EL QUE SUSURRA EN LAS TINIEBLAS

Publicado 12 septiembre 2013 por RB
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Pepe Muñoz Azpiri (*)

Pudo ser un cazador nocturno, pero esa es una categoría de aprendices. Bardini es un hombre del bosque, un emboscado. Supo ser, a lo largo de su dilatada y febril trayectoria, un francotirador de las palabras, un sniper de la crónica periodística, como alguno de los arquetipos que magistralmente retrata. Ejerce con maestría el ars et pugnam de los antiguos latinos.

RebeldesY de eso se trata. En la historia existen figuras que definen el carácter de una Nación: son los arquetipos. Bogavantes de su época, inspiraron las letras de Kipling, London, Verne y Salgari. Los guerreros de Homero en el mundo antiguo, Cincinato y Catón en la Ciudad Eterna, los protagonistas de la caballería del Medioevo, los condotieros poetas del Renacimiento, los atletas de la cartografía de la Era de los Descubrimientos. Fueron indistintamente guerreros, santos, trovadores, navegantes, fundadores. Hombres a los cuales el Destino sólo les ofrecía dos opciones: sucumbir a la mediocridad, dejándose invadir y vencer por lo inferior, entregándose a los placeres, sean de la carne o el bolsillo, o proponerse una vida vertical, con su inevitable cuota de dolor y sacrificio, no necesariamente virtuosa, pero regida por un impulso nietzscheano de jugarlo todo a cara o cruz, que no entienden los medrosos ni los mercaderes. De esta forma llegaron a ser realmente ellos mismos, como pedía Píndaro, distinguiéndose por su nobleza y excelencia, por su capacidad de honrar y ser honrado, por su recogimiento ante lo excelso. Fueron, en cierta forma, hombres de la areté, eminentes en la medida de su aprobación e imitación de las eminencias.

Ernest Jünger, esa tempestad literaria germana, proponía dos actitudes posibles para atravesar este tiempo incierto, esta época de Kali Yuga, privada de firmamento y sentido. Una es la del “rebelde”, traducción del Waldgänger alemán (literalmente “el que se va al bosque”; el “matrero” que se ha ganado el monte, diríamos aquí), es decir, la vida de la retirada y del aislamiento. La otra es la del “anarca”, no anarquista sino dueño de sí mismo, de su libertad íntima e independencia interior, y extraño a toda identificación con lo existente, sobre todo con el fervor ideológico y el pensamiento considerado único correcto.

El rebelde se aísla aun al precio de convertirse en un ermitaño urbano cuya Tebaida puede ser un departamento de un ambiente. El anarca puede sobrevivir en un nicho burocrático e incluso aparentar haberse uniformizado con el resto desde una función oscura. Pero sin que la circunstancia, contra la que nada puede, pueda a su turno contra él. El rebelde y el anarca son las figuras últimas de la libertad que Jünger imagina para esta época incierta y oscura.

Nuestra América no fue ajena al proceso de engendrar hombres míticos, desde los conquistadores a los libertadores, pero también están las olvidadas historias de quienes, amén de empuñar una espada, un crucifijo, un timón o un fusil, abrieron surcos en la historia entregándose a los más puros ideales del arte. Algunos, de origen incierto; otros, de prosapia y cuna dorada. Hombres como Villa y Zapata, suerte de ángeles que sumergidos en las tinieblas de la historia oficial, jamás dejaron de irradiar luz; como Rafael de Nogales, suerte de Lafayette hispanoamericano; como Scalabrini Ortiz, solitario fiscal de la Patria. En ellos convivía en armónica conjunción de pensamiento y virtud, los factores que alguna vez, dijo Keyserling, harían al escritor de mañana: la tribuna y la profecía, unidas a una expresión vivaz y depurada. Hombres como el autor, emboscados o deliberadamente ocultados por intereses mezquinos o intrigas de taberna. Soy testigo personal del estoicismo con el cual Bardini ha afrontado, y afrenta, las cotidianas miserabilidades (que lejos de ser patéticas son pérfidas) de los oradores rentados y cagatintas de letrina que pululan en redacciones, editoriales, despachos y poltronas de las “casas de altos estudios”.

Hace algunos años, en una entrevista publicada en el diario Tiempo Argentino, José Bianco confesó: “Una democracia debe combatir, para ser tal, el sufrimiento y la injusticia. No hace falta ser un escritor, basta con ser una persona decente para compartir esa idea. Porque un escritor, a quien le repugna el sufrimiento del pueblo, también forma parte del pueblo y por eso debe ser capaz de sufrirlo todo para mantener intacta su libertad intelectual. Aunque en esa libertad vaya incluida la de morirse de hambre”. Mantenerse acorde a esta actitud le había significado a Bianco su alejamiento de la revista Sur, cuya dirección estaba a cargo de una dama que bien podría haber llevado el infamante título de “Mujer del látigo”, como calificaban los lectores de la revista a Eva Perón.

Confieso que cada vez que leo esta definición de Bianco, no puedo dejar de acordarme de Bardini y gran parte de los locos egregios retratados en este libro, marginados, condenados al ostracismo intelectual y a lo que para un escritor o a una vedette de la cloaca televisiva equivale a un auténtico suicidio profesional, el riesgo del silencio, la animosidad sorda, el rumor desprestigiante, la hostilidad rencorosa y la condenación a la última fila, como sucedió con Ugarte y Scalabrini Ortiz.

Sin pretender escalar las alturas de los últimos nombrados, el autor y quien escribe hemos pasado en nuestra aventura literaria por idénticas Horcas Caudinas, sólo que los “insultos que nos escupen día a día los cuadrumanos de la tinta y el papel” lo profieren cabezas de tacho con cabello de cuerpoespín, que se definen como “nacionalistas” y saludan con el brazo extendido, o burgueses/as marchitos por el otoño de la vida, cómodamente repatingados en despachos universitarios o ministeriales, responsables de la imaginería de un positivismo que metaforiza desde la biología (en el caso de los “intelectuales que golpean cacerolas”) o, al decir de Nietzsche, “enturbian las aguas para que parezcan más profundas”.

José Ingenieros, casi un siglo atrás, hablaba de la simulación en la lucha por la vida y mencionaba la simulación de la locura. En 1904, el doctor José María Ramos Mejía hablaba de la simulación del talento. En cuanto a los simuladores de talento, sólo saben simular la locura, lo exterior de la creación. Copian la exterioridad intrascendente y humana del artista, sus tics, sus manías. Simulan la locura loca, pero no pueden aprehender su alma. Y, verborrágicos y estériles, contraídos y convulsos, invaden los medios, pululan por las exposiciones y fatigan los pasillos de las redacciones.

Bardini los define como “intelectuales a la carta y conferenciólogos afiliados al club del elogio mutuo, la premiación recíproca y las escaramuzas a los codazos para salir en la fotografía, cultores orales de un concepto de Patria Grande que en la práctica no excede los límites municipales”. Y es generoso, dado que en realidad no son otra cosa que macaneadores orgullosos de haberse librado de la “tiranía de la coherencia y la verdad” agrupados bajo el difuso término de “posmodernismo”, para ocultar su aridez conceptual, su pensamiento de sirga. Falsificadores de moneda cultural, menestrales de las palabras, clochards disfrazados de intelectuales, alquimistas que transmutan mierda en palabras, su producción se resume en títulos como “La nada es todo”, “Dialéctica de la ebriedad”, “El placer del suicidio”, “Semiótica del orgasmo”, “Falocracia matemática” y barbaridades similares, que fueron convenientemente promocionadas por algunas “gestiones culturales” a nivel nacional y provincial.

En realidad fueron y son élites culturales divorciadas del pueblo y la realidad, denunciadas por Ramón Doll como responsables de que “nuestra cultura haya vivido desasida, desprendida del país”. Decía el recordado Jorge Abelardo Ramos que “los poetas argentinos que más se ocupan de lo mágico, lo angélico, lo delirante o lo metafísico, están a mil leguas de rehacer en sí mismos todos los procesos de iconoclastia, enfermedad y locura que dotaron al arte europeo de artistas en estado salvaje. Nuestros intelectuales traducen pasiones ajenas: desarraigados, sin atmósfera, sombras de una decadencia o una sabiduría que otros vivieron. De ahí que la literatura argentina posea ese carácter gris, igualitario y pedante que aburre e indigna”.

