Archive for the ‘Europa’ category

EL CASO ALDO MORO 30 AÑOS DESPUÉS

11 marzo 2008

Roberto Bardini

moro.jpgLas sorprendentes declaraciones del psiquiatra estadounidense Steve Pieczenik al diario La Stampa, de Turín, en el sentido de que 30 años atrás manipuló al grupo terrorista Brigadas Rojas para que asesinara al político democristiano Aldo Moro, podrían ser una densa cortina de humo para ocultar a los verdaderos autores intelectuales de aquel crimen que conmovió a Italia y que se sabe fue planificado por la organización anticomunista conocida como Gladio.

Pieczenik, que se presenta como experto en antiterrorismo y es autor de algunas novelas de espionaje de dudosa calidad, dijo que tres décadas atrás viajó a Roma como enviado del entonces presidente James Carter para negociar con los secuestradores de Moro. Se encontró con un país “a punto de desestabilizarse”, pero –según su increíble opinión– la muerte del cautivo evitó que “la economía italiana se hundiera”.

moro2.jpgAldo Moro fue secuestrado el 16 de marzo de 1978 cuando se dirigía a una sesión extraordinaria del Congreso. Tras 52 días de cautiverio, su cadáver acribillado a tiros apareció el 9 de mayo en el baúl de un coche estacionado en el centro de Roma, a mitad de camino entre el local de la Democracia Cristiana y la sede del Partido Comunista. Fue un mensaje claramente mafioso: por gestiones de Moro, las dos agrupaciones se habían aliado coyunturalmente en el llamado “compromiso histórico” para afrontar la crisis económica y política que afectaba al país.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial y durante 32 años el dirigente asesinado había ocupado sucesivos cargos de importancia en el gobierno italiano: diputado de la Asamblea Constituyente en 1946, secretario general de la Democracia Cristiana en 1959, ministro de Justicia, ministro de Instrucción Pública y primer ministro en 1963-1968 y 1974-1976.

Steve Pieczenik, nacido en Cuba y criado en Francia, también está vinculado a la política desde hace unos cuantos años. Tiene estudios de postgrado en Relaciones Internacionales en el Massachussets Institute of Technology (MIT), fue asistente de los secretarios de Estado Henry Kissinger, Cyrus Vance, George Schultz y James Baker, y asegura que es “experto en resolución de conflictos en Asia, Oriente Medio, América Latina y Europa”.

Tras pedir disculpas en La Stampa a la familia de Moro, el psiquiatra consideró que el crimen del político fue “una iniciativa brutal, una decisión cínica, un golpe a sangre fría, ya que un hombre tenía que ser sacrificado para la supervivencia del Estado”. Este llamativo lenguaje no debe sorprender, ya que Pieczenik también es novelista, guionista, productor de series de televisión y autor de un libro de autoayuda traducido al castellano con el ingeniosísimo título Vivo bien ¿Por qué me siento mal? (editorial Grijalbo, Buenos Aires, 1992).

Eso no es todo. El “experto en resolución de conflictos” en cuatro continentes también cultiva un original género literario denominado “psicopolítica”, término acuñado en el libro Lavado de cerebro, del imaginativo L. Ronald Hubbard, fundador en 1952 de la lucrativa Iglesia de la Cienciología.

Pieczenik asesora en “psicopolítica” al escritor conservador Tom Clancy, autor de varios best sellers que fueron llevados al cine, como La caza del Octubre Rojo (1990), Juegos de patriotas (1992), Peligro inminente (1994) y Pánico nuclear (2002). Los dos han firmado juntos dos series de novelas: Op-center y Net Force. La primera narra las andanzas de un grupo paramilitar al servicio de la Casa Blanca, en misiones al margen de la ONU; la segunda, describe las operaciones de una unidad que protege al gobierno de Estados Unidos de las amenazas por internet.

Con todos estos antecedentes, las declaraciones de Pieczenik a tres décadas del asesinato del ex primer ministro Aldo Moro resultan un poco sospechosas: desde hace años se sabe que el crimen fue inducido por la red Gladio, un grupo secreto creado en Italia al término de la Segunda Guerra Mundial por iniciativa de la CIA y el respaldo de diversos servicios de inteligencia europeos.

