SI VIVES EN UNA CASA DE CRISTAL, NO ARROJES PIEDRAS

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Roberto Bardini

El presidente George W. Bush lideró las ceremonias del quinto aniversario de los atentados aéreos del 11 de septiembre de 2001 con actos solemnes en Nueva York, Pennsylvania y Washington, donde se estrellaron los cuatro aviones secuestrados por los comandos suicidas de Al Qaeda que dejaron casi 3 mil muertos. “Estamos más seguros, pero todavía no estamos seguros”, dijo Bush a la cadena NBC con su rutinaria expresión de circunstancias y su habitual poder de síntesis.

El tañido de una campaña, una ofrenda floral y un minuto de silencio en recuerdo de las 2 mil 749 víctimas parece demasiado poco tras cinco años en los que Estados Unidos conoció el terror puertas adentro y el planeta asumió una nueva y perturbadora fisonomía.

Luego de 60 largos meses contaminados por la declaración de “guerra al terrorismo internacional”, las invasiones a Afganistán en 2001 e Irak en 2003, las duras restricciones para ingresar al territorio estadounidense, la creación de cárceles secretas alrededor de casi todo el mundo, los nuevos atentados en Madrid en 2004 y Londres en 2005 y los escándalos por las prisiones de Abu Ghraib y Guantánamo, no se avanzó un milímetro en la captura de Osama bin Laden y la desarticulación de la red islámica Al Qaeda.

La versión más sólida acerca del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York y el confuso ataque a las instalaciones del Pentágono continúa siendo la inicial, y equivale a nada: 19 árabes suicidas armados con cuchillos de plástico secuestraron cuatro aviones y, a pesar de no tener experiencia de vuelo, los dirigieron con precisión hacia los blancos elegidos.

Hasta hoy sólo existe un autoinculpado: Zacarías Mousaoui, un franco-marroquí de 36 años con alteraciones mentales, detenido un mes antes de los ataques. El inestable Mousaoui no es un individuo en el que uno confiaría para que le cuide la espalda en una arriesgada operación comando o, ni siquiera, alguien para tomarse un café turco una vez al mes. Pero, bueno, es lo que hay y ahí está para exhibir a la prensa de vez en cuando.

Desde luego que también están los excépticos. El conocido reportero de investigación Seymour Hersh, autor de varios libros y ganador de numerosos premios de periodismo, le comentó el 9 de septiembre con ironía a The New Yorker, una de las revistas más prestigiosas del mundo, que los secuestradores parecían ser “el equivalente a un solitario equipo de basketball que llegó hasta cuartos de final”. Su colega George Packer, quien el año pasado publicó The Assassins’ Gate: America in Iraq, afirmó en la misma entrevista que a partir del 11 de septiembre de 2001 “se ha creado una franquicia y ahora hay grupos pequeños en muchas partes del mundo que admiten varios grados de asociación con Al Qaeda”.

Por suerte también están los optimistas. La imperturbable Condoleezza Rice, responsable de la política exterior de Estados Unidos, fue entrevistada por Fox News Sunday en un programa conmemorativo de los atentados y declaró que Al Qaeda “está herido de gravedad”… aunque la afirmación no parece ser muy precisa. Y luego repitió las mismas palabras de su jefe: “Ahora estamos más seguros, pero aún no estamos totalmente seguros”.

Después de los cinco años que conmovieron al mundo, el mayor hallazgo fue el nuevo término que acuñó el erudito George W. Bush para definir a los escurridizos enemigos de Estados Unidos: “islamofascismo”. El 31 de agosto, Bush habló ante veteranos de las fuerzas armadas y definió su cruzada antiterrorista global como una “lucha ideológica del siglo XXI” entre “las fuerzas de libertad del Occidente” y “el fascismo islámico”.

Este anuncio, desde luego, no hizo la más mínima mella en las filas de quienes asestaron el golpe más demoledor contra Estados Unidos desde el ataque a la isla de Pearl Harbor en diciembre de 1941. A través de un video transmitido por la cadena de televisión árabe Al Yazira, el número dos de Al Qaeda, el médico egipcio Ayman al-Zawahri, advirtió sobre “nuevos acontecimientos” en camino y dijo que los países occidentales están dando a los militantes islámicos un “legítimo motivo” para combatirlos.

El presidente Bush –o quien le redacta los discursos– debería tomar en cuenta un viejo proverbio ruso: “Si vives en una casa de cristal, no arrojes piedras contra otros”.
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