AQUELLA MUJER

Roberto Bardini

Frank es escocés, mide un metro ochenta y pesa noventa kilos. Desde que le perdí el miedo y nos hicimos amigos, le digo Pancho.

mapa_belice.pngDesde hace diez años, Frank me visita en México todos los veranos. En ese tiempo aprendimos de a poco a no hablar más de aquella mujer por la cual él estuvo dispuesto a matarme en una selva de América Central.

Ha pasado una década y a ella no consigo sacarla de mi cabeza y depositarla en el rincón de los recuerdos lejanos. Siempre hay algún imbécil con un micrófono en la mano –en su país, en mi país o aquí donde estoy– que se ocupa de nombrarla. Y yo, que la conocí por accidente, quiero olvidarme de su nombre y de aquellos dos días en la jungla de Belice.

Cuando digo “por accidente” es más o menos exacto. Al tercer día, cuando ella se despidió y yo supe que nunca más la volvería a ver, me dijo que no había sido ningún accidente. “Hay gente que quiere verme muerta”, me dijo al oído.

heli.jpgSetenta y dos horas antes estábamos con Calypso, el garifuna que era mi guía, en la apretada jungla de El Coral, llena de monumentos mayas ocultos por la maleza, al sur de San Ignacio, cerca de la frontera con El Petén guatemalteco. Andábamos tras el rastro de un ladrón de piezas arqueológicas el gobierno ofrecía siete mil dólares de recompensa por su captura cuando escuchamos el inconfundible ruido de un rotor que no funcionaba. El helicóptero cayó a tierra a menos de un kilómetro de donde habíamos armado el campamento.

Cuando llegamos, habían muerto el piloto, el copiloto y otros tres hombres que –me enteré después– eran custodios de la muchacha de cabello claro. Un cuarto guardaespaldas sólo tenía un golpe en la frente y sangraba; estaba entero, con una pistola en cada mano y expresión de loco. Bajamos nuestros fusiles en señal de amistad. A ella la reconocimos inmediatamente; era más hermosa que en las fotografías e imágenes de televisión. Se había lastimado un tobillo y no podía caminar; hasta con expresión de dolor era hermosa.

Los arrastramos hasta una loma, vimos que no tenían heridas graves, los dejamos descansar unos minutos y nos encaminamos por la espesura hasta nuestro campamento. Les dimos agua, los vendamos y a través de Calypso, que habla inglés, les hice preguntas que no contestaron.

frank.jpgEl tipo, un pelirrojo con el cabello cortado al rape y espaldas cuadradas como un camión blindado, preguntó en inglés cuál era el poblado o destacamento militar más cercano. Calypso le indicó que en San Ignacio, a dos días de camino a pie, había una base británica con un hospital de campaña. El pelirrojo se dio vuelta y consultó con ella en voz baja durante media hora. No pudimos escuchar qué hablaban. Después encaró a Calypso: “Tú, que conoces la zona, vienes conmigo a buscar ayuda”. Me señaló y dijo: “Él se queda con la señora para cuidarla”. Y agregó en voz baja, para que ella no escuchara: “Y dile a Jim de la Selva que si le llega a ocurrir algo a ella, lo voy a encontrar en cualquier rincón del mundo que se esconda, le voy a cortar los huevos y se los voy a hacer comer convertidos en puré”.

Armaron una de nuestras mochilas con provisiones y agua, y se fueron.

jungla.jpgEl tiempo transcurre muy lentamente en la selva si uno no tiene cosas qué hacer y si, además, no se inventa otras para entretenerse. Así que la acomodé lo mejor que pude en mi tienda –que era más amplia– y trasladé mis cosas a la de Calypso. Junté ramas secas para hacer fuego al atardecer, fui hasta un arroyo cercano a buscar agua, recogí algunos mangos, corté una flor para ella. Luego, mientras yo cocinaba carne seca deshebrada con arroz y frijoles, intentamos hablar con frases cortas y monosílabos.

Sentada en un tronco, preguntó mi nombre, a qué me dedicaba y qué estaba haciendo en la selva. Cuando yo no entendía su inglés, ella intentaba en francés. Y cuando yo no comprendía el francés, ella regresaba al inglés. También conocía alrededor de una docena de frases convencionales en castellano. Entendí que su familia tenía amigos en Argentina y que sus dos pequeños hijos habían pasado dos veranos en un campo “de la pampa”. Al final descubrimos que nos comprendíamos muy bien con ademanes, como en un juego de mímica, y nos reímos como adolescentes. Ella era aún más hermosa cuando reía.

Le hice té y lo bebimos en silencio. Estuvimos un rato largo sin hablar, mirando la hoguera.hoguera.jpg Creo que estábamos cansados de tantos ademanes, de tanta mímica. Después, nos despedimos con un apretón de manos y cada uno se metió en su tienda. Di unas cuantas vueltas en mi colchoneta, supe que no iba a poder dormir, salí y me senté cerca de la fogata, con el fusil en las rodillas.

“Nunca nadie me va a creer esto”, pensé. Pasé toda la noche en vela.

