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LOS QUE LLORAN Y LOS QUE LUCHAN

22 octubre 2010

Roberto Bardini

“No nos van a callar aunque esta lamentable saga tenga que terminar con un muerto si el gobierno así lo decide”, dijo Joaquín Morales Solá, columnista del diario La Nación y periodista del Grupo Clarín, el 29 de abril de este año en el Congreso.

Su vaticinio se cumplió el 3 de septiembre, pero el muerto no pertenecía a las filas que representa el comunicador, quien estaba acompañado en el recinto parlamentario por Magdalena Ruiz Guiñazú, Luis Majul, Daniel Santoro, Gustavo Silvestre, Marcelo Bonelli, Edgardo Alfano, Ricardo Kirschbaum y Fanny Mandelbaum.

La víctima –muy distante de ese ámbito mediático– era Adams Ledesma, un periodista y trabajador social boliviano de 33 años, asesinado en la Villa 31 bis, director de la TV comunitaria Mundo Villa y delegado de la manzana en la que vivía desde una década y media atrás.

La Villa 31 bis, asentada en terrenos que pertenecen al Ferrocarril General San Martín en el barrio de Retiro, ocupa una superficie aproximada de 10 hectáreas compuesta por 15 manzanas, y constituye un dolor de cabeza para el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. El Jefe, Mauricio Macri, desde la campaña electoral manifestó interés en la zona y desde hace meses promueve su erradicación con el argumento de que no puede ser urbanizada y que genera aumento en los impuestos.

Dos meses antes de su muerte, cuando inauguró la señal de televisión, Adams Ledesma había declarado: “Vamos a hacer periodismo de investigación, a filmar a los famosos que vienen en 4×4 y BMW a comprar droga”.

Ni Morales Solá, ni la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA), ni la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) se refirieron al hecho. Y el diario La Nación lo registró en un editorial, autocríticamente tardío, más de un mes después.

Treinta y seis años atrás, en esa misma villa fue asesinado de cinco balazos el sacerdote Carlos Mugica, de 43 años, vinculado al Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo y fundador de la parroquia Cristo Obrero. El crimen, que inicialmente se atribuyó a una lucha interna de la “tendencia revolucionaria” del peronismo, fue perpetrado el 11 de mayo de 1974 por Rodolfo Eduardo Almirón, ex inspector de la Policía Federal y uno de los fundadores de la Triple A. [Ver al final del artículo, el comentario aclaratorio de Alejandro Pandra]

Ahora, la muerte en Avellaneda a manos de una patota sindical ferrocarrilera del joven Mariano Ferreyra, un estudiante, trabajador y militante político de 23 años, vuelve a confirmar que en general las víctimas fatales pertenecen a “otro bando”, sin acceso directo a las columnas editoriales ni a los programas de radio y televisión.

El mismo “bando”, por ejemplo, al que pertenecían Maximiliano Kosteki, de 25 años, y Darío Santillán, de 21, de la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón. Los dos fueron asesinados por policías el 26 de junio de 2002, durante la represión a una protesta piquetera en el Puente Pueyrredón, a pocas cuadras de donde mataron a Ferreyra.

En cierta forma ése también es el “bando” de Jorge Julio López, el albañil y ex militante barrial peronista de 77 años, desaparecido el 18 de septiembre de 2006 cuando se dirigía a la audiencia final del juicio al ex comisario Miguel Etchecolatz, de la Policía Bonaerense.

En las semanas previas, López –que ya había sido desaparecido anteriormente, desde octubre de 1976 hasta junio de 1979– aportó un testimonio clave al juicio a Etchecolatz. El ex comisario fue condenado como autor de “delitos de lesa humanidad cometidos en el marco del genocidio que tuvo lugar en la República Argentina entre los años 1976 y 1983”, como expresó el tribunal al dar a conocer la sentencia.

Otro crimen perpetrado hace 17 años que aún permanece sin esclarecer fue el del periodista Mario Bonino, reportero deportivo en los diarios Popular, Sur y La Razón, que trabajaba en el área de prensa de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA).

Bonino, de 37 años, desapareció el 11 de noviembre de 1993 –durante el gobierno del presidente Carlos Menem– mientras distribuía comunicados por agresiones a periodistas. Cuatro días después, su cuerpo fue hallado en el Riachuelo. Las pericias legales determinaron que había sido asesinado.

En la madrugada del 14 de noviembre, horas antes de aparecer su cadáver, tres individuos entraron al edificio de la Obra Social de los periodistas y golpearon con caños de hierro en la cabeza al sereno, que sufrió conmoción cerebral. A la mañana, la UTPBA recibió un llamado telefónico anónimo y una voz femenina amenazó: “Lo que les pasó anoche les puede volver a pasar”.

La posición del gobierno de Menem –de acuerdo con compañeros de Bonino en la UTPBA– osciló “entre ignorar el tema, calificarlo como un suicidio y, ante la evidencia contundente de que se trataba de un crimen, adjudicárselo a sectores mafiosos”.

Los casos de Ledesma, Mugica, Kosteki, Santillán, Ferreyra, López, Bonino –y otros, como el del fotógrafo José Luis Cabezas, asesinado en Pinamar en enero de 1997– se resumen en la jerga policial y de los servicios de informaciones con una lapidaria frase: “Tirar un muerto”.

La tétrica expresión es muy similar a la utilizada por Morales Solá durante su visita al Congreso en abril: “No nos van a callar aunque esta lamentable saga tenga que terminar con un muerto”.

Sin embargo, mientras el periodista y todos sus colegas aún continúan hablando a buen resguardo, son otros los que lamentablemente terminan muertos.

DARDO CABO Y LA MUERTE DE VANDOR: SIETE FALACIAS

9 enero 2010

Roberto Bardini

Dardo Cabo

Hay quienes sostienen que “la duda es una jactancia de los intelectuales”. Pero a mí nunca me “cerró” que Dardo Cabo, formado en los años de la Resistencia Peronista y forjado desde la adolescencia en el ámbito sindical, haya participado directa o indirectamente en 1969 del asesinato de Augusto Timoteo Vandor, secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM).

Hijo del legendario sindicalista metalúrgico Armando Cabo –hombre de la vieja guardia peronista muy cercano a Evita, encargado de la frustrada creación de milicias sindicales en 1951 y peso pesado de la Resistencia– Dardo saltó a las primeras planas de las noticias el 28 de septiembre de 1966. Ese día, junto con su novia, la periodista y dramaturga Cristina Verrier, y otros 16 muchachos, encabezó el desvío de un avión hacia las Islas Malvinas, donde desplegaron siete banderas argentinas. Esa pequeña gran gesta se conoce como Operación Cóndor.

Dardo Cabo fue asesinado por el ejército el 6 de enero de 1977, una semana después de cumplir 36 años. Había estado preso, en distintos momentos de su agitada militancia política, exactamente la mitad de su vida. Afortunadamente, le sobreviven muchos que pueden dar testimonio por él.

LOS HECHOS

El Lobo

El asesinato de Augusto Vandor fue a las 11:40 de la mañana del 30 de junio de 1969, en la sede que la UOM tenía en La Rioja Nº 1945. El general Juan Carlos Onganía –cuyas únicas lecturas se reducían a reglamentos militares, folletos de formación católica y revistas ilustradas sobre cría de caballos– había cumplido el día antes tres años como presidente de facto.

Aquel día, cinco hombres jóvenes entran al local sindical con credenciales falsas de empleados de Tribunales y la Policía Federal. Reducen a los dos custodios de la puerta y a todas las personas que encuentran a su paso. Tres de ellos suben al primer piso, ubican a Vandor y le disparan seis balazos calibre 45. Conocido como “El Lobo” y astuto interlocutor del gobierno militar, el dirigente muere poco después en la ambulancia que lo lleva al sanatorio de los metalúrgicos.

Un desconocido Ejército Nacional Revolucionario (ENR) se atribuye el asesinato, al que denomina Operación Judas. Catorce meses después, el ENR vuelve a ser noticia: el 27 de agosto de 1970, mata a tiros a José Alonso, dirigente de la Asociación Obrera Textil.

Después del golpe del 24 de marzo de 1976, ciertos informadores –con certeza, empleados de los poco confiables servicios de inteligencia autóctonos– hacen circular la versión de que Dardo Cabo ha participado en este crimen junto con el periodista Rodolfo Walsh y Carlos Caride, un militante histórico de la Juventud Peronista. Afirman que Walsh planificó el operativo, Cabo trazó el plano de la sede de la UOM y Caride suministró las armas. Alguno va más allá y asegura que Dardo fue uno de los que entró, arma en mano, al local sindical. Todas estas versiones configuran un frágil conjunto de falacias.

PRIMERA FALACIA: LA PARTICIPACIÓN DE CARIDE

Según la Real Academia Española, “falacia” es “engaño, fraude o mentira con que se intenta dañar a alguien”. En Wikipedia figura una definición del filósofo y profesor de lógica estadounidense Irving Copi: “Razonamiento lógicamente incorrecto, aunque psicológicamente pueda ser persuasivo”.

A los “serviciales” periodistas les hubiera bastado revisar los diarios de la época para enterarse que Carlos Caride, uno de los fundadores de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), estaba preso cuando murió Vandor. Había sido detenido el 24 de abril de 1969 en un departamento de la calle Paraguay, después de resistir a tiros un allanamiento de la Policía Federal y matar a un oficial. Salió en libertad el 25 de mayo de 1973, con la amnistía para los presos políticos ordenada por el efímero presidente Héctor Cámpora.

Caride no puede rebatir la acusación de haber participado en la muerte del “Lobo”. Fue asesinado en 1976. Walsh, tampoco. Murió el 25 de marzo de 1977, resistiendo con una ridícula pistola 22 a un grupo de tareas de la marina.

SEGUNDA FALACIA: LA FECHA

Mucha de esta información errónea puede hallarse en Aramburu, el crimen imperfecto, libro publicado en 1987 por Eugenio Méndez. Allí se dice: “El último en incorporarse [al Ejército Nacional Revolucionario], a comienzos de 1969, apenas salido de la prisión de Ushuaia luego de cumplir tres años por el Operativo Cóndor de las islas Malvinas, fue Dardo Cabo”.

Si se entiende que “comienzos” de año incluye enero, febrero, marzo y abril, que “mediados” de año abarca mayo, junio, julio y agosto, y que “fines” de año contiene a septiembre, octubre, noviembre y diciembre, entonces hay una segunda falacia: Cabo sale en libertad condicional el 29 de mayo de 1969, es decir a mediados de año y apenas un mes antes de la muerte de Vandor.

La fecha de salida de la cárcel de Ushuaia figura en el prontuario Nº 25/66 bis de la Policía Territorial de Tierra del Fuego y lleva la firma del comisario Gregorio Manuel Albornoz, jefe de la División Judicial. Cualquiera puede solicitar una fotocopia.

TERCERA FALACIA: 21 DÍAS PARA “FABRICAR” UN ASESINO

Dardo Cabo llega a Buenos Aires en la primera semana de junio, tras dos años y siete meses de cárcel. ¿Se suma inmediatamente a un grupo clandestino –en el que no conoce a nadie y cuyos miembros provienen de una militancia muy distinta a la de él, que es un peronista ortodoxo– para asesinar a Vandor a fines de ese mes? Suena un poco vertiginoso.

Dardo Cabo y Cristina Verrier

Lo cierto es que en las tres semanas que transcurren entre su arribo a Buenos Aires y la muerte del líder de la UOM, Cabo se dedica a algo muy distinto a la planificación de una muerte. Se dedica a comer comida decente (en prisión sólo le daban guiso de carnero capón), dormir, llamar a viejos compañeros. Se dedica al reencuentro con su mujer, Cristina Verrier, quien permaneció detenida siete meses y con la que se casó en la cárcel. Y, fundamentalmente, se dedica a conocer a la pequeña hija de ambos: María.

La nena tiene poco más de un año y ha nacido mientras él estaba en prisión. Apodada cariñosamente “la Tata”, se llama María en recuerdo de la madre de Dardo, María Campano, fallecida de un derrame cerebral el 16 de junio de 1955, mientras los aviones de la marina bombardeaban la Plaza de Mayo.

CUARTA FALACIA: UN VANDORISTA ANTIVANDORISTA

“Cuando Dardo sale de la cárcel, aprovecha su relación con la UOM y comenzamos a trabajar como obreros metalúrgicos. Él va a la fábrica de frenos Tensa, en Munro, y yo a una fábrica de envases de aluminio”, me cuenta en 1999 el veterano militante peronista Omar Marinucci. “Estábamos recién llegados al gremio y le quisimos hacer una rosca a Victorio Calabró, que era el delegado de la UOM en Vicente López y que en 1974 terminó como gobernador de la provincia de Buenos Aires; resultado: nos echaron a los dos”.

Este relato parece más cercano a la realidad. Ex cadete y repartidor del periódico Palabra Argentina –fundado por Alejandro Olmos en noviembre de 1955, después del derrocamiento de Perón– y amigo de Cabo desde los 15 años, Marinucci fue el responsable de prensa de la Operación Cóndor en septiembre de 1966.

Américo Rial es otro añejo militante del peronismo. El 9 de junio de 1961 fue uno de los fundadores del Movimiento Nueva Argentina (MNA) junto con Dardo Cabo, Rodolfo Pfaffendorf, Andrés Castillo, Edmundo Calabró, José López Vargas y Antonio Arroyo. Periodista del diario Crónica desde su adolescencia, fue un personaje clave para llenar páginas enteras sobre el Operativo Cóndor durante meses, con artículos, entrevistas, referencias históricas, cronologías, notas de color y docenas de fotografías.

