Archive for the ‘Medio Oriente’ category

RECORDANDO A JANA, LA NIÑA DE BAB AL-AZIZIA

27 marzo 2011

Roberto Bardini

Se llamaba Jana. En 1986 vivía con sus padres en Bab al-Azizia –un campamento de seis kilómetros cuadrados al sur de Trípoli– y hoy quizás sería una atractiva muchacha de 24 o 25 años viviendo la zozobra de los bombardeos a Libia.

Pero el 15 de abril de aquel año –cuando apenas tenía 15 meses de edad– el infierno se desató desde el cielo, con rugido de motores, estruendo de explosiones y alaridos de dolor, y su cuerpito fue destrozado por las esquirlas de una bomba arrojada desde un avión cazabombardero F-111 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

Jana era hija adoptiva del coronel Moamar Gadafi, la menor de nueve hermanos. El F-111 que lanzó la bomba en la residencia del líder libio y la mató, fabricado por General Dynamics y equipado por Texas Instrument, mide 19 metros, pesa 37.600 kilos y su costo es de 10 millones de dólares.

El avión integraba una flota de 45 cazabombarderos que en sólo 20 minutos arrojaron sobre Trípoli y Bengazi 300 bombas y 48 misiles, que en total representaban 60.000 kilos de  metal y explosivos. Trece de los aviones tenían la misión de matar a Gadafi.

Una parte de las aeronaves había despegado de dos portaaviones de la VI Flota en el Mediterráneo. Otra, de las bases aéreas británicas de Mildenhall y Fairford, con la aprobación de la primera ministra Margaret Thatcher. Volaron 5.000 kilómetros en 14 horas, bordeando las costas francesas, españolas y portuguesas, a 20.000 pies de altura.

La flota atacante se demoró en llegar a Libia más de lo previsto inicialmente porque los entonces primeros ministros François Mitterrand, de Francia, y Felipe González, de España, no concedieron los permisos de sobrevuelo. Además, los cazabombarderos debieron reabastecerse de combustible en el aire cuatro veces.

Dos de los ocho hermanitos de Jana fueron heridos en el ataque aéreo. Según fuentes estadounidenses, 37 personas perdieron la vida en el bombardeo a las dos ciudades.  Fueron “daños colaterales”, desde luego, aunque fuentes libias aseguran que los muertos fueron más de cien.

¿Cuál fue el motivo de la demoledora incursión?

Diez días antes, a las dos de la mañana del 5 de abril de 1986, había estallado una bomba en la discoteca La Belle, de Berlín Oeste, frecuentada por soldados norteamericanos. Todos estaban destinados a la zona occidental de la ciudad, entonces dividida y ocupada militarmente por Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y la Unión Soviética.

En el atentado –que se presumía organizado por terroristas libios– murieron dos personas y más de 200 fueron heridas, entre las que se encontraban 69 militares. Perdieron la vida Nermin Hannay, una muchacha turca de 29 años, y el sargento Kenneth T. Ford, de 21 años, originario de un suburbio afroamericano en Detroit (Michigan).

El 7 de abril, el presidente republicano Ronald Reagan –asesorado por el director de la CIA, William Casey, y el embajador ante la ONU, Vernon Walters– ordenó una operación militar para vengar el atentado en Berlín y obligar a Gadafi a cambiar su política terrorista. Y los medios de persuasión fueron 60 toneladas de bombas y misiles, de las que posiblemente bastaron unos cuantos gramos de acero para matar a la pequeña Jana, de un año y tres meses de edad.

A veces, cuando se llega al final, se dice que “lo demás ya es historia”. Pero en esta historia lo demás sigue siendo actualidad, aunque hoy –25 años después y en el fárrago de noticias– pocos recuerden a la inocente niña de Bab al-Azizia.

DEL GHETTO DE VARSOVIA A LA FRANJA DE GAZA

16 enero 2009

[Publicado en enero de 2005 con el título Israel, Palestina y el Informe Stroop]

Hoy nadie recuerda al general alemán Jürgen Stroop, quien ganó cierta notoriedad a mediados de la Segunda Guerra Mundial durante la ocupación de Polonia como comandante de las Waffen-SS. Sin embargo, recientemente su nombre volvió a cobrar notoriedad en Medio Oriente. Según informa el diario Haaretz, de Jerusalén, parece que el militar tiene algunos discípulos en el ejército israelí.

Roberto Bardini

Entre 1941 y 1943, el ejército del Tercer Reich confina a 60 mil judíos polacos en el ghetto de Varsovia, ubicado en el distrito de Podgorze. La desproporción entre la cantidad de reclusos y la superficie del lugar, provoca hacinamiento, miseria, hambre y epidemias. En algunos casos, conviven hasta 13 personas en cada habitación. Sólo un hombre cada 138 tiene trabajo. La mayoría trabaja en establecimientos alemanes; confecciona uniformes militares y fabrica armas.

El 19 de abril de 1943 estalla una rebelión en el ghetto. Mordejai Anielevicz, de 24 años, lidera a 700 jóvenes de la Organización Judía Combatiente, provistos de granadas, bombas molotov y unas pocas armas suministradas por la resistencia polaca. El levantamiento termina el 16 de mayo, cuando los alemanes hacen estallar la gran sinagoga judía, incendian el ghetto y lo reducen a un montón de escombros. Anielevicz y 80 jóvenes sobrevivientes al ataque se suicidan para no caer en manos del enemigo.

El ghetto ya no existe

El general Jürgen Stroop, hombre de confianza de Heinrich Himmler, estuvo al mando de la operación y redactó un minucioso parte de guerra día por día e, incluso, hora por hora, de los 28 días de combate. Su descripción, de 75 páginas, se conoce como Informe Stroop: el Ghetto de Varsovia ya no existe (Es gibt keinen jüdische Wohnbezirk in Warschau mehr). El relato se hace público en el Tribunal de Nuremberg en 1946 y es editado en forma de libro en 1998.

El 25 de enero del año pasado [2004], el diario Haaretz publicó un artículo del periodista Amir Oren, quien afirma que los militares judíos estudiaron las tácticas utilizadas por los nazis para aplastar la rebelión en el ghetto de Varsovia con el fin de aplicarlas contra las ciudades palestinas de Gaza y Cisjordania. El Informe Stroop figura entre los textos.

Oren utiliza como fuente a un alto oficial israelí, a quien no identifica para evitarle represalias. No es la primera vez que miembros del ejército brindan este tipo de testimonio, disgustados por sus tareas como de tropa de ocupación y la técnica de tierra arrasada ordenada por el alto mando.

