Archive for the ‘Medio Oriente’ category

OSAMA BIN LADEN: LA CARNADA Y EL ANZUELO

26 septiembre 2006

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Roberto Bardini

Miles de televidentes de Estados Unidos vieron muy enojado al ex presidente William Clinton en el programa Fox News Sunday que se transmite los domingos. Entrevistado por el veterano periodista republicano Chris Wallace, Clinton se molestó por algunas preguntas, lo acusó de hacer “un trabajo conservador” y le dijo: “Tú tienes esa sonrisita en la cara y crees que eres muy listo, pero yo tenía la responsabilidad de intentar proteger a este país”.

En la entrevista –que fue grabada el viernes– Clinton reveló que durante su mandato había autorizado a la CIA para asesinar a Osama bin Laden, líder de la red terrorista Al Qaeda, y que consideró la posibilidad de invadir Afganistán para derrocar al régimen talibán luego del atentado al buque de guerra USS Cole en Yemen, donde perdieron la vida 17 soldados estadounidenses en octubre de 2000.

“Ellos me ridiculizan por haberlo intentado”, dijo Clinton refiriéndose a los integrantes del gabinete de George W. Bush. “Ellos tuvieron ocho meses [antes de los atentados aéreos del 11 de septiembre de 2001] para intentarlo. No lo hicieron. Yo traté, traté y fallé, y cuando fallé dejé una amplia estrategia antiterrorista”. Por lo visto, la idea del ex mandatario demócrata sobre el modo de proteger a Estados Unidos no difería mucho de la manera que tiene el republicano Bush.

Un día antes de la transmisión del programa, curiosamente, el periódico francés L’Est Republicain publicó que –según un documento confidencial de la Dirección General del Servicio Exterior (DGSE)– Bin Laden había fallecido de tifus en Pakistán el 23 de agosto pasado. Simultáneamente, el semanario Time y la cadena de televisión CNN, que integran la misma corporación empresarial, aseguraron que el dirigente terrorista estaba gravemente enfermo de tifoidea. Fuentes de alto nivel en Estados Unidos, Francia, Arabia Saudita y Pakistán declararon inmediatamente que desconocían la veracidad de la información.

Son demasiadas filtraciones y coincidencias con forma de carnada: están los “qué”, “cuándo” y “dónde”. Pero falta lo principal: el anzuelo, es decir, los “por qué” y “para qué”.

Lo cierto es que si Bin Laden ha fallecido sin ninguna participación de los servicios secretos estadounidenses, el hecho representaría una derrota moral para el presidente Bush, quien después de los ataques del 11 de septiembre se comprometió a capturarlo y enjuiciarlo. Su muerte dejaría a la Casa Blanca sin argumentos para culparlo por la amenaza del “terrorismo internacional”. Tampoco se podrían justificar las duras medidas de seguridad internas, las operaciones encubiertas en el exterior y la existencia de cárceles clandestinas. Además, Bin Laden sería considerado en el mundo musulmán como el héroe que golpeó al imperio en su propio territorio, algo que no ocurría desde el bombardeo japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941.

Los rumores sobre la muerte de Bin Laden reaparecen cada cierto tiempo, causan muchas especulaciones y rápidamente se desinflan como un globo de aire. Algunos especialistas en inteligencia y contrainteligencia estadounidenses y británicos consideran que esas versiones se propagan por los mismos organismos de seguridad para provocar una reacción de OBL –como se conoce al enemigo público número uno de Estados Unidos– que permita ubicarlo en algún lugar.

Se supone que Bin Laden se mueve en una franja de 20 kilómetros sobre la frontera entre Afganistán y Pakistán. Como conductor, mantiene escaso contacto con el mundo externo a través de una complicada telaraña de intermediarios y no usa teléfonos satelitales que pueden ser rastreados. Además, a diferencia de lo que sucedió con la captura de Saddan Hussein, nadie se ha presentado con datos para cobrar los 27 millones de dólares ofrecidos como recompensa por OBL.