Rial es claro: “Luego del operativo, se fractura la conducción del MNA”, me dice en 1998 en el café Los 36 billares, en Avenida de Mayo. “Dardo queda en el sector de Augusto Vandor, de los metalúrgicos, y los otros en el de José Alonso, de los textiles”.

Más categórico es Rodolfo Pfaffendorf, quien además de ser uno de los pioneros del MNA, fue compañero de escuela primaria de Cabo en el Colegio San José y uno de sus mejores amigos. “Después de salir de la cárcel, Dardo siguió siendo vandorista. A él lo estaban formando desde los 16 o 17 años como uno de los cuadros sindicales de la UOM”, me explica en enero de 2010 en el restaurant El Imparcial. Y recuerda con vehemencia que es la tercera o cuarta vez que me lo explica en los últimos diez años.

“Dardo estaba destinado a suceder a Armando, su papá, y a llegar muy alto en la UOM o la CGT”, insiste Pfaffendorf. “La muerte de Vandor anuló esta posibilidad. A Vandor lo sucedió Lorenzo Miguel, que rajó a todos los muchachos vandoristas. Armando no esperó que lo echaran: se fue dando un portazo. Y sin el respaldo del Lobo, poco a poco Dardo terminó buscando otros caminos políticos”.

QUINTA FALACIA: EL ROSTRO DESCUBIERTO

Si Dardo Cabo hubiera ingresado el 30 de junio 1969 a la UOM a rostro descubierto, lo hubiera reconocido cualquiera de las más de 30 personas que se encontraban en ese momento en el local y que alcanzaron a ver las caras de los atacantes. Lo conocían desde que era pibe. Y, además, poco tiempo antes, todos los diarios y revistas de Argentina habían publicado fotografías a causa del Operativo Cóndor. Este detalle se le escapa a los que sostienen que participó en “la acción directa”.

Y también se le desliza a un periodista de extensa trayectoria, Andrés Bufali, quien trabajó en las revistas Primera Plana, Panorama, Siete Días y Somos, y en los diarios La Opinión y Clarín. Bufali escribe el 20 de julio de 2004 en La Nación que el escritor Osvaldo Soriano –que en 1969 aún no se ha convertido en novelista y es su compañero de redacción en el semanario Primera Plana– creía haber “descubierto” que Cabo estaba entre los asesinos de Vandor. Soriano le cuenta que a uno de los guardaespaldas del Lobo le pareció escuchar que el líder de la UOM, antes de caer herido de muerte, había dicho algo como “¡Hola, Cóndor!” o “¿Qué hacés, Cóndor?”.

Lamentablemente, el talentoso Osvaldo Soriano no puede confirmar su “descubrimiento”. Falleció en enero de 1997.

SEXTA FALACIA: EL PRECOZ INGRESO A DESCAMISADOS

Entre los integrantes del fugaz Ejército Nacional Revolucionario, los informantes cívico-militares también mencionan a Horacio Mendizábal, Oscar Degregorio, Norberto Habegger, Raimundo Villaflor y Roberto Perdía. Aseguran que posteriormente todos integraron el grupo guerrillero Descamisados.

Salvo Perdía, todos están muertos. Pero él y Villaflor no pertenecen a Descamisados. En 1969, el primero es un abogado laboral vinculado a la juventud democristiana; después, ingresa a Montoneros. El segundo, milita en la Alianza Revolucionaria Peronista (ARP), dirigida por Alicia Eguren de Cooke, y luego se suma al Peronismo de Base. Se han publicado alrededor de 20 libros y unos 300 artículos y entrevistas donde figuran estos datos. Villaflor fue secuestrado el 4 de agosto de 1979 por una patota de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA); murió en el cuarto de torturas a los tres o cuatro días.

Es cierto que Mendizábal, Degregorio y Habegger pertenecen Descamisados, que aparece públicamente en septiembre de 1970, cuando irrumpen en un cine de La Tablada donde se proyecta la película La hora de los hornos. También es cierto que a principios de 1973 se fusionan con Montoneros.

Mendizábal fue abatido por agentes de civil que lo emboscaron el 19 de septiembre de 1979 en Munro, durante la llamada “contraofensiva”. Degregorio, herido y capturado el 18 de noviembre de 1977 en la ciudad uruguaya de Colonia, fue trasladado a la ESMA, donde murió en una mesa de operaciones mientras intentaban revivirlo médicos no muy hipocráticos. Habegger, que se inició como periodista deportivo en las revistas Primera Plana y Panorama y en 1973 llegó a ser subdirector del diario Noticias, fue secuestrado por militares argentinos el 6 de agosto de 1978 en Río de Janeiro. Nunca más se supo de él.

También es cierto que Dardo Cabo se suma a Descamisados. Pero lo hace tardíamente, recién en 1972, después de la muerte José Alonso, el caudillo de los trabajadores textiles. Y más tarde, como sus compañeros, también ingresa a Montoneros.

“Conocí a Dardo cuando salió de la cárcel y creamos la Agrupación Peronista de Base 17 de Octubre (Apeba 17)”, relata Héctor Carrica, que a mediados de la década del 60 militaba en el Comando de Organización (CdeO), fundado por Alberto Brito Lima. Al ser entrevistado, en 1998, era integrante de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) y de la agrupación HIJOS. Su madre, la enfermera y docente Irma Laciar de Carrica, fue detenida en abril de 1977 por un comando conjunto de la Policía Federal y el ejército argentino y “desaparecida”.

Apeba 17 organiza en 1970 a los trabajadores municipales que recogen la basura y “recupera” –es decir, ocupa de prepo– un corralón que era del dirigente metalúrgico Paulino Niembro. Ese año, recuerda Carrica, hay un acercamiento hacia Guardia de Hierro, la organización creada en 1961 por Alejandro Álvarez. Cabo coordina sus actividades políticas con Eduardo Baca, un militante de Guardia que más tarde, durante el segundo gobierno de Carlos Menem, será senador y presidente del Partido Justicialista.

A fines de 1971, Guardia de Hierro y Apeba 17 se ponen de acuerdo con el Frente Estudiantil Nacional (FEN), que dirige el estudiante de Filosofía Roberto “Pajarito” Grabois, y los Comandos Tecnológicos, que conduce el ex teniente Julián Licastro, y fundan la Mesa del Trasvasamiento Generacional. Considerada ortodoxa, la Mesa privilegia la lucha política antes que la lucha armada. Se ubica en una posición intermedia entre dos bandos que ya muestran los colmillos: la llamada “burocracia sindical” de la CGT y los grupos guerrilleros. Aunque Cabo permanece poco tiempo en la Mesa, sus coincidencias con Guardia son visibles. Todo esto me lo confirma en enero de 2010 un militante de la primera hora de esta “orga”, el publicista Alejandro Pandra, director de la publicación digital Agenda de Reflexión.

Recién cuando Cabo se separa de la Mesa del Trasvasamiento, Horacio Mendizábal lo convence de unirse a Descamisados. Esto posiblemente es en 1972, tres años después de la muerte de Vandor.

SÉPTIMA FALACIA: CABO Y WALSH JUNTOS

Rodolfo Walsh

Resulta casi alucinante intentar creer que Dardo Cabo y Rodolfo Walsh hubieran podido en el convulsionado 1969 planificar juntos un crimen político. En aquella época aún no se conocían personalmente y, además, ni siquiera se hubieran sentado a tomar un café. Hubieran terminado a las trompadas.

Ese año, Walsh comienza a militar en el Peronismo de Base, dirige el semanario CGT de los Argentinos y publica su segundo libro: ¿Quien mató a Rosendo? El texto narra el tiroteo en la pizzería La Real, de Avellaneda, donde el 13 de mayo de 1966 murieron Rosendo García, dirigente local de la UOM, y dos militantes de la Resistencia Peronista, Domingo Blajakis y Juan Salazar, quienes estaban desarmados.

Augusto Vandor y Armando Cabo, que están sentados con García, sí tenían armas. Walsh inculpa al padre de Dardo: “En la cabecera de la mesa vandorista, Armando Cabo se había parado y avanzaba tirando metódicamente con su 38 especial”. Lo retrata como “un hombre de la vieja guardia metalúrgica, héroe de la Resistencia, ahora dilapidado por las transacciones y el alcohol”. De todos los que acompañaban al caudillo de la UOM, afirma, era el “mejor tirador”. Y describe la muerte de Salazar en una sola línea que tiene el peso de una lápida: “Armando Cabo, que estaba sentado al lado de Vandor, terminó de tomar su whisky, hizo puntería y lo mató”.

En septiembre de 1999 entrevisté al memorioso Andrés Framini, dirigente histórico de la Asociación Obrera Textil, secretario adjunto de la CGT en 1955, preso político tiempos de la Resistencia Peronista y candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires en las elecciones de 1962. “Poco después de publicarse el libro de Walsh, me encontré con Armando y Dardo, que lo andaban buscando para darle una paliza. Les dije que no jodieran, que él había dicho la verdad: los otros no estaban armados”, me contó en su casa de Floresta. Framini falleció en mayo de 2001, a los 87 años, pero conservo la grabación.

Hay que ser un auténtico imbécil para inventar que en esas circunstancias Dardo Cabo y Rodolfo Walsh pudieran participar juntos en un asesinato político. Años después, ciertamente, los dos ingresaron a Montoneros. Pero ésa es otra historia.

Y PARECE QUE LA HISTORIA FUE ASÍ:

Un domingo a mediodía, en el primer mes del agitado verano de 1973, Miguel Bonasso, entonces secretario de prensa del Frente Justicialista de Liberación (Frejuli), organiza un asado en el patio de su departamento de la planta baja de Moldes Nº 2460. El pretexto es juntar a miembros de dos agrupaciones de prensa: la 26 de Enero –afín a la Juventud Peronista pro Montoneros, en la que él milita junto con Dardo Cabo– y la 26 de Julio, cercana al Peronismo de Base, en la que revista Rodolfo Walsh.

A la comida asisten alrededor de 30 periodistas y fotógrafos. “La verdadera intención era acercar a Dardo y Rodolfo, lo que era una misión casi imposible”, me comenta Bonasso en febrero de 1998, en un café del barrio de Palermo.

Cuando llegan los de la 26 de Julio, Walsh y Cabo se saludan fríamente. Durante la comida, quedan sentados frente a frente en la mesa puesta en el jardín. Mientras Bonasso ofrece chorizos y morcillas e intenta chistes, los dos periodistas no se dirigen la palabra.

Después, cuando se sirve el café y se arma una guitarreada, Walsh y Cabo se levantan de la mesa y entran a la casa. Están largo rato conversando en la sala, solos. Muchos de los invitados se van retirando de a poco, pero los dos hombres permanecen como clavados en sus sillones. Bonasso recordará, 25 años después, que tuvo la impresión de aquella tarde se sirvieron litros de café y fumaron kilos de tabaco.

Anochece cuando el anfitrión acompaña a sus dos amigos a la puerta del edificio y es testigo de cómo se despiden con un fuerte y honesto apretón de manos.

Menos de tres años después, en su célebre Carta abierta a la Junta Militar, del 24 de marzo de 1977, Walsh recriminará, entre otras muchas cosas, “el asesinato de Dardo Cabo, detenido en abril de 1975, fusilado el 6 de enero de 1977 con otros siete prisioneros en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército que manda el general Suárez Mason”.

Postdata

Una semana después de publicado este artículo, un amigo me envía algunos párrafos del libro Montoneros. La buena historia, publicado en 2005 por José Amorín, que suministra “desde adentro” datos sobre esta historia. Y menciona el error cometido por el autor británico Richard Gillespie en Soldados de Perón, publicado en 1987, y otros autores que lo citan.

“Gillespie atribuye a Descamisados el asesinato de Vandor (1969), un operativo mayor para una organización que no sólo estaba en pañales sino que, además, rechazaba la violencia hacia el interior del peronismo”, escribe Amorín. “La ejecución o asesinato de Vandor fue realizado por un grupo de seis o siete compañeros, la mayoría de trayectoria sindical y que desarrollaba su actividad política en el seno de la CGT de los Argentinos. […] Perdía, en su libro, afirma que el grupo estaba jefaturado por un ex dirigente sindical del gremio ferroviario e integrado por jóvenes activistas sindicales y algún que otro intelectual. Yo conocí a sus integrantes durante los preparativos para la toma de la Prefectura de Zárate”.

Más adelante, agrega:

“De los que integraban el grupo que liquidó a Vandor sólo continué la relación con uno. Un flaco alto, a quien conocía desde hacía un año […]. La cuestión es que el Flaco en algún momento me contó sobre la muerte de Vandor: ‘Broncas viejas, pero además el General lo había ordenado; cuando el General le ordena a la derecha, nos caga; entonces, si cumplimos las órdenes que el General le da a la izquierda, cagamos a la derecha’, dijo el Flaco. […] Tenía, el Flaco, cerca de cuarenta años y había pasado por Palabra Obrera antes de integrarse al peronismo. Era obrero, gráfico o metalúrgico. Gráfico, me inclino a pensar […]. No era, nunca fue, Descamisado. Gillespie, equivocado. Y con él, María Seoane, Lapolla, etc., etc.”

