EL COMPLEJO ARTE DE NARRAR

Roberto Bardini

chandler.jpgEn enero de 1944, Raymond Chandler le escribe una carta a James Sandoe, crítico de novelas del New York Herald-Tribune, en la que afirma: “Muy de vez en cuando el autor de novelas de detectives es tratado como un escritor, pero muy raramente”. Chandler intercambió numerosa correspondencia con Sandoe, en la que este tema estuvo siempre presente. En octubre de 1948 le comenta: “No hay trabajos críticos de primera calidad sobre la novela de crímenes o de misterio. Ni en este país ni en Inglaterra hay reconocimiento por parte de la crítica de que se encierra mucho más arte en los representantes de estas obras que en cualquier cantidad de gruesos volúmenes de mentirosa historia o de basura con significado social”.

Chandler sabía, desde luego, y así lo dejó asentado, que “el crítico común jamás reconoce un mérito cuando existe; lo explica cuando se ha vuelto respetable”.

En abril de 1949, el autor de El largo adiós vuelve a la carga en otra carta a Sandoe: “Pienso que algunos escritores están constreñidos a escribir con frases rebuscadas a manera de compensación por la ausencia de algún tipo de emoción animal natural. No sienten nada, son eunucos literarios y, por lo tanto, para probar su individualidad, caen en una terminología oblicua”. Y en junio de aquel año, retoma la cuestión: “La clase de gente educada pero semiculta con la que uno se encuentra hoy en día, me dice más o menos esto: «Usted escribe tan bien que estoy convencido que podría hacer una novela seria»”.

En octubre de 1955, Chandler le escribe a Hillary Waugh, otro autor de novelas policiales: “No discuto que un gran número de obras policiales son mediocres, pero gran número de libros de cualquier género son mediocres. El peor de nosotros derrama su sangre en cada capítulo. El mejor empieza de cero con cada nuevo libro. A ningún escritor de obras policiales que yo haya conocido se le cruzó jamás por la cabeza que lo que hacía no valía la pena hacerlo; lo único que deseaba era poder hacerlo mejor. Yo tuve la suerte de ser uno de los afortunados y, créame, hace falta suerte”.

Un poco antes de la caída del Muro de Berlín y la Unión Soviética junto con el derrumbe de los sueños de por lo menos tres generaciones, el escritor siciliano Leonardo Sciascia derribaba una pared de prejuicios literarios al declarar: “Encuentro que la técnica de la novela policíaca es hoy la más honesta porque tiene vocación de narrar”. Cuando Sciascia nació, Chandler tenía 41 años. De haberse conocido personalmente, sin duda los dos se hubieran llevado muy bien.

A más de medio siglo de la época en que estas cuestiones molestaban a Chandler, las cosas han cambiado: ahí están, para quien quiera verlas, las colecciones de novela policial del estilo hard boiled de editoriales tan prestigiosas como Mondadori y Gallimard. El espacio se ha ampliado ahora a novelas de espionaje, intriga política y aventura. Y poco a poco va siendo ocupado por numerosos autores españoles y latinoamericanos, muchos de ellos provenientes de las filas del periodismo y de la militancia revolucionaria en repliegue y, en el caso de Estados Unidos, con la incorporación de veteranos ex policías –generalmente decepcionados– que saben de lo que escriben y, además, escriben bien.

Sin embargo, subsisten quienes se empeñan en afirmar que existe una contradicción entre literatura “seria” y de la otra, entre obra mayor y “menor”, entre género y “subgénero”. Cada vez con menos fuerza y menores argumentos, es cierto, pero persiste. Todavía hoy se escucha alguna voz carente de esa “emoción natural animal” que reclamaba el creador del detective Philip Marlowe.

A todas estas expresiones también se adelantó Chandler. En el prólogo a algunos de sus cuentos publicados entre 1934 y 1939, ya había detectado cierto tipo de lectores que padecían un raro síndrome de inmuno deficiencia literaria. En unas pocas líneas que también parecen redactadas como una respuesta anticipada a los paladares exigentes, Chandler escribió:

Hay quienes creen que la ficción detectivesca es un subgénero literario, y no tienen para ello mejores argumentos que el de que por lo menos no se atasca en oraciones subordinadas, complicada puntuación o subjuntivos hipotéticos. Están quienes las leen cuando están cansados o enfermos, y por la cantidad de novelas de misterio que consumen deben estar muy enfermos o muy cansados”.

Luis Cernuda, en su prólogo de 1961 a la edición española de Cosecha roja, sostiene que Dashiell Hammett “escribe en la época cuando la ley seca y las bandas de gangsters daban a la vida norteamericana un carácter especial” y que “supo ver y expresar aquel ambiente con su vacuidad singular, dotándolo, por la reticencia y la aguda notación psicológica con que lo expone, de un valor novelesco indudable”.