A la mañana siguiente, decidí no recorrer las ruinas mayas; ella no podía caminar y no quise dejarla sola. Tampoco fui a buscar leña, ni agua, ni frutas. Sólo me alejé unos metros para cortarle unas cuantas flores. Nos quedamos todo el día en el campamento. Ella habló casi todo el tiempo; tenía una pronunciación perfecta y se expresaba lentamente para que yo entendiera. Me dijo que había viajado a Belice para dar ayuda a niños huérfanos y ancianos sin familia, que estaba recorriendo todo el país. Mencionó Sandringham, el lugar donde nació, una localidad galesa situada en el condado de Norfolk. Habló de sus hermanas Sarah y Jane y su hermano Charles. Me contó del colegio suizo en Rougemont, donde estuvo interna; creí entender que no fue una alumna sobresaliente y que le interesaban más la música pop, la natación y la danza. No mencionó ni una sola vez al padre de sus hijos.

Cuando salió la luna entre los árboles sentí que quería quedarme así toda la vida, que lo último que deseaba era que llegaran a rescatarla.

“Buenas noches, gracias por protegerme”, dijo cuando la ayudé a entrar a su tienda. Y me besó la mejilla como se besa a un amigo.

Una hora después escuché como corría la tela de mi tienda. Entró sin decir una sola palabra, se acurrucó de espaldas a mí y se quedó dormida.

“Nadie me va a creer esto nunca”, me dije. No cerré un ojo en toda la noche.

sold-belize.jpgTemprano en la mañana, cuando estaba encendiendo fuego para preparar un desayuno, escuché motores de helicópteros. Eran tres, y cuando aterrizaron en un claro a cincuenta metros del campamento, ella ya estaba de pie a mi lado, digna y altiva, como si no llevara dos días con la misma ropa y sin bañarse. El primero en saltar a tierra fue el pelirrojo de pelo al rape y comenzó a correr hacia nosotros. Sólo le faltó arrodillarse a los pies de ella.

guardaesp.jpgDespués bajaron soldados que apuntaban con fusiles, bajaron hombres de civil con innecesarias pistolas en la mano, bajó un señor con saco, corbata y aspecto de funcionario preocupado, bajaron un hombre y una mujer vestidos de blanco, seguramente un médico y una enfermera. Los detesté a todos, menos a Calypso, que fue el último en descender del último helicóptero.

El señor con saco, corbata y aspecto preocupado habló con ella diez minutos. Después vino hacia mí, me llevó aparte, se presentó como secretario de la embajada británica y me agradeció “los servicios prestados”… o eso fue lo que entendí. Me dijo que sabían quién era yo, en qué país vivía y dónde trabajaba, que no les iba a resultar difícil encontrarme si les interesaba retomar contacto conmigo… eventually. A pocos metros, el pelirrojo me atravesaba con la mirada y comprendí el mensaje que me enviaba: “Si algún día abres la boca, te voy a encontrar en cualquier agujero que te escondas, te voy a cortar los huevos y te los voy a hacer tragar convertidos en puré”.

Ella se acercó para despedirse con una sonrisa transparente como el cristal. Le extendí la mano y comencé a balbucear en inglés algo sobre el accidente. Desechó el apretón, me besó en la mejilla y susurró en un pésimo español:

No fue un accidente. Hay gente que quiere verme muerta. Y lo repitió en inglés.

No la vi nunca más, obviamente. Los hombres como yo no se relacionan muy seguido con mujeres como ella. Cuando los helicópteros remontaron vuelo y nos quedamos solos con Calypso, sentí que estábamos en el último rincón del mundo, que no me interesaban más los monumentos mayas ocultos en la espesura, ni las recompensas por cazar ladrones de piezas arqueológicas. Sentí ganas de abrir una botella de whisky, terminarla ahí mismo, desmontar el campamento, subirme a un avión e irme a casa para abrir otra botella.

“El cabeza roja quería llevarte a la selva y meterte un tiro en la cabeza”, murmuró Calypso sin mirarme a los ojos.

Regresé a México y pasó el tiempo. Hice un par de trabajos más, me retiré de la actividad con casi la misma cantidad de dinero que cuando empecé y volví al periodismo. Un día, la prensa informó que la muchacha se había divorciado; después, que tuvo algunos amoríos fugaces. Casi siempre era noticia: aparecía en fotos con niños pobres de Calcuta, recorría campos minados en Angola, visitaba mutilados de guerra en Bosnia. Un día de agosto de 1997, ella y su último novio murieron en París. Según las versiones oficiales fue un accidente.

Al pelirrojo volví a verlo. Se llama Frank MacKeamish, nació en un pueblito de Escocia y antes de ser guardaespaldas de ella estuvo en el Special Air Service. A partir de aquel día de agosto me visita una vez por año. Desde hace diez años me trae cigarros Dunhill y cuatro botellas de whisky de nombres impronunciables, de una sola malta, producido en las tierras altas del Great Glen.

Con Frank hablamos poco. Nos quedamos sentados y en silencio, mientras escuchamos una y otra vez la misma canción:

Goodbye England’s rose,
may you ever grow in our hearts.
You were the grace that placed itself
where lives were torn apart.

Bebemos y fumamos en este ritual, homenaje o lo que sea que ya lleva una década. Frank me sigue llamando “Jim de la Selva” y apenas sonríe con desgano cuando le digo: “Pancho, nunca lograrás abrirme la boca para hacerme tragar puré”.

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