Pensamiento de sirga, remedo de estilos y conceptos que arribaba a nuestras costas como los restos de un naufragio, terminología estéril sobre la cual vanamente intentaron advertir publicistas como Pablo Rojas Paz desde las páginas de la revista Martín Fierro allá por 1927: “Contra nosotros se han inventado palabras temibles y largas. Norteamérica inventa el Panamericanismo, Francia descubre el latinoamericanismo, España crea lo del hispanoamericanismo. Cada uno de esos términos esconde bajo su mala actitud de concordancia un afán no satisfecho de imperialismo. De cuando en cuando estos imperialismos creen conveniente una demostración de fuerza a la que sigue una protesta formal… Nosotros estamos organizando un idioma para nosotros solos y de aquí nos vendrá la libertad. Es un signo de potencia espiritual de un pueblo el de transformar el idioma heredado”.

Todavía perduraba la resaca de la ebriedad del Centenario, donde la oligarquía portuaria festejaba el remplazo de una administración colonial por una neocolonial, mientras algunos cerebros lúcidos como Ricardo Rojas se preguntaban qué grado de cosmopolitismo podíamos soportar y otros como Manuel Ugarte, verdadero Ulises de América, navegaban en solitario la geografía de la Patria Grande exhortando, vanamente, a la articulación de un Zollverein propio como ya lo había realizado exitosamente la nación alemana. Esto implicaba retomar lo que había sido en la etapa colonial, pero hacerlo críticamente. Arturo Andrés Roig sostiene que Ugarte “no ignoraba que las tradiciones nada valen si no son asumidas desde una autoafirmación del sujeto que las ejerce. En la carencia de esta autoafirmación y no en la carencia de un legado vio que se encontraba el problema hispanoamericano”.

Este anhelo intentó cristalizarlo el magisterio de Raúl Scalabrini Ortiz: “Volver a la realidad es el imperativo inexcusable. Para ello es preciso exigirse una virginidad mental a toda costa y una resolución inquebrantable de querer saber exactamente cómo somos”. No hace mucho escribimos que “la voz de Scalabrini no era un altavoz, era una conciencia. Una, dos generaciones atrás de Scalabrini Ortiz, el ideal nacionalista no existía entre nosotros, adormecido por los tóxicos de la reacción y el colonialismo”. Ideal que, tal como sucedió en España con el hidalgo Dionisio Ridruejo, muchas veces fue enturbiado por los merodeadores de las cloacas políticas, obsesionados por la facilidad del golpe militar, que les ahorraría la lucha larga y dura del opositor al Régimen y les aseguraría el condumio. Esta actitud respondía a una falta de personalidad propia, originada en una desconfianza radical en las posibilidades de la Argentina para llevar a cabo una política de signo nacionalista, llegando a considerar un absurdo, cuando no un crimen contra los principios, que el nacionalismo aspirara a ser un movimiento popular y mayoritario.

Es que tal como en su momento planteó el nicaragüense Sergio Ramírez, “el poder muy pocas veces fabrica héroes o engendra leyendas. Y la leyenda también es enemiga de los que se hacen ricos a la sombra del poder y se despojan de sus ideales como si se tratara de una piel incómoda. Las leyendas se tejen desde abajo, a la luz de las hogueras del recuerdo agradecido con quienes lo dieron todo sin pedir nada a cambio. Las cabezas de las estatuas oficiales, generalmente huecas, no dejan nunca de quedar cubiertas por los excrementos de los pájaros.”

La mayoría de los condenados de estas páginas fueron por mucho tiempo, y algunos lo siguen siendo, los villanos de la historia. Tal es el caso de Gregorio Selser, cuya intensa trayectoria y profusa producción es curiosamente omitida por medios que proclaman ser afines a sus ideas. Otros fueron bandoleros execrables, responsables de asesinatos, arbitrariedades y abusos, enemigos del nuevo orden que era necesario imponer. Los “malos” de la película. Pero la memoria popular lavó sus nombres de culpas sangrientas y convirtió, si acaso, sus pecados capitales en pecados veniales.

La puerta por donde se entra al mito es muy estrecha y la mayoría de las veces no la abre el protagonista sino el pueblo o algún hierofante. Ningún decreto le otorgó a Villa o a Zapata el título de generales, pero ahora en México son los únicos generales que valen. Eso me recuerda la respuesta que dio Sandino, asesinado a mansalva también por el poder, cuando alguien le preguntó con arrogancia quién lo había hecho general: “Mis hombres, señor”, fue la humilde respuesta. Pero otros llegaron al mito por la azotea o la alcantarilla, en raras conjunciones sociales o personales que adelantaban un futuro de peripecias, ajenos al pueblo o desconocidos por la multitud, verdaderos “psiconautas” de territorios surrealistas donde “el plomo flota, el corcho se hunde y los aviones chocan con los autobuses”, a los que un personaje de Hugo Pratt al que Bardini retrata con la entrañabilidad del “cuate”, agrega que “en este país se fríen las camisas y se planchan los huevos”.

Pueden señalarse algunas ausencias esta galería de singularidades americanas pero la más significativa es, sin lugar a dudas, la del propio autor, con su aspecto de marine retirado actuando de contratista en la Triple Frontera, a punto de tomarse el último helicóptero tras alguna fechoría, o con la apariencia de Roberto Payró o Fray Mocho en las tinieblas de la redacción, mientras susurra y se atusa el taimadamente el bigote, dispuesto a enaltecer –o reventar– a algún protagonista.

En estos momentos en que los destinos del mundo son más que nunca enigma, en que las contiendas actuales deforman violentamente las perspectivas del pasado de pueblos y culturas, nada puede instruir tanto como un libro que nos muestre panorámicamente los paradigmas que empedraron la senda que, tras dos centurias de desencuentros e incluso enfrentamientos, parecería que volvemos a transitar juntos. Porque es difícil y lleva tiempo transformar los arquetipos sociales en seres humanos y el autor lo logra con oficio y arte al despegarlos de los datos biográficos, al limpiarlos de las diatribas y los ditirambos, al darles encarnadura y ponerlos en movimiento. Con maestría en el manejo del relato y la secuencia narrativa, que no desdeña toques de naturalismo pero se afirma en el romanticismo esperanzado de aquellos que consideran que la América profunda arde secretamente en algunos cerebros atrevidos, este libro es un verdadero repique de campanas para quienes consideramos –contrariamente al designio del gobierno mundialista– que la historia no ha terminado.

(*) Prólogo a Rebeldes en penumbras – Vidas ilustres de hombres olvidados, ignorados o condenados, editorial Punto de Encuentro, Buenos Aires, agosto de 2013, 152 páginas.

HASTA SIEMPRE , RUDY

Publicado 20 mayo 2013 por RB
Categorías: Personajes

Condor

Roberto Bardini

En la madrugada del 20 de mayo falleció “El Alemán” Rodolfo Pfaffendorf. Tenía 71 años y hasta el último momento peleó contra el cáncer de pulmón con la misma tenacidad que se caracterizó desde adolescente en su lucha dentro de la Resistencia Peronista. No claudicó en aquel entonces ni se rindió ahora. Era la representación viviente de aquella frase de Ernest Hemingway en El viejo y el mar: “El hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

Fue un hombre discreto, sobrio. Le escapaba a los reflectores, no le interesaba salir en la foto. Como se dice ahora –y se dice hasta la exageración de cualquier perejil taimado– mantenía “un perfil bajo”. Por eso quizás sea bueno contar quién era. Recordar, por ejemplo, que el 9 de junio de 1961, cuando se conmemoraban cinco años del fusilamiento del general Juan José Valle, Rudy fue –junto con Dardo Cabo, Américo Rial y Andrés Castillo– uno de los siete fundadores del Movimiento Nueva Argentina. Y que menos de un año después, el MNA era el más numeroso y beligerante de los encuadramientos juveniles peronistas de aquella época.

