LOCURA AMERICANA

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Roberto Bardini

Los estadounidenses no recordarán a este otoño por la habitual imagen de las amarillentas hojas de árboles caídas en las calles, sino por cadáveres y heridos que ruedan por el suelo. En el hemisferio norte, la estación del año que marca el inicio de la recolección de maíz y girasol, ha comenzado con una cosecha de sangre en Pensilvania, Colorado y Wisconsin.

Quizá este comienzo de temporada se asocie con la película Locura americana, un documental de 1976 dirigido por Romano Vanderbes, clasificado como “no apto para menores de 18 años”. El film muestra el lado más alucinante de Estados Unidos: la pasión por los coches, las prácticas sexuales aberrantes, los vicios, las excentricidades y el culto a las armas en un país donde la propiedad privada es un bien sagrado.

El lunes 2 de octubre , el camionero Charles Roberts, de 32 años, casado y con tres hijos, tomó rehenes en la escuela religiosa de Nickel Mines, una localidad de Pensilvania, asesinó a siete personas –entre las que había cinco niñas– e hirió a varias más antes de suicidarse. Roberts dejó una nota a su esposa en la que contaba que años atrás había abusado sexualmente de menores y que sentía el deseo de hacerlo nuevamente. Sus víctimas tenían entre siete y trece años de edad.

Fue el tercer tiroteo en un colegio de Estados Unidos en menos de dos semanas. Y mientras esto sucedía, la policía de Las Vegas (Nevada) había rodeado dos establecimientos educativos –uno de primaria y otro de secundaria– luego de recibir informes acerca de que un desconocido armado con un fusil AK-47 estaba merodeando en la zona.

El 27 de septiembre, Duane Morrison, de 53 años, ocupó durante cuatro horas una escuela en Bailey (Colorado), armado con un revólver y una pistola semiatomática. Violó a seis estudiantes de secundaria, asesinó a una de ellas –de 16 años– y luego se quitó la vida.

Dos días más tarde, un alumno de 15 años mató de tres tiros al director de un colegio en Weston, una zona rural de Wisconsin. Poco antes, la policía había descubierto a tres estudiantes de la escuela secundaria de Green Bay East, también en Wisconsin, que iban a atacar el local con armas y bombas.

Todos estos hechos recordaron a la masacre del 20 de abril de 1999 en en Instituto Columbine (Colorado), cuando dos jóvenes irrumpieron en la cafetería escolar con un armamento muy superior al que utilizan los miembros de los grupos SWAT, los marines o las fuerzas de despliegue rápido: un rifle de asalto de nueve milímetros, una pistola automática con un cargador de 36 balas, dos escopetas con los cañones recortados y alrededor de tres docenas de granadas caseras, algunas de las cuales llegaron a lanzar en el ataque.

Dylan Klebold, de 17 años, y Eric Harris, de 18, hijos de familias pudientes, asesinaron a quince estudiantes en Columbine y se suicidaron. Habían planificado la matanza con un año de anticipación. Eligieron ese día de primavera porque se cumplía el aniversario del nacimiento de Adolf Hitler.

Crystal Woodman, de 16 años y alumna del instituto, fue entrevistada en el programa ¡Buenos días, América! al día siguiente de la masacre y declaró: “Parecían encontrarlo muy divertido. Parecían preguntarse: ‘¿Quién va ahora? ¿A quién le toca morir?’. Parecía que dijeran: ‘¡Toda nuestra vida hemos esperado este momento!’. Y cada vez que mataban a alguien aullaban de placer, como si fuera algo muy excitante”.

Fuera de las escuelas, hay más antecedentes de este tipo de violencia. En noviembre de 1988, en las afueras de San Diego (California), Kenneth Kovzelove, de 19 años, un paracaidista militar que en la escuela secundaria había sido “cabeza rapada”, acribilló de once balazos a una joven pareja de trabajadores mexicanos: ella tenía 18 años y él 22. Durante el juicio, el soldado declaró que odiaba a los mexicanos y que había ingresado al ejército porque estaba seguro que algún día Estados Unidos iba a invadir México.

En 1984, James Huberty, un ex guardia estadounidense desempleado, culpó a los mexicanos residentes en el sur de California por no encontrar trabajo, se vistió con un uniforme camuflado, entró a un McDonald’s de San Ysidro –ciudad vecina a Tijuana– con un rifle de alta potencia y masacró a 22 inmigrantes.

La lista de matanzas es mucho más extensa, en un país que tiene el récord mundial de presidentes asesinados por sus propios ciudadanos, pero está convencido de que hoy el terrorismo tiene rostro islámico y se incuba fuera de sus propias fronteras.

Según el poeta y dramaturgo vasco Juan Carlos Campos Sagaseta de Ilúrdoz, residente en República dominicana y columnista del periódico El Universal, Estados Unidos no necesita economistas, ni sociólogos, ni educadores; necesita psiquiatras. “Enormes contingentes de psiquiatras para que, desde el presidente hasta el último ciudadano, puedan mejorar su salud mental”.

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