MATAR AL MENSAJERO

Roberto Bardini

El gobierno del presidente George W. Bush ha puesto el grito en el cielo a causa de la revelación del New York Times acerca del programa secreto de espionaje a cuentas bancarias como parte de la “guerra al terrorismo internacional”.

El 23 de junio, el periódico informó que el gobierno estadounidense tiene acceso a los datos bancarios de miles de personas en todo el mundo, paralelamente a sus actividades de escuchas telefónicas e intervención de correos electrónicos. La CIA y el Departamento del Tesoro, según el diario, crearon una base de datos de transacciones financieras privadas de gente que, en su mayoría, no tiene nada que ver con grupos terroristas. El programa, que se puso en marcha poco después de los atentados del 11 de setiembre de 2001 en Nueva York, no fue autorizado por órdenes judiciales ni legislativas sino por un poder administrativo para situaciones “de emergencia”.

Para llevar a cabo sus actividades encubiertas, la CIA cuenta con la colaboración de un consorcio bancario internacional con sede en Bruselas que registra millones de movimientos financieros al día. Los bancos centrales de los diez países más industrializados del mundo conocían el plan desde hace cuatro años.

“Que la gente filtre ese programa y que un rotativo lo publique causa gran daño a Estados Unidos, porque hace más difícil ganar la guerra contra el terror”, declaró Bush en tono agresivo.

Aunque The Washington Post, The Wall Street Journal y Los Angeles Times posteriormente ampliaron la información, el gobierno de Bush centró sus ataques sobre The New York Times porque fue el primero en destapar las actividades encubiertas de inteligencia. La revelación del programa secreto, según Bush, “ayuda al enemigo”.

El portavoz de la Casa Blanca, Tony Snow, acusó al diario neoyorkino de poner en peligro las vidas de estadounidenses y violar las tradiciones periodísticas de mantener secretos oficiales durante tiempos de guerra. El representante republicano Peter King, presidente del Comité de Seguridad Interna, declaró que el Departamento de Justicia debe iniciar una investigación criminal contra The New York Times por violar leyes sobre espionaje. “Estamos en guerra, y que el Times difunda información sobre operaciones y métodos secretos es traicionero”, dijo.

Según David Brooks, corresponsal en Nueva York del diario mexicano La Jornada, “la decisión de la Casa Blanca y sus aliados de atacar al Times y otros medios en esta coyuntura no sorprende a muchos en Washington, ya que parte de la estrategia del Partido Republicano en este año de elecciones legislativas es precisamente atacar a los medios, acusándolos de ser parte del esfuerzo para minar la guerra en Irak. O sea, proyectar que los medios están ofreciendo una visión poca objetiva de la realidad bélica, ya que no es que las cosas estén tan mal en Irak y otros frentes, sino que los medios están distorsionando todo. Es la vieja táctica de matar al mensajero”.

Un mundo sin periodistas

Durante la “década infame” del presidente argentino Carlos Menem (1989-1999), circuló un chiste en las salas de redacción de Buenos Aires: “¿Qué hacen los periodistas más influyentes cuando no escriben, no hablan por radio o no salen en la televisión? Reciben amenazas”.

La relación entre el gobierno y los medios de comunicación fue tan tortuosa en aquellos diez años, que dio motivo a Horacio Verbitsky, columnista del diario Página 12, para escribir su libro Un mundo sin periodistas (Planeta, 1997). El título se le ocurrió gracias a una broma que el entonces primer ministro británico John Major les había hecho a Menem y a William Clinton en 1992, durante una reunión de mandatarios en Nueva York. Ante los micrófonos y frente a un enjambre de fotógrafos y camarógrafos que se apretujaban para tomar su imagen, Major preguntó: “¿No sería bueno un mundo sin periodistas?”

Tiempo después, el ex primer ministro dio una muestra de la relación que muchas veces existe entre la política, las relaciones públicas –además de las no tan públicas– y los negocios. Al concluir su mandato en 1997, se transformó en representante en el exterior del Carlyle Group, especializado en asumir el control de sociedades de armamentos y de medios de comunicación. El presidente de este consorcio es Frank C. Carlucci, ex director adjunto de la CIA, y entre sus miembros se cuentan el multimillonario George Soros, George Bush padre, Mijail Jodorkovsky –el hombre más rico de Rusia– y familiares de Osama bin Laden.

Cuando Major hizo su broma, sabía de lo que hablaba. También lo sabía Verbistky al escribir la introducción a su libro: “Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar a todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en los zapatos. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que de lo bueno se encarga la oficina de prensa, de la neutralidad los suizos, del justo medio los filósofos y de la justicia los jueces”.

[Nota al margen: Cualquier periodista medianamente decente podría suscribir lo anterior. Pero Verbitsky, presidente del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), un organismo de defensa de los derechos humanos fundado en 1979, ha recibido críticas porque entre quienes otorgan financiamiento al CELS se encuentran el Foreign Office británico, la embajada del Reino Unido en Argentina y la Fundación Ford. En un país donde el recuerdo de los Ford Falcon eriza la piel de muchos, convendría “poner a la vista lo que está oculto” detrás de ese financiamiento].

Enredado en sus propias cuestiones domésticas, George W. Bush posiblemente ignore todo esto. Pero a raíz del “destape” efectuado por The New York Times acerca del espionaje bancario como parte de la “guerra al terrorismo”, quizá busque una respuesta en serio a la pregunta en broma de John Major.

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