MANUEL DORREGO: FUE APÓSTOL, VIVIÓ COMO HÉROE Y MURIÓ COMO MÁRTIR

10 diciembre 2009

Roberto Bardini

Faltan 11 días para Navidad. A la orden de “¡fuego!”, un pelotón de fusilamiento unitario acribilla de ocho tiros en el pecho al coronel federal Manuel Dorrego, ex gobernador de Buenos Aires. Había sido estudiante de leyes, militar indisciplinado en los cuarteles pero valiente en el campo de batalla, apasionado político y patriota hasta los huesos. Fue una víctima más del crónico desencuentro entre argentinos.

Dorrego nace el 11 de junio de 1787 en Buenos Aires. Es el menor de cinco hermanos, hijos del rico comerciante portugués José Antonio de Dorrego y la argentina María de la Ascensión Salas. En 1803, a los 15 años, ingresa en el Real Colegio de San Carlos y a inicios de 1810 comienza a estudiar Derecho en la Universidad de San Felipe, en Santiago de Chile. Pronto abandona las aulas y se une al movimiento independentista chileno. Exaltado, cambia el traje civil y los libros por el uniforme y las armas. En la milicia del país andino gana las tres estrellas de capitán al sofocar un movimiento contrarrevolucionario. Tiene 23 años.

Antes de concluir 1810, Dorrego regresa a Buenos Aires y con el grado de mayor se une a las fuerzas armadas encabezadas por Cornelio Saavedra rumbo al norte. En el combate de Cochabamba sufre dos heridas y gana el ascenso a teniente coronel. Más tarde, bajo las órdenes de Manuel Belgrano, lucha en Tucumán (24 de septiembre de 1812) y Salta (20 de febrero de 1813). El ejército de Belgrano marcha hacia Potosí sin Dorrego: se queda en la retaguardia, arrestado por indisciplina. Eso le evita las derrotas de Vilcapugio (1º de octubre de 1813) y Ayohuma (14 de noviembre de 1813), y quizá la muerte en servicio.

El payador uruguayo José Curbelo lo recuerda así:

Argentino, Americano
En la idea y en los hechos
Impulsivo y corajudo
En los embates guerreros
Recibió sendas heridas
En Sansana y Nazareno
Y le pidió a sus soldados
Para seguir combatiendo
Lo alzaran sobre el caballo
Así fue Manuel Dorrego

A pesar de todo, ese mismo agitado año, Dorrego asciende a coronel y encabeza la creación de milicias gauchas. Apenas ha cumplido 26 años. Los momentos de inacción, sin embargo, lo descontrolan. El inflexible general José de San Martín ordena su confinamiento por nuevas actitudes de indisciplina y en mayo de 1814 es trasladado a Buenos Aires. Allí se pone a las órdenes del general Carlos María de Alvear.

Temperamental en todo
Bromista en los campamentos
Pudo hasta indisciplinarse
Pero puesto en el gobierno
Supo muy bien dónde iba
En defensa de su pueblo
Ni emperador del Brasil
Ni centralismo porteño
Entreveraron las huellas
Que marcó Manuel Dorrego

Alvear le propone al caudillo oriental, José Gervasio Artigas (1764-1850) la independencia de la Banda Oriental a cambio de que retire su influencia de las provincias del litoral. Artigas ha dirigido la insurrección de los orientales contra las autoridades españolas en el llamado Grito de Asencio y fue proclamado por sus compatriotas como Primer Jefe de los Orientales. El 20 de enero de 1814, abandonó el sitio de Montevideo -cuyo mando comenzó a monopolizar José Rondeau- y apoyó los pronunciamientos de los paisanos de Entre Ríos y Corrientes. El líder rioplatense rechaza el ofrecimiento de Alvear. Dorrego parte a enfrentarse con el rebelde, con quien -paradójicamente- tiene ideas bastante cercanas. El militar derrota al artiguista Fernando Otorgués en las cercanías del arroyo Marmarajá (6 de octubre de 1814), pero es vencido por Fructuoso Rivera en Guayabos (10 de enero de 1815).

Cada vez que algún retazo
Perteneciente a este suelo
De las Provincias Unidas
Anduvo corriendo un riesgo
Se alzó con su voz valiente
Reclamando ese derecho
Y por la soberanía
Él supo jugarse entero
Así cruzó por la vida
Luchando Manuel Dorrego

Joseph Conrad, autor de novelas marineras, escribe en el cuento La Laguna (1898): “Un hombre no debe hablar sino del amor o la guerra. Tú sabes qué es la guerra y en la hora del peligro me has visto lanzarme en busca de la muerte como tantos otros en busca de la vida”. Amor y guerra, muerte y vida: estas palabras pueden aplicarse a la trayectoria de Dorrego, quien a su regreso a Buenos Aires, en 1815, se casa con Angela Baudrix. De la unión nacen dos hijas: Isabel en 1816 y Angelita en 1821.

El impetuoso Dorrego se lanza a la lucha política. Se declara partidario de un gobierno federativo y fomenta la autonomía de Buenos Aires. Con Manuel Moreno y otros patriotas se opone a Juan Martín de Pueyrredón, Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Finalmente, para no participar en el enfrentamiento civil, solicita que su regimiento se una al ejército que San Martín prepara en Mendoza para la Campaña de los Andes. No alcanza a partir: el 15 de noviembre de 1816, Pueyrredón ordena su destierro. Lo embarcan y recién al tercer día de viaje se entera que su destino es el puerto de Baltimore, en Estados Unidos.

El 9 de julio de 1819, Pueyrredón renuncia y es reemplazado por el general José Rondeau. Dorrego regresa a Buenos Aires al año siguiente. Recupera su grado de coronel, obtiene el mando militar de Buenos Aires y es designado temporalmente gobernador interino. Presenta su candidatura a gobernador en la provincia pero es derrotado por Martín Rodríguez. Con caballerosidad, hace reconocer por sus tropas el triunfo de su adversario. Pero el hecho de estar en la oposición hace que el gobierno lo destierre en Mendoza. Una mejor idea hubiera sido darle el mando de un regimiento y ordenarle combatir. La inactividad o el ostracismo no son buenos para Dorrego: huye a Montevideo.

[Nota al margen: además de los problemas políticos internos de las Provincias Unidas, desde septiembre de 1816 existe la amenaza militar externa de los portugueses en la Banda Oriental. Las autoridades nacionales no procedían con la energía necesaria para expulsarlos. Artigas, el principal perjudicado, culpaba con razón a las autoridades de Buenos Aires por la falta de respaldo. Algunos historiadores sostienen que se debería reconocer que el caudillo oriental procedió como “un auténtico patriota argentino” hasta su derrota en 1820.]

Por una América Unida
Compartía el alto sueño
Que tuvo Simón Bolívar
Desencontrado en el tiempo
Por intereses extraños
Ajenos al sentimiento
De los hombres que lucharon
Y que hasta su sangre dieron
A veces incomprendidos
Como fue Manuel Dorrego

Dorrego regresa a Buenos Aires -junto con exiliados como Carlos María de Alvear, Manuel de Sarratea y Miguel Estanislao Soler- gracias a la Ley del Olvido (noviembre de 1821). En 1823, es electo representante ante la Junta de Gobierno y desde su periódico El Argentino respalda las ideas federalistas, en oposición al gobierno de Bernardino Rivadavia, lo cual le hace ganar prestigio en las provincias. En 1825, se entrevista con Simón Bolívar, a quien considera el único capaz de contener los planes expansionistas del Imperio de Brasil.

El militar convertido en político resulta elegido representante por Santiago del Estero en el Congreso Nacional. Cuando se discute la Constitución de 1826 se destaca en los debates sobre la forma de gobierno y el derecho al sufragio. Desde el periódico El Tribuno continúa atacando la posición centralista de Rivadavia, lo que aumenta su popularidad en las provincias.

Al referirse a la constitución rivadaviana de ese año, Dorrego afirma: “Forja una aristocracia, la más terrible porque es la aristocracia del dinero. Échese la vista sobre nuestro país pobre, véase qué proporción hay entre domésticos asalariados y jornaleros y las demás clases del Estado (…). Entonces sí que sería fácil influir en las elecciones, porque no es fácil influir en la generalidad de la masa, pero sí en una corta porción de capitalistas; y en ese caso, hablemos claro, el que formaría la elección sería el Banco, porque apenas hay comerciantes que no tengan giro con el Banco, y entonces sería el Banco el que ganaría las elecciones, porque él tiene relación en todas las provincias”.

Allá por el veintiséis
Diputado en el Congreso
Defendía el derecho cívico
De los empleados a sueldo
Excluidos de votar
Con el absurdo pretexto
Que el depender de un patrón
Ataría su pensamiento
En defensa del humilde
Se alzó el verbo de Dorrego

Acosado, Rivadavia renuncia a la presidencia. Vicente López es designado mandatario provisional. En agosto de 1827, Dorrego es electo gobernador de la provincia de Buenos Aires. Pero ante el tratado de paz firmado con Brasil, los unitarios ven la posibilidad de recuperar el poder aprovechando el descontento de los jefes militares de regreso. Ex compañeros de exilio, como Soler y Alvear, junto con los generales Martín Rodríguez, Juan Lavalle y José María Paz comienzan a conspirar para derrocar al gobierno federal.

El 1° de diciembre de 1828, Lavalle ocupa Buenos Aires con sus tropas. Dorrego se dirige al sur de la provincia y le pide apoyo a Juan Manuel de Rosas, entonces comandante de campaña. Rosas le aconseja que vaya a Santa Fe y le solicite respaldo a Estanislao López, pero Dorrego decide enfrentar a Lavalle. Las fuerzas de uno y otro se chocan en Navarro. El gobernador cae prisionero y el vencedor ordena, sin ninguna grandeza, que muera fusilado el 13 de diciembre. La decisión estremece a la capital y las provincias.

Del veintisiete al veintiocho
En su gestión de gobierno
Propulsó el federalismo
Que siempre fuera su credo
Y cayó buscando luz
Entre las sombras envuelto
No pudo montar de vuelta
Como lo hizo en Nazareno
Y en un trece de diciembre
Se apagó Manuel Dorrego

El valiente general unitario Gregorio Aráoz de Lamadrid, un tucumano que peleó la guerra de independencia y en las luchas que siguieron en Vilcapugio, Ayohuma y Sipe Sipe, permanece junto a su ex camarada Dorrego hasta el abrazo final. A él le entrega el condenado cartas para su mujer y las dos hijas. A la esposa le escribe: “Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir. Ignoro por qué; mas la Providencia divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. Mi vida: educa a esas amables criaturas. Sé feliz, ya que no lo has podido ser en compañía del desgraciado Manuel Dorrego”. Tiene 41 años.

Aráoz de Lamadrid es un oficial curtido que ha combatido en Tucumán, Córdoba, San Juan y Mendoza. También conoció el exilio en Bolivia y Chile. Dorrego le pide al compadre su chaqueta para morir y le solicita que le entregue a su esposa Ángela la que él lleva puesta. El duro Aráoz se “quiebra” ante la entereza de su amigo-adversario y llora frente a la tropa como un adolescente.

Allí en la Estancia de Almeida
Se ordenó el fusilamiento
Con un pañuelo amarillo
Sus ojos enceguecieron
Cuando el padre Juan José
Lo acompañaba en silencio
Sonaron ocho disparos
Y quedó escrito en un pliego
Besos para esposa e hija
Que Dios proteja mi suelo
Ahorren sangre de venganza
Firmao’ Manuel Dorrego

Ángela Baudrix, la viuda, queda en la miseria. Sus hijas tienen seis y doce años de edad. Tiempo después se ven obligadas a trabajar de costureras en el taller de Simón Pereyra, un proveedor de uniformes para el ejército y especulador en la compra-venta de tierras. [Nota al margen: en una de sus extensas propiedades, ubicada en El Palomar, en 1925 se inició la construcción del Colegio Militar de la Nación, del que egresarían varios discípulos de Lavalle. Un general Aramburu, por ejemplo, fusilador de un general Valle.]

Juan Lavalle nació en Buenos Aires el 17 de octubre de 1797. Desde los 14 años hasta su muerte, a los 44, su vida estuvo consagrada a las armas. Al mando de Dorrego, luchó contra Artigas y combatió en la batalla de Guayabos. El escritor Esteban Echeverría (1805-1851), autor de El Matadero y La Cautiva, que también era unitario, lo describe como “una espada sin cabeza”.

En cambio, el periodista e historiador José Manuel de Estrada (1842-1894), considerado uno de los más lúcidos intelectuales de la segunda mitad del siglo XIX, escribió un homenaje a Manuel Dorrego que puede considerarse un conmovedor epitafio:

“Fue un apóstol y no de los que se alzan en medio de la prosperidad y de las garantías, sino apóstol de las tremendas crisis. Pisó la verde campiña convertida en cadalso, enseñando a sus conciudadanos la clemencia y la fraternidad, y dejando a sus sacrificadores el perdón, en un día de verano ardiente como su alma, y sobre el cual la noche comenzaba a echar su velo de tinieblas, como iba a arrojar sobre él la muerte su velo de misterio. Se dejó matar con la dulzura de un niño, él que había tenido dentro del pecho todos los volcanes de la pasión. Supo vivir como los héroes y morir como los mártires”.

