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CHAU, “PUETA” SOSA

25 mayo 2011

En los años 70, se comentaba en el ambiente universitario de Honduras que el poeta Roberto Sosa llevaba en su maletín negro “poemas, queso y un revólver calibre 38”. El 23 de mayo se murió a los 81 años en esa tierra que amó casi hasta la desesperación y ahora vendrán los homenajes que durante mucho tiempo le retacearon en vida. Lo traicionó ese corazón grande, generoso y corajudo –pero también muy dolido– que ojalá hubiera latido muchos años más.

Roberto Bardini

Nos presentaron en Tegucigalpa una noche de julio de 1977, en una reunión en la casa de Víctor Meza, un valiente académico que había conocido a Joe Baxter en Suiza a mediados de los años 60.

Meza era columnista del diario Tiempo, jefe de Relaciones Públicas de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras y director de la editorial universitaria, donde yo trabajaba. Aquella noche estaban el poeta Rigoberto Paredes y el escritor Eduardo Bähr, también llamado Beer.

Fue amistad a primera vista. Eran hombres talentosos e irreverentes, con un humor más filoso que una espada samurai, que festejaban las ocurrencias a carcajadas y bebían whisky como si sus estómagos no tuvieran fondo.

Sosa era de Yoro, departamento del norte hondureño, donde –según me dijo– “llovían peces y aviones”. Me contó que de niño había conocido a un caballo que iba a una cantina, se acercaba a la barra y tomaba guaro, el aguardiente nacional, más adecuado para cauterizar heridas de bala o machete. También me explicó que en Honduras “el plomo flota, el corcho se hunde, se fríen las camisas y se planchan los huevos”. A él le decían “Sosa cáustica” y al paso de los días, ya en confianza, me apodó “Ronberto Bacardini”.

Más tarde, fue mi jefe en la editorial universitaria. A fines de 1980 me expulsaron del país junto con otros tres argentinos que trabajaban en la Universidad: Eduardo Halliburton, Carlos María Vilas y Patricio Castiglione. Y al año siguiente, el nuevo rector –un “cachureco” (conservador) del Partido Nacional al que Sosa bautizó como “Rata Negra”– le pidió la renuncia. Con el “pueta”, como también le decían a Roberto, nos seguimos viendo en México.

Durante mucho tiempo ignorado por la cultura oficial –más municipal que nacional– Sosa es el poeta hondureño más reconocido fuera de las fronteras de su país. Autor de catorce libros, sus poemas se tradujeron al alemán, chino, francés, inglés, italiano, japonés y ruso.

En 1968 ganó el premio español Adonais con su obra Los pobres y se convirtió en el primer latinoamericano no residente en España en recibirlo. En 1971 obtuvo el premio Casa de las Américas con su poemario Un mundo para todos dividido. En 1990 el Ministerio de Cultura de Francia le otorgó la Orden de las Artes y las Letras en el Grado de Caballero. Fue profesor de literatura hispanoamericana y escritor residente en el Upper Montclair College de Nueva Jersey y, poco antes de fallecer, recibió la noticia de que le entregarían el premio Rafael Alberti.

De origen humilde y desprotegido económicamente durante muchos años, Roberto Sosa ha muerto como vivió: pobre. Y como una reparación tardía fue velado en el auditorio de la Universidad que lo expulsó tres décadas atrás.


MALVINAS: DE MILITARES CAUTOS Y CIVILES DECIDIDOS

1 abril 2011

Roberto Bardini

Una mañana de mayo de 1982, dos argentinos se presentaron en la delegación diplomática de su país en Perú y solicitaron hablar con el embajador, que por esos días era un oficial de la marina de guerra. El representante del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional instaurado en marzo de 1976, contralmirante Luis Sánchez Moreno, se sorprendió al escuchar los nombres de los inesperados visitantes a la embajada: Oscar Bidegain y Ricardo Obregón Cano.

Ambos habían sido gobernadores tras las elecciones generales que el 11 de marzo de 1973 ganó la fórmula Cámpora-Solano Lima, del Frente Justicialista de Liberación Nacional (Frejuli). Bidegain, de la provincia de Buenos Aires; Obregón Cano, de la provincia de Córdoba.

Los dos, vinculados a la llamada “tendencia revolucionaria” del peronismo, habían tenido que renunciar a sus cargos en 1974 –Bidegain en enero, Obregón al mes siguiente– a causa del embate de los sectores ortodoxos del movimiento. Los dos, además, habían sido condenados a muerte por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) y tuvieron que abandonar el país.

El almirante Sánchez Moreno sabía perfectamente que sobre ellos pesaba una orden de captura del régimen militar –que él representaba en Perú– por ser miembros de la Mesa de Conducción del Movimiento Peronista Montonero, junto con Mario Firmenich, Roberto Perdía, Raúl Yager, Fernando Vaca Narvaja, Eduardo Pereyra Rossi y Rodolfo Puiggrós.

Sánchez Moreno, por cierto, pertenecía a “la otra Argentina”. Desde 1963 era integrante de la Comisión de Afirmación de la Revolución Libertadora –cuya figura más notoria fue el almirante Isaac Rojas– y durante 1976 dirigió el Centro Clandestino de Detención que funcionó en las instalaciones de la Prefectura de Zárate, por las que pasaron más de cien “detenidos desaparecidos”.

Pero lo que seguramente causó el estupor del embajador fue que Bidegain, de 76 años de edad, se ofrecía para ir como voluntario a la guerra de las Islas Malvinas y solicitaba garantías para su vida a su paso por Buenos Aires.

El ex gobernador, un médico cirujano nacido en Azul, se había recibido a los 22 años. De joven militó en la Alianza Libertadora Nacionalista y a partir del 17 de octubre de 1945 adhirió al peronismo hasta el último día de su vida. Fue diputado nacional desde 1948 hasta 1952 y presidió el bloque del Partido Peronista.

Entre sus proyectos más notorios como legislador figura uno que enuncia la “afirmación de la soberanía sobre el mar y la plataforma submarina hasta 200 millas, sobre las Islas Malvinas y sus adyacencias”. Luego del golpe que en septiembre de 1955 derrocó al general Perón, Bidegain fue encarcelado en la penitenciaría de Las Heras y en el penal de Sierra Chica.

Posteriormente, ya como gobernador, el 14 de noviembre de 1973 presidió el acto que derogó una ley de 1957 que declaraba “reo de lesa patria” al brigadier general Juan Manuel de Rosas.

Y ahora, en Perú, se ofrecía para ir a las Malvinas “como combatiente, como médico o como instructor de tiro”. La entrevista con el embajador duró menos de cinco minutos. Sánchez Moreno, que los recibió de pie y no los invitó a tomar asiento, les pidió que se retiraran. Antes, le dijo a Bidegain que no pisara suelo argentino.

El médico y político ya había tenido una experiencia similar dos décadas y media antes. El 16 de junio de 1955, cuando estaba por cumplir 50 años de edad, se presentó con su pistola para defender al gobierno constitucional en medio de los bombardeos de la Marina a Plaza de Mayo. Un mayor del ejército, Ignacio Cialceta, que era edecán presidencial, le informó que “el general Perón sólo autoriza a los militares a tomar las armas”.

Dos meses después, Cialceta acompañó a Perón a ingresar en la embajada de Paraguay para solicitar asilo diplomático y posteriormente él se exilió en México, donde en 1956 nació su hija Claudia. Sin embargo, al regresar a la Argentina cambió de bando. Luego del golpe de 1976 y con el grado de teniente coronel (retirado), revistó en el Servicio de Informaciones del Estado (SIDE) en Rosario.

El militar duró poco tiempo: exactamente hasta después que su hija y su yerno francés, Ives Domergue, ambos militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), fueron detenidos y asesinados por el ejército en septiembre de 1976.

No se sabe si el almirante Sánchez Moreno y el teniente coronel Cialceta dispararon un arma en sus vidas fuera del entrenamiento cuando eran cadetes. Pero Bidegain –que era campeón nacional de tiro con revólver– en 1947 había participado en el Campeonato Mundial de Tiro por Equipo en Estocolmo, en 1948 en tiro al blanco en los Juegos Olímpicos de Londres y en 1949 fue campeón mundial de tiro con pistola.

Además, que se sepa, el ex gobernador nunca desapareció ni asesinó a nadie. Se podrá coincidir o no con sus opciones políticas, pero siempre fue de frente y con el rostro descubierto. Como cuando aquella mañana de mayo de 1982 se ofreció como voluntario para defender la soberanía argentina en el Archipiélago Sur.