Dejemos de lado eso de “vacuidad singular” y “aguda notación psicológica” y disculpemos a Cernuda, a quien apreciamos mucho. Después de todo él era poeta, fue profesor de Literatura en Cambridge y en universidades de México y Estados Unidos, estuvo exiliado luego de la Guerra Civil de España y no frunció la nariz ante la novela policial.

“Nuestro escrúpulo excesivo nos está llevando a esperar de Dashiell Hammett cosas que él, probablemente no pretendía ni buscaba; ya es bastante lo que nos da: realidad, consistencia, interés”, escribe Cernuda. “La obra de Hammett posee siempre la facultad de entretener poderosamente al lector. ¿Cuánto tiempo durará en ella dicha facultad? Nadie puede responder a eso. Los tiempos cambian y las diversiones humanas también; lo único que no cambia es la sempiterna necesidad humana de entretenimiento”.

Y sí, los tiempos cambian y también las diversiones. Ahora hay gente que lee menos y va más al teatro o al cine, o prefiere ver videos en su casa o se apasiona por los jueguitos en la computadora. Hay personas que después de haber asistido a ochenta representaciones teatrales o haber leído noventa poemarios o haber escuchado cien conciertos, concluyen en que no le gustan ni el teatro, ni la poesía, ni la música.

Claro que esta gente me recuerda un poco al episodio del “macho probado” en Boogie el Aceitoso. Sí, aquel hombrote moreno y de grandes bigotes, que para estar absolutamente seguro de que no le gustaba una preferencia sexual poco viril, probaba y probaba y probaba. Y para estar absolutamente seguro, hacía veinte años que seguía probando sistemáticamente una vez por semana.

Luis Cernuda falleció en 1963 y no conoció a Boogie. Pero como era poeta y profesor de literatura, él recuerda que Miguel de Cervantes ya antaño sabía algo de entretenimiento, como indica el prólogo a sus Novelas ejemplares en 1613: “Que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los oratorios, no siempre se asiste a los negocios por calificados que sean: horas hay de recreación donde el afligido espíritu descanse”.

Más entusiasta, André Guide escribe en su Diario el 12 de junio de 1942: “He podido leer con asombro bien cercano a la admiración, Cosecha roja (a falta de La llave de cristal, tan recomendado por Malraux)”. Y el 16 de marzo de 1943 apunta: “He leído con vivísimo interés (¿y por qué no atreverme a decir que con admiración?) El halcón maltés, de Dashiell Hammett… En lengua inglesa o, por lo menos, norteamericana, mucha de la sutileza en los diálogos me pasa desapercibida; pero en Cosecha roja esos diálogos, conducidos con mano maestra, son cosa para enfrentarla con Hemingway y hasta con Faulkner”.

El teórico trotskista Ernest Mandel, de cierta notoriedad en los años 70, logró sustraerse a muchas de las desviaciones del capitalismo, pero también sucumbió ante la novela policial. Culposamente, es cierto, pero se dejó envolver en sus redes. En Crimen Delicioso – Historia Social del Relato Policiaco (editorial de la Universidad Nacional Autónoma de México, 1986), Mandel se pregunta, atormentado: “¿Soy sólo una víctima de la ideología burguesa absorbida por el remolino junto con millones de otros desafortunados?”. Por un momento parece que Mandel “pacta con la masa y baja a la calle”. Pero no: como buen trotskista europeo no se puede permitir la más mínima duda terrenal, rápidamente recupera su ortodoxia y cruza a la vereda de enfrente. La novela policial, dice, es “socialmente inútil a las mayorías”.

simplearte.gifNuevamente démosle la palabra Chandler a través de El simple arte de matar, redactado en 1944:

“En la actualidad abunda ese tipo de hipocresía moral y social. Agréguesele una dosis liberal de presuntuosidad intelectual, y se obtendrá el tono de la página literaria de su periódico y el sincero y fatuo ambiente engendrado por los grupos de discusión de los pequeños clubes. Ésas son las personas que apuntaban a los best sellers, que son trabajos de promoción basados en una especie de explotación indirecta del esnobismo, cuidadosamente escoltados por las focas adiestradas de la fraternidad crítica, y cuidados y regados con amor por ciertos grupos de presión demasiado poderosos, cuyo negocio consiste en vender libros, aunque prefieren que uno crea que están estimulando la cultura. Atrásese un poco en sus pagos y verá cuán idealistas son”.

