Dios los cría, el diablo los junta… y ellos se matan

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Roberto Bardini

El líder musulmán checheno Shamil Basayev murió en su ley: voló en pedazos a causa de una explosión. Fue identificado por los restos de su cabeza y la prótesis de su pierna derecha, que perdió en combate a comienzos de 2000.

Según el Servicio Federal de Seguridad ruso (ex KGB), que se atribuyó la autoría de la muerte, fue eliminado en Ingushetia cuando preparaba un atentado para alterar la cumbre del Grupo de los Ocho países más industrializados del mundo (G-8), que se inaugura la próxima semana en San Petersburgo. Como en los tiempos del Far West, el Kremlin había puesto precio por su cabeza: ocho millones de euros (alrededor de diez millones de dólares) por toda información que permitiese capturarle vivo o muerto.

Sus seguidores, en cambio, afirman que Basayev murió por accidente junto con tres guerrilleros mientras transportaba explosivos en un camión. Para ellos, es un shahid (mártir) del Islam.

El dirigente rebelde fue incorporado en 2003 en la lista oficial de “terroristas” del Consejo de Seguridad de la ONU. La prensa internacional lo calificó como “el Bin Laden checheno”, “el terrorista número uno de la Federación Rusa” y “el caudillo más temible del Cáucaso”. Para sus partidarios, en cambio, Basayev era un líder independentista al que recordarán como un guerrero legendario, un equivalente islámico de Robin Hood.

De 41 años de edad, de los que dedicó los últimos quince a luchar contra los rusos, Basayev se llamaba igual que el héroe nacional de Chechenia, el imán suní Shamil (Samuel), quien dirigió una “guerra santa” contra el ejército zarista entre 1834 y 1859. Era, además, nieto de un caudillo musulmán que combatió a los bolcheviques de 1917 a 1924. Por órdenes de Josef Stalin, su familia fue deportada a Siberia en 1944, junto con miles de chechenos acusados de colaborar con los nazis, y pudieron retornar a su país a partir de 1957.

Basayev representó para Vladimir Putin casi lo mismo que Osama bin Laden para George W. Bush, y dio un pretexto al presidente ruso para declarar la guerra contra el “terrorismo islámico”. Se cree que el jefe de Al Qaeda y el líder guerrillero muerto se conocieron en 1994, en los campos de entrenamiento de la CIA en Pakistán, aunque él siempre lo negó.

La trayectoria de Basayev tiene cuatro sangrientos hitos que el Kremlin aprovechó muy bien. En junio de 1995, milicianos musulmanes ocuparon la alcaldía y un hospital en la ciudad rusa de Budionnovsk, a 150 kilómetros de la frontera con Chechenia, operativo en el que hubo 150 muertos y 400 heridos. Fue el motivo que Moscú necesitaba para iniciar la actual guerra en esa castigada región de la ex Unión Soviética.

En agosto de 1999, las fuerzas de Basayev invadieron Daguestán, una república autónoma 50 mil kilómetros cuadrados y dos millones de habitantes aislada entre el Monte Cáucaso y el Mar Caspio, hecho por el cual Putin ordenó una escalada militar sin precedentes. Siguió el asalto al teatro Dubrovka de Moscú, en mayo de 2002, en el que murieron 129 rehenes y 40 atacantes. Y, finalmente, en septiembre de 2004 se produjo la toma de una escuela en la ciudad rusa de Beslan (Osetia del Norte), que luego de tres días terminó con la muerte de 375 personas, incluyendo 186 niños.

Es una historia violenta para un país de sólo 19 mil 300 kilómetros cuadrados –es decir, más pequeño que El Salvador, “el Pulgarcito de América” – y apenas un millón de habitantes, la misma cantidad de pobladores que la ciudad mexicana de Cuernavaca, de Tegucigalpa, capital de Honduras, o de Barranquilla, en Colombia. Desde que comenzó la ocupación rusa, han muerto 40 mil chechenos y 400 mil buscaron refugio las repúblicas vecinas de Ingushetia, Daguestán y Osetia del Norte.

Esta violencia quizá se entienda mejor a partir de un solo dato: la región del Mar Caspio alberga 25 mil millones de barriles de petróleo de alta calidad, las reservas más importantes del mundo después de Arabia Saudí. En Chechenia funcionan 493 pequeñas refinerías y una estratégica red de oleoductos y gasoductos necesarias para la supervivencia energética de Rusia. Así que, como en una fe de erratas que nunca será publicada, donde se lee “guerra contra el terrorismo” debe leerse “guerra para controlar el petróleo”. Y en esta lucha sin piedad, quizá en el futuro Shamil Basayev sea recordado como un mártir o como una simple anédota.

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