CUANDO UN OFICIAL DEL EJÉRCITO BRITÁNICO FUE MINISTRO DE DEFENSA EN ARGENTINA

19 diciembre 2010

Roberto Bardini

Hijos de inmigrantes eran los de antes. En su libro Contra la ocupación extranjera, publicado en 1968, el periodista Rogelio García Lupo enumera funcionarios y consejeros del círculo íntimo del general Juan Carlos Onganía, quien dos años antes había derrocado al presidente radical Arturo Umberto Illia, y comenta un detalle curioso: “Son hombres que casi nadie conocía, salvo en los círculos financieros, y han teñido las nóminas gubernamentales con la dificultosa pronunciación de sus nombres”.

Entre los apellidos de la lista –que no son criollos ni de origen hispano o itálico– figuran Bauer (Bienestar Social), Frischknecht (Difusión y Turismo), Krieger (Economía), Hirsch (de la empresa Bunge & Born), Helbling (representante de la banca Baring Brothers en Argentina) y Van Peborgh (Defensa).

A diferencia de los actuales inmigrantes bolivianos, peruanos y paraguayos, ninguno de ellos ocupaba espacios públicos –salvo los del gobierno y la administración– ni solicitaba facilidades para conseguir vivienda, porque ya las poseían amplias, cómodas y bien ubicadas. Además de la piel blanca, los ojos claros y los apellidos impronunciables, la característica común de los civiles cercanos a Onganía era su concepción liberal de la economía. A esto se agrega otra, también común: todos estaban vinculados directamente a empresas de capital británico y estadounidense.

Esta circunstancia, en honor a la verdad, incluía a otros altos funcionarios con apellidos menos exóticos. El canciller Costa Méndez, por ejemplo, había sido vicepresidente de Texas Instruments Argentina, subsidiaria de Texas Instruments Inc. de Dallas (Texas), y director de Field Argentina, una firma constructora de viviendas en gran escala, propiedad del magnate Granville Elliot Conway, de Nueva Jersey, que también era dueño de una flota naviera para transporte de petróleo.

Al servicio de Su Majestad

De todos, quien se destaca es Emilio Federico van Peborgh, el ministro de Defensa. Conocido por el apodo de “Mito”, entre sus antecedentes personales exhibía orígenes holandeses, vacaciones infantiles en Suiza y estudios de Economía en Harvard. Era, además, presidente de la fábrica de cristales Rigolleau y director de la Sociedad Minera Argentina (Sominar), que en realidad era norteamericana.

Lo singular de Van Peborgh es una particularidad menos empresarial: durante la Segunda Guerra Mundial se había enrolado como voluntario en el ejército del Reino Unido, donde alcanzó el grado de capitán en la Royal Air Force (RAF).

Aquel servicio a Su Graciosa Majestad británica, sin embargo, no fue suficiente para descollar en su propio país y en su nueva especialidad. La revista Primera Plana lo definió el 18 de junio de 1968 como “el funcionario oficial menos enterado de la intimidad militar”, evaluación que no debe interpretarse como un brote de racismo o xenofobia del semanario fundado por el periodista Jacobo Timermann.

“En condiciones normales, pocos gobernantes habrían tenido la ocurrencia de adjudicar el Ministerio de Defensa a alguien que, por poseer grado militar en un ejército extranjero también ha debido prestar juramento de lealtad a otra bandera y a otro gobierno”, escribe García Lupo, igualmente sin intenciones racistas o xenófobas. “Pero en el caso de Van Peborgh, uno no puede menos que preguntarse sobre los problemas éticos que el nuevo ministro deberá enfrentar para litigar con la reina de Inglaterra sobre las Islas Malvinas o con los importadores británicos de carnes argentinas”.

Doble lealtad

El periódico CGT de los Argentinos, orientado por el dirigente del sindicato gráfico Raimundo Ongaro y dirigido por Rodolfo Walsh, en el que también colaboraba García Lupo, publicó en agosto de 1969 un artículo titulado “Los monopolios en acción”, donde nuevamente se menciona al ex oficial de la RAF:

“La historia argentina de los últimos años deberá cambiarse para que el ministro de Defensa, Emilio van Peborgh, pueda dormir con la conciencia tranquila. Después de la denuncia formulada por un coronel a sus superiores, en el sentido de que Van Peborgh era oficial del ejército inglés, y por lo tanto estaba moralmente inhabilitado para mandar sobre los militares argentinos, se divulgaron algunas actividades del ministro relacionadas con el asunto. Se publicó su entusiasmo por pasearse con el uniforme de la Reina por las calles de Buenos Aires, su placer por retratarse con las insignias de capitán británico, su predilección por hablar solamente en inglés con su familia. Por si fuera poco, apareció otro Van Peborgh, primo hermano del ministro, residente en el balneario de Punta del Este, Uruguay, que explicó cómo había acompañado a su primo en la guerra, él también como oficial inglés. Una manía de la familia, como puede verse”.

La publicación, de la cual sólo salieron 55 números que se distribuyeron entre mayo de 1968 y febrero de 1970, cita declaraciones de Van Peborgh a reporteros que le preguntaron sobre sus servicios al gobierno británico: “Yo fui como voluntario a la Segunda Guerra Mundial, pero como argentino”, se justifica.

“De la respuesta, debe deducirse que existió en la guerra mundial un batallón argentino, o que el ejército argentino participó de dicha guerra, en algún modo”, agrega el periódico. “Hasta el momento, sabíamos que la Argentina había mantenido una celosa neutralidad, siguiendo el histórico antecedente del presidente Hipólito Yrigoyen, igualmente neutral en la primera guerra. Pero no teníamos ninguna noticia de que el ejército argentino se hubiera hecho representar en la guerra por el ciudadano Van Peborgh, de manera que éste, al incorporarse a otro ejército y alcanzar en él grados de oficial, mal podía continuar conservando su condición de ciudadano argentino. En el mejor de los casos estaríamos en presencia de un episodio de doble lealtad nacional”.

Y también sin ánimo de racismo o xenofobia, el periódico propone una adivinanza. “Si la banca Morgan Guaranty Trust de Nueva York compra el Banco Francés del Río de la Plata y el ministro Van Peborgh es director de dicho Banco, su presencia en el mismo, ¿es como ciudadano argentino, como ciudadano inglés, como ciudadano norteamericano o como capitalista internacional sin nacionalidad fija?”.

Nacionalismo equivocado, populismo envidioso

Hace poco, una publicación muy diferente al periódico CGT de los Argentinos entrevistó a Emilio Federico van Peborgh. Se trata de la revista Empresa, de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), que en su número correspondiente a octubre-noviembre 2008 reproduce declaraciones del ex ministro: “Tuve una formación universitaria ‘norteamericana’ que me ayudó a entender las implicancias de la modernidad en el trabajo y la economía”.

El entrevistado se queja porque al término de la Segunda Guerra Mundial, “al regresar al país, ya asumiendo responsabilidades empresarias, conviví con el peronismo y con todo el sacudón económico y social de entonces. Se percibía a partir de 1950 una fuerte orientación económica cerrada, con una gran influencia estatista y mucha presión sindical”. Por suerte, aclara, después del derrocamiento del presidente Juan Perón “surge entre el empresariado serio la necesidad de reorientar la política hacia una economía de mercado que ahora llamamos neoliberal”.

Pero esta suerte, al parecer, duró poco. Y Van Peborgh vuelve a quejarse, ahora de los tiempos actuales: “Lamentablemente, reaparecieron los fantasmas con ideas de encerrarnos en una mentalidad estatista: un nacionalismo equivocado que siguió acompañándonos casi siempre”.

El ex empresario rememora: “Hace muchos años, inversores extranjeros emprendedores abrieron el camino. Pensemos en los años cercanos a 1890, a los que se sumaron más argentinos y extranjeros con visión de futuro. Sin embargo, con el correr de los años, a la política primero, y al populismo después, se agregaron la inflación, la inseguridad de las reglas y cierta envidia o resentimiento a partir del peronismo del 45”.

Es lo que se dijo al comienzo: hijos de inmigrantes eran los de antes.

MIRAR CON CARIÑO Y SEGUIR DE LARGO

4 abril 2010

A Pepe Muñoz Azpiri,
que la conoció en días más amables.


Roberto Bardini

Una calurosa mañana de mediados de agosto de 1985, la capitana Rosa Pasos, jefa de Relaciones Públicas del Ejército Popular Sandinista, me llamó por teléfono a la Agencia Nueva Nicaragua (ANN), donde yo trabajaba. Estaba muy enojada:

– ¿De dónde diablos sacaste la información que publica hoy El Nuevo Diario? –preguntó después de un rápido saludo. Eso en el caso de que un desganado “buenas” pudiera considerarse un saludo.