Peor que en Varsovia

Lo cierto es que existen similitudes, corregidas y aumentadas, entre aquel episodio de la Segunda Guerra Mundial y lo que sucede hoy en los territorios dominados por Israel. Más de un millón de árabes subsiste gracias a los víveres distribuidos por la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos (UNRWA, por sus siglas en inglés), la cual ha denunciado que uno de cada cinco niños palestinos sufre de grave desnutrición. Desde septiembre de 2000, más de 25 mil palestinos han perdido sus hogares por demoliciones llevadas a cabo por soldados israelíes, según UNRWA, que apenas ha logrado construir casas para poco más de mil cien.

Por otro lado, un informe del Banco Mundial de noviembre de 2004 asegura que un 50 por ciento de los palestinos vive en la pobreza, con menos de dos dólares diarios. En promedio, cada palestino que trabaja debe mantener a siete personas.

Hay más semejanzas con el ghetto de Varsovia: existen en Cisjordania 61 puestos de control militar, 102 bloques de hormigón en las carreteras para dificultar el acceso de vehículos desde y hacia los pueblos palestinos, 61 zanjas, 28 vallas de tierra y 374 de pilas de escombros. Viajar por la región es muy difícil, si no imposible, para miles de personas.

En junio de 2002, Israel comenzó a construir un muro, que tendrá una longitud de 622 kilómetros a un costo de 3 mil 400 millones de dólares. La enorme valla impide el acceso de palestinos a lugares esenciales como el trabajo, los hospitales y las escuelas.

Tragedia moderna

La Franja de Gaza es una de las regiones más densamente pobladas del planeta. Con una superficie de sólo 360 kilómetros cuadrados, el hogar de más de un millón 400 mil palestinos y alrededor de 7 mil 300 israelíes radicados en 21 asentamientos vigilados por tropas israelíes. La mayoría árabe vive refugiada en ocho campos de las Naciones Unidas.

La Franja está completamente cercada, excepto en la costa con el mar Mediterráneo. Hay ocho puestos de control de las autoridades israelíes. Los palestinos sólo pueden cruzar la frontera por dos puntos: Erez, en el norte, y Rafah, en el sur. En 2004, 950 palestinos resultaron muertos por las fuerzas de ocupación israelí, incluyendo 172 niños y 36 mujeres. Ese mismo año, fueron heridos casi 6 mil palestinos.

Eric J. Hobsbawn, el más importante historiador vivo, definió la situación en Medio Oriente como “el conflicto más grave que enfrenta actualmente la humanidad”, cuyos efectos repercuten –a la corta o a la larga- en el todo el mundo. Mucho antes, en 1968, el historiador inglés Arnold Toynbee afirmó que la tragedia moderna de los judíos consiste en que, lejos de aprender de sus sufrimientos, tratan a los árabes igual que los nazis los trataron a ellos.

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UN MUNDO INMUNDO

20 junio 2007

Roberto Bardini

El mal se ceba en el orfanato“Pido una disculpa a los cinco o seis lectores de esta columna por escribir en primera persona y dejar de lado las reglas del periodismo ‘políticamente correcto’, pero a veces la indignación impide encontrar las palabras justas y uno siente más ganas de destrozar el teclado de la computadora en la pétrea cabeza -preservada al vacío total- del presidente George W. Bush y de sus cómplices que de hacer buena letra para ganar un improbable premio Pulitzer”. Así comienza el primer párrafo de mi columna del jueves 21 de junio en el diario mexicano Milenio.

Media hora antes había visto las fotografías de 24 niños que fueron hallados por una patrulla militar estadounidense en un orfanato estatal de Bagdad: están desnudos y tirados en el suelo, acostados sobre su propia viscosa mierda y llenos de moscas. Tienen las costillas al aire como pequeños cadáveres en un campo de concentración destinado a “limpieza étnica”, los cuerpitos a punto de quebrarse como una rama seca al sol. Están vivos y sufriendo. Las fotos primero me descalabraron algo que debe ser el alma; después me generaron un odio en aumento.

En esa media hora en la que no podía pensar nada más que en golpear a alguien, rehice ese párrafo inicial media docena de veces, porque mi editora en Milenio me había pedido telefónicamente que escribiera mi columna sobre esos niños atormentados. Así que después de un rato de intentar redactar algo que tuviera un mínimo sentido, la llamé por teléfono al periódico y le solicité que me permitiera dejar de lado el estilo “objetivo e impersonal” porque por ese camino no iba a llegar a ningún lado en las tres o cuatro horas que faltaban para cerrar la edición.

Las agencias de noticias informaban que los menores, entre los tres y los 15 años, fueron encontrados desnudos en una habitación a oscuras sin ventanas. Muchos estaban atados a sus camas, demasiado débiles como para ponerse de pie.

Los soldados entraron a la limpia, cómoda y lujosa oficina del director del orfanato, que se había fugado. En la cocina descubrieron a tres empleados preparándose comida. En un depósito encontraron cajas de alimentos sin abrir y de ropa sin usar, que seguramente iban a ser vendidas en el mercado negro. Ni siquiera en los tiempos de Saddam Hussein el espanto provocaba tanta náusea.

El descarado representante de la Unesco en Irak –que, según la página en internet de ese organismo, gana 109 mil dólares anuales exentos de impuestos, más subsidios y gastos de representación– declaró que “algunos” huérfanos no están al cuidado de nadie. Y como ya es cínicamente habitual en estos casos, “instó al gobierno iraquí a elaborar un plan de acción para albergar a los niños sin techo”.

Creo que los “niños sin techo” no figuran entre las preocupaciones del presidente Jalal Talabani y el primer ministro Nuri Al Maliki, un par de títeres a los que algún día alguien les pasará la factura y los hará volar por el aire como fragmentos de espantapájaros. Si no pueden administrar un orfanato mucho menos pueden gobernar un país considerado el segundo más peligroso del mundo después de Sudán. Así que deberán cuidar sus traseros, porque el fatalismo árabe es paciente, implacable y sin misericordia.

Y como al quinto párrafo ya percibía la inutilidad de mi columna, que no conmoverá a ningún parásito funcionario de organismos internacionales, ni a representantes de organizaciones de derechos humanos, ni a vividores de las ONGs, y quería tomarme un whisky doble a pesar de que eran las tres de la tarde, preferí cerrar mi columna con una frase de Rodolfo Walsh en su cuento “Irlandeses detrás de un gato”, que describe mejor que yo lo que sentí ese jueves con imágenes de cuerpitos desnutridos y miradas desgarradoras, como escenas de un incómodo holocausto que nunca será transformado en película de Hollywood:

“La pelea estaba ahora adentro de él. Sentía su propio olor, acre, humeante, inhumano, como el que deja un rayo al golpear la tierra, y un deseo casi intolerable de matar que le inundaba el cerebro y lo dejaba a merced de oscuras corrientes que fluían insensatas por su cuerpo, nadando en esa poderosa corriente de odio”.