El ex primer ministro italiano Giulio Andreotti reveló el 24 de octubre de 1990 que durante la Guerra Fría (1948-1991) existió en Italia una red clandestina en la que participaban ex nazis, neofascistas, militares y logias secretas como Propaganda Dos (P-2), que realizaban ataques terroristas que se pudieran atribuir a grupos anarquistas y las Brigadas Rojas, organización de ultraizquierda a la que lograron infiltrar y manipular.

En septiembre de 1991, un juez instructor de Venecia, Felice Casson, descubrió que el general Paolo Inzerilli, ex jefe de inteligencia militar, había sido el cabecilla de Gladio entre 1974 y 1986. El oficial confesó que las armas y explosivos utilizados en los atentados se guardaban en cuarteles de los carabineros y del ejército.

El 15 de julio de 1993, el juez Agostino Córdova, del tribunal de Palmi (Calabria), aseguró –luego de reabrir el caso y con documentos en la mano– que “desde el secuestro de Moro hasta la desintegración de la Democracia Cristiana fueron por decisión de una triada de poderes: CIA, mafia y masonería”. Investigaciones posteriores demostraron que esta “internacional negra” fue responsable en Italia de los atentados de Piazza Fontana (1969), Peteano (1972) y la estación de trenes de Bolonia (1980), además del asesinato de Aldo Moro en 1978.

Todas estas operaciones clandestinas contaban con el respaldo de la logia P-2, en la que participaban 14 generales del ejército, nueve generales de carabineros, nueve almirantes, cuatro generales de aviación, seis ministros, 63 funcionarios de diversos ministerios, 60 dirigentes políticos, 18 jueces y procuradores, 83 grandes industriales y varios obispos del Vaticano.

Entre los empresarios vinculados a la P-2 figuraba Giovanni Agnelli, fallecido en 1993, dueño de la Fiat y del diario La Stampa. Quizá no sea casual que el peculiar psiquiatra-novelista Steve Pieczenik haya elegido precisamente ese periódico para asumir la ruidosa –y poco convincente– responsabilidad pública del asesinato de Aldo Moro.

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LONDRES-MOSCÚ: DE ‘KIM’ PHILBY A BORIS BEREZOVSKY

18 julio 2007

Roberto Bardini

Rusia y el Reino Unido tienen una añeja relación de espionaje recíproco que comenzó en los primeros años del siglo XX, continuó en los inquietantes tiempos la guerra fría (1948-1991) y se prolonga, después del derrumbe de la Unión Soviética y del Muro de Berlín, con el asesinato del ex agente secreto ruso Alexander Litvinenko, envenenado en Londres en noviembre de 2006.

borisb.jpgLas derivaciones de este caso integran una tradición de operaciones encubiertas, conspiraciones y escándalos políticos que ahora abrió un nuevo capítulo y colocó en el centro de la escena al magnate Boris Berezovsky, de 62 años, vinculado a la mafia ruso-israelí, dueño de una fortuna de 4.000 millones de euros y refugiado en Gran Bretaña desde 2000.

Desde la década del 30, el Kremlin y Whitehall repiten una historia salpicada de cortocircuitos diplomáticos que inspiraron a escritores británicos como John Le Carré y Len Deighton. Muchas novelas de estos autores fueron adaptadas al cine, como El espía que volvió del frío (1965) e Ipcress – Archivo confidencial (1965). Personajes de ficción como George Smiley y Harry Palmer protagonizan el sórdido enfrentamiento en las sombras de dos famosos servicios de inteligencia: el MI-6 británico y el ex KGB soviético.

kim.jpgUno de los casos más explosivos, cuya onda expansiva se prolongó durante décadas e hizo rodar unas cuantas cabezas en el cuartel general del MI-6, ubicado en Vauxhall Cross a orillas del Támesis, fue el del agente británico Harold Adrian Russell Philby, nacido en la India en 1912 y conocido como Kim, en honor a Kimbal O’ Hara, personaje de la novela de Rudyard Kipling.