La Agencia Nueva Nicaragua dependía en aquella época del comandante Bayardo Arce, quien antes de ingresar al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) había sido periodista. Arce era un hombre cercano al comandante Tomás Borge, único superviviente de los fundadores del FSLN y entonces ministro del Interior. A veces, había roces entre Interior y Defensa –que encabezaba Humberto Ortega Saavedra– a causa de algunas filtraciones a la prensa. En esos casos, los periodistas de la ANN que metíamos la pata quedábamos a la intemperie entre dos fuegos cruzados… que por suerte eran con munición verbal. Esa mañana tuve la sensación de que era una de aquellas veces.

– Tu artículo tiene información reservada… Re-ser-va-da –remarcaba la capitana, una muchacha de 29 años que muchos colegas encontraban muy atractiva con su uniforme verde olivo, pero que en ese momento yo sentía bastante áspera telefónicamente.

Ex estudiante de Sociología en la Universidad de Massachussets, Rosa Pasos llevaba sólo un año en el puesto, pero había adoptado rápidamente el estilo militar de la Nicaragua sandinista, entre autoritario y campechano. Su hermana menor, María Isabel Pasos, a quien apodábamos “Mip” por sus iniciales, era editora de noticias en la ANN.

Esa mañana, El Nuevo Diario de Managua había publicado mi artículo con la cantidad de soldados, tanques y aviones de cada uno de los ejércitos centroamericanos, incluyendo el sandinista. Lo que intentaba demostrar era que en esos convulsionados días el único país que estaba en situación de debilidad era Nicaragua. En la frontera norte, Honduras era lo más parecido a un inmenso portaaviones terrestre: se decía que contaba con la mayor cantidad de pistas de aterrizaje per cápita de América Latina. En cambio, la Fuerza Aérea Sandinista se reducía a unos pocos aviones en los que volaban voluntarios uruguayos que habían llegado de Suecia.

Tomé los datos de una traducción del inglés que citaba a The New York Times y The Wall Street Journal, y a dos expertos estadounidenses en temas militares, los tenientes coroneles Edward King y John Buchanan. Los dos eran veteranos de Vietnam y se oponían a la agresiva política de los “halcones” que asesoraban al presidente Ronald Reagan, un ex locutor deportivo y actor de tercera categoría. El documento me lo había dado una semana antes, en una fiesta de corresponsales extranjeros, una teniente que me presentaron como la asistente de la capitana Pasos.

– Me llamaron de Defensa y de Interior, y están arrechos –continuaba la jefa de Relaciones Públicas, sin dejar que yo pudiera decir media palabra–. Y me están llamando todos los corresponsales extranjeros. Quieren que les de el documento completo. Y es un documento de carácter re-ser-va-do, que sólo íbamos a repartir entre algunos agregados militares de embajadas amigas.

Cuando percibí que ella tomaba aire para seguir, logré hablar.

– Me lo dio tu asistente –balbuceé a toda velocidad–. No me dijo que era material reservado. Y antes de publicarse lo revisó Mip, tu hermanita.

Del otro lado de la línea se hizo silencio durante un instante que me pareció interminable.

– Ya mismo voy a averiguar –dijo Rosa Pasos, y cortó.

A la fiesta de corresponsales habían asistido algunos voceros del Frente Sandinista con ganas de distenderse, agregados militares que a mitad de la noche perdían la marcialidad para recitar poemas en búlgaro o checo y periodistas locales dispuestos a beber fluido para encendedores o quitamanchas en aerosol. Como era habitual en esas ocasiones, se tomó ron Flor de Caña hasta agotar existencias.

Y también como era habitual después de esos festejos con canilla libre, a la mañana siguiente recordé que hice cosas que hubiera preferido no hacer. Como por ejemplo, contar estúpidos cuentos de gallegos e imitar a un antipático y amanerado corresponsal español del diario La Vanguardia, de Barcelona. El tipo no iba a esas fiestas: odiaba todo lo que, según su criterio, era “comunista”, “castrista”, “izquierdista” o “populista”, incluyendo las parrandas.

A la madrugada, poco antes de que mi amiga Desirée Pallais –también reportera de la Agencia Nueva Nicaragua– se ofreciera misericordiosamente a llevarme en coche hasta mi casa, la teniente de Relaciones Públicas se acercó y me entregó un sobre. “Hay material muy útil para sus informes”, me dijo con una sonrisa encantadora. Y cuando dos o tres días después leí las 20 páginas mecanografiadas, vi que estaban repletas de datos confiables.

A las 24 horas de publicarse en El Nuevo Diario, el artículo apareció en el periódico El Día, de México, del que yo era corresponsal en Nicaragua. Y una semana más tarde, en la edición mexicana de Le Monde Diplomatique en Español, que coordinaba mi amigo Eduardo Molina y Vedia. “Rosa Pasos me va a crucificar”, pensé.

Pero no me crucificó. A través de su hermana María Isabel, la capitana me mandó a decir que finalmente el ministerio de Defensa había decidido distribuir el documento entre los corresponsales extranjeros.

La jefa de Relaciones Públicas del Ejército Popular Sandinista también me recomendaba que abandonara el periodismo y me dedicara al teatro. Sin proponérmelo, yo había logrado confundir a su asistente en aquella fiesta en la que, con unas cuantas copas de más, se me dio por contar cuentos de gallegos e imitar al antipático corresponsal del diario La Vanguardia.

– La teniente te entregó el documento… ¡porque creyó que eras el agregado militar de la embajada española! –me dijo Mip, muerta de la risa.

Transcurrieron 25 años desde aquel malentendido. Supongo que en ese tiempo alguna gente cambió y otra no. En 1989, el enviado de La Vanguardia al que yo imitaba fue expulsado de Panamá y en 1991, de Cuba. Me enteré que ahora escribe regularmente contra los presidentes Hugo Chávez, de Venezuela, y Rafael Correa, de Ecuador. Y en 2008 se dedicó a justificar el golpe de estado “constitucional” contra el presidente hondureño Manuel Zelaya. El tipo sigue igual o peor que en aquella época que recuerdo como “días y noches de amor y de guerra”. Entonces el 95 por ciento de corresponsales sólo pensaba “en la última mujer, el penúltimo trago y el próximo combate”.

Rosa Pasos llegó a teniente coronel pero renunció al ejército en 1990, cuando Violeta Chamorro asumió la presidencia de Nicaragua. Se graduó en Administración de Empresas e hizo un postgrado en Boulder (Colorado). Me contaron que actualmente es gerente de una consultora privada de servicios financieros en Managua.

Supongo que yo también he cambiado. Aunque a veces todavía se me da por hacer imitaciones, desde hace dos décadas y media no pruebo una gota de ron. Y cuando veo una botella de Flor de Caña, hago de cuenta que es una muchacha de 25 años:  la miro con cariño y sigo de largo.

SÁBADO A LA NOCHE, RON Y PLEITO

11 octubre 2009

Roberto Bardini

ronManagua, noviembre de 1981. Es sábado a la noche. Como siempre, hace un calor húmedo, pegajoso; un calor que podría llamarse “de jungla” en lo que podría llamarse “una ciudad”. Los tres tipos están en Los Antojitos, un pequeño restaurante mexicano al aire libre frente al Hotel Intercontinental y la nada.

Managua es una ciudad semidestruida. Primero, por el terremoto de 1972; después, por la guerra entre somocistas y sandinistas. Donde antes había cuadras y manzanas, ahora hay baldíos y crece la hierba. En esa zona que se podría llamar “el centro”, donde antes hubo casas y comercios, ahora hay ruinas a ras del suelo. Lo único que se yergue es la construcción piramidal del Hotel Intercontinental y, cruzando la calle llena de baches y morterazos, el restaurante Los Antojitos. Cinco o seis calles hacia el sur, está el lago de Managua y, sobre una loma, el ex bunker de Anastasio Somoza. Una cuadra al este de Los Antojitos, está el hotelito Siete Mares, una modesta construcción de dos pisos y un pequeño comedor atendido por sus dueños chinos, donde sirven platos orientales.

Los tres tipos son argentinos. Como es sábado a la noche, beben ron Flor de Caña “Plate”. No le dicen “pleit”; le dicen “pleito”. Ingerido en abundancia, puede inducir a la gresca a ecologistas, contempladores budistas, pacifistas hindúes y cobardes de cualquier nacionalidad.