El inhallable líder fundamentalista ha resultado muy funcional para la política antiterrorista de Estados Unidos. Su muerte a los 49 años de edad –si la información es real– no significaría nada: lo sucederá el médico egipcio Ayman al Zauahiri, número dos de Al Qaeda, una red que ya es una especie de “franquicia” espontánea que actúa con total autonomía.
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EL COLOSO CON PIES DE BARRO

14 septiembre 2006

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Roberto Bardini

En Daniel (II, 31-46) se lee: “Tú, ¡oh rey!, mirabas y estabas viendo una gran estatua. Era muy grande la estatua y de un brillo extraordinario; estaba en pie ante ti, y su aspecto era terrible. La cabeza de la estatua era de oro puro, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro, los pies parte de hierro y parte de barro. Tú estuviste mirando, hasta que una piedra desprendida, no lanzada por la mano, golpeó a la estatua en los pies de hierro y de barro, destrozándolos”.

El simbolismo del “coloso con pies de barro” también es mencionado por Platón, Virgilio, Ovidio, la Biblia y Dante Alighieri. La lectura de estos antiguos textos que conservan su vigencia, sería muy recomendable para los estrategas militares estadounidenses responsables de las “conquistas” de Afganistán e Irak a la hora de hacer un balance.

En octubre de 2001 una coalición militar multinacional dirigida por Estados Unidos invadió Afganistán con el objetivo de destruir los campos de entrenamiento de la red terrorista Al Qaeda y capturar a su líder, Osama bin Laden, responsable de los atentados aéreos del 11 de septiembre de ese año en Nueva York. En marzo de 2003 otra fuerza internacional encabezada por Estados Unidos ocupó Irak por su vinculación con Al Qaeda y la negativa a entregar armas de destrucción masiva. En el primer caso, los ejércitos representantes del mundo occidental derrocaron al régimen talibán y en el segundo depusieron a Saddam Hussein.

Transcurrieron casi cinco años de la invasión a Afganistán, denominada Operación “Libertad Duradera”, y los resultados están a la vista: Osama bin Laden, el enemigo público número uno de Estados Unidos, continúa inhallable, Al Qaeda sigue activa y la resistencia talibán ha incrementado los ataques a los ocupantes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El general James L. Jones, comandante supremo aliado para Europa, declaró el 12 de septiembre que la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) de la OTAN, que con 20 mil soldados ocupa el 85 por ciento del país, necesita más hombres, helicóperos y aviones para enfrentar a los rebeldes.

Quizá pueda considerarse un éxito para la democracia, la libertad y los valores occidentales el hecho de que se haya instalado en Kabul, la capital afgana, una planta de la Coca Cola. Pero la producción de la burbujeante “chispa de la vida” no supera a la producción de opio, que el régimen talibán había abatido de 3.100 toneladas al año a 1.800 toneladas: en la actualidad ese producto de exportación no convencional alcanza la cifra récord de 6.100 toneladas anuales, lo que significa el abastecimiento mundial del 92 por ciento de heroína.

En el caso de Irak, una comisión de inteligencia del Senado de Estados Unidos determinó que Sadsam Hussein no tenía vínculos con Al Qaeda, mientras que en abril de 2005 un informe de la CIA confirmó que no se habían encontrado pruebas de la existencia de armas de destrucción masiva, ni de que éstas se hubieran ocultado en Siria tras la invasión. Han pasado tres años y medio, los invasores siguen allí y uno se pregunta por qué motivo han perdido la vida 98 mil civiles iraquíes.

La respuesta a este interrogante la recibió Kofi Anann, secretario general de la ONU, luego de su extensa gira por Oriente Medio y de sus entrevistas con varios dirigentes de la región. Según informó a su regreso a Nueva York, la impresión general para todos ellos es que la invasión a Irak fue “un verdadero desastre” y que Estados Unidos se encuentra en una posición difícil porque, paradójicamente, “no puede quedarse, pero tampoco puede irse”. Eso es lo que sucede cuando uno tiene metidas la piernas en un pantano. Es lo que ocurrió en Vietnam en 1975.

Y un dato final para tomar en cuenta: la cantidad de soldados estadounidenses muertos en Afganistán e Irak ya superó el número de víctimas de los atentados aéreos del 11 de septiembre de 2001, según información del Pentágono divulgada en agosto de este año. Es lo que pasa con los colosos con pies de barro.

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UN INFIERNO A PUERTA CERRADA

7 septiembre 2006

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El presidente George W. Bush acaba de reconocer públicamente la existencia de cárceles clandestinas de Estados Unidos alrededor del mundo, de un “pequeño número” de prisioneros y de interrogatorios a cargo de “expertos” de los servicios de inteligencia. A partir de ahora, dijo, se aplicará a los cautivos la Convención de Ginebra.