MANUEL UGARTE, EL PROFETA OLVIDADO

2 diciembre 2009

Roberto Bardini

Es uno de los grandes personajes de Argentina y posiblemente de Iberoamérica en la primera mitad del siglo XX. En su época influyó en dirigentes de todo el continente, pero continúa siendo un gran desconocido en su patria. Nacido el 27 de febrero de 1875 en el barrio porteño de Flores, en las siguientes siete décadas su nombre se menciona poco en las noticias a pesar de su permanente actividad literaria y política. Fallece el 2 de diciembre de 1951 en Niza (Francia) y desaparece de los comentarios bibliográficos, las antologías y las librerías.

Ugarte pertenece a una familia tradicional. Estudia en el Colegio Nacional de Buenos Aires, asiste al Jockey Club, practica esgrima, lee y escribe poesía. El escritor Pedro Orgambide recordó en 2003 que en últimos años del siglo XIX Manuel vive en París, “como correspondía a un rico, joven y culto caballero argentino, aficionado a las mujeres, al teatro y la poesía galante”. Lo describe como un bon viveur y dice que “nada hacía sospechar a los parientes y amigos el giro que tomaría su vida apenas se iniciara en la política”.

Entre los amigos de Ugarte se cuentan Alfonsina Storni, Alfredo Palacios, José Ingenieros, Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez y Ernesto Palacio. También trata con la chilena Gabriela Mistral, el uruguayo José Enrique Rodó, el peruano José Santos Chocano, el nicaragüense Rubén Darío, los mexicanos Amado Nervo y José Vasconcelos, los españoles Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez y Pío Baroja, los franceses Henri Barbuse y Jean Jaurés; es decir, con los más destacados intelectuales de principios del siglo XX. Rubén Darío, Unamuno y Baroja le prologan sus primeros libros. Barbuse, director de la revista Monde, lo incluye en el comité editorial junto con Albert Einstein, Máximo Gorki y Upton Sinclair.

Autor de treinta libros, la mayoría publicados fuera del país, Manuel Ugarte es un socialista criollo de la generación del 900 que impulsa la unidad hispanoamericana. Denuncia al imperialismo yanqui desde 1901 –por sus intervenciones en América Central y el Caribe– hasta el año de su muerte, por la guerra de Corea. A principios del siglo XX escribe: “Actualmente los grandes diarios nos dan, día a día, detalles a menudo insignificantes de lo que pasa en París, Londres o Viena y nos dejan, casi siempre, ignorar las evoluciones del espíritu en Quito, Bogotá o Méjico. Entre una noticia sobre la salud del emperador de Austria y otra sobre la renovación del ministerio del Ecuador, nuestro interés real reside naturalmente en la última. Estamos al cabo de la política europea, pero ignoramos el nombre del presidente de Guatemala”.

Hombre de barricadas

En 1904, Ugarte asiste como delegado al Congreso de la Internacional Socialista en Amsterdam. Tres años después, participa en Stuttgart de otro Congreso de la IS, en el que participan Vladimir Ilich Lenín, Rosa Luxembugo, Jean Jaurés, Karl Kautsky y Gueorgui Plejánov.

De 1910 a 1913, Ugarte recorre toda la América hispana, da conferencias y es aclamado en 20 capitales. Ya no predica el internacionalismo proletario sino la construcción de la Patria Grande, la gran nación iberoamericana. Es un socialista que rechaza trasplantar experiencias europeas: “El socialismo debe ser nacional”, dice en 1911. Al año siguiente escribe: “Bajo ningún pretexto podemos aceptar la hipótesis de quedar en nuestros propios lares en calidad de raza sometida. ¡Somos indios, somos españoles, somos latinos, somos negros, pero somos lo que somos y no queremos ser otra cosa!”.

Agentes secretos de las distintas embajadas de Estados Unidos le siguen los pasos en Cuba, Santo Domingo, México, Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua. Funcionarios diplomáticos norteamericanos le piden a las autoridades locales que impidan su participación en actos públicos. A pesar de todo, llena teatros y plazas, participa en manifestaciones callejeras, es orador de barricada y reúne a multitudes.

Ugarte continúa su gira y llega a Bolivia. Pronuncia un discurso en La Paz, interrumpido por las ovaciones de un público entusiasta. El embajador estadounidense lo critica duramente y el escritor lo desafía a batirse a duelo. Debe intervenir el representante diplomático para evitar el enfrentamiento.

La Patria y los ferrocarriles ingleses

En noviembre de 1915, con su propio dinero, Manuel Ugarte funda en Buenos Aires el diario La Patria. Comienza una cruzada que hasta entonces nadie se había atrevido a encarar en Argentina: la denuncia del imperialismo inglés. El país es prácticamente una semicolonia británica, pero nadie parece percibirlo. A principios de 1916, el escritor analiza tempranamente uno de los factores que permitían la penetración económica de Gran Bretaña: los ferrocarriles.

“Uno de los problemas que más nos interesa, fuera de toda duda, es el de la explotación de nuestros ferrocarriles por empresas de capital foráneo, cuyos intereses, de conveniencias motivadas por su misma falta de arraigo y su origen, son fundamentalmente opuestos a los intereses de la república”, escribe Ugarte. “Las empresas ferroviarias son todas extranjeras: capital inglés, sindicatos ingleses, empleados ingleses […]. Lleva la empresa noventa y ocho probabilidades de obtener pingües ganancias contra dos de obtenerlas… regulares; de perder, ninguna. […] Y este dato merece ser tenido en cuenta al ocuparse de los ferrocarriles como origen de nuestra atrofia industrial”.

Asfixiado económicamente, el 15 de febrero de 1916 La Patria publica su último número. Ante la primera gran guerra europea del siglo XX, que muchos insisten todavía en denominar “mundial”, Ugarte propone la neutralidad. El diario dura menos tres meses en medio del boicot que le hacen los nacionalistas –que lo consideran socialista– y los socialistas, que lo ven como nacionalista. Más tarde, durante la segunda gran guerra europea, el escritor afirmará que mucho se habla en Iberoamérica acerca de las presuntas amenazas alemana y japonesa, pero nada se dice sobre el real saqueo británico y estadounidense.

En abril de 1918, cuando se funda en Córdoba la Federación Universitaria Argentina (FUA), Ugarte es el principal orador del encuentro. Ese año se autoexilia en España y luego pasa a Francia. Retorna 17 años más tarde.

En la década del 20, los principales líderes de la Revolución Mexicana le escriben a Ugarte y le agradecen su apoyo. Augusto César Sandino, el “general de hombres libres”, también le envía una carta desde Nicaragua, reconoce su respaldo a la lucha contra los marines yanquis y dice que lo ve como una de las figuras más importantes del patriotismo latinoamericano. Dos grandes dirigentes peruanos lo alaban: Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), lo considera el precursor de esta organización; José Carlos Mariátegui afirma que el escritor argentino es uno de las más prestigiosos personajes de América hispana.

El apóstol vencido

En mayo de 1935, en plena Década Infame, Ugarte regresa a Argentina. El semanario Señales, del grupo FORJA, es el único periódico que informa sobre su llegada; la gran prensa lo ignora. En 1937, el escritor se va nuevamente del país.

El patriota iberoamericano regresa a Buenos Aires en marzo de 1946, después del triunfo electoral del entonces coronel Juan Domingo Perón. “Más democracia que la que ha traído Perón, nunca la vimos en nuestra tierra. Con él estamos los demócratas que no tenemos tendencia a preservar a los grandes capitalistas y a los restos de la oligarquía”, declara. Y luego escribe: “Todos los presentimientos y las esperanzas dispersas de nuestra juventud, volcada un instante en el socialismo, han sido concretadas definitivamente en la carne viva del peronismo, que ha dado fuerza al argentinismo todavía inexpresado de la Nación. Ahora sabemos lo que somos y a dónde vamos. Tenemos nacionalidad, programa, derrotero”.

El 31 de mayo, el historiador Ernesto Palacio lo acompaña a la Casa Rosada y le presenta al nuevo presidente, quien le ofrece el puesto de embajador en México. A los 71 años, es la primera y única vez que Ugarte recibe un reconocimiento oficial en su país. Pero los diplomáticos “de carrera” lo boicotean. Desinteligencias con el personal de la propia embajada lo obligan a regresar a Argentina en junio de 1948. Lo envían a Nicaragua, donde no se encuentra muy a gusto. A principios de 1949 lo trasladan a la representación en Cuba, donde persisten las intrigas de algunos funcionarios, y en enero de 1950 presenta su renuncia. Por problemas de salud, regresa a su casa alquilada en Niza.

El poeta peruano Alberto Hidalgo, quien trata a Ugarte en los años 40, lo describe viviendo humildemente, como un proscrito: “Yo quiero llamar la atención de un país sobre este hombre, al que no puede dejarse perecer en la pobreza o en el olvido, aunque fuese, si no tuviera otros méritos, sólo por esto: por haber sido el apóstol de los ideales americanistas, por haber gastado su fortuna recorriendo nuestras repúblicas a fin de despertarlas y hacerles ver el peligro que las acecha. Y es por ello que, aunque la Argentina lo tenga olvidado, el nombre de Manuel Ugarte no morirá nunca en la conciencia de América”.

En noviembre de 1951, Ugarte vuelve a Buenos Aires. Él mismo explica la razón del viaje: “No he pertenecido nunca al bando de los adulones y si hago ahora esta afirmación, si he vuelto especialmente de Europa a votar por Perón, es porque tengo la certidumbre absoluta de que alrededor de él debemos agruparnos, en momentos difíciles que atraviesa el mundo, todos los buenos argentinos”.

Poco después regresa a Niza. El 2 de diciembre de 1951 lo encuentran muerto en su casa. Aunque oficialmente se considera que la muerte fue “accidental”, en los medios literarios y políticos se presume que él mismo decidió poner punto final a su vida. Los suicidios de Horacio Quiroga en 1937, Alfonsina Storni y Leopoldo Lugones en 1938, y de Lisandro de la Torre en 1939 habían conmovido a Ugarte, quien afirmó que la suya era una generación vencida. La historiadora Liliana Barela no descarta que “exiliado, solitario, excluido y desilusionado, pudiera sentirse vencido y tentado a adoptar el camino que eligieron tantos compañeros que integraron su malograda generación”.

La conspiración del silencio

Entre la obra poética de Manuel Ugarte se destacan Palabras (1893), Poemas grotescos (1893), Versos (1894) y Vendimias juveniles (1907). También es autor de narraciones cortas: Cuentos de la Pampa (1903) y Cuentos argentinos (1908). Dentro de sus relatos de viaje figuran Paisajes parisienses (1901), Crónicas de boulevard (1902) y Visiones de España (1904). Sus ensayos literarios incluyen El arte y la democracia (1905) y La joven literatura hispanoamericana (1906). Los textos sociopolíticos abarcan El Porvenir de América Española (1910), La Patria Grande (1922), El destino de un continente (1923) y La Reconstrucción de Hispanoamérica (1951).

¿Cuál fue el trato que recibió Ugarte en Argentina? A este auténtico polígrafo –autor de novelas, cuentos, poesías y ensayos– las autoridades universitarias le niegan una cátedra de Literatura. Los representantes de la cultura oficial también rechazan la propuesta de Gabriela Mistral –quien lo denomina “el maestro de América Latina”– para considerarlo candidato al Premio Nacional de Literatura.

El Partido Socialista, de orientación liberal conservadora, lo expulsa dos veces, a causa de sus “desviaciones nacionalistas”. En 1910 se realiza un nuevo congreso de la Internacional Socialista en Copenhague, pero esta vez viaja el dirigente Juan B. Justo desde Buenos Aires, en lugar de designar a Ugarte que se encontraba en París. El diario La Nación comienza a rechazarle artículos. Sus libros El Porvenir de América Española, La Patria Grande, El destino de un continente y La Reconstrucción de Hispanoamérica, se editan en el país recién dos años después de su muerte, por iniciativa de Jorge Abelardo Ramos en la pequeña editorial Coyoacán. Ugarte muere enfermo y sin un centavo, lejos de Argentina. Poco antes, comenta: “En otras partes se fusila, es más noble”.

¿A qué se debe esta conspiración del silencio? En el prólogo a La nación latinoamericana, editado en Venezuela, Norberto Galasso da algunas claves: los representantes de la generación del 900, “a pesar de las enormes presiones, los silencios y los acorralamientos, han logrado hacerse conocer en la Argentina y en América Latina desde hace años. De un modo u otro, esterilizándolos o deformándolos, tomando sus aspectos más baladíes o resaltando sus obras menos valiosas, han sido incorporados a los libros de enseñanza, los suplementos literarios, las antologías, las bibliotecas públicas, las sociedades de escritores, las aburridas conferencias de los sábados, los anaqueles de cualquier biblioteca con pretensiones”.

Galasso señala que Ugarte, en cambio, “ha corrido un destino diverso: un silencio total ha rodeado su vida y su obra durante décadas convirtiéndolo en un verdadero «maldito», en alguien absolutamente desconocido para el argentino medianamente culto que ambula por los pasillos de las Facultades. No es casualidad, por supuesto. La causa reside en que, de aquel brillante núcleo intelectual, sólo Ugarte consiguió dar respuesta al enigma con que los desafiaba la historia y fue luego leal a esa verdad hasta su muerte. Sólo él recogió la influencia nacional-latinoamericanista que venía del pasado inmediato y la ensambló con las nuevas ideas socialistas que llegaban de Europa, articulando los dos problemas políticos centrales de la semicolonia Argentina y de toda la América Latina: cuestión social y cuestión nacional. […] De ahí la singular actualidad del pensamiento de Ugarte y por ende su condena por parte de los grandes poderes defensores del viejo orden”.