Así que después de enviar la columna al diario y tragarme el whisky doble, pensé que era una suerte vivir en la ciudad de México y no en Washington, donde a esta hora seguramente estaría detenido por alterar el orden público frente a la Casa Blanca como un energúmeno y no como un periodista “objetivo” aspirante al premio Pulitzer.

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VIRGINIA FUE UNA TRAGEDIA; BAGDAD SERÁ UNA ESTADÍSTICA

20 abril 2007

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Roberto Bardini

El lunes 16 de abril, 33 personas fueron acribilladas a tiros en la Universidad Tecnológica de Virginia por Cho Seung-Hui, de 23 años, un desequilibrado estudiante coreano de literatura inglesa. Las imágenes del rescate de las víctimas en el campus universitario dieron la vuelta al mundo. Se ve a obesos policías que llegaron tarde al lugar, muy agitados, mientras cargan con dificultad cuerpos de muertos y heridos.

El presidente George W. Bush se manifestó “horrorizado” por la matanza y en una breve conferencia de prensa dijo: “Hoy nuestra nación llora por aquellos que perdieron a seres queridos. Le pedimos a la Providencia que lleve consuelo a los que están sufriendo”. La portavoz de la Casa Blanca, Dana Perino, afirmó que el mandatario sentía una “profunda preocupación por las familias de las víctimas, las propias víctimas, los estudiantes, los profesores y todos los residentes en Virginia que han hecho frente a este terrible incidente”. Por orden del presidente, las banderas fueron izadas a media asta en todo el país en señal de duelo nacional.

El miércoles 18 las explosiones de cinco coches-bomba en Bagdad mataron a casi 200 personas en el peor atentado desde la invasión multinacional de marzo de 2003. Los ataques ocurrieron pocas horas después de que el módico primer ministro iraquí Hurí al Maliki declarara que su gobierno tomaría el control de la seguridad en el país, que hasta ahora está en manos de 150 mil soldados estadounidenses y británicos. “La calle se convirtió en una piscina de sangre”, dijo a la prensa el comerciante Ahmed Hameed.

Cerca de 650 mil civiles iraquíes murieron luego de la invasión estadounidense al país árabe, según cálculos de expertos norteamericanos y de la universidad de Bagdad publicados por la revista médica británica The Lancet en octubre de 2006. Esa cantidad equivale al 2.5 por ciento de la población de Irak, que tiene 27 millones de habitantes. The Washington Post apuntó que era una cifra 20 veces mayor que la de 30 mil muertes de civiles iraquíes que el George W. Bush había mencionado en un discurso de diciembre del año pasado y más de diez veces los 50 mil muertos civiles contabilizados por el grupo de investigación británico Iraq Body Count.

La tasa de mortalidad bruta en Irak saltó de 5.5 por mil habitantes, antes de la ocupación estadounidense, a 13.3 por mil actualmente.A esto hay que agregar que casi siete de cada diez pacientes heridos de gravedad por la violencia en Irak mueren en las unidades de urgencias y cuidados intensivos por la falta de médicos, así como por la carencia de medicamentos y equipamiento, de acuerdo con datos divulgados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Ginebra.

La OMS indicó que el 80 por ciento de la población no recibe una atención médica efectiva, el 70 por ciento tiene problemas de abastecimiento de agua potable y sólo el 60 por ciento tiene acceso al sistema público de distribución de alimentos. Para agravar la situación, aumentan los casos de diarrea e infecciones respiratorias en los niños, agudizados por los altos niveles de malnutrición y se convirtieron en la causa de muerte de las dos terceras partes de niños menores de cinco años. La agencia de la ONU estima que el 21 por ciento de niños sufre, además, desnutrición crónica aguda.

La invasión estadounidense y la violencia entre grupos rivales iraquíes tienen más consecuencias. El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), indicó que hay dos millones 300 mil refugiados en diferentes países de Medio Oriente, sobre todo en Siria y Jordania, y casi dos millones de desplazados dentro de Irak. Son muy pocas las imágenes que dan vuelta al mundo y muestran el drama que vive Irak.

La masacre en la Universidad de Virginia ocupó el primer lugar en diarios, radios y canales de televisión de casi todo el mundo; fue una tragedia. Los muertos del último atentado en Bagdad –seis veces más que en Virginia– en pocos días más serán números para las estadísticas.
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“EL VALOR DE TU ENEMIGO…”

4 abril 2007

Roberto Bardini

1.jpg El periodista y escritor francés Jean Lartéguy, historiador por la Universidad de Toulouse, combatiente contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial, reportero del Paris Match y corresponsal de guerra en los años 50 y 60 en el sudeste asiático, África del Norte y Oriente Medio, es autor de una veintena de libros. En La guerra desnuda (1976) escribe:

“La guerra es cataclismo y alud de puñales que el humano debe superar. Injusto o torpe es no reconocer el heroísmo que a veces puede cintilar entre el tumulto bélico. Pero los relámpagos heroicos o gloriosos en la contienda no justifican los tornados de odio y destrucción. Quizá, el guerrero sea quien mejor puede abogar por la paz. Y esto porque quien tembló entre las mandíbulas rojas de la guerra sabe que no se debe convocar al dragón destructor en cuyas escamas se agolpan medallas, cañones y masacres. Y el guerrero puede ser sincero defensor del pacifismo porque su motivación no es una secreta cobardía ante el estrépito de la batalla o un perezoso apego a las comodidades del orden. El combatiente que, por propia experiencia, conoce los taladros de la muerte, no puede olvidar ya el superior sonido de una mañana bella”.

En Los centuriones y Los pretorianos, ambos de 1968, Lartéguy narra las aventuras de soldados franceses de elite en la ex Indochina y en Argelia. Cuenta que los paracaidistas exhibían en su campamento un banderín negro con una frase: “Me atrevo”. Y abajo, otro con un viejo refrán árabe: “El valor de tu enemigo te honra”.