Hijo de Harry Saint John Philby –un funcionario colonial en Medio Oriente, explorador del desierto, asesor del rey Fuad de Arabia Saudita, conspirador y conocido de Lawrence de Arabia– el encantador, culto y levemente tartamudo Kim Philby, casado cuatro veces y amante de varias mujeres, falleció en la Unión Soviética en 1988. Pasó a la historia como “el espía del siglo” y aún hoy es un personaje legendario para los agentes de inteligencia de todo el mundo.

philby.jpgDesde antes de la Segunda Guerra Mundial y durante 30 años, Philby hizo contrainteligencia para el KGB, se infiltró en el MI-6 y llegó a ser condecorado con la Orden del Imperio Británico. Luego de su huida, fue ascendido a coronel del ejército soviético, recibió la Orden de Lenin, fue enterrado con honores en Moscú y homenajeado en 1990 con la creación de una estampilla con su rostro. El escurridizo agente doble era amigo del escritor Graham Greene, quien lo visitó cuatro veces en Moscú.

ack.jpgEn 1963 estalló otro escándalo de espionaje. El ministro de Defensa británico John Profumo, un aristócrata conservador educado en Oxford y casado con la actriz Valerie Hobson, tuvo que renunciar a su cargo al descubrirse su relación con la joven prostituta de lujo Christine Keeler, de 19 años e informante del servicio secreto soviético.

La Keeler, de quien también se sospechaba que vendía sus destrezas sexuales al príncipe Felipe de Edimburgo, esposo de la reina Isabel de Inglaterra, era amante del capitán Evgene Ivanov, agregado naval y espía del KGB. El caso desencadenó una grave crisis en el gobierno del primer ministro conservador Harold MacMillan (1957-1963).

chkeller.jpgJohn Profumo abandonó la política, ingresó a Toynbee Hall, una organización de caridad fundada en 1884, y se dedicó prácticamente el resto de su vida a conseguir ayuda para los pobres de la zona este de Londres. Había jurado no abrir la boca jamás acerca del affaire y cumplió su promesa durante tres décadas, hasta su muerte por un ataque cerebral en 2006, a los 91 años de edad.

Los escándalos Philby y Profumo son sólo dos referencias en la turbia historia de espionaje entre el Reino Unido y Rusia, que hoy nuevamente ocupa las primeras planas de las noticias a consecuencia de la muerte por envenenamiento del ex agente de inteligencia Alexander Litvinenko, asilado en Gran Bretaña desde 2000.

Ahora se supo que Scotland Yard detuvo en junio y luego dejó en libertad a un sicario ruso que supuestamente intentaba asesinar al millonario Boris Berezovsky, residente en Londres en medio de grandes medidas de seguridad, reclamado por la justicia de su país por intentos de golpe de estado contra el presidente Vladimir Putin y vinculado a Litvinenko.

Berezovsky, que en los años 70 se graduó como ingeniero especializado en electrónica y en 1983 obtuvo un doctorado en informática, trabajó 25 años en programas de computación aplicados a la industria. Cuando en 1991 cayó el sistema comunista, él –que era especialista en “sistemas”– sacó provecho de su amistad con el entonces presidente ruso Boris Yeltsin y entró rápidamente al nuevo mundo de los negocios de la mano del mundo nuevo de la mafia.

En 1996, Berezovsky ya era conocido como “El Padrino del Kremlin”. En pocos años y gracias a la súbita privatización de empresas, el ex ingeniero se había convertido en dueño de la fábrica de automóviles Lada Autovaz, la línea de aviación Aeroflot, los periódicos Nezavisimaya Gazeta, Novye Izvestiya y Kommersant, los canales de televisión ORT y TV-6, y varias compañías petrolíferas manejadas por Sibneft, un banco propio para financiar sus propias operaciones.

Luego de fugarse de Rusia, Berezovsky dirigió fuertes inversiones a Ignite Learning, la empresa de programas de computación del ex gobernador de Florida, Jeb Bush, sospechado de fraude informático en las elecciones presidenciales que en noviembre de 2000 le dieron el triunfo en ese estado a su hermano George W. Bush.

diario.jpgLa revelación del presunto intento de asesinato de Berezovsky la hizo el diario sensacionalista The Sun, propiedad del magnate Rupert Murdoch y el más leído en idioma inglés en todo el mundo, con un tiraje de más de tres millones de ejemplares.

En lo que posiblemente sea una filtración de los propios organismos de seguridad británicos, la información se publicó dos días después de que el gobierno expulsara a cuatro diplomáticos rusos por la negativa de la justicia rusa a extraditar Andrei Lugovoi, también ex agente de seguridad y principal sospechoso de la muerte de Litvinenko.

Los escritores de novelas de espionaje británicos, por lo visto, no tienen que hacer grandes esfuerzos imaginativos para sus relatos: desde hace décadas, cada cierto tiempo encuentran inspiración mientras se toman una taza de té, leen los diarios, escuchan la radio o miran televisión.
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