LOS “PROGRES” Y WALSH

El cretinismo progresista no concibe la muerte heroica de un guerrero en combate

Carlos Alberto Falchi

12.jpg La censura no es exclusiva de los sectores que los bienpensantes denominan “reaccionarios”. El “progresismo” también la ejerce en forma entusiasta.

El ejercicio del poder de censura, en el ámbito privado o desde el poder público, no es más que la exteriorización del miedo al cambio, el miedo a la verdad que corroe el mundo imaginario que se elabora el demente.

En su etapa “infantil”, los movimientos revolucionarios combaten la censura, proclaman la libertad, de vida y pensamiento, como cantaban los legionarios del fascismo. En los comienzos la revolución rusa estalló una primavera cultural. En 1945, el infantil peronismo derrochó un humor anárquico y libertario que destrozó a la Unión Democrática.

En su madurez, lamentablemente, el fuego juvenil se apaga y permite el avance de los burócratas, de los defensores de lo “políticamente correcto”, los que luchan denodadamente para impedirle al poeta que proclame:

Hoy necesitamos maestros
no predicadores melenudos…
Camaradas, haced un arte
que saque a la república del fango
(*)

Estos síntomas se agudizan con la llegada al poder, sobre todo cuando se comparte la “caja” con el poder. Se debe evitar cualquier irritación del “cajero”.

Así vemos como “predicadores” formados en la Federación Juvenil Comunista reaccionan como colegialas ofendidas si se cuestiona alguno de sus “sermones”.

No hay lugar para estudiosos, todos los asalariados deben repetir el mismo libreto.

El caso Walsh es emblemático. No solamente se censura su pensamiento. Se censura su historia de vida, se silencia su formación y militancia nacionalista, se trata de hacer creer a la juventud que sus investigaciones periodísticas las publicó el señor Mongo Aurelio.

Recordar a los hermanos Bruno y Tulio Jacobella o a Marcelo Sánchez Sorondo –que en aquellos años difíciles desde los periódicos Mayoría y Azul y blanco dieron a conocer textos de Rodolfo Walsh– es “herético” y, por lo tanto censurable, para los “barones” de la Monarquía Progresista.

La nueva censura es sutil, no quema libros: falsifica imágenes, tergiversa hechos, destruye el idioma.

Ayer escribí, contestando a un artículo: “Tergiversamos y simplificamos el idioma, como ejemplo la prensa conmemoró el asesinato de Rodolfo J. Walsh. No fue asesinado, cayó combatiendo heroicamente empuñando un arma de uso civil contra el armamento de guerra. Aludir a un caído en el campo de batalla –es decir, con honor– como asesinado es una muestra más del cretinismo progresista que no concibe la muerte heroica de un guerrero”.

En síntesis: los “periodistas” entre comillas, escribas a sueldo, de Página 12 –bien rebautizado por el humor porteño como el “boletín oficial”– son temerosos de que jóvenes periodistas (sin comillas) sigan el ejemplo de Rodolfo Walsh, encuentren medios como Mayoría y Azul y blanco y pasemos de esta aburrida y tediosa melodía monocorde a la polifonía.

(*) Vladimir Maiakovski.

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