OSAMA BIN LADEN: LA CARNADA Y EL ANZUELO

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Roberto Bardini

Miles de televidentes de Estados Unidos vieron muy enojado al ex presidente William Clinton en el programa Fox News Sunday que se transmite los domingos. Entrevistado por el veterano periodista republicano Chris Wallace, Clinton se molestó por algunas preguntas, lo acusó de hacer “un trabajo conservador” y le dijo: “Tú tienes esa sonrisita en la cara y crees que eres muy listo, pero yo tenía la responsabilidad de intentar proteger a este país”.

En la entrevista –que fue grabada el viernes– Clinton reveló que durante su mandato había autorizado a la CIA para asesinar a Osama bin Laden, líder de la red terrorista Al Qaeda, y que consideró la posibilidad de invadir Afganistán para derrocar al régimen talibán luego del atentado al buque de guerra USS Cole en Yemen, donde perdieron la vida 17 soldados estadounidenses en octubre de 2000.

“Ellos me ridiculizan por haberlo intentado”, dijo Clinton refiriéndose a los integrantes del gabinete de George W. Bush. “Ellos tuvieron ocho meses [antes de los atentados aéreos del 11 de septiembre de 2001] para intentarlo. No lo hicieron. Yo traté, traté y fallé, y cuando fallé dejé una amplia estrategia antiterrorista”. Por lo visto, la idea del ex mandatario demócrata sobre el modo de proteger a Estados Unidos no difería mucho de la manera que tiene el republicano Bush.

Un día antes de la transmisión del programa, curiosamente, el periódico francés L’Est Republicain publicó que –según un documento confidencial de la Dirección General del Servicio Exterior (DGSE)– Bin Laden había fallecido de tifus en Pakistán el 23 de agosto pasado. Simultáneamente, el semanario Time y la cadena de televisión CNN, que integran la misma corporación empresarial, aseguraron que el dirigente terrorista estaba gravemente enfermo de tifoidea. Fuentes de alto nivel en Estados Unidos, Francia, Arabia Saudita y Pakistán declararon inmediatamente que desconocían la veracidad de la información.

Son demasiadas filtraciones y coincidencias con forma de carnada: están los “qué”, “cuándo” y “dónde”. Pero falta lo principal: el anzuelo, es decir, los “por qué” y “para qué”.

Lo cierto es que si Bin Laden ha fallecido sin ninguna participación de los servicios secretos estadounidenses, el hecho representaría una derrota moral para el presidente Bush, quien después de los ataques del 11 de septiembre se comprometió a capturarlo y enjuiciarlo. Su muerte dejaría a la Casa Blanca sin argumentos para culparlo por la amenaza del “terrorismo internacional”. Tampoco se podrían justificar las duras medidas de seguridad internas, las operaciones encubiertas en el exterior y la existencia de cárceles clandestinas. Además, Bin Laden sería considerado en el mundo musulmán como el héroe que golpeó al imperio en su propio territorio, algo que no ocurría desde el bombardeo japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941.

Los rumores sobre la muerte de Bin Laden reaparecen cada cierto tiempo, causan muchas especulaciones y rápidamente se desinflan como un globo de aire. Algunos especialistas en inteligencia y contrainteligencia estadounidenses y británicos consideran que esas versiones se propagan por los mismos organismos de seguridad para provocar una reacción de OBL –como se conoce al enemigo público número uno de Estados Unidos– que permita ubicarlo en algún lugar.

Se supone que Bin Laden se mueve en una franja de 20 kilómetros sobre la frontera entre Afganistán y Pakistán. Como conductor, mantiene escaso contacto con el mundo externo a través de una complicada telaraña de intermediarios y no usa teléfonos satelitales que pueden ser rastreados. Además, a diferencia de lo que sucedió con la captura de Saddan Hussein, nadie se ha presentado con datos para cobrar los 27 millones de dólares ofrecidos como recompensa por OBL.

El inhallable líder fundamentalista ha resultado muy funcional para la política antiterrorista de Estados Unidos. Su muerte a los 49 años de edad –si la información es real– no significaría nada: lo sucederá el médico egipcio Ayman al Zauahiri, número dos de Al Qaeda, una red que ya es una especie de “franquicia” espontánea que actúa con total autonomía.
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