Más adelante agrega: “En cuanto a la literatura de expresión y la literatura de evasión, pertenece a la jerga de los críticos, es una utilización de palabras abstractas como si tuvieran significados absolutos. No hay temas vulgares; sólo hay mentalidades vulgares. Todos los que leen escapan de algo hacia lo que hay detrás de la página impresa: puede discutirse la calidad del sueño, pero la liberación que nos ofrece se ha convertido en una necesidad funcional. Todos los hombres tienen que escapar en ocasiones del mortífero ritmo de sus pensamientos íntimos. Ello forma parte del proceso de la vida entre los seres pensantes”.

Y luego viene una conclusión, no como las soberbias pontificaciones de los especialistas en “análisis literario”, sino de ésas que hacen que uno se muerda los codos y exclame: “Carajo, ¿cómo se hace para escribir con esa puntería?”. Dice Chandler:

No tengo predilección especial por la novela detectivesca como evasión ideal. Simplemente digo que todo lo que se lee por placer es una evasión, se trate de un texto en griego, de un libro de matemáticas, de uno de astronomía, de uno de Benedetto Croce o de El diario del hombre olvidado. Decir lo contrario es ser un esnob intelectual y un principiante en el arte de vivir”.

Años más tarde, en sus Apuntes sobre la novela policíaca (1949), Chandler plantea algunas líneas, que resumo:

1. Las buenas novelas policíacas son releídas, y en ocasiones repetidas veces. Es evidente que eso no se produciría si la única fuente de interés para el lector fuera el enigma. La novela policíaca que resiste el peso de los años posee invariablemente las cualidades de una buena novela.

2. Se trata de un género que nunca ha decaído. Y a ello se debe el error de los que anuncian su decadencia y su desaparición. Los académicos nunca se han metido con ella. Sigue siendo demasiado fluida y variada como para admitir una fácil clasificación, y su influencia sigue siendo aún muy extensa.

3. La novela policíaca ha dado la mayor cantidad de mala literatura que cualquier otra forma de ficción, y probablemente mayor cantidad de buena literatura que cualquier otro género literario de tan amplia aceptación y estima.

En abril de 1949, Chandler le escribe a Hamish Hamilton, su editor en Gran Bretaña, unas líneas que deberían figurar en todos los frontispicios de facultades de letras, revistas culturales, secciones literarias dominicales y clubes de papagayos propensos al “análisis literario”. La modestia, el tono bajo, la sencillez y la austeridad también tienen una grandeza mayor que la que ocupa lugar por su estridencia. En esas líneas memorables, Chandler opina, como quien se reclina en el sillón, se toma un whisky y se fuma una pipa:

“A Shakespeare le hubiera ido bien en cualquier generación, porque se hubiera negado a morir en un rincón; habría tomado a los falsos dioses y los habría hecho de nuevo; habría tomado las fórmulas corrientes y las habría convertido a la fuerza en algo que a hombres de menor talla les hubiera parecido imposible de lograr. Si hoy viviera, no cabe duda de que hubiera escrito y dirigido películas, obras de teatro y Dios sabe qué. En vez de decir: «Este medio no es bueno», lo hubiera usado y hecho bueno. Si alguna gente hubiera dicho que parte de su trabajo era barato (y parte de él lo es), le habría importado un pito, porque a él no se le hubiera escapado que, sin alguna vulgaridad, no hay hombre completo. Hubiera detestado el refinamiento como tal, porque siempre implica una retirada, un encogimiento, y él era demasiado bravo como para encogerse ante nada”.

Shakespeare, como Sófocles o Pirandello, eran hombres que se limitaban a pensar y hacer pensar a los demás o simplemente a entretenerlos con obras acerca de lo que sucedía en sus respectivas épocas. O, para decirlo con una fórmula muy manoseada, eran hombres comprometidos con los temas de su tiempo. Hubo escritores más actuales que, por el tratamiento de sus temas y sus gustos e inclinaciones, parecen más comprometidos con el tiempo de Sófocles, Shakespeare y Pirandello que con el que les ha tocado vivir.

Porque esta etapa, no nos engañemos, no es un tiempo de leyendas nórdicas, mitologías célticas, malevos trágicos y gauchos que parecen centauros que galopan sobre la estepa y entre la tundra. Es un tiempo de poderes implacables, corrupción política, negociados, escándalos financieros, auge de los servicios de inteligencia, sofisticación en los métodos de vigilancia y control, mafias, tráfico de drogas, prostitución forzada, comercio de armas, desmembramiento de países, violencia e injusticia.

Y para terminar, que una vez más tome la palabra Chandler, a quien le basta y sobra para defenderse solo en El simple arte de matar: “Que se me muestre a un hombre o a una mujer incapaz de soportar una novela policial: se tratará, sin duda, de un tonto; un tonto inteligente –es posible– pero de todos modos un tonto”.

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