Los tres tipos visten de civil. En esos días –que desde 1979 son “días y noches de amor y de guerra”, donde uno piensa en “la última mujer y el próximo combate”– quien no viste uniforme verdeolivo es un perejil. Y si no tiene una pistola en la cintura, es un perejil con uniforme.

Dos de los tipos vestidos de civil tienen pistolas en la cintura, ocultas por los faldones de las guayaberas. Son Makarov nueve milímetros, soviéticas, consideradas un privilegio. También tienen algo que vale más que un par de uniformes y pistolas: tienen credenciales de oficiales del ministerio del Interior.

Uno de ellos, con aspecto de jugador de rugby, es asesor de la Policía Sandinista. Llegó a Nicaragua recomendado por el servicio de inteligencia de un país amigo, y tiene antecedentes que lo avalan. Antes, estuvo en Colombia y en Guatemala; después, combatió en el Frente Sur.

Otro de los tipos, alto y corpulento, se parece a Humphrey Bogart pero a diferencia de Bogart mide un metro ochenta y tiene densos pelos en las orejas. En su país, los compañeros le decían Boogie, le decían Rififí, le decían El Killer. A comienzos de los años 60, era asaltante de bancos; a mediados de esa década, tras de una temporada en la cárcel, se convirtió en militante peronista y siguió asaltando bancos. Ahora, por esas cosas de los ministerios del Interior jóvenes, implacables en el combate y generosos en la victoria, es instructor en la Policía Sandinista. Lo llamaremos El Pistolero.

El tercero es un perejil sin uniforme, sin pistola y sin credencial, armado únicamente con una libreta de apuntes y alguna ilusión: convertirse en un Jack London de los trópicos o Ernie Pike del Caribe, por ejemplo. Pobre tipo. Lo llamaremos El Periodista.

Los tres argentinos están en Los Antojitos, se deshidratan por el calor y beben ron “pleito”. Y suena el walkie-talkie del Policía:

– [Bzzz bzzz…] Central a las unidades de la Zona Uno… [Bzzz bzzz… crock crock]… Reportan un Cuatro Cero en el Hotel Siete Mares… Repito: …portan un …uatro …ero en el …tel …iete …ares [Plash plash… Crrr crrr].

– Un Cuatro Cero: bronca familiar, conyugal o doméstica –dice El Policía–. No falla nunca: sábado a la noche, ron y pleito. Vamos.

Los tres se levantan al mismo tiempo.

– Ya volvemos –le dice El Pistolero a una de las hermosas meseras morenas, de escote largo y falda corta. Y a paso rápido salen hacia el Hotel Siete Mares.

Dos de ellos caminan como ojos, oídos y puños de la Revolución, guardianes de la Ley y el Orden en la Consolidación de la Victoria Popular, manos de hierro en guantes de seda: disuadir antes que reprimir, reprimir sin generar daños, dejar fuera de combate sin causar heridas, herir sin provocar muertes…

El tercer tipo va detrás de ellos, rezagado. Cree que es El Cronista de la Nueva Era Verdeolivo y Generosa. Imagina que es el Testigo Privilegiado en el Lugar de los Hechos. Pobre tipo. Es El Periodista.

El trío comienza a trotar. Ninguno de los tres se da cuenta de que han ingerido demasiado ron “pleito”. Cuando se den cuenta, será demasiado tarde.

A la carrera, El Policía, El Pistolero y El Periodista llegan al Siete Mares con los pulmones a punto de estallar. Los tres son fumadores empedernidos. En la puerta del hotel hay varios curiosos. Se oyen los gritos de una mujer y un hombre en otro idioma, posiblemente insultos en un dialecto chino de los bajos fondos de Shangai o Cantón. También se escuchan sonidos de objetos que se rompen, seguramente de loza, porcelana y vidrio.

El Policía, El Pistolero y El Periodista entran al único y amplio ambiente de la planta baja del hotelito. Al centro está la recepción; detrás del mostrador, una anciana china se agarra la cabeza y llora. A la derecha, hay una sala de estar con sillones, una mesita baja con diarios y revistas, ceniceros de pie. Dos huéspedes están parados en el sillón más grande, aterrorizados. A la izquierda, se ubica el modesto restaurante de comida china. Todos los comensales están de pie, apoyados de espaldas contra las paredes, con expresión de pánico.

Y zigzagueando entre las mesas del comedor y los sillones de la sala, saltando por encima de la mesita baja, desde un extremo del comedor hasta el final de la sala de estar, una pequeña y delgada china con un enorme cuchillo de cocina en la mano huye de un pequeño y delgado chino que la persigue revoleando chakos. También llamados numchakus, son dos garrotes de madera de unos 50 centímetros cada uno, unidos por una cadena de acero de cinco centímetros. Es un Arma Mortal Uno, Dos y Tres, sobre todo en la mano de un chino borracho.

– ¡Asesino! –grita la china– ¡Me quiere matar!

El chino la persigue con sus chakos de un extremo a otro de la planta baja. A su paso deja una estela de olor a ron “pleito”, sudor agrio y chop suey del mediodía. A su paso también descarga con furia su Arma Mortal Uno, Dos y Tres sobre mesas y sillas, rompe platos y vasos, golpea las paredes y destroza cuadros.

Pero esto no parece ser problema para El Policía y El Pistolero, revolucionarios profesionales al servicio de la Policía Sandinista. Son hombres de acción curtidos en el peligro, un par de veteranos equilibristas en la cuerda floja, un dúo dinámico habituado a sobrevivir al margen de las leyes demoliberales capitalistas burguesas, transformados en guardianes de la ley y el orden de la Revolución.

En una pasada del chino, el robusto Policía le hace un tackle y lo derriba. Cuando está en el suelo, El Pistolero de un metro ochenta de estatura toma una silla y le planta el respaldo en el tórax. Y entonces El Policía le coloca salvajemente una rodilla en la cara y le aferra con las dos manos la muñeca para que no pueda defenderse con los chakos. Han controlado la situación en dos minutos.

Todo está bien ahora. La china deja de correr y se lanza a los brazos de la anciana que lloraba detrás del mostrador en la recepción. Los huéspedes bajan de los sillones. Los comensales regresan lentamente a sus mesas.

Pero el chino no está dispuesto a rendirse. No suelta los chakos, le muerde la rodilla al Policía, intenta patear con los dos pies al Pistolero que trata de inmovilizarlo con la silla, se retuerce en el suelo como un reptil herido y los escupe. Visto con calma y casi treinta años después, el pequeño y delgado chino ofrece un maravilloso espectáculo de resistencia a la ley, una indoblegable voluntad de no entregarse. Diminuto en comparación con los otros dos, pero irreductible, está dispuesto a que lo maten a golpes antes que ceder.

Eso si uno lo ve con calma. Pero esa noche de noviembre de 1981 nadie ve las cosas con calma. Y mucho menos, porque todos están borrachos. Sábado a la noche, ron y pleito.

El Periodista siente que debe ir en apoyo a sus dos compañeros y colaborar en el restablecimiento del orden. Se arrodilla sobre las piernas del hombrecito para que no patalee más y comienza a darle puñetazos en los testículos para que deje de escupir, chino cochino.

Grave error. Ese procedimiento no figura en los manuales policiales revolucionarios. Implacables en el combate, generosos en la victoria. Disuadir antes que reprimir, dejar fuera de combate sin causar heridas, etcétera.

Entonces se escucha un alarido de espanto, un chillido agudo que paraliza al chino, al Policía, al Pistolero y al Periodista. La escena se congela. Los cuatro quedan inmóviles y con la boca abierta. Sólo se escucha el sonido de cuatro bocas abiertas que toman y exhalan aire. En la calurosa atmósfera, las respiraciones apestan a “ron pleito”.

– ¡Asesinos! –grita la china– ¡Lo van a matar!

Y la escena recomienza cuando la pequeña mujer avanza hacia los guardianes del orden empuñando el enorme y afilado cuchillo de cocina. Fulguran de odio los ojos de la china, restallan con llamaradas asesinas. Las llamaradas parecen reflejarse en la gélida hoja del cuchillo, eficaz para decapitar los pollos, pescados, ranas y gatos que constituyen la base de los sabrosos platillos orientales del Hotel Siete Mares, atendido por sus propios dueños.

Y avanza la china, amenazante, hacia El Policía, El Pistolero y El Periodista. Más que amenazante, avanza decidida a castrarlos y seccionarlos. Ninguna de estas situaciones está prevista en el Manual del Buen Policía Sandinista.