Muerto en vida

En “Redescubrimiento de Ugarte”, publicado en febrero de 1985, Jorge Abelardo Ramos escribe: “[…] en la irresistible Argentina del Centenario, orgullosa y rica, el emporio triguero del mundo, no había lugar para él. No solamente porque, como decía Miguel Cané, escribir una página desinteresada en Buenos Aires equivalía a recitar un soneto de Petrarca en la Bolsa de Comercio, sino a causa de que Ugarte iría a desenvolver su vida contra la lógica de la factoría euro-porteña: era socialista, aunque criollo y católico; argentino, pero hispanoamericanista. Si bien es cierto que lucharía por la neutralidad en las dos guerras inter-colonialistas del siglo, debería hacerlo contra la opinión dominante del rupturismo demo-izquierdista favorable a las potencias democráticas; más tarde, asumiría la defensa de la industria nacional y de la clase obrera en un país agropecuario, librecambista y antiobrero”.

El luchador social se había convertido en “un muerto civil” mucho tiempo antes de fallecer, apunta Ramos. “Sin el respaldo de un partido, de una capilla, de los grandes diarios o del orden vigente, ningún editor manifestó nunca el menor interés por publicar algún libro de Ugarte. Semejante maravilla se explica porque la formación del gusto público, en 1914 o en la actualidad, corría por cuenta de los intereses creados por la oligarquía anglófila y su dócil clientela de la clase media urbana, en suma, el cipayo ilustrado, que se cultiva a la orilla de los grandes puertos de la América Latina”.

Ramos recuerda: “En noviembre de 1954, organicé una Comisión de Homenaje. Recibimos los restos de Ugarte en el puerto de Buenos Aires […]. Un silencio sepulcral reinaba sobre la República, en cuyo subsuelo toda la reacción conspiraba. Pugnaban por derribar a Perón tanto la agónica partidocracia democrática, como la izquierda cosmopolita y el nacionalismo puramente retórico de ciertos grupos de la derecha antiobrera. […] Enseguida organizamos en el salón Príncipe George un Funeral Cívico en su homenaje. Hablaron en el acto Carlos María Bravo, Rodolfo Puiggrós, John William Cooke y yo. […] A pesar de la tensión reinante, congregamos unas cuatrocientas personas. Salvo el presidente Perón, que envió un telegrama de adhesión, ni el gobierno ni el peronismo oficial se hicieron presentes. Y, va de suyo, nadie de la «inteligentzia» llamada argentina. Soplaba un viento gélido y en el espíritu colectivo palpitaban sórdidos presagios. La contrarrevolución democrática estaba en marcha”.

En el capítulo XII de Historia de la nación latinoamericana, Ramos dedica varias páginas al trágico destino de este luchador visionario y el silenciamiento sistemático de su vida y obra. Se transcriben sólo dos párrafos:

“El irritado silencio que ha rodeado siempre a la figura de Ugarte no sólo es necesario atribuirlo al papel de «emigrado interior» del intelectual del 900 en las semicolonias, sino al «leprosario político» en el que la oligarquía y sus amigos de la izquierda cipaya recluyen a los hombres de pensamiento nacional independiente. A principios de siglo al escritor latinoamericano no le quedaba otro recurso que enmudecer o emigrar. Las pequeñas capitales de la nación «balcanizada», aún la más presuntuosa, como Buenos Aires, habían sustituido la función social del escritor con el libro español o francés.

“[…] En 1945, cuando en la Argentina el país estaba polarizado entre Braden y Perón, Ugarte regresó después de muchos años de ausencia y estuvo contra el embajador Braden, al mismo tiempo que la inmensa mayoría de la intelligentzia argentina y latinoamericana se pronunciaba contra Perón. El coraje moral de estar contra los mandarines, ese coraje no le faltó jamás a Ugarte y esa es la razón del silencio profundo que envuelve su persona y su obra”.

El artículo sobre Ugarte de Pedro Orgambide –el último que escribió antes de morir el 19 de enero de 2003– sostiene: “No fue profeta en su tierra. Es, aún, el gran olvidado del pensamiento político argentino. En cambio, sus ideas impulsaron la acción de hombres como el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre o el nicaragüense Augusto César Sandino. Su nombre es citado con frecuencia en otros países de América latina; pocas veces en la Argentina. […] No gana plata con la política. Al contrario: por ella, pierde su fortuna. Y por su heterodoxia, se le cierran las puertas de la cultura oficial. […] Su figura disgusta a algunos sectores clericales y políticos por lo que cansado de pelear renuncia. […] Más retaceada es su influencia aquí, en el llamado «pensamiento nacional», y poco reconocida su incidencia en el origen de la «tercera posición» de nuestro país, en tiempos de la guerra fría”.

Textos consultados

Liliana Barela, Vigencia del pensamiento de Manuel Ugarte, Leviatán, Buenos Aires, 1999.

Norberto Galasso, Manuel Ugarte, EUDEBA, Buenos Aires, 1973.

Jorge Abelardo Ramos, Historia de la nación latinoamericana, A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires, abril de 1968.

Pedro Orgambide, “El largo viaje de Manuel Ugarte por América Latina”, Clarín, Buenos Aires, 26 de enero de 2003.

Manuel Ugarte, La nación latinoamericana (compilación, prólogo, notas y cronología de Norberto Galasso), Biblioteca Ayacucho, Caracas, noviembre de 1978.


McDONALD’S, HALLOWEEN, PAPA NOEL Y LA VUELTA DE OBLIGADO

30 noviembre 2009

Roberto Bardini

Viernes 20 de noviembre, ocho y media de la noche. Vamos en coche con Alfredo Ossorio y César González Trejo. Regresamos de la Universidad Nacional de Lanús, donde se conmemoró el Combate de la Vuelta de Obligado. Antes, a mediodía, se había inaugurado en la Casa Rosada la muestra-homenaje al Día de la Soberanía Nacional. Y allí mismo se anunció la construcción de un monumento en el sitio histórico para recordar la batalla del 20 de noviembre de 1845 en la que patriotas mal armados enfrentaron a la poderosa flota naval anglo-francesa.

De pronto, antes de tomar la autopista 9 de Julio y entrar a Buenos Aires, vemos el enorme cartel a nuestra derecha. “20 de noviembre: Día Feliz”, anuncia con grandes letras. Y agrega: “Convertí un Big Mac en una sonrisa”. El cartel no tiene nada qué ver con el Día de la Soberanía. Es publicidad de McDonald’s, la omnipresente empresa elaboradora de saludables manjares dietéticos, bajos en calorías y recomendados por pediatras y nutricionistas de todo el mundo.

En 1954, la eficiente Organización de Naciones Unidas sugiere que todos los países instituyan el 20 de noviembre como el Día Universal del Niño, destinado a promover su bienestar. Y McDonald’s instaura esa fecha como el Día Feliz. Para la filantrópica compañía, la felicidad infantil consiste en un Big Mac. Es decir, dos hamburguesas intercaladas en tres rebanadas de pan con ajonjolí y entremezcladas con queso, pepino, cebolla y lechuga, todo rociado con una “salsa especial”. Son 200 gramos de carne rica en grasa, que representan casi 500 calorías. En la India, donde la vaca se considera un animal sagrado y no un alimento, McDonald’s elabora las hamburguesas con carne molida de camello.

Veinte minutos después llego a mi casa. Mis dos hijos menores están terminando de cenar. Federico, de siete años, y Eva Victoria, de ocho, son mexicanos. Viven en Buenos Aires desde hace un año y medio. Los dos ya se bañaron y están vestidos con pijamas, listos para ir a la cama. Los pijamas son, en realidad, disfraces de Halloween o Noche de Brujas.

El Halloween –me enteré hace algunos años en México– es una tradición celta anterior a la era cristiana. La noche del 31 de octubre marcaba el fin del verano y el inicio del nuevo año en lo que hoy se conoce como Gran Bretaña y Francia. Los antepasados de los irlandeses creían que en esa fecha los muertos buscaban apropiarse del cuerpo de los vivos. Los amenazaban con una “treta” y les proponían un “trato”, de donde viene la expresión Trick or Treat. Para alejar a estos espíritus malignos, los aldeanos se vestían con trajes horribles, apagaban el fuego de sus chozas, colocaban huesos y calaveras en las puertas. Las hechiceras introducían velas dentro de los cráneos e iluminaban las cuencas de los ojos y la nariz.

Entre 1840 y 1846, los inmigrantes irlandeses que viajaron a Estados Unidos huyendo del fracaso de la cosecha de papa y la posterior gran hambruna, llevaron esa costumbre. Y como no podían efectuar las prácticas con cráneos humanos, recurrieron a las calabazas, a las que les tallaban ojos, nariz y boca antes de iluminarlas por dentro. El festejo pagano se comercializó e irradió a México y otros países iberoamericanos, donde en la noche del 31 de octubre los niños se disfrazan de brujas o monstruos y salen a pedir en el barrio monedas o golosinas. “Treta o trato”, amenazan los enanitos.

Entonces, en esta noche del 20 de noviembre de 2009, empiezo a rezongar porque Eva y Fede están con sus pijamas de Halloween. No pretendo que tengan pijamas de gauchos, mazorqueros o del Regimiento Patricios, desde luego. Pero me molesta que sepan más de la Noche de Brujas que del Combate de la Vuelta de Obligado, a cuya celebración los llevé el año pasado.

Digo algo, no recuerdo bien qué, acerca de la colonización cultural. Eva y Fede me observan como si hablara de la Guerra de las Galaxias.

Escucho la voz de mi mujer desde la cocina:

– ¿Y no es colonización cultural el Papa Noel que por aquí aparece en verano? Un gordo ridículo que llega en Navidad con trineo y nieve… ante compradores que visten bermudas, calzan sandalias y transpiran porque es diciembre, hace calor y la temperatura llega a más de 30 grados.

Papa Noel, es cierto. En otros países se le conoce como Santa Claus y San Nicolás. Se dice que apareció en Turquía en el año 345. Era un joven religioso de origen griego, hijo de padre rico, que cargaba una bolsa con alimentos y regalos para los niños. Vestía una túnica verde e iba montado en un burro blanco. La leyenda se extiende a Holanda y, de ahí, a los países nórdicos. En el siglo XVII, los inmigrantes holandeses que cruzan el Atlántico y se establecen en Nueva Amsterdam –más tarde rebautizada Nueva York– llevan esa costumbre a Estados Unidos.

Allí, un escritor y un religioso se adelantan en décadas a Hollywood y Disneylandia. En 1809, el novelista Washington Irving –autor de Cuentos de la Alhambra y El jinete sin cabeza– publica su Historia de Nueva York contada por Dietrich Knickerbocker, en la que narra la vida de los descendientes neoyorkinos de aquellos holandeses. Describe a San Nicolás o Santa Claus en un caballo volador y con una bolsa de regalos que reparte en las chimeneas. En 1823, el pastor protestante y profesor de estudios bíblicos Clement C. Moore decide que el obeso personaje vestido de verde debe viajar en un trineo conducido por seis renos.

En 1931, los estadounidenses se resignan a esperar la peor Navidad de sus vidas. La crisis desatada por el crack del “jueves negro” en la Bolsa de Nueva York en 1929, lleva a la miseria a millones de ciudadanos y las ventas de la Coca-Cola caen estrepitosamente. La empresa le encarga al dibujante Habdon Sundblom, un nieto de suecos que vive en Chicago, que cambie el color del traje navideño. La idea es que adopte los colores de la bebida, rojo y blanco. La imagen se refuerza todos los años en la publicidad de la marca y se exporta, incluso, a los trópicos de América.

El 20 de noviembre de 1845, los argentinos resistieron en la Vuelta de Obligado el ataque de británicos y franceses. Lo que nunca pudimos rechazar, 86 años después, fue la invasión de un solo personaje de dudosa nacionalidad, desarmado y montado en un trineo ártico en pleno verano. Nuestra imbecilidad quizás explique su risa, Navidad tras Navidad: jo jo jo.

Sucede algo parecido con nuestros políticos. Cuando están en campaña, los candidatos se presentan cargados de promesas –como las bolsas de regalos de Papa Noel– en todos los diarios, revistas, radios y canales de televisión. En algunos casos no aparecen risueños, sino graves y hasta trágicos. No sacan obsequios de sus bolsas, sino alarmantes presagios, advertencias apocalípticas, profecías sobre la inminente llegada del Armagedón. Pero en cualquiera de las dos circunstancias, unos y otros están muy dispuestos a recurrir a la “treta” o el “trato”. Y al final, los que andamos a pie siempre quedamos sumidos en una terrorífica Noche de Brujas peor que la de Halloween.

FLORENCIO VARELA, LA SEÑORA CARRIÓ Y “LA CHINGADA MADRE QUE LOS PARIÓ”

4 noviembre 2009

Roberto Bardini

En estos días, cuando falta poco para que se cumpla un nuevo aniversario del combate de la Vuelta de Obligado, recordé al escritor unitario Florencio Varela, extrañé un poco a México –donde viví 32 años– y pensé en Carmen Lira, directora del diario La Jornada, del Distrito Federal. Y todo a causa de recientes declaraciones de la ex diputada Elisa Carrió.

