LA ESPADA DE BOLÍVAR Y LAS DEMOCRACIAS DE PLASTILINA

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Roberto Bardini

En la cultura inca los símbolos tienen fuerza, cobran vida y pueden transformarse en hechos. El economista Rafael Correa asumió oficialmente el lunes 15 de enero la presidencia de Ecuador en la Asamblea Nacional, pero 24 horas antes asistió a una ceremonia de posesión no oficial en el poblado indígena de Zumbahua, a cien kilómetros al sur de Quito y enclavado a 3,750 metros de altura en los Andes, que estuvo cargada de señales.

Primer símbolo: los acompañantes. En esa inhóspita región ubicada “en la mitad del mundo”, donde en su juventud Correa fue catequista y maestro voluntario, estuvo acompañado por el venezolano Hugo Chávez y el boliviano Evo Morales. También había sacerdotes salesianos y guías yachag, que en quechua que significa “sabio”.

Los religiosos católicos, encabezados por el italiano Luigi Ricciardi, celebraron una misa en dialecto quechua. La orden de los salesianos, con quienes estudió Correa, está inspirada en Francisco de Sales (1567- 1622), un hijo de aristócratas franceses de Saboya, al norte de Italia, y es la tercera congregación religiosa masculina después de los jesuitas y los franciscanos. Tiene como objetivo formar a jóvenes de pocos recursos e inculcarles la “sana alegría”, el cumplimiento del deber y la ayuda a los demás.

Los yachags andinos –que no se consideran chamanes ni curanderos, sino orientadores de la comunidad– le entregaron a Correa el bastón de mando indígena junto con un poncho, una bufanda blanca y un sombrero negro que representan “poder para servir”.

Segundo símbolo: el rechazo a la representación parlamentaria demoliberal capitalista. Ese domingo, a la hora de los discursos, cuando el alcalde del lugar mencionó a “los señores diputados del Congreso”, una rechifla invadió la plaza central de Zumbahua y la multitud comenzó a gritar: “¡Fuera! ¡Fuera!”. Ese equivalente al “que se vayan todos” argentino, evidenció el hastío de los ciuidadanos de a pie por la politiquería de las últimas décadas.

Correa, graduado en economía por las Universidades de Illinois y Lovaina, afirmó al día siguiente que “nuestra clase dirigente ha fracasado porque los representantes no entienden que deben responder a los ciudadanos”, reiteró su intención de impulsar una “revolución constitucional” y se propuso “terminar con este período de democracias de plastilina”.

Tercer símbolo: el mensaje de unidad iberoamericana. También aquel domingo, Hugo Chávez le entregó a Rafael Correa una réplica de la espada del libertador Simón Bolívar. Al otro día, en su primer discurso como mandatario en la Asamblea Nacional, el economista levantó el obsequio ante el auditorio y proclamó: “Alerta que camina la espada de Bolívar por América Latina”. Antes había dicho que “el nefasto ciclo neoliberal ha sido definitivamente superado, como lo demuestran los pueblos de Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Nicaragua, Uruguay, Venezuela y ahora Ecuador”.

La nueva tendencia en América Latina en este siglo parece ser clara y en Washington se deben estar mordiendo los codos. Atrás quedó el tenebroso folclore con partitura extranjera que alguna vez ejecutaron en el escenario de guignol el ecuatoriano Abdala Bucaram, el peruano Alberto Fujimori, el argentino Carlos Menem, el brasileño Fernando Collor de Melo, la panameña Mireya Moscoso, el nicaragüense Arnoldo Alemán y unos cuantos impresentables más. El “viejo topo” de la historia sigue trabajando.
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