En abril de 1980 viajé al ex Sahara Español con un equipo de la televisión canadiense. Durante un mes estuvimos en los campamentos de refugiados en la frontera con Argelia, recorrimos con una patrulla del Frente Polisario los territorios liberados, atravesamos la frontera sur de Marruecos, visitamos campos de batalla y entrevistamos a prisioneros del ejército marroquí. Nos sorpendió el trato fraterno del Frente Polisario con los soldados, tanquistas y pilotos de aviación capturados. Musa Sidahamed, nuestro guía militar, me enseñó otro proverbio musulmán: “La sangre del prisionero no honra al guerrero”.

2.jpg El presidente iraní Mahmud Ahmadineyad acaba de dar exactamente esa lección al “mundo occidental” al decidir la liberación de los 15 marines del Reino Unido capturados en aguas territoriales de su país el 23 de marzo pasado. Fue, según sus palabras, un “regalo al pueblo británico”, conmemorando el nacimiento del profeta Mahoma, la Semana Santa cristiana y la Pascua judía. Ahmadineyad añadió: “Le pido al gobierno del primer ministro inglés, Tony Blair, que no castigue a los militares por admitir la culpa y decir la verdad”.

3.jpg ¿Propaganda política? Puede ser. Pero lo menos que puede decirse es que la actitud iraní contrasta con el trato que los musulmanes recibían de los estadounidenses en la cárcel iraquí de Abu Graib y que aún reciben en la prisión militar de Guantánamo.

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Y CUANDO BUSH DESPERTÓ LA GUERRA SEGUÍA AHÍ

19 marzo 2007

Roberto Bardini

En octubre de 2000, una periodista del periódico español La Vanguardia le preguntó al escritor Ray Bradbury cómo imaginaba el futuro. “Vamos a volver a la Luna y también vamos a ir a Marte. Me gustaría que el gobierno se cuestionara por qué no volvimos a la Luna. No debimos haberla dejado nunca. Nuestro destino no es estar solamente aquí en la Tierra”, contestó el autor de Fahrenheit 451.

Luego ante la pregunta de “¿para qué hemos nacido?”, Bradbury respondió: “Para mirar todo el universo, para celebrarlo. Tenemos que salir a examinarlo y colonizarlo. Tenemos que cumplir nuestro destino y volver a la Luna, y a Marte, y expandirnos, expandirnos”.

A casi siete años de distancia y ante las noticias que llegan de Medio Oriente, suenan fuertes las palabras “examinar”, “colonizar”, “expandirnos”… Sobre todo porque Bradbury no se considera a sí mismo un escritor de ciencia ficción sino “un narrador de cuentos con propósitos morales”. El destino de los hombres –ha dicho– es “padecer sufrimientos agobiadores para concluir vencidos, contemplando el fin de la eternidad”.

Un mes después de estas declaraciones, George W. Bush ganó la cuestionada elección presidencial de noviembre de 2000 sin haber logrado la mayoría de votos, un hecho inédito en la historia de Estados Unidos desde 1888. Por fallas en las máquinas de recuento de sufragios en el estado de Florida –donde su hermano Jeb Bush era gobernador– intervino la Corte Suprema de Justicia para darle el triunfo, otro hecho inédito desde 1876.

Durante su campaña como candidato, Bush había asegurado que se oponía a utilizar a las Fuerzas Armadas estadounidenses en intentos de reconstruir países en el extranjero. Desde entonces, Estados Unidos hizo exactamente lo contrario: no regresó a la Luna ni a Marte, pero se ha expandido bastante en la Tierra, sobre todo en Oriente Medio. Por eso hoy es como si las palabras de Bradbury se refirieran a Irak y Afganistán.

Aunque Bush se graduó en Letras por la Universidad de Yale en 1968 –año en que Ray Bradbury ganó el premio que otorga la Aviation-Space Writers Association (ASWA)– es poco probable que haya leído la obra del autor de Crónicas marcianas. En su libro de cuentos El convector Toynbee, publicado en 1988, Bradbury le hace decir a uno de sus personajes algo que es exactamente lo contrario del camino recorrido por Estados Unidos en los últimos seis años y que, visto con ojos actuales, es una pequeña perla del sarcasmo:

“¡Lo logramos!, exclamó. El futuro es nuestro. Reedificamos las ciudades, reconstruimos los pueblos, saneamos los lagos y ríos, purificamos el aire, salvamos a los delfines, aumentamos el número de ballenas, detuvimos las guerras, enviamos estaciones solares al espacio para iluminar el mundo, colonizamos la Luna, nos mudamos a Marte y luego a Alfa Centauro. Curamos el cáncer y derrotamos la muerte”.

El lunes 20 de marzo se cumplieron 48 meses de la invasión estadounidense a Irak y Bush pidió “paciencia”, con voz apagada, a quienes cada vez más se oponen a la ocupación del país árabe. La breve declaración televisada desde la Casa Blanca contrastó con su euforia del 1 de mayo de 2003, poco antes del derrocamiento de Saddam Hussein, cuando anunció desde la cubierta del portaaviones Abraham Lincoln que las mayores operaciones de combate en Irak habían terminado. Su frase Mission acomplished! (“¡Misión cumplida!”) fue reproducida en un enorme cartel que ondeaba sobre el buque. Pero hoy, cuando despertó, la guerra seguía ahí.

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CUSCUS WESTERN

12 marzo 2007

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Roberto Bardini

Está en el Golfo Pérsico y parece surgido de Las mil y una noches, pero en versión siglo XXI, con teléfonos satelitales, información digital de Wall Street y la cotización minuto a minuto del barril de petróleo en los mercados internacionales. Dubai, uno de los siete emiratos árabes, ubicado en la antigua Costa de los Piratas –que describió Emilio Salgari hace más de cien años sin haber salido de Italia– es un paraíso fiscal con poco más de un millón de habitantes, que representa lujo, enormes fortunas y negocios multimillonarios.

El pequeño reino árabe tiene el único hotel siete estrellas del mundo que, además, es el más alto del planeta y fue construido en una de las siete islas artificiales frente a la costa. El precio por día de una habitación sencilla es de tres mil dólares.

En la zona comercial se encuentran The Emirates Towers, las torres más elevadas de Medio Oriente, con 355 metros de altura. Y se está levantando el edificio más alto del globo, de 800 metros de altura y alrededor de 180 pisos.

Dubai, además, ofrece prostitución de lujo con sexoservidoras que “importa” de Bulgaria, Hungría, Rumania, Rusia y Ucrania. Estas mujeres blancas tienen gran demanda entre los hijos y sobrinos de los jeques petroleros de la región. Para los magnates árabes y europeos que las prefieren de piel más oscura, el discreto pero muy caro mercado mercado brinda jóvenes de Etiopía.