Eran tiempos difíciles. El aquelarre venéreo de simios amontonados bajo la pomposa etiqueta de “revolución libertadora” –que, como se sabe, no fue ni una cosa ni la otra– había instaurado un régimen de encierro, destierro y entierro. Pero los muchachos peronistas imprimían volantes y modestos periódicos efímeros, pintaban las paredes con alquitrán, tiza o carbón, ponían el pecho en la calle, rompían actos políticos de los “contreras”, enfrentaban a la Guardia de Infantería un día sí y otro también, recurrían al “caño” y al cóctel molotov.

La década del 60 fue una etapa muy distinta a la del 70 y no hablemos de la actual. Hasta el vocabulario era diferente. Carecían de significado muletillas como “gestión”, “articulación”, “referente”… Los militantes no mencionaban el vocablo “militancia”; simplemente militaban. Eran perseguidos, iban presos, aguantaban la picana eléctrica y muchas veces terminaban muertos, pero no hablaban de “la militancia”. En todo caso, se referían a “la lucha”. Porque eso era lo que hacían, sin declamarlo: luchar.

Esos muchachos, en su mayoría hijos de obreros o modestos empleados,  trabajaban o estudiaban y, muchas veces, las dos cosas a la vez. Respetaban a los militantes de generaciones anteriores, los escuchaban, aprendían; no tiraban por la ventana a un viejo por día. Se reunían en un bar y eran seis o siete alrededor de una única taza de café porque no había plata para más. Ninguno usaba traje, ni tenía coche, ni ocupaba cargos en la empresa privada o la administración pública. No mendigaban una cátedra, un contrato, un nombramiento, otra categoría mejor. El único puesto al que aspiraban era el puesto de lucha.

Y en esos años de lucha, Rudy Pfaffendorf participó tras bambalinas de aquella pequeña gran gesta juvenil conocida como Operación Cóndor, que conmovió a la Argentina el 28 de septiembre de 1966. Fue el  día que 18 muchachos peronistas desviaron un avión de pasajeros en pleno vuelo, aterrizaron en las Islas Malvinas e hicieron flamear siete banderas argentinas. “El Alemán” –que tenía 27 años, estaba casado y era padre de dos niños– no pudo integrar el grupo porque Dardo Cabo, el jefe del comando, había decidido que sólo participaran de la acción jóvenes solteros y sin hijos. No obstante, se ocupó de tareas de prensa, divulgación y propaganda junto con el periodista Américo Rial, que entonces trabajaba en Crónica.

Rudy descendía de alemanes. Estaba emparentado con un joven oficial que combatió en la Primera Guerra Mundial y que el escritor Ernest Jünger menciona en Tempestades de acero. Y se sentía orgulloso de haber sido alumno del Colegio San José, donde –según decía– aprendió “a ser caballero”.

Alto, elegante y pintón, mezcla de dandy y pibe de barrio, fue un lector apasionado por la historia y un tenaz organizador de homenajes en cada aniversario del operativo de 1966. También fue un “amiguero” crónico: para él, cualquier pretexto era bueno para organizar una reunión, cena o brindis.

Le preocupaba la situación política de Argentina y discutía con vehemencia. Tenía actitud de cóndor dentro de un peronismo caracterizado por el estridente cacareo de gallinas y el módico aleteo de perdices. Apologista de la era de los titanes y los personajes épicos, sufrió sus últimos años en un tiempo de enanos políticos y despreciaba a los que, para elevarse, se dedican a trepar. A los pigmeos mentales que un día escalan a un puesto equivalente al grosor de un ladrillo acostado y la altura los marea.

Personalmente, lo recordaré como un buen hermano mayor. Sus camaradas y amigos lo van a extrañar. Todos ya lo estamos extrañando.

Pero él, por fin, descansa en paz.

LA MUERTE DE ROQUE DALTON: DOS BALAS PARA SILENCIAR UNA INTELIGENCIA INCÓMODA

Publicado 27 abril 2013 por RB
Categorías: Personajes

El 10 mayo de 1975 fue asesinado el poeta, periodista, ensayista, novelista y militante revolucionario Roque Dalton, considerado “el escritor más universal de El Salvador” y uno de los más brillantes narradores centroamericanos. En Argentina es uno de los grandes ausentes en los suplementos literarios dominicales, sean conservadores o progres

Roque Dalton

Roberto Bardini

Las dos balas que lo alcanzaron a traición desde atrás –la primera lo hirió en un hombro, la segunda le destrozó la cabeza– no salieron de una pistola policial o militar. Fueron disparadas por alguien que se suponía uno de sus compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), organización en la que militaba y que más tarde se sumó al Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN).

Lo habían arrestado el 13 de abril de 1975 por “indisciplinado, revisionista de derecha y agente pro cubano”. Días después, la acusación cambió: era “agente de la CIA”, dijeron. Hoy se conocen varios testimonios acerca de que esta versión ya había circulado por boca de algunos dirigentes del Partido Comunista Salvadoreño, que envidiaban al poeta por su talento y lo detestaban por transgresor, irreverente, bebedor y enamoradizo. En lo que se refiere a moralina “proletaria”, el stalinismo, el maoísmo y la ultraizquierda rabiosa al estilo Sendero Luminoso, tuvieron un punto en común con el fundamentalismo religioso que exudan la Inquisición, el Opus Dei, Tradición, Familia y Propiedad, los Caballeros de Colón y otros desechos tóxicos.

La ejecución fue decidida por Alejandro Rivas, Vladimir Rogel, Jorge Meléndez y Joaquín Villalobos, integrantes de la dirección del ERP. Lo mataron en la misma fecha en que El Salvador celebra el Día de las Madres. Cuatro días más tarde, el escritor hubiera cumplido 40 años.

El cuerpo ni siquiera fue enterrado. Se cree que los ejecutores lo abandonaron en un paraje denominado El Playón y el cadáver terminó devorado por perros y aves de rapiña. Si la versión es cierta, hay un detalle aún más tenebroso: en ese lugar, los escuadrones de la muerte salvadoreños dejaban los restos acribillados a tiros de políticos, sindicalistas y estudiantes sospechosos de colaborar con la guerrilla.

Un “error de juventud”

Ninguno de los ejecutores de Roque Dalton tuvo un final heroico o, siquiera, un destino más o menos digno.

Alejandro Rivas, jefe máximo del ERP, huyó del país en 1976 con dos de los cinco millones de dólares que la organización había cobrado como rescate por el secuestro de un empresario que terminó asesinado. Se realizó una cirugía plástica que cambió su fisonomía, adquirió otra identidad y se sumergió en el ostracismo político.

Su protegido Vladimir Rogel –un militarista de escasa inteligencia, que despreciaba a los intelectuales y se había dedicado a golpear e insultar al poeta durante su cautiverio– fue “ajusticiado” con sus antiguos compañeros por motivos que no tenían nada que ver con la muerte de Dalton.

Jorge Meléndez ingresó al Partido Social Demócrata y se convirtió en director de Protección Civil del gobierno de Mauricio Funes, candidato del FMLN y primer presidente de izquierda en toda la historia de El Salvador. En mayo de 2010, Meléndez declaró: “Yo no recuerdo el asesinato de Roque Dalton. Recuerdo un proceso político en el cual salieron muertos varios compañeros, uno de ellos, Roque Dalton”. E insistió sin inmutarse: “Es una persona que murió fruto de un proceso político dentro de una guerrilla”.

Villallobos

Villalobos le obsequia su fusil AK-47 al presidente Salinas de Gortari

Luego de la firma de los acuerdos de paz en México entre el gobierno de El Salvador y el FMLN en enero de 1992, el ex comandante Joaquín Villalobos pasó por la universidad inglesa de Oxford y se metamorfoseó en politólogo. Convertido impúdicamente en “consultor para la resolución de conflictos internacionales”, fue asesor de cuatro presidentes conservadores en política y neoliberales en economía, alineados con Estados Unidos: el salvadoreño Francisco Flores, el colombiano Álvaro Uribe y los mexicanos Carlos Salinas de Gortari y Felipe Calderón.