VarelaEn 1843, como se sabe, Florencio Varela viaja a Londres y París como representante del Partido Unitario para solicitar la intervención militar de Gran Bretaña y Francia en el Río de la Plata. El emisario especial, exiliado en Montevideo, obedece instrucciones de los enemigos de Juan Manuel de Rosas en Uruguay. Y en el fondo le hace el juego al almirante John Brett Purvis, comandante en jefe de la flota británica en América del Sur, y al canciller del Imperio de Brasil, João Vieira Cansanção, vizconde de Sinimbu.

Dos años después, una poderosa escuadra naval anglo-francesa llega a las costas suramericanas y declara el bloqueo a Buenos Aires. Y en medio de esta poco patriótica misión opositora al gobierno de Rosas se escribe una de las más gloriosas gestas nacionales: la batalla de la Vuelta de Obligado el 20 de noviembre de 1845.

A 166 años de aquella gira europea antirrosista, Florencio Varela tiene una especie de clon femenino en estas latitudes: la señora Elisa Carrió, lideresa de la Coalición Cívica.

carrioEx Reina de Belleza del Chaco (1971), ex asesora de la Fiscalía de Estado de esa provincia durante el Proceso de Reorganización Nacional (1979) y ex juez de Cámara también bajo la dictadura militar (1980), la señora Elisa Carrió anunció recientemente a los cuatro puntos cardinales que entregará un documento a varias embajadas extranjeras para denunciar una inminente “escalada de violencia” por parte del gobierno.

Según la sistemática opositora, recurre “a los gobiernos de los países amigos” porque la situación es tan alarmante que “vulnera principios y normas del derecho internacional, particularmente los del sistema interamericano”. Y es tan grave el asunto, que está en juego “la vigencia efectiva de la democracia representativa, que es principio esencial de la Organización de los Estados Americanos”.

¿No será demasiado? ¿Qué pretende la señora Elisa Carrió, esa especie de pitonisa chaqueña? ¿Un bloqueo naval a Buenos Aires? ¿Un golpe “constitucional” al estilo Honduras? ¿La llegada de observadores internacionales, el desembarco de marines, la intervención de los cascos azules de la ONU?

Las representaciones destinatarias del informe son Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, España, Estados Unidos, Francia, Italia, México, Perú y Uruguay. Pero la señora Elisa Carrió, predicadora de catástrofes, no toma en cuenta que la mayoría de estas sedes dispone de analistas de primer nivel con acceso a fuentes de información políticas, diplomáticas, militares y de inteligencia mucho más objetivas y confiables.

Antes, la señora Elisa Carrió se presenta en varios programas periodísticos en la televisión –a veces dos en el mismo día, con diferencia de pocos minutos– para denunciar con vehemencia acopios de armas, entrenamientos guerrilleros, futuros atentados contra políticos opositores. Y, como siempre, desenfunda los nombres de Hitler, Stalin y Ceaucescu, personajes sepultados bajo siete capas geológicas de la historia. Por el momento, no se atreve a incluir en su gran obra maestra del terror a Rosas y a Perón.

Y ahora entra en escena la periodista mexicana Carmen Lira, directora del periódico La Jornada, a quien conocí en 1976 cuando era una inquieta reportera de la sección internacional del diario Excelsior. Varias veces estuvimos juntos en los años siguientes, “bajo fuego” y muertos de miedo, en Nicaragua y El Salvador.

Carmen es una mujer de izquierda, pero como buena mexicana también es nacionalista. Muchos años atrás me dijo algo así: “Yo soy opositora desde que tengo uso de razón y no les doy tregua a estos cabrones que nos gobiernan desde hace décadas. Pero cuando estoy fuera de México no tolero que nadie hable mal de ningún presidente o funcionario o político mexicano. Aquí, si pudiera, los meto presos a todos; afuera, no permito que les falten respeto. Para mí, aquí o afuera, México está primero”.

Y así piensa la mayoría de mexicanos que conozco, liberales o conservadores, de izquierda, derecha o centro, militantes o apolíticos. Para todos ellos –salvo ínfimas excepciones– la Patria está primero.

Y por cierto: los mexicanos acuñaron un nombre para designar a personajes como Florencio Varela y la señora Elisa Carrió. Les denominan “malinchistas” o les aplican el muy extendido “hijos de la chingada” o el más directo “la chingada madre que los parió”. Son otros usos, distintas costumbres. Pero ésa es otra historia.

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ELIJA SU “GORILA” PROPIO

26 octubre 2009

Roberto Bardini

escudoperonistaTras el golpe cívico-militar que el 16 de septiembre de 1955 derroca al general Juan Perón, se “borran” casi todos los jerarcas que no han sido encarcelados. Muchos se quitan el escudito peronista de las solapas, descuelgan los retratos de Perón y Evita, esconden carnets de afiliados, queman banderines, diplomas y certificados que los puedan vincular con el gobierno constitucional depuesto.

En enero de 1956, Perón redacta las “Directivas Generales para todos los Peronistas” y da instrucciones para la Resistencia: “Hemos cometido el error de creer que una revolución social podría realizarse incruentamente. La reacción nos ha demostrado que estábamos equivocados y hemos pagado un caro precio por nuestro humanitarismo. […] Ello impone: luchar con la dictadura mediante la resistencia pasiva hasta que se debilite y nuestras fuerzas puedan tomar el poder”.

Este primer documento sobre la Resistencia llega al país en febrero y enumera una serie de actividades para desgastar a la dictadura del general Pedro Aramburu y el contralmirante Isaac Rojas: “Es menester no dar tregua a la tiranía. El trabajo a desgano, el bajo rendimiento, el sabotaje, la huelga, el paro, el desorden, la lucha activa por todos los medios y en todo lugar debe ser la regla”.

Tres letras pintadas en las paredes

Al comienzo de 1956 ya existe en el desarticulado peronismo la decisión de resistir por todos los medios a la “revolución libertadora”. Al calor de la lucha surgen nuevos liderazgos políticos y sindicales, espontáneos y desorganizados pero combativos. También hay un trasvasamiento generacional. La mayor parte de los viejos funcionarios peronistas queda al margen: están en la cárcel o buscaron refugio en otros países, han perdido la mística o claudicaron.

“Los dirigentes nos han defraudado, los políticos nos han engañado, los intelectuales nos han olvidado”, resume en octubre de 1955 el primer número de Crisol del Litoral, una hoja semiclandestina editada por trabajadores del puerto de Santa Fe. Y en el número cuatro, de diciembre, afirma: “La dinámica social está en nosotros, en nuestros pechos, nuestros músculos, nuestras manos”.

El sentimiento de esos pechos impulsa la acción de muchas manos. Y de pronto, en los muros de algunos barrios de Buenos Aires aparecen tres letras pintadas con tiza o carbón: GRM.

Una anécdota explica el significado de la sigla. En Documentos de la Resistencia Peronista, Roberto Baschetti cuenta lo que le ocurrió a Coco, un trabajador al que la “libertadora” despidió de Correos y que en su juventud había sido campeón de levantamiento de pesas. Los “comandos civiles” lo apresan y encuentran en uno de los bolsillos un papelito arrugado con las letras GRM garabateadas. Piensan que son las iniciales de alguien y comienzan a interrogarlo a las trompadas. Entre golpe y golpe, le preguntan quién es el contacto, cuándo se iba a encontrar con él, en qué lugar. Y Coco, que pesa 160 kilos, aguanta. Los “libertadores” lo muelen a puñetazos, pero él no dice nada.

GRM quería decir, se supo después, “Generar Resistencia Masiva”.

Desde el filonazi hasta el protozurdo

“No teníamos armas, no podíamos hablar, ni votar, ni hacer nada. No teníamos explosivos; el sabotaje era la única manera que teníamos de enfrentar a esta banda que nos explotaba. No teníamos libertad de prensa, nada. No podíamos tener ni siquiera una foto de Perón en nuestras casas. Así que recurrimos a los «caños»”. El testimonio es de Juan Carlos Brid, comando de la Resistencia Peronista, y lo cita el historiador británico Daniel James en Resistencia e integración, publicado con respaldo de la Universidad de Cambridge.

Apodado “El alámbrico” por sus compañeros, Brid era de Tigre. Había estado exiliado en Montevideo, realizó operaciones de sabotaje en el norte del Gran Buenos Aires y era una de las obsesiones de los servicios de inteligencia de la “libertadora”, que lo buscaron durante siete años pero nunca pudieron atraparlo.

[Esa faena la logra varios años más tarde el régimen cívico-militar instaurado el 24 de marzo de 1976. Una patota del Grupo de Tareas 100, de la Fuerza Aérea, captura al militante peronista en noviembre del año siguiente en San Fernando, lo mantiene prisionero en el centro de detención clandestino conocido como Mansión Seré, en Morón, y finalmente lo asesina].

Los “caños” son explosivos artesanales. Consisten en tubos rellenos con trotyl, gelinita o pólvora y tuercas, provistos de un sistema elemental de detonación retardada. La mayoría de las veces, representan más peligro para quien los coloca que para el objetivo del ataque. Los resistentes se esfuerzan para que la explosión sólo produzca daños materiales, sin provocar muertes.

Los comandos de la Resistencia Peronista son pequeños grupos creados espontáneamente en casi todo el país, en la mayoría de los casos sin relación entre sí. Están organizados por dirigentes de segunda y tercera línea que se han salvado de caer en prisión, precisamente, por no ser muy conocidos. Al comienzo, sus células están integradas por amigos de barrio, de café y de esquina, por obreros, empleados de comercio, ex militantes de la Alianza Libertadora Nacionalista, militares dados de baja y, en ocasiones, policías.

Los periódicos informan, por ejemplo, que en Paraná (Entre Ríos), la policía ha arrestado en febrero de 1956 a cuatro hombres acusados de pintar con carbón leyendas en las paredes, intentar prender fuego un depósito de cereales, quemar vagones de trenes y planificar el incendio de un local de la Unión Cívica Radical. Formaban el grupo un chofer de camión, un trabajador ferroviario y dos individuos más, todos de “condición humilde”.

Los comandos son una muestra de la composición social del peronismo. Otra célula, desbaratada ese mes en Pergamino estaba integrada por un médico, un subinspector de policía, un contratista de construcción y un ex dirigente de la CGT local. Por esas fechas, se sabe que en Junín funciona un comando de sólo tres personas: el ex intendente, un capataz de ferrocarril y un aviador civil.

“Lo popular, lo obrero, lo negro, lo antiimperialista era lo peronista… Y el peronismo resistente obviaba cualquier diferencia interna. Así luchaban codo con codo, desde el filonazi hasta el protozurdo”, resume el semanario Primera Plana en mayo de 1972. De ese modo, la Resistencia Peronista le responde a la “revolución libertadora”.

Cuando llegue la hora…

FerminLa revista Militancia reproduce el 20 de junio de 1973 el relato de Fermín Jeanneret, miembro de un comando: “Poníamos «caños» desde el primer momento. No estábamos acostumbrados a esa clase de lucha, cuantimás un 38 corto y rajar a pata. Si hasta había veces que salíamos con cachiporras nada más. […] Al principio teníamos las casas contadas y la gente no entendía. […] La gente decía que volvían otra vez los salteadores de caminos, los asaltantes. […] Poníamos «caños» a montones. Y te digo: a veces para nada, para hacer ruido nada más”.

[Jeanneret, ex militante de la Alianza Libertadora Nacionalista, era de Quilmes. Fue secuestrado el 6 de abril de 1977 y posteriormente asesinado. Tenía 68 años].

La Resistencia es anárquica, pero evita el atentado personal. Las bombas de los comandos a mediados de los años 50, contrariamente a lo que sucederá a comienzos de los 70, no buscan matar ni herir.

Los artefactos no tienen gran poder explosivo y se colocan en locales partidarios antiperonistas, centros de producción, vías de ferrocarril, refinerías de petróleo, tanques de combustible, puentes. A pesar del odio al adversario, se conserva el respeto por la vida. Pero los estallidos sacuden la noche en muchas ciudades del país y generan intranquilidad entre los “vencedores”. A eso se suma el trabajo a desgano, el sabotaje en las fábricas y usinas, la rotura de maquinarias, los cortocircuitos eléctricos en las empresas, la destrucción de señales viales, el derroche de energía, gas y agua.

Juan Vigo, un destacado activista de aquellos años, publica en 1973 su libro La vida por Perón: crónicas de la Resistencia y calcula que en abril de 1956 existían en el Gran Buenos Aires más de 200 comandos, de los que formaban parte alrededor de diez mil hombres. Estas células no constituían grupos guerrilleros como los que surgieron en los años 70. Distaban mucho de ser un encuadramiento político-militar y sus miembros carecían de la disciplina y el entrenamiento que caracterizará, más tarde, a las organizaciones armadas.

La respuesta obrera, traducida en números, la resume Richard Gillespie en su libro Soldados de Perón: cinco millones de jornadas de trabajo perdidas en las huelgas de 1956, más de seis millones en 1958 y más de once millones en 1959. Esas cifras nunca se repetirán en la historia argentina del siglo veinte y, mucho menos, en lo va del veintiuno.