Y hacia allí se va la empresa petrolera texana Halliburton, que trasladará su sede para aprovechar el boom del mercado energético en la región, que le genera 38 por ciento de sus ingresos y donde trabajan 16 mil de sus 45 mil empleados repartidos en 70 países. El presidente ejecutivo de la compañía, David Lesar, mudará su oficina del impersonal Houston a la paradisíaca Dubai. Lesar, de 53 años, en 2007 se embolsó 26 millones y medio de dólares de ganancias personales.

No está de más recordar que el vicepresidente Richard Cheney fue el principal ejecutivo de Halliburton de 1995 a 2000.

El anuncio provocó en Washington el enojo de varios congresistas, ya que la firma sacó enorme provecho de contratos con las fuerzas armadas de Estados Unidos en Irak. “Es el peor ejemplo de la codicia corporativa”, dijo el senador demócrata Patrick Leahy, presidente del Comité Judicial de la cámara alta. “Es un insulto a los soldados estadounidenses y a los contribuyentes que pagaron por contratos no licitados y padecieron sus sobreprecios en todos estos años”.

Toda la opulencia que Dubai ofrece a los ejecutivos de Halliburton contrasta con las ratas, las cucarachas y el moho que padecían hasta hace poco los soldados heridos en Irak y Afganistán e internados en el Hospital Walter Reed, de Washington, una de las instituciones médicas supuestamente más prestigiosas de Estados Unidos. Las largas y lentas filas que debían hacer los convalecientes para lograr tratamiento seguramente no figurarán entre las futuras preocupaciones de David Lesar y los ávidos hombres de negocios de Halliburton que se establecerán en el Golfo Pérsico. Al fin y al cabo, esos incómodos soldados jamás aparecerán en las páginas de Forbes.

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REPORTAJE AL PIE DEL PATÍBULO

4 enero 2007

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Roberto Bardini

Las imágenes son impresionantes. El macabro sonido de la rampa que se abre bajo los pies de Saddam Hussein un instante antes de que cuerda le quiebre el cuello en la base militar de Kadhimiya, constituye un símbolo del año que acaba de concluir en Irak y no anuncia nada bueno para 2007.

En un tétrico video de dos minutos y 38 segundos de duración que circula por internet, transmitido el domingo pasado por la televisora satelital Al-Yazira, contrastan la arrogante calma a cara descubierta del ex dictador iraquí con las cobardes burlas de los verdugos encapuchados.

Luego de intercambiar insultos con sus captores, Hussein reza la oración conocida como Shahada (“Hay un solo Dios y Mahoma es su profeta”). Antes de que pueda concluir, se precipita al vacío en medio de las risas y exclamaciones de alegría de los testigos. Se escucha la voz de uno de ellos: “¡Vete al infierno!”. Otro grita: “¡Cayó el tirano!”. Y uno más: “¡Déjenlo mecerse ocho minutos!”. Otra voz, solitaria, había reclamado a los presentes: “Por favor, este hombre va a ser ejecutado…”.

No le permitieron ni siquiera el último gesto de dignidad, el que precede a la muerte y que no se le debe negar a quien está dispuesto a encararla con altivez como un guerrero. Lo ejecutaron, además, antes del inicio de la Fiesta del Cordero, también llamada del Sacrificio, la segunda celebración más importante de Islam, que comenzó el sábado y dura cuatro días.

Pero las burlas, risas y festejos durarán poco en un país proclive a estallar por sus cuatro costados. La prisión, la farsa legal del juicio y el martirio de Saddam Hussein incubaron el huevo de la serpiente. El hombre que ya es considerado un héroe por sus seguidores, tiene un fiero sucesor. Se trata del general Izzat Ibrahim al-Douri, quien fue su amigo, mano derecha y vicepresidente del Consejo del Mando de la Revolución. Hoy está prófugo, dirige todas las operaciones de la resistencia y por él se ofrece una recompensa de diez millones de dólares.

De 64 años, alto, delgado y conocido como “el pelirrojo”, Al-Douri era el número dos del régimen derrocado. Fue uno de los dirigentes del Partido Árabe Socialista del Renacimiento (Baas) más fieles a Hussein y, como él, nació en Tikrit. Una de sus hijas estaba casada con el hijo mayor del ex presidente ejecutado, Udai, que murió en julio de 2003 en un ataque de soldados estadunidenses contra una vivienda en Mosul.

Al-Douri participó en 1988 de la matanza con gases venenosos de cinco mil kurdos en la aldea de Halabya y en 1991 reprimió duramente a los iraquíes del sur que intentaron una insurrección. A partir de ese año representó a Hussein en todas las cumbres árabes en el exterior y en 1998 sobrevivió a un intento de asesinato en Kerbala, considerada ciudad santa chiíta. Durante la invasión conjunta de tropas de Estados Unidos y Gran Bretaña en 2003, “el pelirrojo” dirigió la defensa de la zona noroeste de Irak, a pesar de que su salud es muy precaria porque padece leucemia.

Una declaración distribuida en Amán por la filial jordana del partido Baas luego de la muerte de Hussein, sostiene: “Juramos lealtad al general Izzat Ibrahim al-Douri como el legítimo presidente de Irak y comandante en jefe de las fuerzas armadas”, líder de “la gloriosa resistencia nacional que dirigirá la batalla para liberar a Irak de las fuerzas de ocupación estadounidenses, británicas e iraníes”.

Si Estados Unidos y las nuevas autoridades-marionetas de Bagdad pretendían escarmentar a los seguidores del dictador Saddam Hussein, lo que consiguieron fue fabricar un mártir al pie del patíbulo: su fantasma sobrevolará durante muchos años en Irak y se perpetuará en la historia árabe más que la de sus pusilánimes ejecutores.
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ISRAEL Y LOS “ASESINATOS SELECTIVOS”

23 noviembre 2006

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Roberto Bardini

El 17 de marzo de 1981, el teniente general Roberto Viola le dijo a un reportero del diario Clarín, de Buenos Aires, que si el Tercer Reich hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial, “el juicio de Nuremberg se hubiera realizado en Virginia”, uno de los 13 estados originales de la Unión Americana.

El entonces presidente de la Junta Militar Argentina se refería el Tribunal Militar Internacional que entre noviembre de 1945 y octubre de 1946 juzgó a 24 jerarcas nazis y seis organizaciones -entre las que se contaban la Gestapo y las SS- por “crímenes de guerra”.