Dirigente del efímero Partido Democrático, el “apagaincendios” disponía de una columna de opinión en El Diario de Hoy, de tendencia conservadora, y un espacio matutino en la oficialista Telecorporación Salvadoreña. Además, cada vez que el gobierno de su país enfrentaba conflictos sociales, viajaba desde Gran Bretaña para opinar en vivo y en directo. Y no perdía una sola oportunidad para criticar a sus antiguos compañeros del FMLN.

El asesinato de Roque fue “injusto, un error de juventud, el más grave que cometí”, le dijo el propio Villalobos casi 18 años después al periodista Juan José Dalton, hijo de la víctima, quien en 1993 lo entrevistó serenamente durante tres encuentros. El muchacho no admitió la explicación: “Ello sería aceptar que esa etapa de la vida –la juventud– es potencialmente criminal”, escribió en el periódico Excelsior, de México.

En diciembre de 1998, el periodista británico John Carlin publicó en el diario español El País una entrevista a Villalobos, a quien describe como “un luchador por la libertad que se muestra aliviado por no haber ganado la guerra a principios de los años ochenta” y “un antiguo marxista que confiesa que siempre se ha sentido más cerca de la cultura norteamericana que de los soviéticos”. Un par respuestas del ex comandante guerrillero del ERP son más elocuentes que un ensayo de cien páginas acerca de su travestismo político: “Pobrecito mi país si hubiéramos ganado”, dice. “Éramos la generación del rock. ¿Qué teníamos que ver nosotros con ese aburrido mundo soviético?”.

De El Gráfico y Borocotó al marxismo

Roque Dalton 1Roque Dalton nació el 14 de mayo de 1935, en San Salvador. Su padre, Winnall Dalton, era un millonario texano criado en la frontera con México. Su madre, María García, fue una modesta enfermera salvadoreña. Realizó sus primeros estudios en un colegio jesuita. Después estudió Derecho en El Salvador y Chile y cursó Antropología en México.

En 1953 entrevistó en Santiago al muralista mexicano Diego Rivera para la revista literaria de la Universidad de Chile. Él mismo relató más tarde su encuentro con el pintor: “Me preguntó, con aquella manera exuberante que tenía, que cuántos años tenía yo. Yo le dije que 18 años. Entonces me preguntó que si yo había leído marxismo. Yo le dije que no. Entonces me dijo que tenía yo 18 años de ser un imbécil. Y me echó”.

En 1956, Roque fundó con un grupo de poetas salvadoreños y centroamericanos el Centro Literario Universitario (CLU). Ese mismo año ganó el Premio Centroamericano de Poesía otorgado por la Universidad de El Salvador. A los 22 años de edad, se afilió al Partido Comunista, al que abandonó pocos años después.

Dalton tuvo un “costado” argentino, muy anterior a su amistad con Julio Cortázar y la admiración por la poesía de Juan Gelman. Comenzó en su infancia con la lectura de las revistas Billiken y Mundo Argentino, además de libros de texto escolares que el primer gobierno peronista distribuía en casi todos los países centroamericanos a través de sus embajadas. En febrero de 1969, entrevistado por el escritor uruguayo Mario Benedetti para la revista Marcha, dijo que había crecido “en la órbita del fútbol, de El Gráfico, Borocotó, Rico Tipo, César Bruto”.

Y en cierta ocasión, según cuenta en su poema No, no siempre fui tan feo, un marido celoso que suponía que él era un diplomático argentino, le rompió una botella de ron en la cara. Dalton agradece jocosamente la confusión porque si el iracundo esposo hubiera sabido que en realidad era un poeta salvadoreño quizás las consecuencias habrían sido peores.

“Como si supiera que me van a matar al día siguiente”

Por su militancia, el escritor estuvo preso y fue desterrado. Vivió en Guatemala, Cuba, la Unión Soviética y Checoslovaquia. En ese tiempo, conoció Vietnam del Norte y Corea.

Ficha policial

Ficha policial del poeta, octubre de 1960

Mucho antes de su asesinato ya había sido condenado a muerte dos veces y logró escapar casi milagrosamente. La primera vez, cuatro días antes de la fecha prevista para su ejecución en octubre de 1960, fue derrocado el general de turno. La segunda, en 1965 cuando un terremoto devastó El Salvador. El escritor estaba encarcelado en el poblado de Cojutepeque, a 34 kilómetros de la capital, y aprovechó la grieta en una de las paredes de su celda para hacer un boquete y escapar a toda velocidad.

En 1967 escribió una frase premonitoria: “Desde hace algunos años siempre me propuse escribir de prisa, como si supiera que me van a matar al día siguiente”. Con el seudónimo de “Farabundo”, en 1969 ganó el Premio Casa de las Américas de poesía con su ópera-rock Taberna y otros lugares, escrita durante sus dos años de residencia en Praga.

La obra poética de Dalton incluye: Mía junto a los pájaros (1957), La ventana en el rostro (1961), El mar (1962), El turno del ofendido (1962), Los testimonios (1964), Poemas (antología, 1968) y Los pequeños infiernos (1970).

Entre sus ensayos y narraciones se cuentan: César Vallejo (1963), El intelectual y la sociedad (1969), “¿Revolución en la revolución?” y la crítica de la derecha (1970), Miguel Mármol y los sucesos de 1932 en El Salvador (1972) y Las historias prohibidas del Pulgarcito (1974), donde figura el célebre “Poema de amor”, dedicado a sus compatriotas:

Los que ampliaron el Canal de Panamá
(y fueron clasificados como “silver roll” y no como “gold roll”),
los que repararon la flota del Pacífico
en las bases de California,
los que se pudrieron en la cárceles de Guatemala,
México, Honduras, Nicaragua,
por ladrones, por contrabandistas, por estafadores,
por hambrientos,
los siempre sospechosos de todo
(“me permito remitirle al interfecto
por esquinero sospechoso
y con el agravante de ser salvadoreño”),
las que llenaron los bares y los burdeles
de todos los puertos y las capitales de la zona
(“La gruta azul”, “El Calzoncito”, “Happyland”),
los sembradores de maíz en plena selva extranjera,
los reyes de la página roja,
los que nunca sabe nadie de dónde son,
los mejores artesanos del mundo,
los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera,
los que murieron de paludismo
o de las picadas del escorpión o de la barba amarilla
en el infierno de las bananeras,
los que lloraran borrachos por el himno nacional
bajo el ciclón del Pacífico o la nieve del norte,
los arrimados, los mendigos, los marihuaneros,
los guanacos hijos de la gran puta,
los que apenitas pudieron regresar,
los que tuvieron un poco más de suerte,
los eternos indocumentados,
los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,
los primeros en sacar el cuchillo,
los tristes más tristes del mundo,
mis compatriotas, mis hermanos.

Luego de su muerte se publicaron Pobrecito poeta que era yo (novela), El libro rojo de Lenin (ensayo) y Un libro levemente odioso y Contra ataque (poesía).

“Cuando sepas que he muerto…”

Roque Dalton 3En diciembre de 1973, Roque ingresó a El Salvador con un pasaporte falso a nombre de “Julio Dreyfus”. Dentro del ERP utilizó el nombre de “Julio Delfos Marín”. Antes de su retorno final al país, se había sometido a una cirugía facial realizada por el mismo equipo médico cubano que preparó la entrada clandestina del “Che” Guevara a Bolivia.

“Es la inteligencia y clarividencia de Roque la que disgustó a ciertas personas dentro de una organización política, que tenía mucha autoridad pero poca inteligencia y poco acierto en sus posiciones”, dijo su compatriota Fabio Castillo, médico y dirigente político, integrante de la Comisión Política Diplomática del FMLN y dos veces rector de la Universidad de El Salvador. “Era difícil para esas personas entender la inteligencia de Roque. Eso no le gusta a las personas que no tienen igual nivel de capacidad y de comprensión”.