Entonces, ante la peligrosa proximidad de la mujer del cochino chino que patalea en el suelo, El Policía, El Pistolero y El Periodista se ponen rápidamente de pie. Sin el más mínimo pudor dicen “permiso, permiso”, y pasan a los codazos y empujones tambaleándose entre la gente que se ha reunido en el hotel Siete Mares. Atraviesan velozmente la puerta que da a la calle y comienzan a correr, perseguidos por la diminuta mujer armada con el enorme cuchillo.

Los tres corren una cuadra, jadeantes como hipopótamos en el desierto. Cuando llegan al restaurante mexicano al aire libre Los Antojitos, que fue donde comenzó esta historia, tratan de recuperar la compostura. Es imposible. Están borrachos, acalorados, agitados por la carrera y con potentes descargas de adrenalina que les recorren el cuerpo como un rayo que se descarga sobre un solitario árbol flaco, alto y seco.

El Periodista voltea y mira hacia atrás. Quiere cerciorarse que no va morir a puñaladas un caluroso sábado a la noche, que no va a desangrarse en plena calle y en una Nicaragua en la que los héroes mueren jóvenes pero por otros motivos que no tienen nada qué ver con riñas conyugales. Y lo que El Periodista ve lo embriaga aún más.

A la mitad de la cuadra, la china ya no corre. Está con el chino. Están unidos por el más recíproco y rotundo de los abrazos. Se dan el más vital, húmedo y eterno de los besos, como dos amantes que han naufragado en una isla del Pacífico después de la tempestad, como los dos únicos supervivientes de un holocausto planetario. “Una escena digna del final de Cinema Paradiso”, piensa ahora, tres décadas después, El Periodista.

Y es mejor terminar este relato aquí, porque lo que sigue tiene aún mucha menos gracia.

– ¿Qué te pasa que estás tan nervioso? –le pregunta El Policía al Pistolero.

Están los tres en sentados en Los Antojitos, resoplan por el calor y el esfuerzo, fuman y beben ron.

– De esa mesa me están mirando –responde El Pistolero–. Me están haciendo muecas. Ya no se puede ir a ningún lado.

El Policía mira, ve a cuatro o cinco tipos sentados y dice:

– Son trotskistas.

Exactamente así. Igual que aquel diálogo de aquella noche de mayo de 1966 en la pizzería La Real, de Avellaneda. La noche que mataron a Rosendo García, al Griego Blajakis y a Juan Salazar, y tres o cuatro terminaron heridos de bala.

El Periodista intenta levantarse e irse porque intuye lo que sigue: insultos de mesa a mesa, sillazos, trompadas, disparos, muertos y heridos. Sábado a la noche, ron y pleito. Pero no puede incorporarse. Apoya la cabeza en la mesa y se queda dormido.

Roberto BardiniManagua, noviembre de 1979. Es sábado a la noche. Como siempre, hace un calorhúmedo, pegajoso; un calor que podría llamarse “de jungla” en lo que podríallamarse “una ciudad”. Los tres tipos están en Los Antojitos, un pequeño

restaurante mexicano al aire libre frente al Hotel Intercontinental y la nada.

Managua es una ciudad semidestruida. Primero, por el terremoto de 1972;

después, por la guerra entre somocistas y sandinistas. Donde antes había

cuadras y manzanas, ahora hay baldíos y crece la hierba. En esa zona que se

podría llamar “el centro”, donde antes hubo casas y comercios, ahora hay ruinas

a ras del suelo. Lo único que se yergue es la construcción piramidal del Hotel

Intercontinental y, cruzando la calle llena de baches y morterazos, el

restaurante Los Antojitos. Cinco o seis calles hacia el sur, está el lago de

Managua y, sobre una loma, el ex bunker de Anastasio Somoza. Una cuadra al este

de Los Antojitos, está el hotelito Siete Mares, una modesta construcción de dos

pisos y un pequeño comedor atendido por sus dueños chinos, donde sirven platos

orientales.

Los tres tipos son argentinos. Como es sábado a la noche, beben ron Flor de

Caña “Plate”. No le dicen ron “pleit”; le dicen “pleito”. Ingerido en

abundancia, puede inducir a la gresca a ecologistas, contempladores budistas,

pacifistas hindúes y cobardes de cualquier nacionalidad.

Los tres tipos visten de civil. En esos días de 1979 –que son “días y noches de

amor y de guerra”, donde uno piensa en “la última mujer y el próximo combate”–

quien no viste uniforme verdeolivo es un perejil. Y si no tiene una pistola en

la cintura, es un perejil con uniforme.

Dos de los tipos vestidos de civil tienen pistolas en la cintura, ocultas por

los faldones de las guayaberas. Son Makarov nueve milímetros, soviéticas,

consideradas un lujo. También tienen algo que vale más que un par de uniformes

y pistolas: tienen credenciales de oficiales del ministerio del Interior.

Uno de ellos, con aspecto de jugador de rugby, es asesor de la Policía

Sandinista. Llegó a Nicaragua recomendado por el servicio de inteligencia de un

país amigo, y tiene antecedentes que lo avalan. Antes, estuvo en Colombia y en

Guatemala; después, combatió en el Frente Sur.

Otro de los tipos, alto y corpulento, se parece a Humphrey Bogart pero a

diferencia de Bogart mide un metro ochenta y tiene densos pelos en las orejas.

En su país, los compañeros le decían Boogie, le decían Rififí, le decían El

Killer. A comienzos de los años 60, era asaltante de bancos; a mediados de esa

década, tras de una temporada en la cárcel, se convirtió en militante peronista

y siguió asaltando bancos. Ahora, por esas cosas de los ministerios del

Interior jóvenes, implacables en el combate y generosos en la victoria, es

instructor en la Policía Sandinista. Lo llamaremos El Pistolero.

El tercero es un perejil sin uniforme, sin pistola y sin credencial, armado

únicamente con una libreta de apuntes y alguna ilusión: convertirse en el Ernie

Pike del Caribe, por ejemplo. Pobre tipo. Lo llamaremos El Periodista.

Los tres argentinos están en Los Antojitos, se deshidratan por el calor y beben

ron “pleito”. Y suena el walkie-talkie del Policía:

– [Bzzz bzzz…] Central a las unidades de la Zona Uno… [Bzzz bzzz… crock

crock]… Reportan un Cuatro Uno Cero en el Hotel Siete Mares… Repito:

…portan un …uatro …ero uno en el …tel …iete …ares [Plash plash…

Crrr crrr].

– Un Cuatro Uno Cero: bronca familiar, conyugal o doméstica –dice El Policía–.

No falla nunca: sábado a la noche, ron y pleito. Vamos.

Los tres se levantan al mismo tiempo.

– Ya volvemos –le dice El Pistolero a una de las hermosas meseras morenas, de

escote largo y falda corta. Y a paso rápido salen hacia el Hotel Siete Mares.

Dos de ellos caminan como ojos, oídos y puños de la Revolución, guardianes de

la Ley y el Orden en la Consolidación de la Victoria Popular, manos de hierro

en guantes de seda: disuadir antes que reprimir, reprimir sin generar daños,

dejar fuera de combate sin causar heridas, herir sin provocar muertes…

El tercer tipo va detrás de ellos, rezagado. Cree que es El Cronista de la

Nueva Era Verdeolivo y Generosa. Imagina que es el Testigo Privilegiado en el

Lugar de los Hechos. Pobre tipo. Es El Periodista.

El trío comienza a trotar. Ninguno de los tres se da cuenta de que han ingerido

demasiado ron “pleito”. Cuando se den cuenta, será demasiado tarde.

A la carrera, El Policía, El Pistolero y El Periodista llegan al Siete Mares

con los pulmones a punto de estallar. Los tres son fumadores empedernidos. En

la puerta del hotel hay varios curiosos. Se oyen los gritos de una mujer y un

hombre en otro idioma, posiblemente insultos en un dialecto chino de los bajos

fondos de Shangai o Cantón. También se escuchan sonidos de objetos que se

rompen, seguramente de loza, porcelana y vidrio.

El Policía, El Pistolero y El Periodista entran al único y amplio ambiente de

la planta baja del hotelito. Al centro está la recepción; detrás del mostrador,

una anciana china se agarra la cabeza y llora. A la derecha, hay una sala de

estar con sillones, una mesita baja con diarios y revistas, ceniceros de pie.

Dos huéspedes están parados en el sillón más grande, aterrorizados. A la

izquierda, se ubica el modesto restaurante de comida china. Todos los

comensales están de pie, apoyados de espaldas contra las paredes, con expresión

de pánico.

Y zigzagueando entre las mesas del comedor y los sillones de la sala, saltando

por encima de la mesita baja, desde un extremo del comedor hasta el final de la

sala de estar, una pequeña y delgada china con un enorme cuchillo de cocina en

la mano huye de un pequeño y delgado chino que la persigue revoleando chakos.