A veces, la Resistencia recurre al humor. En 1957 circula en Rosario una hoja barrial: Juancito. El nombre cumple un doble propósito: evoca cariñosamente a Perón y apela a los muchachos del barrio, los “Juan Pueblo”. En septiembre, bajo el título “Todo el mundo debe tener uno”, Juancito convoca a los peronistas a seleccionar su “gorila” propio:

“Elíjalo en su club o dondequiera, cuídelo, pero sea un poco perverso, haga su vida divertida. Cualquier cosa servirá; rompa sus ventanas, haga pis en su jardín, mándele notas anónimas, haga sonar su timbre a las tres de la mañana. Cuando llegue la hora indicada, el hijo de puta sabrá que es un hombre marcado”.

“Perturbadores transformados en criminales”

En la madrugada del 22 de febrero de 1956, militantes peronistas hacen estallar el polvorín del la Fábrica Militar de Materiales de Comunicaciones, cerca de la estación ferroviaria de Migueletes, en el Gran Buenos Aires. La acción no causa víctimas, pero genera conmoción entre los “vencedores”. La “libertadora” se indigna a través de la cadena oficial; los diarios simpatizantes del régimen le hacen eco.

El mismo día, Clarín –fundado en agosto de 1945 por el abogado y ex diputado socialista Roberto Noble– condena las instrucciones de Perón y exige mano dura contra “perturbadores” y “criminales”:

“Las versiones que acerca de inminentes actos de sabotaje venían circulando en los últimos días no sólo verbalmente, sino también en misivas que contenían una incitación a cometerlos, firmados apócrifa o realmente por el mandatario depuesto, han tenido trágica confirmación en los primeros minutos de hoy […]. Lo realizaron acatando órdenes, directas o indirectas, de quien durante diez años de tiranía simuló ser protector de las clases modestas […]. Nosotros, que nos enrolamos patrióticamente en las filas de la Revolución Libertadora, nos sentimos orgullosos de lo que se ha calificado de tolerancia del gobierno con los perturbadores, transformados ahora en criminales […]. Basta ya de complacencias, basta ya de tolerancias con quienes, guiados por instintos primarios apelan a este crimen de lesa humanidad para quitar a sus hermanos la paz, la justicia y la libertad […]. Basta pues, que el gobierno proceda desde hoy con el máximo rigor”.

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1956: RICARDO DÍAZ, UN POLICÍA DE LA RESISTENCIA PERONISTA

8 junio 2009

Roberto Bardini

Corre el año 1956… Villa Manuelita, un barrio pobre al sur de Rosario, a cinco cuadras de un matadero de reses instalado en 1874, es una mezcla de villa miseria, conventillos y ranchos con una sola calle principal de tierra. Amalgama de “barrio bravo” de los años treinta y “barrio obrero” de los cuarenta, también es bastión de la Resistencia Peronista.

Su denominación oficial es General San Martín, pero le llaman Villa Manuelita en recuerdo de doña Manuela Rodríguez, dueña de catorce casas con nombres de provincias argentinas que alquilaba baratas. Habitan el barrio empleadas del frigorífico Swift y trabajadores del ferrocarril, el puerto, las fábricas y los depósitos de materiales de construcción. En septiembre de 1953, durante el segundo gobierno peronista, se había creado una biblioteca con 200 libros y se organizaban concursos de pintura infantil, funciones de cine y bailes para recaudar fondos y comprar nuevos textos.

Cuentan que en ese lugar aparece en septiembre de 1955 un mensaje escrito con brea en una sábana: “Todos los países reconocen a Lonardi. Villa Manuelita no lo reconoce”. Otros dicen que el mensaje se ve una mañana de 1956, escrito con alquitrán en una pared de chapa: “Los yanquis, los rusos y las potencias reconocen a la Libertadora. Villa Manuelita no”.

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En un barrio contiguo, Tablada, está el comisario Ricardo Díaz, un policía diabético que el 9 junio de 1956 se une en Rosario al levantamiento de los generales Juan José Valle y Raúl Tanco. La historia, poco conocida, la cuenta Eduardo Toniolli en “Armas para Valle”, publicada el 9 de junio de 2006 en la revista La memoria de nuestro pueblo, al cumplirse medio siglo del levantamiento peronista.

Hijo de un payaso y trapecista, dueño de un modesto circo, Díaz ha trabajado desde niño en la empresa familiar recorriendo pueblos del interior. En su adolescencia también fue payaso y actor de sainetes en los que interpretaba a famosos bandidos rurales: Juan Moreira, Mate Cocido, Bairoletto… Se casó muy joven con la hija de un militante anarquista del campo, tuvo un hijo y en 1942 llegó a Rosario, donde ingresó a la policía provincial con la idea de conseguir una ocupación fija. Hombre de ideas libertarias, hizo carrera durante el peronismo y llegó a comisario. Después del golpe de septiembre de 1955, gracias a su buena hoja de servicios no resultó perjudicado por los pases, traslados y bajas ordenados por la “revolución libertadora”.

El 9 de junio del año siguiente, Díaz está a cargo de la comisaría 16 del barrio Tablada, llamado así por los corrales con tablones de madera en los que se encerraba al ganado antes de enviarlo al matadero. El comisario les pregunta a sus subordinados si quieren unirse al levantamiento peronista; sólo acepta un policía sumariante de apellido Vigil. Entonces los dos encierran al resto de los agentes en los calabozos para no comprometerlos y se van con 14 carabinas a sumarse a otros rebeldes en el centro de la ciudad.

Tres días después, cuando la rebelión ha fracasado, son detenidos. Díaz va preso un año y medio en la Unidad Penitenciaria Nº 3, de Rosario, donde se le agrava la diabetes porque los carceleros no siempre le entregan la insulina que envía su familia.

Sale en libertad a principios de 1958. “El afuera resultó ser igual de duro para la familia Díaz: una peluquería, un salón de ventas, cualquier emprendimiento resultaba válido para pucherear, pero sobre todo para adquirir la insulina que el ex comisario precisaba para sobrellevar su diabetes”, escribe Toniolli. El ex policía logra que le paguen una magra jubilación con un grado menor y muere al poco tiempo. Y, salvo la paciente reconstrucción de Toniolli, no existe ningún otro testimonio escrito acerca de su participación en el levantamiento del general Valle.

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1964: CUANDO LA LEGIÓN ESPAÑOLA CASI INVADE ARGENTINA

27 mayo 2009

Roberto Bardini

pavonpereyraEn 1999, el historiador Enrique Pavón Pereyra le aseguró a un periodista que el general Juan Domingo Perón llegó a evaluar, durante su destierro en Madrid y mientras gobernaba el radical Arturo Illia, una propuesta de invadir el noroeste de Argentina con legionarios españoles para crear un “foco rebelde” que posibilitara su retorno al poder.

El plan –según Pavón Pereyra– fue presentado en 1964 por un audaz y leal hombre de negocios llamado Julio Gallego Soto, un español nacionalizado argentino que había sido amigo del escritor nacionalista Raúl Scalabrini Ortiz.

La operación sería financiada por el magnate griego Aristóteles Sócrates Onassis, importador de tabaco turco y armador de barcos. El comandante de la avanzada militar era el general Raoul Salan, ex cabecilla de la Organisation de l’Armée Secrète (OAS), grupo terrorista que se había enfrentado al general Charles de Gaulle, presidente de Francia, a causa de la independencia de Argelia.

SalanEn la entrevista, realizada por Ricardo E. Brizuela y distribuida el 11 de abril de 1999 por la agencia de noticias Infosic, Pavón Pereyra sostiene que fue precisamente la participación de Salan en el operativo lo que determinó que Perón descartara la propuesta de Gallego Soto. El líder exiliado mantenía una excelente relación con De Gaulle.

“A última hora Perón la deja sin efecto”, relata el historiador. “El asunto consistía en transportar por aire, a una zona entre Tucumán y Salta, a un tercio español de setecientos a ochocientos hombres de la Legión Extranjera, para crear un foco rebelde”.

Los “tercios”, creados en el siglo XVI, eran unidades de infantería del ejército español, utilizados fundamentalmente en las guerras coloniales. Aunque fueron oficialmente disueltos en 1920, los regimientos de la Legión española aún conservan esa denominación.

Legion

Más adelante, Pavón Pereyra agrega: “Pero resulta que el que comandaría la operación sería Raoul Salan, famoso general argelino que levantó el ejército de su país, antidegaullista, que también aplastó el movimiento independentista de Argel con mano durísima y cruel, con un costo tremendo en vidas humanas para el bando rebelde. Cuando Perón se enteró dijo: De ninguna manera, ni hablar”.

Pavón Pereyra, fallecido en enero de 2004, es considerado como el primer biógrafo en vida del tres veces presidente argentino. Algunos de los títulos que publicó lo dicen todo: Perón (1953), Vida de Perón (1965), Coloquios con Perón (1965), Perón, tal como es (1973), Perón, tal como fue (1986), Conversaciones con Juan Domingo Perón (1978), Correspondencia de Perón (1981), Los últimos días de Perón (1981), Diario secreto de Perón (1985) y Yo, Perón (1993).

No obstante, en sus revelaciones sobre el presunto proyecto de invasión de legionarios españoles al noroeste argentino desliza dos errores. Salan, el “famoso general argelino”, era francés. Conocido como “El mandarín” y “El chino” desde que fue comandante de las tropas francesas en Indochina, había nacido en 1899 en Roquecourbe, al sur de Francia, cerca de la frontera con España.

El segundo error es más grave: en 1964, Salan estaba preso. Dos años antes había sido condenado a cadena perpetua y encarcelado por su vinculación con la OAS. Ese dato echa por tierra todo el relato del “foco rebelde”. El militar salió en libertad en julio de 1968, gracias a una amnistía del general De Gaulle, y se estableció en el norte de España.

Sin embargo, Pavón Pereyra rescata la figura de un personaje desconocido por los peronistas jóvenes y poco conocido por los no tan jóvenes: Julio Gallego Soto. Nacido en noviembre de 1915 en una pequeña localidad de Castilla y León, llegó muy  joven a Buenos Aires, donde se hizo amigo de Raúl Scalabrini Ortiz. Integrante de una familia que se dedicaba a la importación de telas inglesas, se relacionó con Perón en 1943 y se convirtió, con apenas 28 años de edad, en su colaborador en las sombras durante tres décadas. Y aunque esquivaba los puestos públicos, en 1946 fue un discreto asesor económico del ministro de Salud Pública, Ramón Carrillo.

Pavón Pereyra lo describe así: “Era un hombre de circunstancias, le servía a Perón desde un principio, haciéndole llegar y atendiendo a las necesidades urgentes. No sólo de plata. Tenía acceso a los centros económicos con mucha familiaridad. No tenía aspiraciones económicas. No se le quedaba pegada plata que no le perteneciera”.

El periodista Rogelio García Lupo, a su vez, ahonda la descripción el 11 de octubre de 1998 en Zona, suplemento de Clarín: “Julio Gallego Soto fue agente de Perón para las operaciones confidenciales de mayor riesgo. Conocía las cuentas numeradas de los bancos de Nueva York, Barcelona, Montevideo y París, donde era mayor la discreción y también podía reconstruir de memoria la historia de los contradocumentos y las transferencias de fondos que respaldaban los pactos políticos del jefe del justicialismo. Gallego Soto fue un eximio conspirador que construyó como una obra de arte su bajo perfil, a pesar de haber vivido momentos históricos junto a Perón o por cuenta de Perón”.

Su vida se cortó abruptamente a los 61 años de edad. En julio de 1977, agentes del Batallón 601 de Inteligencia lo secuestraron para averiguar sus “conexiones financieras” con el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). “Se llevó muchos secretos a la tumba sin nombre, cuando un comando militar lo desapareció para siempre”, escribe García Lupo.

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CUANDO LOS MAU MAU LUCHARON EN EL NOROESTE ARGENTINO

18 abril 2009

Roberto Bardini

maumau

Después del golpe cívico-militar que el 16 de septiembre de 1955 derrocó al general Juan Perón, corre el rumor que en el noroeste argentino hay guerrilleros africanos Mau Mau, famosos porque decapitan a sus enemigos británicos.

Nadie los ha visto, pero se dice que operan en la zona ferroviaria de Tafí Viejo, en Tucumán, y a veces llegan a Salta y Jujuy. Y para preocupación de los servicios de inteligencia de la “revolución libertadora”, también se comenta que están con la Resistencia Peronista.

Mau Mau es una organización rebelde que de 1952 a 1960 combate en Kenia contra las tropas del Imperio Británico, que ha ocupado el país a fines del siglo diecinueve. Su líder es Jomo Kenyata, quien después de la independencia en 1963 será el primer presidente y gobernará hasta 1978. Los Mau Mau tienen pocos fusiles; pelean con lanzas y machetes. Los ingleses cuentan que cortan las cabezas de los blancos, las colocan en la punta de la lanza y las exhiben como escarmiento.

cenaLa verdadera historia –prácticamente desconocida en la actualidad– me la contó en 2007 el inclaudicable Juan Carlos Cena, hijo de un ferroviario de Córdoba y también él ferroviario desde los 12 años. Luego de la caída de Perón, padre e hijo se unieron a la Resistencia. Miembro fundador del Movimiento Nacional de Recuperación de los Ferrocarriles Argentinos (MoNaReFA), hoy es un experto en el tema.