El escritor Eduardo Galeano recuerda así al poeta asesinado:

Roque Dalton, alumno de Miguel Mármol en las artes de la resurrección, se salvó dos veces de morir fusilado. Una vez se salvó porque cayó el gobierno y otra vez se salvó porque cayó la pared, gracias a un oportuno terremoto. También se salvó de los torturadores, que lo dejaron maltrecho pero vivo, y de los policías que lo corrieron a balazos.

Y se salvó de los hinchas de fútbol que lo corrieron a pedradas, y se salvó de las furias de una chancha recién parida y de numerosos maridos sedientos de venganza. Poeta hondo y jodón, Roque prefería tomarse el pelo a tomarse en serio, y así se salvó de la grandilocuencia y de la solemnidad y de otras enfermedades que gravemente aquejan a la poesía política latinoamericana. No se salva de sus compañeros. Son sus propios compañeros quienes condenan a Roque por delito de discrepancia. De al lado tenía que venir esta bala, la única capaz de encontrarlo.

“Creo que a Roque, si no lo matan en el 75, lo matan después porque siempre era incómodo, ese tipo de inteligencia es un lujo que este país no ha permitido darse”, escribe Luis Alvarenga en El ciervo perseguido, una biografía de Dalton publicada en 2002.

El hombre que murió por orden de Joaquín Villalobos y otros tres esperpentos políticos, dejó un poema premonitorio:

Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre
porque se detendría la muerte y el reposo.
(…)
Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas.
Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta.
No dejes que tus labios hallen mis once letras.
Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio.

Es casi seguro que el politólogo graduado en Oxford y “especialista en resolución de conflictos” no podría redactar una sola línea de este calibre. La poesía y la literatura no son destrezas propias de los verdugos.

BREVE BIOGRAFÍA DEL CABO Y DOCTOR JOSÉ DE JESÚS MARTÍNEZ

Publicado 13 agosto 2011 por RB
Categorías: Personajes

chuchu 1José de Jesús Martínez era cabo de la Guardia Nacional de Panamá, el grado más bajo del escalafón . También era karateca y aviador. Le decían Chuchú, tenía una moto Harley Davidson y le gustaban las fiestas, las mujeres y el ron.

Martínez fue uno de los guardaespaldas del general Omar Torrijos, hombre fuerte del país centroamericano desde 1969 hasta su muerte en 1981 en un sospechoso accidente aéreo. Y en algún momento se lo consideró “el suboficial más influyente de América”.

Antes de convertirse en el cabo Martínez, Chuchú era poeta, dramaturgo, ensayista, cineasta y profesor universitario. Se había graduado en universidades europeas y tenía dos doctorados. Hablaba cinco o seis idiomas –incluyendo latín– y a lo largo de su vida escribió más de 40 libros.

Por Roberto Bardini

Un día de enero de 1974 Chuchú aterriza con su avioneta en la base militar de Río Hato –al centro-sur del país, frente al océano Pacífico– y se inscribe como aspirante a la Guardia Nacional. Nicaragüense de nacimiento y panameño por adopción, tiene 45 años y se ha afeitado la espesa barba de clochard parisino. Durante el período de entrenamiento, en la pista sólo hay dos aviones: el del general Torrijos y el del recluta Martínez.

Para entonces, mientras los instructores lo hacen trotar, arrastrarse o tirar al blanco junto a muchachos de 18 o 20 años, Chuchú ya ha publicado unos cuantos libros de filosofía, teatro y poesía: La venganza (1954), La mentira (1954), La perrera (1958), Caifás (1961), El tema de la muerte en la filosofía de Santo Tomás (1962), Introducción a la lógica moderna (1962), Juicio Final (1962), Enemigos (1962), Aquí, ahora (1963), Poemas a ella (1963), Santos en espera de un milagro (1963), La retreta (1964), Amor no a ti, contigo (1965), Poemas a mí (1966), Amanecer de Ulises (1967), One way (1967), 0 y van 3 (1970), Teatro (1971).

chuchu 2El futuro suboficial ha realizado sus estudios secundarios en una escuela náutica del puerto de Marion (Massachusetts), donde aprendió navegación a vela. Después, en la Universidad Católica de Chile y en la Universidad de México. Tiene dos doctorados: uno en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y otro en Matemáticas por La Sorbona.

Hasta poco antes de ingresar a la Guardia, Chuchú Martínez es catedrático de Filosofía Marxista en la Universidad de Panamá. Y no sólo es militante de izquierda, sino que ha sido opositor a Torrijos, a quien en algún momento consideró como “un típico dictador latinoamericano más”.

Fue en octubre de 1968, cuando el entonces teniente coronel Torrijos derrocó al folclórico tres veces presidente electo Arnulfo Arias. Resistente al golpe junto con otros universitarios, Chuchú relatará dos décadas después que cantó “el himno nacional llorando por los efectos de los gases lacrimógenos”. Después, pierde su trabajo en la Universidad de Panamá y se va a dar clases a la de Honduras, donde se exilia.

omar 1Todo esto lo sabe Torrijos, que aquella mañana de enero de 1974, ante mil reclutas formados en silencio en la plaza de armas de la base de Río de Hato, le dice:

– ¡Critíquenos! ¡Critíquenos todo lo que quiera! ¡Pero venga a conocernos! ¡Vamos a ver si aguanta! ¡Vamos a ver si todavía está aquí cuando yo regrese!

“Esta agresividad me pareció injusta”, escribirá Chuchú en su libro Mi General Torrijos, publicado en 1987. “Es verdad que yo no era torrijista todavía, pero tampoco era ya anti torrijista. La cosa es que el General se iba de viaje a la Argentina… Él me estaba retando y yo aceptaba el reto”.

omar peronEl general viaja a Buenos Aires en visita oficial y se entrevista con su viejo amigo Juan Perón. En 1956 el tres veces presidente argentino había estado exiliado en Panamá y el jefe de su custodia era el entonces teniente Torrijos.

Y cuando el general regresa, Chuchú todavía está ahí. Sigue estando varios años más: se convierte en su guardaespaldas, ayudante, asesor, traductor y confidente. Revista en las tropas especiales creadas por Torrijos y conocidas como Machos e’ Monte.

Cuando el Comando Sur de Estados Unidos establecido en la Zona del Canal de Panamá decide hacer maniobras militares para exhibir su poderío y las denomina “Operación Furia Negra”, el general responde con sus propios ejercicios militares del otro lado de la cerca y las nombra, literalmente, “Operación ¡uy, uy, uy, qué miedo!”.

Van juntos a Libia y Europa.  Chuchú es el traductor oficial.  Asiste a la ceremonia más trascendente de la historia de Panamá: la firma en Washington de los tratados Torrijos-Carter que permitirán recuperar el Canal en el 2000. Publica una antología de documentos sobre el Canal, que firma como “Cabo y Doctor José de Jesús Martínez”. Protege a exiliados suramericanos, es amigo del periodista argentino Luis Guagnini; después, llora su muerte. Participa en delicadas misiones secretas. Vuela a Honduras, Nicaragua y Belice, negocia con insurgentes colombianos y salvadoreños, lleva miles de dólares, traslada armas y líderes guerrilleros. En El Vaticano se entrevistan con el Papa, y Torrijos lo presenta como ministro de Defensa… Después, asciende a sargento.

El general y el sargento aprenden uno del otro. El suboficial de formación marxista leninista asimila las enseñanzas del comandante en jefe, intuitivamente populista. Poco a poco, comprende de qué se trata la cuestión nacional. A lo largo de  siete años conviven diariamente, viajan, trabajan, discuten, discrepan y complotan, pero nunca se tutean.

greeneChuchú se hace amigo del escritor británico Graham Greene, que viaja varias veces a Panamá porque está escribiendo una biografía sobre Torrijos. Greene es católico y Martínez es ateo. Ambos se enfrascan en interminables discusiones sobre la existencia o no existencia de Dios. El libro termina siendo más una historia del sargento que del general.