Roberto Bardini
Simultáneamente, el Pentágono anunció que un nuevo manual del ejército estadounidense –que sustituye al de 1992– prohibe la tortura y el tratamiento degradante a los presos. Luego de más de un año de críticas al Departamento de Defensa por el trato a los detenidos en la “guerra contra el terrorismo”, el Pentágono presentó el nuevo manual, que prohíbe los golpes, la humillación sexual, el acoso con perros, la privación de comida y agua, la simulación de ejecuciones, la aplicación de descargas eléctricas y la asfixia.

Sin embargo, Bush defendió la existencia de prisiones secretas y los interrogatorios “duros”. Dijo que “no eran torturas” y que, gracias a ellos, Estados Unidos logró información crucial sobre “actividades terroristas”.

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Posiblemente el filósofo existencialista francés Jean Paul Sartre (1905-1980) no figura entre los autores preferidos de Bush, cuya principal fuente de inspiración intelectual para manejar los asuntos terrenales del planeta es el Antiguo Testamento.

El mandatario afirma que cuando tenía 40 años años despidió a un viejo consejero nacido en 1866 en Lynchburg, un pequeño pueblo de Tennessee, con una destilación de 51 por ciento de maíz y el apodo de bourbon, y le dio la bienvenida a otro asesor, nacido en Belén pero conocido como “de Nazaret”. “Adiós a Jack Daniels, bienvenido Jesucristo”, dicen que dijo al ingresar a la llamada Primera Iglesia Metodista Unida. Desde entonces sólo lee salmos bíblicos y los cita en toda circunstancia.

En realidad, Bush y los miembros de su gabinete parecen haber adoptado la célebre frase de Albert J. Beveridge, senador republicano por Indiana, quien en 1900 aseguró que “Dios designó al pueblo estadounidense como nación elegida para dar inicio a la regeneración del mundo”. Lo demuestran prácticamente todos los días.

La revista Newsweek reveló en marzo de 2003 que el presidente y sus asesores están absolutamente convencidos de que Dios escogió a Estados Unidos para dirigir esta misión, y lo hacen con “una mezcla de terquedad y arrogancia”. Para ellos, “el infierno son los otros”. Es muy posible que ignoren que con esa frase concluye A puerta cerrada, obra de teatro de Sartre, de un acto y sólo tres personajes, representada por primera vez en París en 1944. En el infierno imaginado por el autor francés no hay Lucifer ni fuego, sino la mirada inquisidora de los demás como castigo eterno.

Para Bush, por ejemplo, los “nuevos nazis” son Osama bin Laden y el fundamentalismo islámico, es decir “los otros”. Ni él ni los integrantes de su gabinete se ven a sí mismos desde esa perspectiva. Se consideran, en cambio, “elegidos” que pueden administrar castigo “a puerta cerrada” en cárceles clandestinas. Así lo hicieron con un número indeterminado de prisioneros capturados después de los atentados aéreos del 11 de septiembre en Nueva York y acusados de los ataques con explosivos a las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania en 1998, y al buque de guerra Cole en Yemen, en 2000.

Pero no hay que creer con los ojos cerrados en tardías motivaciones humanitarias, sino tomar en cuenta razones más actuales: quizá a los redentores del mundo les interesa hoy la mirada inquisidora de la oposición demócrata frente a las próximas elecciones legislativas de noviembre. Ahora que Jack Daniels se fue, simplemente no quieren un infierno en la propia sala de la casa.
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ISRAEL-LÍBANO: LA «GUERRA INÚTIL»

5 septiembre 2006

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Roberto Bardini

La invasión israelí a Líbano del 12 de julio podría tener consecuencias poco favorables para el gobierno del primer ministro Ehud Olmert. Tras un enfrentamiento de 34 días y luego de repetir hasta el cansancio que las autoridades de Israel “no negocian con terroristas”, ya comenzaron a darse los primeros pasos para el canje de prisioneros de ambos bandos.

Kofi Annan, secretario general de la ONU, será el mediador en las negociaciones con la organización Hezbollah. Ofer Dekel, ex subjefe del Mossad, el servicio de espionaje israelí, fue designado por Olmert para viajar a Egipto y pactar el intercambio de los detenidos. Entre ellos se encuentran el cabo artillero Gilad Shalit, capturado el 25 de junio por milicianos palestinos de Hamas cerca de Gaza, y los soldados Eldad Regev y Udi Goldwasser, apresados el 12 de julio en el sur de Líbano por combatientes de Hezbollah.

