ADOLFO SALDÍAS Y “EL LODAZAL SANGRIENTO DE LA PRENSA ARGENTINA”

[Tercera y última nota]

Roberto Bardini

Ya se dijo que aunque la historia nunca se repite, quizás sea cierto que a veces reitera como farsa lo que antes fue tragedia. Por eso, en algunos momentos conviene recordar un pasado que cotidianamente se reestrena, cuando el enfrentamiento entre unitarios y federales de ayer parece prolongarse entre liberales y nacionales de hoy.

El caso del abogado, político e historiador Adolfo Saldías, fallecido en Bolivia el 17 de octubre de 1914, a los 65 años, y considerado como iniciador del revisionismo histórico argentino, es elocuente. Fue liberal, admirador de Bartolomé Mitre –a quien consideraba un maestro– y uno de los fundadores de la Unión Cívica Radical en 1891. Sin embargo, hoy es –siempre fue– ignorado por la Academia Nacional de Historia, la prensa de efemérides, las generaciones jóvenes e, incluso, la gran mayoría de radicales contemporáneos.

En Argentina siempre hubo motivos para justificar silenciamientos, rendiciones, omisiones, ejecuciones y desapariciones. En el caso de Saldías, su falta grave fue escribir tres tomos de Historia de Rosas y su época, publicados de 1881 a 1887, que se transformaron en cinco volúmenes titulados Historia de la Confederación Argentina en 1892. Con abundante documentación de la época, ofrece una imagen del Restaurador y sus adversarios muy distinta a las versiones unitarias que circulaban hasta entonces y que aún persisten.

La minuciosa y honesta obra de este escritor liberal fue el equivalente a un crimen de lesa patria. José María Rosa lo resume en el ensayo “Adolfo Saldías y la génesis de la Historia de la Confederación Argentina”, publicado en 1960:

“Después llegaría el silencio. Los diarios cobraron una repentina afonía, los críticos enmudecieron, los escritores callaron […]. Nadie hablaba, nadie escribía, nadie comentaba el libro que él creyera iba a conmover a la Argentina. No había ataques ni elogios. […] Nadie comentaba en público el Rosas, pero desaparecía de los anaqueles. Al año de ponerse a la venta el tercer tomo, ya no quedaba un solo ejemplar. ¿Éxito genuino o maniobra de algunos para hacerlo desaparecer? Por consejo de Irigoyen lo volvió a editar, cambiándole el nombre: ahora se llamaría Historia de la Confederación Argentina. La palabra ‘Rosas’ era todavía demasiado fuerte para un libro argentino de historia”.

Para los cenáculos liberales –que más de un siglo después aún mantienen bajo secuestro a la historia, la educación, la cultura y los medios de comunicación– Saldías continúa siendo un “maldito”, uno más entre tantos otros condenados por el index unitariensis.

Hoy, cuando ha estallado la controversia entre periodismo “militante” versus periodismo “independiente”, Saldías adquiere una vigorosa actualidad. Su descripción de la época de Rosas puede aplicarse al cotidiano campo de batalla en el que se miden sin tregua una militancia oficialista acrítica, que abarca los errores, y una enceguecida oposición a todo, que incluye los aciertos.

El historiador menciona “el lodazal sangriento en que se revolcaba en 1843 la prensa argentina de Buenos Aires y Montevideo” y lo describe con estas palabras: “Nunca como entonces se dio mayor publicidad a hechos más bochornosos para un país. Nunca se llevó más allá la diatriba y el insulto en la polémica. Nunca se exageró más las manifestaciones del odio político, en fuerza de la inaudita vanagloria de convencer a los extraños, cuya alianza se buscaba, de que había en la República Argentina una raza de caníbales”. Parecen líneas redactadas hoy.

Cuando se refiere al periodista José Rivera Indarte (1814-1845), autor de las Tablas de sangre y santo patrono de la prensa “independiente”, lo define como un “incansable propagandista de los odios que desgarraron su patria”, que vivía un “estado de combatividad sangrienta” y un “apostolado de difamación”.

Y hay una conclusión de Saldías sobre este calumniador profesional que se puede aplicar, con o sin copyright, a varios comunicadores actuales de la prensa escrita, la radio y la televisión: “De todos sus trabajos no se extrae una sola idea para el porvenir de su patria”.

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