Extraño ateísmo el del izquierdista Martínez. En Mi General Torrijos escribe: “Una de las maneras de querer a una persona, es haciendo que los demás también la quieran, compartiéndola con los demás, como si de esa forma el pedazo de cariño que nos toca fuese mayor. Lo dijo un santo: el que más da, más tiene, matemáticas de Dios”.

chuchu 3El 31 de julio de 1981 Torrijos muere probablemente asesinado por la CIA. Poco después el sargento Martínez solicita su retiro de la Guardia Nacional. Le otorgan el grado de teniente para que pueda tener una jubilación más o menos digna. Nuevamente se deja crecer la barba, adquiere el aspecto de un Hemingway tropical, vuelve a escribir.

Chuchú tuvo varias parejas. Cuentan que poco antes de fallecer en 1991, a los 61 años, intenta recordar cuántos hijos tiene de distintas relaciones. Calcula que son diez, pero no está seguro. Se le mezclan los suyos con los que son hijos de matrimonios anteriores de sus mujeres y a los que considera como propios.

* * *

En 1983 la periodista Stella Calloni me presenta en Nicaragua a la joven cónsul panameña Luz Lescure, diplomática de carrera y sensible poetisa. Y poco tiempo después Luz me presenta a Chuchú. La charla se prolonga más allá de una botella y media de whisky. Vuelvo a verlo en México en 1990 y me regala su libro de poemas Ars Amandi. No puedo recordar si es en esa ocasión o antes, en Managua, que me dice algo increíble:

– Toda la vida he sido un mediocre. Como piloto, nunca volé un avión de gran envergadura. Como karateca, sólo fui cinturón marrón. Como militar, apenas llegué a sargento… Y nunca hice el curso de paracaidismo.

Desde muchos años antes, este hombre –filósofo, políglota, poeta, miliciano– ya era una leyenda viviente en toda América Central. Pero aquí sigue siendo un total desconocido para nuestros intelectuales a la carta y conferenciólogos, afiliados al club del elogio mutuo, la premiación recíproca y las escaramuzas a los codazos para salir en la fotografía, cultores orales de un concepto de Patria Grande que en la práctica no excede los límites municipales.

Por cierto, la mejor foto de José de Jesús Martínez no es la de sus clases magistrales, reconocimientos nacionales e internacionales, viajes por el mundo. Su mejor imagen está registrada en un afiche de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá: besa a un niño durante un viaje para resolver necesidades de poblaciones campesinas.

El sociólogo, periodista y dramaturgo panameño Raúl Leis –otro amigo, fallecido en abril de este año– lo recuerda así: “Aun estando cerca del poder, Chuchú no pelechó, ni se enriqueció. Aun poseyendo prestigio y premios literarios, no dejó de ser accesible. Chuchú era muchas veces la imagen fugaz de una barba blanca en motocicleta pasando raudo bajo la lluvia”.

Y Stella Calloni, que lo conoció mucho más que yo, le dedica estas líneas simples y precisas: “Murió el 27 de enero, en Panamá, en un barrio popular, rodeado por su última familia, la única con que construyó una casa, un lugar. Pero él estaba solo como siempre vivió. Fue imperfectamente humano, amigo sin dobleces, niño cruel, hombre amantísimo que odiaba la rutina, como odiaba los pies atrapados en la tierra, no sobre la tierra. Amante eterno, sin amor. Padre de hijos propios y ajenos. Un escritor que se avergonzaba de su cultura y de su erudición, que hablaba como un soldado raso y salía a caminar con un amigo bajo una noche estrellada”.

UN “BANDIDO” EN EL DESIERTO

Publicado 20 julio 2011 por RB
Categorías: Personajes

La siguiente es la historia de un hombre que en el siglo pasado atacó a Estados Unidos. Desde la guerra de independencia con Gran Bretaña, nadie había incursionado en territorio norteamericano. Los políticos en Washington se pusieron furiosos y lo calificaron de “bandido”. La Casa Blanca decidió invadir el país donde se ocultaba y durante un año una poderosa fuerza militar lo buscó en el desierto, sin hallarlo. Hoy ese hombre es considerado en casi todo el mundo como  patriota y héroe popular.
El “bandido” es mexicano y se llama Pancho Villa.

Roberto Bardini

Al amanecer del 9 de marzo de 1916, el general Francisco Villa cruza la frontera de Estados Unidos al frente de 500 hombres a caballo. Los revolucionarios atacan el poblado de Columbus, en Nuevo México, habitado por 350 personas y custodiado por tropas del ejército. Entran al galope y a los tiros por Broadway, la calle principal de tierra. Una bala detiene el reloj del campanario a las 4:11 de la mañana.

Después de dos horas de combate, huyen. Mueren más atacantes que atacados. Atrás quedan los cadáveres de 17 estadounidenses y de 67 mexicanos.

Días antes, una pandilla de norteamericanos del lugar había decidido “despiojar” a un grupo de trabajadores mexicanos. Les arrojaron combustible y los quemaron vivos. Durante varios días exhibieron los cuerpos calcinados en las calles del pueblo. Existen fotografías de archivo que muestran los cadáveres.

Hacía más de cien años que una fuerza extranjera no invadía la Unión Americana. De 1777 a 1783 los colonos combatieron a los ocupantes británicos en la guerra de independencia. De 1812 a 1815 ambas fuerzas se enfrentaron nuevamente, esta vez por la conquista de Canadá. Como corresponde a maestros y discípulos, unos y otros decidieron que fue un empate, sin vencedores ni vencidos.

El verdadero nombre de Villa es Doroteo Arango Arámbula. Campesino pobre y huérfano, ha nacido en Durango y desde joven se le conoce por su destreza con los caballos, las armas y las mujeres. A los 16 años de edad se había convertido en prófugo de la ley por matar a un hombre que abusó de una de sus hermanas.

El presidente Woodrow Wilson estalla de furia. Si bien la incursión a Columbus no fue un rotundo éxito militar, Pancho Villa se transforma en el hombre más buscado por las autoridades de Estados Unidos.

Una semana más tarde, 12.000 soldados de infantería, caballería y marines, batallones de artillería y un escuadrón de aeroplanos invaden México bajo las órdenes del general John “Blackjack” Pershing. Es la primera vez en la historia de Estados Unidos que se utilizan aviones de combate. El operativo se denomina “expedición punitiva”. Además, 150.000 efectivos –el mayor contingente militar desde la Guerra Civil estadounidense– se despliegan a lo largo de la frontera, desde California hasta Texas.

El 12 de abril se produce una escaramuza entre los invasores estadounidenses y los guerrilleros mexicanos. Villa, jefe de la famosa División del Norte, huye desplazándose continuamente por Chihuahua, cuyo territorio conoce como la palma de su mano. Con una rodilla herida, mal curada e infectada, se refugia en los míseros ranchos de sus simpatizantes.

Los soldados interrogan. Los campesinos no saben nada, no dicen una palabra. Y cuando son atados y golpeados, dan pistas falsas. En varias aldeas, el tenaz Pershing descubre tumbas que dicen: “Aquí yace Pancho Villa”. Las tumbas, por supuesto, están vacías. Los invasores terminan marchando en ridículos zigzag o en extensos círculos, en un territorio árido en el que no encuentran agua y se saturan de tragar polvo.

Robert Lansing, secretario de Estado norteamericano, le escribe en junio de 1916 al presidente Wilson:

“Dado que parece existir la creciente probabilidad de que la situación mexicana degenere en un estado de guerra, deseo hacer una sugestión para su consideración. Me parece que debemos evitar el empleo de la palabra intervención […]. La intervención sería humillante para muchos mexicanos cuyo orgullo y sentido del honor nacional no consentiría severos términos de paz en caso de ser derrotados en una guerra. La intervención norteamericana en México es sumamente desagradable para toda América Latina y podría tener un efecto muy malo sobre nuestro programa panamericano. […] En caso de que esta sugestión cuente con su aprobación, sugiero, además, que enviemos a cada representante diplomático de una república latinoamericana en Washington una comunicación exponiendo brevemente nuestra actitud y negando toda intención de intervenir”.

En la última etapa de su huida, custodiado sólo por dos lugartenientes de confianza, “El centauro del norte” viaja en burro a la llamada Cueva de Coscomate, donde se oculta durante dos meses y se repone de su herida.