Shalit sería canjeado por 800 palestinos, de un total de ocho mil “presos de seguridad” encarcelados en Israel. A cambio de Goldwaser y Reguev, podrían ser liberados 27 prisioneros libaneses.

Esta “guerra inútil” se pudo haber evitado, junto con el saldo de más de mil 200 muertos libaneses, más de cuatro mil heridos y 900 mil desplazados de sus lugares de residencia, a los que se suman daños materiales por 3 mil 600 millones de dólares, según cálculos del Consejo de Desarrollo y Reconstrucción de Líbano.

El gobierno de Israel se encuentra sepultado bajo una catarata de críticas por su manejo de la invasión y evalúa las fallas en la conducción del desproporcionado ataque en el que participaron 30 mil soldados. Las Fuerzas Armadas israelíes perdieron 120 efectivos y no lograron liberar a los dos militares judíos, ni frenar a los tres mil milicianos de Hezbollah, ni evitar la andanada de 4 mil cohetes Katiusha sobre el norte del país, donde reside un millón y medio de civiles.

Muchos reservistas del Tsahal -abreviatura de Tsevá Hahaganá Leisrael o Fuerzas de Defensa Israelíes- reclutados con urgencia a través de la tzav shmone (“orden 8”), regresaron de Líbano con fuertes críticas al Estado Mayor por “no recibir órdenes claras” de sus jefes, pues, según dijeron, “ellos tampoco sabían qué hacer”.

El periodista Ari Shavit, columnista político del periódico laborista Haaretz, escribió con dureza: “No se puede conducir a una nación entera a la guerra prometiéndole una victoria, producir una derrota humillante y permanecer en el poder. No se puede enterrar a 120 israelíes en sus cementerios, mantener a millones de israelíes en refugios subterráneos por un mes, reducir la capacidad de poder disuasivo, adentrarnos en la próxima guerra para luego decir: ‘Ay, me equivoqué. No fue mi intención hacerlo. Páseme un cigarro, por favor’. No hay error que Olmert no haya cometido […]. Fue a la guerra sin pensarlo, sin medir los resultados. Siguió a los militares ciegamente, sin preguntarles lo necesario. […] Luego de lanzarse con arrogancia a esta guerra, Olmert la condujo con torpeza, sin objetivos ni métodos claros. Olvidó el frente interno y abandonó a nuestros habitantes del norte. Olmert también falló miserablemente en el plano diplomático. […] El Israel golpeado y herido de la postguerra necesita un nuevo comienzo y un nuevo líder. Se necesita un nuevo primer ministro”.

El 63 por ciento de los israelíes quiere que Olmert renuncie y el 74 por ciento pide la dimisión de Amir Peretz, el ministro de Defensa, de acuerdo con una encuesta publicada por el diario Yediot Aharonot. La mayoría también exige la salida del general Dan Haluzt, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas.

El caso de Halutz es más grave: el periódico Maariv reveló que el 12 de julio vendió todas sus acciones en la bolsa de valores de Tel Aviv por valor de más de 30 mil dólares, a las tres horas de la captura de los soldados Regev y Goldwasser. El general hizo un buen negocio, porque poco después las acciones bajaron. Legisladores de la oposición piden la cabeza del general por aprovechar información privilegiada para obtener beneficios particulares. “Soy un ciudadano y tengo mis propias consideraciones económicas”, replicó Halutz, lo cual no ha contribuido a fortalecer su imagen.
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KOFI ANNAN: ADIÓS A LAS ARMAS

29 agosto 2006

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Roberto Bardini

Ahora que las armas del ejército israelí y las milicias de Hezbollah han dejado de disparar, el secretario general de la ONU, Kofi Annan, inició una gira por Líbano, Israel, Siria e Irán -que posiblemente se extienda los territorios palestinos, Egipto, Jordania, Qatar, Arabia Saudita y Turquía- sin riesgo de chamuscarse sus bien cortados trajes estilo inglés. Quizá sea el último tour del elegante funcionario, ya que en diciembre finalizará su segundo mandato.

