: Sos la reencarnación de Hemingway. Esto es un cuadro.
    Y por supuesto el periodista debió ser el tan mentado Bacardini- ¿O no?
    Eduardo

  2. Dardo Dice:

    Excelente redacciòn, hermano. Muy buena, incluso más allá de la historia.


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