La “expedición punitiva” dura casi un año, se extiende en 800 kilómetros cuadrados y es un fracaso absoluto. La presencia militar extranjera incrementa el odio a los ocupantes y la admiración por Villa. Su leyenda en vida va creciendo: es un justiciero como Robin Hood, un estratega como Napoleón, un mujeriego como Don Juan.


En febrero de 1917, el general Pershing regresa a su país con la cabeza baja. Tras él, una larga columna de soldados desmoralizados: los de caballería, hartos de cabalgar; los de infantería, agotados de marchar a pie. Dos jóvenes tenientes egresados de West Point han recibido su poco glorioso bautismo de fuego contra un enemigo invisible: George Patton y Dwight Eisenhower, quienes ganarán fama en la Segunda Guerra Mundial. Eisenhower llegará a ser presidente de Estados Unidos en 1953.

La invasión a México fue la última acción de la caballería del ejército estadounidense.

“Vinieron como águilas y se van como gallinas”, dicen que dijo Villa, observándolos desde la cumbre de un cerro. Y el propio Pershing reconocerá años más tarde: “Cuando se escriba la verdadera historia de esta expedición, no será un capítulo muy alentador para nuestros estudiantes”.

Tres años después, Villa vive en un campo que el gobierno le ha dado en Chihuahua a cambio de retirarse de la vida pública. El “Centauro del Norte” es un personaje incómodo para políticos, militares y terratenientes. El 20 de julio de 1923, por órdenes del presidente Alvaro Obregón, es asesinado.

LA BALADA DE DOMINO HARVEY, NIÑA BIEN Y CAZARRECOMPENSAS

Publicado 26 junio 2011 por RB
Categorías: Personajes

DominoHarvey1“No conocí a ninguna mujer que tuviera tantas bolas”, dijo Ed Martínez, veterano de Vietnam y rudo cazador de recompensas en Los Ángeles. Se refería a una hermosa muchacha inglesa de 25 años, millonaria y solitaria, que fue disc jockey y diseñadora de remeras en Londres, empleada en un ranch de California, bombera y rescatista en la frontera con México. Le gustaban las armas, su vocación era capturar fugitivos y luchó durante más de una década contra su adición a las drogas. Su corta y trágica vida fue llevada al cine en 2005.

Roberto Bardini

Domino Harvey nació en agosto de 1969 en Belgravia, un antiguo y exclusivo barrio residencial de Londres, considerado el más caro del mundo. De estilo victoriano y cercano al Palacio de Buckingham, es zona de embajadas, galerías de arte y restaurantes de comida gourmet. En diversas épocas allí vivieron los músicos Federico Chopin y Wolfgang Amadeus Mozart, el poeta Alfred Tennyson y la escritora Mary Shelley, el actor Sean Connery, el novelista Ian Fleming y el representante de Los Beatles, Brian Epstein.

DominoHarvey2Su padre era el actor Laurence Harvey y su madre la modelo inglesa Paulene Stone. Harvey, nacido en Lituania como el hijo menor de una familia judía, se llamaba en realidad Zvi Mosheh Skikne y creció en Sudáfrica. Se estableció en Londres y, tras un paso por la Royal Academy of Dramatic Art, se convirtió en galán del cine británico. Trabajó en 20 películas, entre ellas El Álamo (1960), El mensajero del miedo (1962) y Darling (1965), fue nominado para un Oscar e intentó asumir en la vida real el estilo de gentleman que interpretó en varios filmes.

DominoHarvey3Paulene Stone, la atractiva tercera esposa de Harvey, tuvo su cuarto de hora a mediados de los años 60, cuando Londres era la capital mundial de la música, la moda y la cultura pop, y ella aparecía en las portadas de Vogue. Los símbolos de aquella época psicodélica eran Los Beatles, Los Rolling Stones y The Who, la diminuta modelo Twiggy, la minifalda de 34 centímetros creada por la diseñadora Mary Quant, las vertiginosas películas de James Bond. Y mientras subía la temperatura de la Guerra Fría –con la amenaza de enfrentamiento nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética– surgían los hippies que predicaban “paz y amor”, circulaba el ácido lisérgico y se fomentaba el happening.

DominoHarvey4Harvey murió de cáncer de estómago en noviembre de 1973, a los 45 años, cuando Domino tenía cuatro. La pequeña era ahijada del periodista y escritor Peter Evans, que fue quien presentó a Laurence y Paulene. Poco después, Evans escribió –con la colaboración de la viuda– una biografía titulada Una lágrima es suficiente – Mi vida con Laurence Harvey. La señora debería haber sido un poco más agradecida y derramar algunas más: el actor les dejó a ella y Dominó una herencia que, bien administrada, les permitiría no tener que trabajar nunca en lo que les restaba de vida.

Se creía que la niña había sido bautizada Domino porque era el nombre del personaje femenino que acompañaba a James Bond en Operación Trueno, película de 1965. Lo cierto es que se la llamó así por la amistad de Paulene con la entonces modelo francesa de Vogue, Elle y Glamour –y luego actriz del cine europeo– Dominique Sanda. Sin embargo, aunque en algún momento de su adolescencia Dominó Harvey se vinculó al mundo de la moda, finalmente eligió una actividad más cercana al peligroso ambiente de “las chicas Bond” que al frívolo negocio de las pasarelas.

La hermosa niña nacida en Belgravia comenzó a tener problemas de conducta. Les arrancaba el pelo a sus muñecas, jugaba con Action Men –los muñequitos bélicos que aparecieron en la década del 80– y se enfrentaba a puñetazos con chicos. En 1985, cuando cumplió 16 y tras haber sido expulsada de cuatro escuelas, la madre la envió interna al Dartington Hall School, ubicado en Devon, al sudeste de Inglaterra. Ese mismo año, la viuda de Harvey se casó con Peter Morton –uno de los dos fundadores del Hard Rock Café, cuyo primer local se abrió en Londres en 1971– y se fue a vivir a Estados Unidos.

Fundado en 1926 y considerado el instituto educativo más avanzado después de Summerhill, el Dartington se especializaba en niños “difíciles” y tenía un sistema de funcionamiento democrático en el que participaban los alumnos y sus padres. Pero no era el caso de la solitaria Domino. Según contó ella misma en 1994 al London Daily Mail, lo que más le interesaba del colegio era “construir canoas y practicar artes marciales”.

DominoModeloDomino era una bella e indómita adolescente sin familia pero con recursos. Mientras su madre vivía en una mansión de Beverly Hills, ella regresó a Londres, alquiló un departamento, trabajó de disc jockey y diseñó una línea de remeras. Ella misma las vendía en el mercado de Kensington, al oeste de la ciudad, zona de costosos anticuarios, elegantes restaurantes y locales de indumentaria de marca para jóvenes, pero también de ropa de segunda mano y discos usados. Tenía 18 años y probablemente fue en esa etapa cuando alguien la inició en el consumo de drogas.

Quienes incrementan la leyenda de Domino sostienen que durante corto tiempo también fue modelo en la agencia de Tom Ford –ex director creativo de Gucci y de Yves Saint-Laurent, uno de los pioneros del matrimonio “igualitario”, casado con el ex editor jefe de la revista Vogue Homme International– pero es poco probable. Resulta extraño que en un ambiente en el que abundan chismes y fotografías no exista ningún registro gráfico ni testimonio fehaciente acerca de su tránsito por las pasarelas. En todo caso, algunos entusiastas biógrafos aficionados mencionan una declaración de la muchacha acerca de aquella época: “Trataban de manipularme. Nunca podría haber aceptado órdenes de esos idiotas”. Y ése sí es el estilo Domino Harvey.

En 1989, poco antes de cumplir 20 años, la muchacha subió a un avión, cruzó el Atlántico y se fue a vivir con Paulene Stone a Hollywood, quien la aceptó con la condición de que ingresara a un centro de rehabilitación de drogadictos.

