WASHINGTON, CHÁVEZ Y LOS “HIJOS DE PUTA”

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Roberto Bardini

La actual intranquilidad de Estados Unidos respecto a la Venezuela bolivariana del presidente Hugo Chávez contrasta con su despreocupación en el pasado hacia otros países hispanoamericanos dominados por personajes nefastos. Se pueden mencionar, por ejemplo, la República Dominicana de Trujillo (1930-1961), El Salvador de Maximiliano Hernández Martínez (1931-1944), la Nicaragua del clan Somoza (1937-1979), el Paraguay de Stroessner (1954-1989) y el Haití de los Duvalier (1957-1986). Entre los años 60 y 80, Washington respaldó a una serie de tiranuelos centroamericanos y dictadores sudamericanos que iban desde el guatemalteco Efraín Ríos Montt hasta el argentino Jorge Rafael Videla y el chileno Augusto Pinochet.

A todos ellos les calzaba como anillo al dedo la célebre frase del cuatro veces presidente Franklin Delano Roosevelt (1933-1945), promotor de “la política del buen vecino”, al referirse al primer Somoza, fundador de la “estirpe sangrienta”, como la denominó el periodista nicaragüense Pedro Joaquín Chamorro: “Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Lo reafirmó años después el escritor británico John Le Carré, durante una conferencia sobre el fin de la Guerra Fría que dio en Estados Unidos en 1993: “Hicimos héroes a títeres dictadores que no nos hubiéramos atrevido a convidar a entrar a nuestro jardín”.

Ahora el incómodo, rimbombante y verborrágico Hugo Chávez fue autorizado por la Asamblea Nacional venezolana a disponer de poderes especiales hasta mediados de 2008 para “profundizar la revolución bolivariana” y avanzar hacia “la construcción del socialismo”. Durante los próximos 18 meses el ex teniente coronel de paracaidistas podrá legislar sobre asuntos económicos, sociales y tributarios, transformar instituciones del Estado, cambiar normas de seguridad ciudadana y jurídica, ciencia y tecnología, defensa nacional, infraestructura, transporte y servicios. Chávez fue reelegido en diciembre del año pasado para el período 2007-2013 con casi dos tercios de los votos.

El gobierno estadounidense ya anunció que seguirá de cerca la forma en que el presidente venezolano ejerce sus nuevas atribuciones. “Veremos cómo utiliza esos poderes el señor Chávez”, declaró el vocero del Departamento de Estado, Sean McCormack. Y el controvertido ex zar de inteligencia John Dimitri Negroponte –de quien se comenta que llegará al Departamento de Estado para reemplazar a Condoleezza Rice antes de que termine la administración Bush– anunció que Washington asumirá una actitud “más activa” en la región para contrarrestar la influencia de Chávez, quien “está amenazando la democracia” en el continente.

Claro, uno puede preguntarse por qué Washington no siguió más de cerca o adoptó una posición “más activa” en los casos de Trujillo, Hernández Martínez, el clan Somoza, Stroessner, los Duvalier, Ríos Montt, Videla y Pinochet. Porque Chávez tiene algunas diferencias con todos ellos. Para empezar, su vínculo con las urnas. El ex militar logró su primera victoria en las elecciones presidenciales en diciembre de 1998. En diciembre del año siguiente ganó un referéndum convocado para elaborar una nueva Constitución. En julio de 2000 fue ratificado en el gobierno con casi 60 por ciento de los votos escrutados. En diciembre de ese año, ganó casi dos tercios de los votos en otro referéndum sobre la reorganización de las centrales obreras.

En agosto de 2004, cuatro días antes de cumplir cuatro años en el poder, Chávez derrotó a la oposición en otro referéndum convocado para decidir si continuaba o no en el gobierno. En octubre, el chavismo venció en las elecciones para gobernadores y alcaldes en 22 de los 24 estados de Venezuela; únicamente Zulia y Nueva Esparta quedaron en manos de la oposición. En las elecciones parlamentarias de diciembre de 2005 los chavistas se quedaron con todas las bancas del Parlamento luego de que los principales partidos de oposición decidieran retirarse y llamaran a la abstención. Y en las elecciones presidenciales de diciembre de 2006, Chávez fue reelegido mientras su principal contendiente, Manuel Rosales, reconoció su derrota.

Si se trata de identificar o vigilar auténticos “hijos de puta” al estilo rooseveltiano, desde hace muchos años Washington anda mal encaminado.
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