También llamados numchakos, son dos garrotes de madera de unos 50 centímetros

cada uno, unidos por una cadena de acero de cinco centímetros. Es un Arma

Mortal Uno, Dos y Tres, sobre todo en la mano de un chino borracho.

– ¡Asesino! –grita la china– ¡Me quiere matar!

El chino la persigue con sus chakos de un extremo a otro de la planta baja. A

su paso deja una estela de olor a ron “pleito”, sudor agrio y chop suey del

mediodía. A su paso también descarga con furia su Arma Mortal Uno, Dos y Tres

sobre mesas y sillas, rompe platos y vasos, golpea las paredes y destroza

cuadros.

Pero esto no parece ser problema para El Policía y El Pistolero,

revolucionarios profesionales al servicio de la Policía Sandinista. Son hombres

de acción curtidos en el peligro, un par de veteranos equilibristas en la

cuerda floja, un dúo dinámico habituado a sobrevivir al margen de las leyes

demoliberales capitalistas burguesas, transformados en guardianes de la ley y

el orden de la Revolución.

En una pasada del chino, el robusto Policía le hace un tackle y lo derriba.

Cuando está en el suelo, El pistolero de un metro ochenta de estatura toma una

silla y le planta el respaldo en el tórax. Y entonces El Policía le coloca

salvajemente una rodilla en la cara y le aferra con las dos manos la muñeca

para que no pueda defenderse con los chakos. Han controlado la situación en dos

minutos.

Todo está bien ahora. La china deja de correr y se lanza a los brazos de la

anciana que lloraba detrás del mostrador en la recepción. Los huéspedes bajan

de los sillones. Los comensales regresan lentamente a sus mesas.

Pero el chino no está dispuesto a rendirse. No suelta los chakos, le muerde la

rodilla al Policía, intenta patear con los dos pies al Pistolero que trata de

inmovilizarlo con la silla, se retuerce en el suelo como un reptil herido y los

escupe. Visto con calma y treinta años después, el pequeño y delgado chino

ofrece un maravilloso espectáculo de resistencia a la ley, una indoblegable

voluntad de no entregarse. Diminuto en comparación con los otros dos, pero

irreductible, está dispuesto a que lo maten a golpes antes que ceder.

Eso si uno lo ve con calma. Pero esa noche de noviembre de 1979 nadie ve las

cosas con calma. Y mucho menos, porque todos están borrachos. Sábado a la

noche, ron y pleito.

El Periodista siente que debe ir en apoyo a sus dos compañeros y colaborar en

el restablecimiento del orden. Se arrodilla sobre las piernas del hombrecito

para que no patalee más y comienza a darle puñetazos en los testículos para que

deje de escupir, chino cochino.

Grave error. Ese procedimiento no figura en los manuales policiales

revolucionarios. Implacables en el combate, generosos en la victoria. Disuadir

antes que reprimir, dejar fuera de combate sin causar heridas, etcétera.

Entonces se escucha un alarido de espanto, un chillido agudo que paraliza al

chino, al Policía, al Pistolero y al Periodista. La escena se congela. Los

cuatro quedan inmóviles y con la boca abierta. Sólo se escucha el sonido de

cuatro bocas abiertas que toman y exhalan aire. En la calurosa atmósfera, las

respiraciones apestan a “ron pleito”.

– ¡Asesinos! –grita la china– ¡Lo van a matar!

Y la escena recomienza cuando la pequeña mujer avanza hacia los guardianes del

orden empuñando el enorme y afilado cuchillo de cocina. Fulguran de odio los

ojos de la china, restallan con llamaradas asesinas. Las llamaradas parecen

reflejarse en la gélida hoja del cuchillo, eficaz para decapitar los pollos,

pescados, ranas y gatos que constituyen la base de los sabrosos platillos

orientales del Hotel Siete Mares, atendido por sus propios dueños.

Y avanza la china, amenazante, hacia El Policía, El Pistolero y El Periodista.

Más que amenazante, avanza decidida a castrarlos y seccionarlos. Ninguna de

estas situaciones está prevista en el Manual del Buen Policía Sandinista.

Entonces, ante la peligrosa proximidad de la mujer del cochino chino que

patalea en el suelo, El Policía, El Pistolero y El Periodista se ponen

rápidamente de pie. Sin el más mínimo pudor dicen “permiso, permiso”, y pasan a

los codazos y empujones tambaleándose entre la gente que se ha reunido en el

hotel Siete Mares. Atraviesan velozmente la puerta que da a la calle y

comienzan a correr, perseguidos por la diminuta mujer armada con el enorme

cuchillo.

Los tres corren una cuadra, jadeantes como hipopótamos en el desierto. Cuando

llegan al restaurante mexicano al aire libre Los Antojitos, que fue donde

comenzó esta historia, tratan de recuperar la compostura. Es imposible. Están

borrachos, acalorados, agitados por la carrera y con potentes descargas de

adrenalina que les recorren el cuerpo un rayo que se descarga sobre un

solitario árbol flaco, alto y seco.

El Periodista voltea y mira hacia atrás. Quiere cerciorarse que no va morir a

puñaladas un caluroso sábado a la noche, que no va a desangrarse en plena calle

y en una Nicaragua en la que los héroes mueren jóvenes pero por otros motivos

que no tienen nada qué ver con riñas conyugales. Y lo que El Periodista ve lo

embriaga aún más.

A la mitad de la cuadra, la china ya no corre. Está con el chino. Están unidos

por el más recíproco y rotundo de los abrazos. Se dan el más vital, húmedo y

eterno de los besos, como dos amantes que han naufragado en una isla del

Pacífico después de la tempestad, como los dos únicos supervivientes de un

holocausto planetario. “Una escena digna del final de Cinema Paradiso”, piensa

El Periodista, mareado y a punto de caerse.

Y es mejor terminar este relato aquí, porque lo que sigue tiene aún mucha menos

gracia.

Tan poca gracia como lo que sigue:

– ¿Qué te pasa que estás tan nervioso? –le pregunta El Policía al Pistolero.

Están los tres en sentados en Los Antojitos, resoplan por el calor y el

esfuerzo, fuman y beben ron.

– De esa mesa me están mirando –responde El Pistolero–. Me están haciendo

muecas. Ya no se puede ir a ningún lado.

El Policía mira, ve a cuatro o cinco tipos sentados y dice:

– Son trotskistas.

Exactamente así. Igual que aquel diálogo de aquella noche de mayo de 1966 en la

pizzería La Real, de Avellaneda. La noche que mataron a Rosendo García, al

Griego Blajakis y a Juan Salazar, y tres o cuatro terminaron heridos de bala.

El Periodista intenta levantarse e irse porque intuye lo que sigue: insultos de

mesa a mesa, sillazos, trompadas, disparos, muertos y heridos. Sábado a la

noche, ron y pleito. Pero no puede incorporarse. Apoya la cabeza en la mesa y

se queda dormido.

CUANDO ERNEST HEMINGWAY “GASTÓ” AL EMBAJADOR SPRUILLE BRADEN EN CUBA

25 abril 2009

Roberto Bardini

A mediados de la Segunda Guerra Mundial el escritor Ernest Hemingway se da uno de los grandes gustos de su vida: navega en aguas del Caribe con un grupo de amigos impresentables, pesca, devora manjares preparados al estilo antillano, le dispara a tiburones, bebe litros de ron y whisky, juega al espionaje y, de remate, se inspira para una futura novela que se llamará Islas en el golfo.

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La aventura marinera dura ocho meses. Es posible gracias a miles de dólares que Hemingway le factura a Spruille Braden, entonces embajador de Estados Unidos en Cuba, con el pretexto de que persigue submarinos alemanes para evitar que ataquen las costas norteamericanas. En realidad, es una espectacular tomadura de pelo que se prolonga desde agosto de 1942 hasta abril de 1943.

bradenBraden no es diplomático de carrera sino un ingeniero y empresario muy cercano al Departamento de Estado. Corpulento, con el aspecto de un toro dispuesto a embestir y aficionado al whisky, habla bastante bien el castellano. Antes ha estado en Asunción, donde operó a favor de la compañía petrolera Standard Oil durante la llamada Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia (1932-1935). Vinculado a la firma bananera United Fruit, es heredero de acciones en la empresa minera Braden Copper, fundada por su padre en Chile.