Quizá Viola se imaginaba sentados en el banquillo a los generales estadounidenses Dwight Eisenhower y George Patton, junto con los mariscales Bernard Montgomery, de Gran Bretaña, y Georg Zhukov, de la Unión Soviética… todos juzgados por ecuánimes vencedores alemanes.

Lo que seguramente Viola no se imaginó en ese momento fue que en diciembre de 1985 sería condenado a 17 años de prisión, luego de ser enjuiciado junto con sus cómplices del ejército, la marina y la aeronáutica, Jorge Videla, Emilio Massera, Orlando Agosti, Armando Lambruschini, Omar Grafigna, Leopoldo Galteri, Jorge Amaya y Basilio Lami Dozo.

Todos eran integrantes de una asociación ilícita autodenominada “proceso de reorganización nacional”, pomposo nombre de una dictadura que en siete años fue responsable de la muerte o desaparición de más de nueve mil personas –según la Comisión Nacional sobre Desaparecidos (Conadep)– o de 30 mil, de acuerdo con las Madres de la Plaza de Mayo y otros organismos de defensa de los derechos humanos.

Un año después de las declaraciones de Viola y a miles de kilómetros de Argentina, un militar israelí participaba como segundo comandante en la llamada Operación Paz para Galilea, nombre de la invasión a Líbano en junio de 1982. Este militar, que también llegó a teniente general -el rango más alto de las Fuerzas de Defensa de Israel- era un licenciado en Física y Matemáticas llamado Ehud Barak, nacido en 1942 en un kibutz, quien estuvo 35 años en el ejército antes de alcanzar el máximo grado del escalafón.

Aparte del grado, el argentino y el israelí tienen algo más en común. Dos décadas más tarde de la mención de Viola sobre el juicio de Nuremberg, Barak llegó a primer ministro.

Claro que, a diferencia del oficial católico, el judío había participado en unas cuantas operaciones militares de verdad. Además de la invasión a Líbano, intervino en la Guerra de los Seis Días en 1967 y en la Guerra de Yom Kippur en 1973. Diez años después fue jefe de la División de Inteligencia y en 1987 asumió como segundo jefe de Estado Mayor.

No es la única diferencia entre Viola y Barak, cuya hoja de servicios registra que es el militar más condecorado en la historia de Israel, con cinco medallas. Una de ellas la ganó como agente de inteligencia en una misión secreta en Beirut, donde en 1973 se disfrazó de mujer para infiltrarse entre los árabes y recolectar información.

Barak fue primer ministro de Israel por el Partido Laborista desde mayo de 1999 hasta marzo de 2001. Llegó al gobierno gracias a una coalición con los judíos ultraortodoxos, a quienes luego les retribuyó eximiéndolos del servicio militar obligatorio.

Pero hay un dato que no figura en la hoja de servicio de Barak y que en cierta forma lo iguala con Viola. El ex militar israelí -que en la actualidad está retirado de la política y se dedica a los negocios- durante la última etapa de su gobierno autorizó “asesinatos selectivos” de palestinos. Lo hizo para sofocar la intifada que estalló el 29 de septiembre de 2000, luego de la provocadora visita del entonces líder del partido Likud, Ariel Sharon, a la Explanada de las Mezquitas, lugar venerado por los musulmanes en la ciudad vieja de Jerusalén.

Sharon, que en 2001 sucedió a Barak y fue reelecto dos años después, retomó bajo el eufemismo de “intercepciones” la modalidad de eliminar opositores palestinos. En 2003, el ejército y los servicios secretos israelíes ejecutaron extrajudicialmente a 209 árabes considerados “terroristas”, entre los que más de 60 mujeres y niños fueron considerados como “daños colaterales”.

Uno de los asesinatos que provocó más reacciones fue el del líder espiritual del partido Hamas, el jeque Ahmed Tassin, de 67 años y tetrapléjico, abatido un amanecer de marzo de 2004 al salir de una mezquita en Gaza acompañado por varios seguidores. Los israelíes dispararon misiles desde helicópteros y “colateralmente” murieron otros nueve palestinos. Cuando estallaron disturbios de protesta, el ejército mató a 14 personas más.

El 22 de noviembre pasado, el gabinete israelí decidió continuar con los “asesinatos selectivos” de palestinos en la Franja de Gaza, que deberán contar con la autorización personal del primer ministro Ehud Olmert y del ministro de Defensa Amir Peretz.

Desde el inicio de la Operación Nubes de Otoño, lanzada el primero de noviembre por tropas israelíes contra los territorios palestinos, las víctimas mortales son más de 90, incluidos niños y mujeres, y los heridos pasan de 300.

Los ataques israelíes, según denuncias de organizaciones humanitarias árabes y europeas, no diferencian entre el “asesinato selectivo” de miembros del partido Hamas o de la OLP y la población civil. La reciente masacre de civiles en Beit Hanun, al norte de la franja de Gaza, fue uno de los casos más inhumanos.

Muchos judíos alrededor del mundo se enorgullecen de que Israel es “la única democracia en Oriente Medio”, pero también deberían considerar que es el único país del mundo donde se ordenan “asesinatos selectivos” y desde 1997 se considera legal la tortura a prisioneros.

Por eso muchos palestinos imaginan que ya llegará ese oscuro día de justicia en que un tribunal árabe juzgue a criminales de guerra israelíes… aunque sea extrajudicialmente, como las “ejecuciones selectas” al margen de la ley.

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EL GRIAL, LA ALIANZA Y EL CHOQUE

14 noviembre 2006

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Roberto Bardini

La Orden de los Caballeros del Templo se creó en 1118, después de la Primera Cruzada, con el objetivo de proteger a los peregrinos que viajaban a los lugares santos del cristianismo en Jerusalén. Las hazañas de esta especie de aristocrática Legión Extranjera son legendarias y a partir del siglo XIX se ha escrito mucho sobre ella, siempre con un halo heroico, misterioso y trágico: desde Los caballeros templarios, de Alejandro Dumas, hasta la erudita novela El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, y el frívolo best seller El código Da Vinci, de Dan Brown.

“Durante la prolongada y fluctuante lucha entre la Cruz y la Media Luna, que llena la historia de los siglos XII y XIII, vemos a los Templarios mezclados con los más intrépidos do quiera que amaga el peligro”, escribe Dumas. El novelista y dramaturgo francés cita a Bernardo de Claraval, fundador de la orden, quien los describe “sencillamente vestidos y cubiertos de polvo, el rostro tostado por los rayos del sol y sus miradas altivas; al acercarse el momento del combate, ciñen de fe su alma y de hierro su cuerpo”.

