LA HORA FINAL DE CASTRO

Roberto Bardini

El título está tomado del libro publicado en 1992 por el periodista argentino naturalizado estadounidense y columnista del Miami Herald, Andrés Oppenheimer, por el que ganó el Premio Ortega y Gasset en España. Son más de 400 páginas, resultado de una estadía de seis meses en Cuba y más de 500 entrevistas a partidarios y opositores, menos al personaje objeto del libro. La contratapa prometía revelar “la historia secreta detrás del gradual derrumbe del comunismo en Cuba”, pero transcurrieron 16 años y el no-entrevistado se retira del gobierno luego de cumplir casi medio siglo en el poder, el comunismo aún no se derrumbó en la isla y, como bromean algunos colegas, Oppenheimer no devolvió el premio.

tad.jpgMás suerte con Castro tuvo Tadeusz Witold Szulc, un judío polaco de familia rica que fue joven reportero de Associated Press en Brasil, luego encargado de cubrir la ONU para United Press y, finalmente, célebre corresponsal y enviado especial del New York Times durante 15 años. Conocido mundialmente como Tad Szulc, era un dandy aficionado a la buena cocina y con excelentes vínculos en la alta sociedad de Washington y Nueva York. Ninguna de estas características atenuó su minuciosa curiosidad de investigador, que para la CIA lo hizo sospechoso como “izquierdista”.

Autor de 25 libros y fallecido en 2001 a los 74 años, Szulc nunca fue correa de transmisión de los poderosos ni propagandista de ninguna ideología porque era un aristócrata como persona y como profesional. Entrevistó a Castro por primera vez en 1959 cuando recién había triunfado la revolución y volvió a entrevistarlo en 1961, después de la invasión estadounidense a Playa Girón. Desde entonces, a diferencia de Oppenheimer, llegaba a La Habana cuando quería.

En abril de 1984, el periodista publicó en Parade Magazine una charla que da el tono de la relación que mantenía con el líder:

“Conocí a Castro hace 25 años, cuando yo era un joven periodista del New York Times y acababa de triunfar la revolución cubana. Tuvimos en esa época muchas largas conversaciones en las que Castro me iba explicando lleno de entusiasmo los planes del futuro revolucionario. En 1961, poco después de la abortada invasión de bahía Cochinos, regresé a Cuba, donde recorrí, acompañado de Castro, el escenario de la batalla. Habían pasado 23 años desde nuestro último encuentro y me hallaba ahora en el espacioso y sencillo despacho de Castro en el palacio de la Revolución, de La Habana, retornando la conversación donde la habíamos dejado hacía una generación.

“A sus 57 años, Fidel Castro parece mantenerse en una forma física impresionante. Está más delgado que antes y sus reflejos son asombrosos (como pude comprobar cuando estuvimos cazando patos ese domingo), y su energía no ha disminuido.

“Mientras escuchaba a Castro, tenía la impresión de que no habían pasado los años. Nuestra relación parecía la misma, como si estuviéramos continuando una conversación que había empezado una tarde hacía un cuarto de siglo. Efectivamente, su inteligencia y su retórica eran más agudas aún que cuando éramos jóvenes”.

En 1986, el reportero estrella publicó Fidel, un retrato crítico, hasta el momento la mejor biografía sobre el personaje, que no cae en odas al “comandante internacionalista” ni en ataques al “dictador comunista”. Szulc convenció a Castro de que no existía una “biografía seria” de él. Y el personaje, que de antemano sabía que no le iba a gustar lo que el periodista iba a escribir, aceptó: le abrió todas las puertas, lo abrumó con datos, no dejó pregunta sin responder y estuvo de acuerdo en no revisar los originales antes de su publicación.

Y, efectivamente, a Castro el libro no le agradó pero Szulc se transformó en el biógrafo más fiable de todos los que acometieron la tarea, entre los que se encuentran el español Ignacio Ramonet, el chileno Jorge Edwards, el brasileño Frei Betto, el cubano Norberto Fuentes y, desde luego, el argentino naturalizado estadounidense Andrés Oppenheimer.

Dieciséis años atrás, mientras leía el libro de Oppenheimer recordé una anécdota. A fines de diciembre de 1989 me encontraba en Buenos Aires en medio de un problema: tenía que renovar mi pasaporte argentino –trámite poco amable que se hacía en la Policía Federal y duraba 21 días hábiles– pero mi pasaje de regreso a México estaba marcado para la segunda semana de enero. Un periodista amigo me pasó el dato de una cubana anticastrista que tenía vinculaciones con varios comisarios y se ocupaba de agilizar estas gestiones extraoficialmente a cambio de una tarifa razonable.

La señora –una morena impactante y muy cálida– tenía un pequeño local lleno de chucherías de plástico frente al Departamento de Policía, que era la tapadera de su verdadero negocio. Cuando fui a verla, me escuchó cinco minutos y durante una turbulenta media hora habló pestes de Fidel. A la semana, me entregó mi pasaporte renovado. En agradecimiento quise pagarle un poco más del precio convenido, pero se negó.

“Oye, no”, me dijo. “Fijamos un precio y te lo voy a respetar. Ahora si tú quieres hacerme un regalito, alguna baratija, eso es otra cosa. Si algo nos enseñó aquel grandísimo hijueputa que tú ya sabes, es a tener dignidad”.

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