En busca de una vida sana y al aire libre, en 1992 comenzó a trabajar en un ranch al sur de San Diego. Le gustó estar rodeada de hombres recios, en contacto con la naturaleza y un ambiente semisalvaje, lejos del dinero de su madre. Después se unió al Departamento de Bomberos y Rescatistas de Boulevard, una población rural de 300 habitantes en la frontera con México. Su afición por los cuchillos con hoja de 25 centímetros que llevaba en la cintura y por el whisky irlandés con crema le ganaron el apodo de “Daga Baileys”. Buen apodo para una rubia de 23 años y rostro inocente, alta y atractiva, que no se maquillaba, no movía las nalgas al caminar y no coqueteaba con los hombres.

En 1994 volvió a Los Ángeles e intentó sin éxito ingresar al Departamento de Bomberos. Tomó cursos de paramédica, pero tampoco consiguió trabajo. Un día vio un aviso en un diario sobre un curso de dos semanas para convertirse en cazador de recompensas. La inscripción costaba 300 dólares, pero si hubiera costado 3.000 igual se habría anotado. El entrenador era Ed Martínez, un veterano de Vietnam y cazarrecompensas, que se transformaría en su figura protectora.

DominoHarvey5Domino, que había heredado la belleza de la madre y el mal genio del padre, tenía carácter agresivo, prefería las amistades masculinas y no ocultaba su bisexualidad. Se integró al equipo de Martínez y resultó muy buena en su nueva ocupación. En los cuatro años siguientes, armada con una Browning 9 milímetros, participó en la captura de 50 fugitivos bajo fianza –casi todos vendedores de drogas– a cambio de 300 dólares a la semana y una comisión del 10 por ciento de la recompensa. Mientras tanto, vivía en la casa palaciega de su mamá en Beverly Hills pero aparte, en un cuarto sobre el garaje, rodeada de puñales, espadas samurai y armas de fuego. “Tenía dinero. Podía comprar buenos fierros”, relató Martínez.

DominoHarvey6La muchacha seducía a los maleantes prófugos con su apariencia vulnerable y el acento británico que nunca perdió. En cualquier bar de mala muerte parecía una turista despistada e ingenua, y despertaba instintos protectores. Se dejaba llevar dócilmente fuera del local pero a los pocos metros, en cualquier callejón oscuro lejos de la vista pública, desenfundaba la pistola y se la hundía en las costillas a su presa hasta que llegaba el resto del equipo para completar la captura. “No conocí a ninguna mujer que tuviera tantas bolas”, dijo Martínez. “Ella era del tipo terrorista. Un minuto era dulce y tímida, y al minuto siguiente te metía el miedo de Dios con sólo una mirada”.

Se dice que la mayoría de fugitivos que apresó no estaban armados, por lo que las situaciones de peligro que vivió fueron pocas. De todos modos eran jornadas con mucha adrenalina, en las que había una ganancia adicional que no se declaraba: como casi todos los capturados eran vendedores de drogas, los cazadores se quedaban con algo de mercadería para uso personal. Domino consumía cocaína, heroína y speed, una anfetamina que anula el cansancio y el sueño, al mismo tiempo que estimula la agresividad.

DminoHarvey7Deteriorada física y emocionalmente, intentó dejar el hábito. Para ayudarla, un conocido común le presentó a Steve Jones, guitarrista del grupo punk británico Sex Pistols, un cleptómano ex adicto a las drogas y el alcohol que en los últimos 20 años se había mantenido “limpio”. Se hicieron amigos y tuvieron largas charlas, pero Jones no tuvo éxito.

En 1997, el director de cine inglés Tony Scott le pagó 360.000 dólares a Domino a cambio de los derechos para filmar una película sobre su vida como cazarrecompensas. Al año siguiente, a pedido de su madre, la muchacha utilizó gran parte de ese dinero para un tratamiento de rehabilitación en Hawai, donde permaneció internada 24 meses. Regresó a Los Ángeles en 2000, pero Paulene Stone ya no estaba allí. El año anterior se había casado con el actor británico Mark Burns y ambos se fueron a vivir a Inglaterra.

Domino decidió quedarse en Estados Unidos. Tomó clases de computación en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), hizo algunos trabajos como diseñadora gráfica, volvió a su actividad de disc jockey. Su única compañía era un perro pitbull. Y volvió a recaer. En 2003, fue arrestada por posesión de metanfetaminas cristalizadas. Dos años después, fue nuevamente arrestada por posesión de medio kilo de metanfetaminas.

Esperaba su sentencia en prisión domiciliaria, cuando el 27 de junio de 2005 fue encontrada sin vida en la bañera de su casa por sobredosis de Fentanyl, un calmante ochenta veces más potente que la morfina. No se sabe si fue suicidio o muerte accidental. Tenía 35 años y no alcanzó a ver el estreno de la película de Tony Scott, un bodrio de ritmo histérico que la presenta como una muñequita heterosexual y ni siquiera roza su adicción a las drogas.

CHAU, “PUETA” SOSA

Publicado 25 mayo 2011 por RB
Categorías: Irreverencias y reverencias

En los años 70, se comentaba en el ambiente universitario de Honduras que el poeta Roberto Sosa llevaba en su maletín negro “poemas, queso y un revólver calibre 38”. El 23 de mayo se murió a los 81 años en esa tierra que amó casi hasta la desesperación y ahora vendrán los homenajes que durante mucho tiempo le retacearon en vida. Lo traicionó ese corazón grande, generoso y corajudo –pero también muy dolido– que ojalá hubiera latido muchos años más.

Roberto Bardini

Nos presentaron en Tegucigalpa una noche de julio de 1977, en una reunión en la casa de Víctor Meza, un valiente académico que había conocido a Joe Baxter en Suiza a mediados de los años 60.

Meza era columnista del diario Tiempo, jefe de Relaciones Públicas de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras y director de la editorial universitaria, donde yo trabajaba. Aquella noche estaban el poeta Rigoberto Paredes y el escritor Eduardo Bähr, también llamado Beer.

Fue amistad a primera vista. Eran hombres talentosos e irreverentes, con un humor más filoso que una espada samurai, que festejaban las ocurrencias a carcajadas y bebían whisky como si sus estómagos no tuvieran fondo.

Sosa era de Yoro, departamento del norte hondureño, donde –según me dijo– “llovían peces y aviones”. Me contó que de niño había conocido a un caballo que iba a una cantina, se acercaba a la barra y tomaba guaro, el aguardiente nacional, más adecuado para cauterizar heridas de bala o machete. También me explicó que en Honduras “el plomo flota, el corcho se hunde, se fríen las camisas y se planchan los huevos”. A él le decían “Sosa cáustica” y al paso de los días, ya en confianza, me apodó “Ronberto Bacardini”.

Más tarde, fue mi jefe en la editorial universitaria. A fines de 1980 me expulsaron del país junto con otros tres argentinos que trabajaban en la Universidad: Eduardo Halliburton, Carlos María Vilas y Patricio Castiglione. Y al año siguiente, el nuevo rector –un “cachureco” (conservador) del Partido Nacional al que Sosa bautizó como “Rata Negra”– le pidió la renuncia. Con el “pueta”, como también le decían a Roberto, nos seguimos viendo en México.

Durante mucho tiempo ignorado por la cultura oficial –más municipal que nacional– Sosa es el poeta hondureño más reconocido fuera de las fronteras de su país. Autor de catorce libros, sus poemas se tradujeron al alemán, chino, francés, inglés, italiano, japonés y ruso.

En 1968 ganó el premio español Adonais con su obra Los pobres y se convirtió en el primer latinoamericano no residente en España en recibirlo. En 1971 obtuvo el premio Casa de las Américas con su poemario Un mundo para todos dividido. En 1990 el Ministerio de Cultura de Francia le otorgó la Orden de las Artes y las Letras en el Grado de Caballero. Fue profesor de literatura hispanoamericana y escritor residente en el Upper Montclair College de Nueva Jersey y, poco antes de fallecer, recibió la noticia de que le entregarían el premio Rafael Alberti.

De origen humilde y desprotegido económicamente durante muchos años, Roberto Sosa ha muerto como vivió: pobre. Y como una reparación tardía fue velado en el auditorio de la Universidad que lo expulsó tres décadas atrás.