Braden sucumbe en La Habana ante las audaces propuestas de Hemingway. El escritor le ofrece lanzarse al mar en su propio yate para enfrentar a submarinos alemanes, además de armar una red de espionaje para neutralizar las actividades de simpatizantes cubanos del nazismo y de la Falange Española. Para financiar estos “servicios patrióticos”, el autor de Por quien doblan las campanas le pide al impetuoso embajador mil dólares mensuales y alrededor de 450 litros de nafta.

hemiconmetraHemingway equipa con ametralladoras, granadas y bombas caseras a su yate Pilar, una hermosa embarcación de caoba y roble, de casi 12 metros de eslora, con un motor de cien caballos de fuerza, que había comprado por 10.000 dólares en un astillero de Brooklyn en 1934. Él mismo afirma que el Pilar combina “el peso sensual de una hermosa mujer alegre habanera y la sólida construcción de la casa en lo alto de una colina”.

Pero es poco probable que el escritor esté dispuesto a permitir que se lo hundan en altamar, le cambien la pintura del casco o siquiera le rayen la cubierta con un alfiler. O, mucho menos, que le suceda algo a su timonel y camarada de andanzas, el legendario Gregorio Fuentes, un marinero en el que se inspirará para crear a Santiago, el personaje de El viejo y el mar, libro publicado en 1952 y adaptado al cine seis años después. Fuentes, nacido en las Islas Canarias en 1897, ha llegado a Cuba a los diez años de edad y conduce el Pilar desde 1938.

Al mismo tiempo, el novelista recluta a una docena de marginales, compañeros de parranda en los muelles y cantinas de La Habana, a quienes él denomina Crooks Factory (“fábrica de malandras”). El yate nunca entra en combate y la red de agentes secretos jamás se arma pero la pandilla navega, pesca y bebe durante 240 inolvidables días.

Todavía a fines de 1942 el representante diplomático de Estados Unidos en Cuba sostiene: “Hemingway colaboró para nosotros desde su finca de La Habana dos veces por semana. Reunió a un grupo de cuatro hombres que trabajaban todo el día”. Un informe del FBI de ese mismo año, en cambio, define aquella labor como “una torpe e infantil empresa de fulleros”.

En mayo de 1945, Spruille Braden llega a Buenos Aires como embajador. Viene con la democrática misión de neutralizar la “amenaza nazifascista” del entonces coronel Juan Domingo Perón. No tiene éxito y a los cuatro meses regresa a Washington. Los peronistas, evidentemente, son mucho peores que aquellos “malandras” reclutados en el puerto. El empresario fallece en 1978. Quizás contribuye a su alejamiento del mundo terrenal el hecho de que poco antes Perón ha ganado por tercera vez a la presidencia.

Ernest Hemingway se suicida en 1961. Nueve años después se publica Islas en el golfo, novela terminada en 1947. El personaje central, un pintor llamado Thomas Hudson, muere herido de bala a bordo de su yate. En la narración, Hudson y sus aguerridos compañeros perseguían a un submarino alemán en aguas caribeñas.

fuentesGregorio Fuentes, el timonel del Pilar, trabaja durante 27 años con Hemingway. Conocido como “Pellejo duro”, hace honor a su apodo: fallece en 2002, a los 104 años de edad.  Fumaba seis habanos diarios y nunca leyó El viejo y el mar. Alguna vez dijo que si él sobrevivía al escritor, le gustaría poner el barco en un jardín y mandar a construir al lado una estatua de su patrón y amigo. Lo imaginaba sentado, con un vaso en la mano.

tiburon

EL COMPLEJO ARTE DE NARRAR

25 febrero 2008

Roberto Bardini

chandler.jpgEn enero de 1944, Raymond Chandler le escribe una carta a James Sandoe, crítico de novelas del New York Herald-Tribune, en la que afirma: “Muy de vez en cuando el autor de novelas de detectives es tratado como un escritor, pero muy raramente”. Chandler intercambió numerosa correspondencia con Sandoe, en la que este tema estuvo siempre presente. En octubre de 1948 le comenta: “No hay trabajos críticos de primera calidad sobre la novela de crímenes o de misterio. Ni en este país ni en Inglaterra hay reconocimiento por parte de la crítica de que se encierra mucho más arte en los representantes de estas obras que en cualquier cantidad de gruesos volúmenes de mentirosa historia o de basura con significado social”.

Chandler sabía, desde luego, y así lo dejó asentado, que “el crítico común jamás reconoce un mérito cuando existe; lo explica cuando se ha vuelto respetable”.

En abril de 1949, el autor de El largo adiós vuelve a la carga en otra carta a Sandoe: “Pienso que algunos escritores están constreñidos a escribir con frases rebuscadas a manera de compensación por la ausencia de algún tipo de emoción animal natural. No sienten nada, son eunucos literarios y, por lo tanto, para probar su individualidad, caen en una terminología oblicua”. Y en junio de aquel año, retoma la cuestión: “La clase de gente educada pero semiculta con la que uno se encuentra hoy en día, me dice más o menos esto: «Usted escribe tan bien que estoy convencido que podría hacer una novela seria»”.

En octubre de 1955, Chandler le escribe a Hillary Waugh, otro autor de novelas policiales: “No discuto que un gran número de obras policiales son mediocres, pero gran número de libros de cualquier género son mediocres. El peor de nosotros derrama su sangre en cada capítulo. El mejor empieza de cero con cada nuevo libro. A ningún escritor de obras policiales que yo haya conocido se le cruzó jamás por la cabeza que lo que hacía no valía la pena hacerlo; lo único que deseaba era poder hacerlo mejor. Yo tuve la suerte de ser uno de los afortunados y, créame, hace falta suerte”.

Un poco antes de la caída del Muro de Berlín y la Unión Soviética junto con el derrumbe de los sueños de por lo menos tres generaciones, el escritor siciliano Leonardo Sciascia derribaba una pared de prejuicios literarios al declarar: “Encuentro que la técnica de la novela policíaca es hoy la más honesta porque tiene vocación de narrar”. Cuando Sciascia nació, Chandler tenía 41 años. De haberse conocido personalmente, sin duda los dos se hubieran llevado muy bien.

A más de medio siglo de la época en que estas cuestiones molestaban a Chandler, las cosas han cambiado: ahí están, para quien quiera verlas, las colecciones de novela policial del estilo hard boiled de editoriales tan prestigiosas como Mondadori y Gallimard. El espacio se ha ampliado ahora a novelas de espionaje, intriga política y aventura. Y poco a poco va siendo ocupado por numerosos autores españoles y latinoamericanos, muchos de ellos provenientes de las filas del periodismo y de la militancia revolucionaria en repliegue y, en el caso de Estados Unidos, con la incorporación de veteranos ex policías –generalmente decepcionados– que saben de lo que escriben y, además, escriben bien.

Sin embargo, subsisten quienes se empeñan en afirmar que existe una contradicción entre literatura “seria” y de la otra, entre obra mayor y “menor”, entre género y “subgénero”. Cada vez con menos fuerza y menores argumentos, es cierto, pero persiste. Todavía hoy se escucha alguna voz carente de esa “emoción natural animal” que reclamaba el creador del detective Philip Marlowe.

A todas estas expresiones también se adelantó Chandler. En el prólogo a algunos de sus cuentos publicados entre 1934 y 1939, ya había detectado cierto tipo de lectores que padecían un raro síndrome de inmuno deficiencia literaria. En unas pocas líneas que también parecen redactadas como una respuesta anticipada a los paladares exigentes, Chandler escribió:

Hay quienes creen que la ficción detectivesca es un subgénero literario, y no tienen para ello mejores argumentos que el de que por lo menos no se atasca en oraciones subordinadas, complicada puntuación o subjuntivos hipotéticos. Están quienes las leen cuando están cansados o enfermos, y por la cantidad de novelas de misterio que consumen deben estar muy enfermos o muy cansados”.

Luis Cernuda, en su prólogo de 1961 a la edición española de Cosecha roja, sostiene que Dashiell Hammett “escribe en la época cuando la ley seca y las bandas de gangsters daban a la vida norteamericana un carácter especial” y que “supo ver y expresar aquel ambiente con su vacuidad singular, dotándolo, por la reticencia y la aguda notación psicológica con que lo expone, de un valor novelesco indudable”.

Dejemos de lado eso de “vacuidad singular” y “aguda notación psicológica” y disculpemos a Cernuda, a quien apreciamos mucho. Después de todo él era poeta, fue profesor de Literatura en Cambridge y en universidades de México y Estados Unidos, estuvo exiliado luego de la Guerra Civil de España y no frunció la nariz ante la novela policial.