Con el transcurso del tiempo, los caballeros adquirieron otras destrezas: en Auge y caída de los templarios, el historiador Alain Demurger los considera “excelentes diplomáticos y embajadores”, además de “concienzudos administradores de tierras y bienes en casi toda Europa”. Fueron ellos los creadores de ese papel firmado que constituye un mandato para retirar fondos o cobrar deudas, llamado “cheque”.

La leyenda –fomentada a lo largo de los años por masones y rosacruces– narra que los templarios aprovechaban los momentos de tregua para estrechar vínculos e intercambiar conocimientos con musulmanes y judíos. El mito sostiene que tuvieron acceso al Corán, la Cábala hebrea, la alquimia e, incluso, a secretos vinculados con el mítico Grial, al que algunos esotéricos y ocultistas también denominan “el Arca” o “la Alianza”. Lo cierto es que también ganaron fama como arquitectos de grandes catedrales góticas: construyeron 70 en menos de cien años, entre las que se distinguen las de Notre-Dame de Chartres, Amiers y Reims.

Más de 180 años después de la creación de la Orden del Templo, el rey francés Felipe IV, “El hermoso”, decidió exterminarla para no pagarle una elevada deuda que había contraído su abuelo Luis IX. En la madrugada del viernes 13 de octubre de 1307 fueron encarcelados 140 templarios y torturados para que confesaran delitos falsos, que incluían “sacrilegios”, “paganismo” y “sodomía”. En aquella temprana “noche de los cuchillos largos” muchos terminaron ejecutados y la milicia fue disuelta. Desde entonces se considera en casi todo el mundo occidental que el viernes 13 es un día de mala suerte.

Luego de siete siglos, el Grupo de Alto Nivel (GAN) de la Alianza de Civilizaciones –creada en septiembre del 2004 por iniciativa del presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, y apadrinada más tarde por su colega turco, Recep Erdogan– parece reeditar aquel lejano fenómeno de acercamiento durante las entreguerras de las culturas católica, islámica y hebrea.

El lunes pasado, que por una llamativa coincidencia fue 13, el GAN presentó en Estambul su informe final de conclusiones. El documento afirma que es la política y no la religión la que crea el abismo que separa Occidente y el mundo musulmán. El secretario general de la ONU, Kofi Annan, al dar su aceptación al texto, reiteró la misma idea: “El problema no es el Corán, la Torah o la Biblia; el problema nunca es la fe, sino los creyentes, y cómo se comportan los unos con los otros”.

“Mucha gente en todo el mundo, y en particular los musulmanes, ven a Occidente como una amenaza a sus principios y valores, a sus intereses económicos y aspiraciones políticas. Las pruebas de lo contrario son sencillamente despreciadas o rechazadas como increíbles”, dijo Annan. “Paralelamente, muchos occidentales descalifican el Islam como religión de fanatismo y violencia”.

La propuesta, desde luego, no tiene nada de heroico, misterioso o trágico, ni está vinculada a la tradición templaria. Su quehacer podría demandar décadas y mucho bla bla antes de lograr algún modesto resultado. El propio Zapatero ha reconocido que muchos consideran a la Alianza de Civilizaciones como “un sueño ingenuo y bienintencionado”.

Pero en todo caso –aunque suene a utopía– una “alianza de civilizaciones” podría ser una iniciativa más meritoria que el “choque de civilizaciones” propugnado desde 1993 por el profesor de Harvard y director de la revista Foreign Policy, Samuel Huntington, un experto en geopolítica más cercano al Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos que al universo de la cultura, la ciencia, el conocimiento y la distensión. En otra época, con certeza Huntington hubiera enviado a la hoguera a Zapatero, Ergogan y Annan.

Mientras tanto, en esta historia sin fin que algún día quizá se estudie como la continuación una zaga del medioevo, continúa la búsqueda del Grial…

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UN FÜHRER RUSO EN EL GABINETE ISRAELÍ

25 octubre 2006

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Roberto Bardini

La nueva pesadilla de los palestinos, los israelíes moderados y los países vecinos del Estado Judío tiene nombre y apellido: se llama Avigdor Lieberman y es el líder del partido ultranacionalista Yisrael Beitenu (Israel es Nuestro Hogar), integrado mayoritariamente por emigrados rusos.

El primer ministro israelí, Ehud Olmert, anunció el 23 de octubre que la organización de extrema derecha se sumaba al gobierno de coalición y que Lieberman sería designado viceprimer ministro al frente de una nueva cartera, Asuntos Estratégicos, a la que algunos analistas de prensa ya denominan irónicamente como “el ministerio encargado de la amenaza de Irán”. Además, con el ingreso de once diputados del partido Yisrael Beitenun a la Knesset (parlamento), Olmert logró una favorable mayoría de 78 diputados sobre 120 en la cámara.

Avigdor Lieberman considera que la actual “debilidad” de George W. Bush impide a Estados Unidos plantarse ante el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad y sostiene que es Israel el que debe enfrentar a Irán. “Somos nosotros contra ellos”, repite.

Nacido hace 48 años en Moldavia –una región que entonces pertenecía al sur de Rusia, ubicada al pie de la cadena de los Montes Cárpatos, entre Ucrania y Rumania– Lieberman emigró a Israel en la década del 80. En 1999 creó Yisrael Beitenun, que cuenta con un millón de adherentes llegados de la ex Unión Soviética, y en poco tiempo fue calificado como “fascista” y “racista”. El dirigente es partidario de bombardear los territorios palestinos ocupados y deportar a la población árabe para lograr que Israel sea “puro” desde el punto de vista religioso,

En su libro Mi verdad, que muchos comparan con Mi lucha, de Adolf Hitler, Lieberman propone intercambios territoriales y de población entre Israel y la Autoridad Palestina “para crear dos Estados étnicamente homógeneos”. Durante la invasión israelí a Líbano, en julio pasado, pidió la aprobación de una ley para exigir lealtad al Estado judío a todos los ciudadanos, como en las épocas del Tercer Reich alemán.

Antes, en mayo, el dirigente propuso que se ejecutara por “alta traición” a los diez legisladores árabes israelíes que mantenían contactos con Hamas, el grupo que encabeza el gobierno palestino. “La Segunda Guerra Mundial concluyó con los juicios de Nüremberg y con la ejecución de la dirección nazi. Pero no sólo se ejecutó a los cabecillas, sino también a quienes colaboraron con ellos. Deseo que ése sea el destino de los colaboracionistas que hay en esta casa”, dijo Lieberman en el parlamento.