“En 1955, mientras, los burócratas sindicales se reunían en Olivos con el general Lonardi primero y con el general Aramburu después, para reacomodar las relaciones con el nuevo poder, el Partido Justicialista se había volatilizado”, recuerda Cena, que conoce de primera mano la anécdota de los Mau Mau. “La Resistencia se fue conformando a través de los cuerpos de delegados, seccionales de sindicatos, por zona o región, comisiones internas y de reclamos. No hubo ningún ideólogo, intelectual o político que preparara la Resistencia”.

En el caso de los obreros ferroviarios, las reuniones comenzaron después del bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955. Cena fue testigo de esos encuentros porque se realizaron en la casa de su padre, en Córdoba. “Con el pretexto de jugar a la taba, llegaban compañeros de todos los lugares ferroviarios del país. Los articulaba la unidad territorial del oficio y el sindicato. Los encuentros organizativos fueron rotando. La reunión más importante fue en la Estación La Reducción, en Tucumán”.

Luego del golpe del 16 de septiembre, las comisiones internas y de reclamos de la Unión Ferroviaria en Tafí Viejo crean el Comando Interseccional Peronista de Obreros del Norte (Cipon). El núcleo está en Tafí Viejo, pero se extiende a todo el norte del país. Es la concentración obrera más grande del noroeste. Le siguen los Altos Hornos Zapla.

“El Cipon estaba formado por compañeros duros, probados y disciplinados, defensores a ultranza de los ferrocarriles estatales”, narra Cena. “En más de una oportunidad, en el gobierno de Perón descabezaron jefaturas del taller por corruptas o ineptas. Esta metodología perduró después del golpe de 1955. Fueron los primeros en operar fuera de la organización partidaria. En todo el norte organizaron paros y sabotajes, no sólo ferroviarios. También impulsaron aprietes a comandos civiles, rompehuelgas, delatores y traidores. Eran absolutamente independientes y nunca pudieron ser controlados. Antes del advenimiento del peronismo, los anarquistas tenían gran influencia en los talleres; instauraron maneras de comportamiento, códigos éticos, métodos de organización y trabajo gremial. Con Perón en el gobierno, la relación entre anarquistas y peronistas continuó, basada en un respeto mutuo”.

Los antiperonistas de Tafí comienzan a llamarlos Mau Mau. Los militantes del Cipon no se sienten ofendidos: también reivindican la guerra de independencia en Kenia. Y para hacer honor al nombre le “cortan la cabeza” a dos jefaturas de taller seguidas, expulsándolas por “gorilas”.

Varios oficiales del ejército retirados y en actividad que se dicen peronistas van a ver a los dirigentes del Cipon para influenciarlos. Todos son rechazados, especialmente el general Miguel Ángel Iñiguez, del Comando de Operaciones de la Resistencia (COR), más afecto a los golpes militares que a las revoluciones populares. “Los Mau Mau sólo recibieron al entonces capitán Adolfo César Phillipeaux, quien en 1956 se había unido en La Pampa al levantamiento del general Juan José Valle”, cuenta Cena. “Con él mantuvieron una relación militante y de gran respeto”.

El ferroviario cordobés evoca por sus apodos a viejos conocidos de la Resistencia Peronista: Cutiti Díaz, Chichilo Céliz, Tableta Gutiérrez, Andrés Suter… De ellos sólo viven El Toto Romero y El Inglés Campbell.

“El anecdotario de sus vidas es enorme”, recuerda Cena. “Todos murieron pobremente, orgullosos de haber sido lo que fueron. El primer desaparecido ferroviario de la Resistencia es Raúl Lechessi, en el gobierno de Isabel Martínez. Ni siquiera durante la dictadura cívico- militar de 1976-1983 los trabajadores ferroviarios claudicaron”.

Unas últimas líneas sobre los Mau Mau de Kenia: durante años, historiadores y periodistas británicos presentaron una imagen feroz de los independentistas, pero el investigador Mark Curtis, fundador del Royal Institute of International Affairs, tiró abajo estas descripciones. En su libro Web of Deceit (“Red de engaños”), publicado en 2003, Curtis revela que más de un millón de kenianos fueron prisioneros en “aldeas cercadas”. A los sospechosos se les interrogaba con “cortado de orejas, perforación de tímpanos, azotes y quemaduras con cigarrillos encendidos”.

Y el historiador David Anderson, de la Universidad de Oxford y autor de Histories of the Hanged: The Dirty War in Kenya and the End of Empire (“Historias de los colgados: La guerra sucia en Kenia y el fin del imperio”), publicado en 2005, presenta evidencias de la brutal represión británica: 20.000 rebeldes asesinados, 150.000 civiles acusados de simpatizar con ellos enviados a campos de trabajos forzados y más de mil ejecutados en la horca. Anderson demuestra que sólo 32 colonos ingleses murieron durante un conflicto que duró más de siete años.

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MALVINAS, UN CORSARIO NORTEAMERICANO Y SU AMANTE CHILENA

30 marzo 2009

Roberto Bardini
jewettUn corsario norteamericano al servicio de las Provincias Unidas del Río de la Plata es el primero que toma posesión de las Islas Malvinas en nombre del gobierno de Buenos Aires. El 6 de noviembre de 1820, el lobo de mar desembarca en Puerto Soledad, ordena izar la bandera argentina y disparar una salva de 21 cañonazos ante 50 barcos pesqueros de diversas nacionalidades, la mayoría británicos y estadounidenses.

Se trata el coronel de marina David Jewett, de 48 años, comandante de la fragata Heroína. Tres días después, el militar envía una comunicación en inglés y en castellano a los capitanes de embarcaciones extranjeras, informándoles que está prohibido pescar en aguas jurisdiccionales o desembarcar para apoderarse del ganado. El mensaje, fechado el 9 de noviembre, está redactado en términos cordiales pero firmes:

“Señor, tengo el honor de informarlo que he llegado a este puerto comisionado por el Supremo Gobierno de las Provincias Unidas de Sud América para tomar posesión de las islas en nombre del país a que éstas pertenecen por la Ley Natural.

“Al desempeñar esta misión deseo proceder con la mayor corrección y cortesía para con todas las naciones amigas; uno de los objetos de mi cometido es evitar la destrucción de las fuentes de recursos necesarios para los buques de paso, que, en recalada forzosa, arriban a las islas, y hacer de modo que puedan aprovisionarse con los mínimos gastos y molestias.

“Dado que los propósitos de Usted no están en pugna y en competencia con estas instituciones y en la creencia de que una entrevista personal resultaría de provecho para ambos, invito a Usted a visitarme a bordo de mi barco, donde me será grato brindarle acomodo mientras le plazca; he de agradecerle –asimismo– que tenga a bien, en lo que esté a su alcance, hacer extensiva mi invitación a cualquier otro súbdito británico que se hallare en estas inmediaciones; tengo el honor de suscribirme, señor, su más atento y seguro servidor”.

El navegante inglés James Weddell –explorador de la zona que lleva su nombre en el mar antártico– se encontraba ese día entre los extranjeros presentes en las Malvinas. Es él quien divulga la carta de Jewett, que se publica en diarios ingleses y españoles.

La toma de posesión del coronel se describe en El Redactor, de Cádiz (España), en agosto de 1821, a través de informes obtenidos en Gibraltar. También a mediados de ese año se publica la noticia en La Gaceta de Salem, en Estados Unidos, por relatos de pescadores de ese país que presenciaron la ceremonia.

David Jewett, nacido el 17 de junio de 1772 en North Parish (Connecticut), estudió leyes y a los 19 años ingresó a la marina de guerra de Estados Unidos. Participó en la lucha de independencia de su país contra Gran Bretaña, fue comandante en jefe de la escuadra naval chilena en 1814 y ese mismo año ofreció sus servicios a las autoridades de las Provincias Unidas. El 22 de junio de 1815 se le otorga, en acuerdo secreto del gobierno, la patente de corso. Durante dos años está al frente del bergantín Invencible en el océano Atlántico y captura cuatro naves brasileras.

javieraEn enero de 1820, el marino recibe el mando de una fragata mercante francesa equipada con 30 cañones y la bautiza Heroína. Lo hace–según el historiador chileno Armando Moreno Martín– en honor a su amante chilena Javiera Carrera, a quien ha conocido en Buenos Aires en 1814 y considera una “heroína de América”. La embarcación ya no es una nave corsaria, sino un buque de Estado.

De familia aristocrática, casada dos veces y madre de siete hijos, la hermosa Javiera se hizo famosa por bordar en 1812 la primera bandera nacional de su país, un escudo de armas con la sentencia “Por la razón o por la espada” y una escarapela que fue de uso obligatorio. La mujer es hermana mayor del patriota José Miguel Carrera, quien luego de servir como oficial en España y combatir contra las fuerzas invasoras de Napoleón, regresó a Chile, participó en la guerra de independencia, fue jefe de gobierno y primer comandante en jefe del ejército.

En 1814, cuando España reconquista Chile, Javiera y sus hermanos cruzan la Cordillera de los Andes en un viaje de doce días. Viven un tiempo en Mendoza y luego, por instrucciones del general José de San Martín, se trasladan a Buenos Aires. Sin dinero, la mujer se gana la vida vendiendo comida chilena y fabricando cigarros de hoja. “No tengo ni para comer, menos para pensar en viajes”, le escribe a su segundo marido, un abogado asturiano que se quedó en Santiago. En 1819 las autoridades argentinas la detienen, la destierran primero a Luján y después a San José de Flores y finalmente la recluyen en un convento de la capital.

Jewett la rescata y la sube a un barco portugués que parte hacia Montevideo. “Vuestra amable hermana está al mando de la Heroína de las Provincias Unidas y espera con impaciencia el momento de abrazarlo a usted”, le escribe en 1820 a José Miguel Carrera. Pero ese momento no llegará nunca: un año después, Carrera, “el húsar desdichado”, es fusilado en Mendoza por orden de Bernardo de O’Higgins.

Después de su intervención en las Malvinas, Jewett renuncia a la marina argentina. Entra al servicio de la armada brasileña y más tarde, paradójicamente, combate contra las Provincias Unidas del Río de la Plata. Muere el 26 de julio de 1842, a los 70 años, en Río de Janeiro.

Tras diez años de ausencia, Javiera Carrera regresa a Chile en 1824. Fallece en su hacienda de San Miguel, cerca de Santiago, en agosto de 1862, a los 81 años.

 

EL INDIO QUE FUE COMANDANTE MILITAR EN LAS ISLAS MALVINAS

29 marzo 2009

Roberto Bardini

malvinasSu historia fue olvidada y hoy es prácticamente desconocida. Se llamaba Pablo Areguatí, era guaraní y había nacido en la aldea San Miguel Arcángel, fundada en tiempos del Virreinato del Río de la Plata por misioneros jesuitas en territorio que ahora pertenece a Río Grande do Sul, en Brasil. En 1824 fue el comandante militar de las Islas Malvinas durante seis meses.

 

El año anterior, el gobernador de Buenos Aires, general Martín Rodríguez, le había otorgado a Jorge Pacheco, un capitán de caballería retirado, derechos sobre 30 leguas de tierra para criar ganado y cazar lobos marinos, a cambio de reparar las instalaciones de Puerto Soledad.

 

Pero el ex militar, que tiene 52 años y vive de la explotación de un saladero, carece de dinero para iniciar la empresa. Se asocia entonces con el comerciante Luis María Vernet, nacido en Hamburgo (Alemania), de ascendencia francesa. Vernet, de 31 años, se beneficia con la mitad de la concesión en la isla y se hace cargo de la administración.

 

Por sugerencia de Pacheco, en enero 1824 es designado comandante militar de las Malvinas un soldado de la Independencia, Pablo Areguatí, ex capitán de milicias en Entre Ríos.

 

Educado primero por jesuitas en la provincia de Misiones y a partir de 1783 en Buenos Aires, el guaraní había estudiado en el Real Colegio de San Carlos. Esta institución –por cuyas aulas pasaron Manuel Belgrano, Juan José Paso, Juan José Castelli, Mariano Moreno, Manuel Dorrego, Cornelio Saavedra, Juan Martín de Pueyrredón y Martín Güemes, entre muchos otros nombres de los primeros años de vida argentina– con el correr del tiempo se convertirá en el Colegio Nacional de Buenos Aires.

 

En 1811, Areguatí fue nombrado por Manuel Belgrano como primer alcalde de la población entrerriana de Mandisoví, de 650 habitantes, fundada en 1777 por Juan de San Martín, padre del general José de San Martín. En 1814, Gervasio Posadas, Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, lo asciende a capitán de milicias.

 

El oficial retirado, que pensaba entrenar algunos peones en las Islas Malvinas para formar “una compañía de cívicos, con cabos y sargentos”, ha aceptado no cobrar sueldo del gobierno; a cambio, podrá criar su propio ganado. Sin embargo, por desinteligencias con Pacheco y Vernet renuncia en agosto de 1824. Seis años después es funcionario en la Aduana de Buenos Aires y, posteriormente, oficial de Justicia.

 

Uno de sus hermanos, Pedro Antonio, fue sargento en la expedición de los 33 Orientales, encabezada en 1825 por el general Juan Antonio Lavalleja para liberar la Provincia Oriental –que abarcaba lo que hoy es Uruguay y parte de Río Grande do Sul– entonces en poder de Brasil.

 

Una tataranieta del comandante militar guaraní de las Islas Malvinas, Evangelina Areguati, actualmente es maestra en la escuela Nº 74 Juan José Valle, de Concordia (Entre Ríos).

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