“Nuestro escrúpulo excesivo nos está llevando a esperar de Dashiell Hammett cosas que él, probablemente no pretendía ni buscaba; ya es bastante lo que nos da: realidad, consistencia, interés”, escribe Cernuda. “La obra de Hammett posee siempre la facultad de entretener poderosamente al lector. ¿Cuánto tiempo durará en ella dicha facultad? Nadie puede responder a eso. Los tiempos cambian y las diversiones humanas también; lo único que no cambia es la sempiterna necesidad humana de entretenimiento”.

Y sí, los tiempos cambian y también las diversiones. Ahora hay gente que lee menos y va más al teatro o al cine, o prefiere ver videos en su casa o se apasiona por los jueguitos en la computadora. Hay personas que después de haber asistido a ochenta representaciones teatrales o haber leído noventa poemarios o haber escuchado cien conciertos, concluyen en que no le gustan ni el teatro, ni la poesía, ni la música.

Claro que esta gente me recuerda un poco al episodio del “macho probado” en Boogie el Aceitoso. Sí, aquel hombrote moreno y de grandes bigotes, que para estar absolutamente seguro de que no le gustaba una preferencia sexual poco viril, probaba y probaba y probaba. Y para estar absolutamente seguro, hacía veinte años que seguía probando sistemáticamente una vez por semana.

Luis Cernuda falleció en 1963 y no conoció a Boogie. Pero como era poeta y profesor de literatura, él recuerda que Miguel de Cervantes ya antaño sabía algo de entretenimiento, como indica el prólogo a sus Novelas ejemplares en 1613: “Que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los oratorios, no siempre se asiste a los negocios por calificados que sean: horas hay de recreación donde el afligido espíritu descanse”.

Más entusiasta, André Guide escribe en su Diario el 12 de junio de 1942: “He podido leer con asombro bien cercano a la admiración, Cosecha roja (a falta de La llave de cristal, tan recomendado por Malraux)”. Y el 16 de marzo de 1943 apunta: “He leído con vivísimo interés (¿y por qué no atreverme a decir que con admiración?) El halcón maltés, de Dashiell Hammett… En lengua inglesa o, por lo menos, norteamericana, mucha de la sutileza en los diálogos me pasa desapercibida; pero en Cosecha roja esos diálogos, conducidos con mano maestra, son cosa para enfrentarla con Hemingway y hasta con Faulkner”.

El teórico trotskista Ernest Mandel, de cierta notoriedad en los años 70, logró sustraerse a muchas de las desviaciones del capitalismo, pero también sucumbió ante la novela policial. Culposamente, es cierto, pero se dejó envolver en sus redes. En Crimen Delicioso – Historia Social del Relato Policiaco (editorial de la Universidad Nacional Autónoma de México, 1986), Mandel se pregunta, atormentado: “¿Soy sólo una víctima de la ideología burguesa absorbida por el remolino junto con millones de otros desafortunados?”. Por un momento parece que Mandel “pacta con la masa y baja a la calle”. Pero no: como buen trotskista europeo no se puede permitir la más mínima duda terrenal, rápidamente recupera su ortodoxia y cruza a la vereda de enfrente. La novela policial, dice, es “socialmente inútil a las mayorías”.

simplearte.gifNuevamente démosle la palabra Chandler a través de El simple arte de matar, redactado en 1944:

“En la actualidad abunda ese tipo de hipocresía moral y social. Agréguesele una dosis liberal de presuntuosidad intelectual, y se obtendrá el tono de la página literaria de su periódico y el sincero y fatuo ambiente engendrado por los grupos de discusión de los pequeños clubes. Ésas son las personas que apuntaban a los best sellers, que son trabajos de promoción basados en una especie de explotación indirecta del esnobismo, cuidadosamente escoltados por las focas adiestradas de la fraternidad crítica, y cuidados y regados con amor por ciertos grupos de presión demasiado poderosos, cuyo negocio consiste en vender libros, aunque prefieren que uno crea que están estimulando la cultura. Atrásese un poco en sus pagos y verá cuán idealistas son”.

Más adelante agrega: “En cuanto a la literatura de expresión y la literatura de evasión, pertenece a la jerga de los críticos, es una utilización de palabras abstractas como si tuvieran significados absolutos. No hay temas vulgares; sólo hay mentalidades vulgares. Todos los que leen escapan de algo hacia lo que hay detrás de la página impresa: puede discutirse la calidad del sueño, pero la liberación que nos ofrece se ha convertido en una necesidad funcional. Todos los hombres tienen que escapar en ocasiones del mortífero ritmo de sus pensamientos íntimos. Ello forma parte del proceso de la vida entre los seres pensantes”.

Y luego viene una conclusión, no como las soberbias pontificaciones de los especialistas en “análisis literario”, sino de ésas que hacen que uno se muerda los codos y exclame: “Carajo, ¿cómo se hace para escribir con esa puntería?”. Dice Chandler:

No tengo predilección especial por la novela detectivesca como evasión ideal. Simplemente digo que todo lo que se lee por placer es una evasión, se trate de un texto en griego, de un libro de matemáticas, de uno de astronomía, de uno de Benedetto Croce o de El diario del hombre olvidado. Decir lo contrario es ser un esnob intelectual y un principiante en el arte de vivir”.

Años más tarde, en sus Apuntes sobre la novela policíaca (1949), Chandler plantea algunas líneas, que resumo:

1. Las buenas novelas policíacas son releídas, y en ocasiones repetidas veces. Es evidente que eso no se produciría si la única fuente de interés para el lector fuera el enigma. La novela policíaca que resiste el peso de los años posee invariablemente las cualidades de una buena novela.

2. Se trata de un género que nunca ha decaído. Y a ello se debe el error de los que anuncian su decadencia y su desaparición. Los académicos nunca se han metido con ella. Sigue siendo demasiado fluida y variada como para admitir una fácil clasificación, y su influencia sigue siendo aún muy extensa.

3. La novela policíaca ha dado la mayor cantidad de mala literatura que cualquier otra forma de ficción, y probablemente mayor cantidad de buena literatura que cualquier otro género literario de tan amplia aceptación y estima.

En abril de 1949, Chandler le escribe a Hamish Hamilton, su editor en Gran Bretaña, unas líneas que deberían figurar en todos los frontispicios de facultades de letras, revistas culturales, secciones literarias dominicales y clubes de papagayos propensos al “análisis literario”. La modestia, el tono bajo, la sencillez y la austeridad también tienen una grandeza mayor que la que ocupa lugar por su estridencia. En esas líneas memorables, Chandler opina, como quien se reclina en el sillón, se toma un whisky y se fuma una pipa:

“A Shakespeare le hubiera ido bien en cualquier generación, porque se hubiera negado a morir en un rincón; habría tomado a los falsos dioses y los habría hecho de nuevo; habría tomado las fórmulas corrientes y las habría convertido a la fuerza en algo que a hombres de menor talla les hubiera parecido imposible de lograr. Si hoy viviera, no cabe duda de que hubiera escrito y dirigido películas, obras de teatro y Dios sabe qué. En vez de decir: «Este medio no es bueno», lo hubiera usado y hecho bueno. Si alguna gente hubiera dicho que parte de su trabajo era barato (y parte de él lo es), le habría importado un pito, porque a él no se le hubiera escapado que, sin alguna vulgaridad, no hay hombre completo. Hubiera detestado el refinamiento como tal, porque siempre implica una retirada, un encogimiento, y él era demasiado bravo como para encogerse ante nada”.

Shakespeare, como Sófocles o Pirandello, eran hombres que se limitaban a pensar y hacer pensar a los demás o simplemente a entretenerlos con obras acerca de lo que sucedía en sus respectivas épocas. O, para decirlo con una fórmula muy manoseada, eran hombres comprometidos con los temas de su tiempo. Hubo escritores más actuales que, por el tratamiento de sus temas y sus gustos e inclinaciones, parecen más comprometidos con el tiempo de Sófocles, Shakespeare y Pirandello que con el que les ha tocado vivir.

Porque esta etapa, no nos engañemos, no es un tiempo de leyendas nórdicas, mitologías célticas, malevos trágicos y gauchos que parecen centauros que galopan sobre la estepa y entre la tundra. Es un tiempo de poderes implacables, corrupción política, negociados, escándalos financieros, auge de los servicios de inteligencia, sofisticación en los métodos de vigilancia y control, mafias, tráfico de drogas, prostitución forzada, comercio de armas, desmembramiento de países, violencia e injusticia.

Y para terminar, que una vez más tome la palabra Chandler, a quien le basta y sobra para defenderse solo en El simple arte de matar: “Que se me muestre a un hombre o a una mujer incapaz de soportar una novela policial: se tratará, sin duda, de un tonto; un tonto inteligente –es posible– pero de todos modos un tonto”.

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