Pero la “pureza” racial, el nacionalismo extremo y la ortodoxia religiosa que impulsa Lieberman tienen su contracara: el actual viceprimer ministro se ha visto implicado en más de un escándalo de corrupción por su relación con las mafias ruso-judías instaladas en el país. Desde luego que Lieberman no es el único. En mayo de 2002, el intelectual estadounidense James Petras publicó un artículo titulado “¿Quién financia al Estado de Israel?”, en el que afirma: “Los acaudalados y poderosos judíos del extranjero gravitan en torno a la órbita de [Ariel] Sharon. Siete de entre los ocho oligarcas billonarios de la Mafia rusa han realizado generosas contribuciones al Estado de Israel y mantienen excelentes relaciones con Sharon y con Shimon Peres”.

Israel recibe enormes sumas de dinero enviadas por magnates judíos de todo el mundo. Una porción considerable de esos aportes termina en las cuentas de los partidos de derecha y extrema derecha, y sirven para financiar los asentamientos judíos en los territorios palestinos de Cisjordania y Gaza. Pero esta generosidad monetaria no responde sólo a motivos políticos, religiosos o humanitarios: Israel figura en la lista negra del Grupo de los Ocho (G-8) como uno de los principales paraísos internacionales de lavado de dinero.

Unos cuantos millonarios de la llamada “mafia rusa” establecida en Oriente Medio aseguran que descienden de judíos. Entre ellos figura Vladimir Gusinsky, el opulento zar ruso de los medios de comunicación, actualmente buscado por la justicia de su país. Gusinsky, quien se benefició con un pasaporte israelí sin mayores trámites, es socio del traficante internacional de armas Yaakov Nimrodi y dueño del 25 por ciento de las acciones del diario sionista Maariv, de Tel Aviv .

Por el momento hay que descartar que Israel se encamine hacia la paz con los palestinos y sus vecinos. El ex diputado y ex jefe del Mosad, Daniel Yatom, advirtió que la presencia de Avigdor Lieberman en el gabinete “permitirá legitimar sus posiciones extremistas”.

“Cuando muchos amantes de la paz de Israel se horrorizan ante la posibilidad de que un racista como Lieberman integre el gobierno, están olvidando que ya sin él el gobierno de Olmert desarrolla políticas de extrema derecha”, escribió Gideon Levy, columnista del diario Haaretz. “Es preferible un gobierno de extrema derecha con Lieberman pero sin camuflaje antes que un gobierno sin Lieberman que se hace pasar como de centro-izquierda. […] La participación de Lieberman sólo le quitará la máscara a un gobierno que se embarcó en una guerra sin sentido, que rechaza cualquier acuerdo con Siria, que es cruel con los palestinos y que fortalece las ocupaciones de territorios”.

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DE SAIGÓN A BAGDAD

24 octubre 2006

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Roberto Bardini

Los estadounidenses utilizan una expresión muy fuerte, fuck up, para describir lo que en castellano se denomina “meter la pata”. La semana pasada, en declaraciones al canal ABC News, George W. Bush reconoció públicamente por primera vez que la situación en Irak recuerda a la guerra de Vietnam (1959-1975). El presidente fue más específico y mencionó la famosa ofensiva del Tet de enero de 1968.

Quizá Bush no se dio cuenta de la metida de pata: aquel ataque masivo de Vietnam del Norte y del vietcong (como se denominaba a las fuerzas insurgentes en territorio de Vietnam del Sur) determinó que cuatro años después se iniciara la retirada de las tropas estadounidenses del país asiático.

Inmediatamente, el portavoz de la Casa Blanca, Tony Snow, salió a aclarar que el presidente no estaba haciendo una analogía con la ofensiva del Tet, descartó las comparaciones con Vietnam e insistió en que “seguiremos buscando la victoria con firmeza” en Irak. Pero la alusión quedó flotando en el aire. “Fuck up!

No está de más recordar para los más jóvenes aquel episodio ocurrido hace 36 años que, si bien concluyó con un fracaso militar de los rebeldes vietnamitas, a la larga derivó en una victoria política, diplomática y propagandística que durante décadas traumatizó a una de las naciones más poderosas del mundo.

La ofensiva del Tet (llamada así por el comienzo del año lunar vietnamita) comenzó el 30 de enero de 1968 y finalizó el 23 de febrero. El comandante general rebelde Nguyen Giap –cuyas tácticas figuraron en los años 70 y 80 en los manuales militares de contrainsurgencia– sacó la guerra de las junglas, arrozales y pantanos y la trasladó sorpresivamente a las calles de las grandes ciudades, las bases militares norteamericanas y los edificios de gobierno survietnamitas. Y, sobre todo, la instaló en las pantallas de los televisores en Estados Unidos.

Más de 70 mil norvietnamitas y vietcongs atacaron 36 de las 44 capitales de provincia y ocuparon Saigón, la militarizada capital de Vietnam del Sur, donde un comando de 19 milicianos llegó a incursionar en los jardines de la embajada estadounidense, considerada un bastión inexpugnable.

Aunque el contraataque norteamericano causó a los insurgentes cerca de 50 mil bajas, la ofensiva del Tet desmoralizó a los survietnamitas, cuestionó el poderío militar de los ocupantes, aumentó la figura del legendario Ho Chi Minh y, sobre todo, generó un profundo rechazo en el pueblo de Estados Unidos, que equiparó la guerra con una carnicería sin sentido.

Fue evidente –como sucede actualmente en Irak– que los estrategas militares, por mucha potencia de fuego que dispongan, no pueden solucionar los problemas políticos derivados de una ocupación y de un gobierno manipulado por control remoto. En 1972, el presidente Lyndon Johnson ordenó la retirada gradual de Vietnam, que culminó tres años después bajo el mandato de Richard Nixon. Entre 1958 y 1975 murieron más de 58 mil soldados estadounidenses, una cifra relativamente baja para los invasores: el vietcong perdió 900 mil combatientes mientras que el ejército de Vietnam del Sur tuvo 200 mil bajas.

Quizá sin proponérselo, Bush puso el dedo en la llaga al mencionar aquella ofensiva del año lunar. Lo mismo hizo el 23 de octubre el viceprimer ministro iraquí, Barham Saleh, cuando desde Londres pidió a Estados Unidos y Gran Bretaña que “no salgan corriendo” de su país, porque Irak todavía “los necesita”. Los memoriosos seguramente recordaron a Nguyen Van Thieu, el último presidente títere del Vietnam del Sur (1965-1975), quien terminó exiliado en Inglaterra y en 2001 falleció sin pena ni gloria en un hospital de Estados Unidos.

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