Annan, el primer africano negro en presidir el organismo internacional, tiene el propósito -un poco tardío- de que los bandos en pugna respeten la resolución 1701 dictada el 11 de agosto por el Consejo de Seguridad, que establece una tregua luego de la tempestad de acero que en 34 días causó la muerte de más de mil libaneses y alrededor de 150 israelíes.
Antes, en medio de encarnizados combates e implacables bombardeos, la voz del secretario general no logró elevarse por encima del estruendo de los misiles Maverik, Hellfire, TOW y Patriot suministrados por Estados Unidos a Israel y de los cohetes provistos por Irán y Siria a los combatientes islámicos.

En Beirut, Annan exhortó a crear una zona “libre de armamento” en el sur de Líbano, “donde no debe haber otras armas que las de las fuerzas internacionales de paz y las del Ejército libanés”. Con cautela y tomando distancia del lenguaje utilizado por la Casa Blanca y el Departamento de Estado, consideró que el desarme de Hezbollah es una “cuestión interna” que deberá abordarse en un “diálogo nacional”.

Lo cierto es que luego de 34 años de figurar en la nómina de la ONU -ingresó al organismo en 1962- y de dos períodos desgastantes como secretario general (1997-2001 y 2002-2006), es muy difícil que este economista graduado en universidades de Ghana, Estados Unidos y Suiza pueda cerrar su ciclo con un broche de oro.

“Bajo el secretariado de Kofi Annan, la ONU ayudó e instigó agresiones de Estados Unidos contra Afganistán; proporcionó cobertura legal a la ocupación colonial estadounidense de Irak al reconocer a su gobierno títere, y rechazó condenar el uso sistemático de la tortura por parte de Washington y la detención ilegal e indefinida de sospechosos […]. Acabó haciendo acusaciones contra el gobierno sirio basándose en testigos dudosos y en evidencias circunstanciales que ningún tribunal independiente de justicia aceptaría”: así resumió James Petras, en su artículo “Guerra y paz”, publicado diciembre del año pasado, la gestión del hombre que en estos días viajará -con algo de retraso- por Oriente Medio.

Petras citó el testimonio del irlandés Denis Halliday, ex coordinador de ayuda humanitaria de Naciones Unidas en Irak de 1997 a 1998, quien en agosto de 2003 declaró al periódico The Sunday Herald, de Escocia, que la ONU “ha sido llevada a ser un brazo de Estados Unidos, una división del Departamento de Estado” y que Kofi Annan, “designado y apoyado” por Washington, “corrompió la independencia de la ONU”.

Quizá en el futuro se asocie al séptimo secretario general de la ONU con la retórica más que con las realizaciones. Pero para entonces él ya estará al margen de la violencia internacional, disfrutando su retiro en compañía de su segunda esposa, la abogada y pintora sueca Nane Lagergren, una rubia que fue funcionaria del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR).

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SADDAM HUSSEIN Y LA NIÑA DE MAHMOUDIYA

22 agosto 2006

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Roberto Bardini

En 1949, el jurista Jacques Bernard Herzog, ex miembro del Tribunal Militar Internacional de Nüremberg que juzgó a los derrotados en la Segunda Guerra Europea, dio una conferencia en Chile y suministró un dato: desde 1496 a. de C. hasta 1945 es decir, durante más de tres mil años– sólo hubo en el mundo 268 años de paz. Es decir, nada. En ese tiempo, según Herzog se firmaron nueve mil tratados que debían ser eternos; en promedio duraron dos años cada uno.

La historia le da la razón al pensador alemán Ernst Jünger, quien en El combate como experiencia interior, publicado en 1922, escribió: “El sentimentalismo debe esfumarse, adaptarse a la horrible simplicidad de ese objetivo: el aniquilamiento del adversario. Es éste un axioma que debe realizarse durante todo el tiempo que los hombres hagan la guerra, y habrá guerras mientras existan los hombres”.

Tomando en cuenta el dato de Herzog y el axioma de Jünger, es posible que los historiadores del futuro describan a esta época como un contradictorio período de crueldad, cinismo, hipocresía y estupidez. Quizá los cronistas documenten que a inicios del tercer milenio ese amorfo conglomerado identificado con el eufemismo de “humanidad” retrocedió a una época comparable con el Reinado del Terror –pero a escala mundial­– de la Revolución Francesa, que en sólo un año y tres meses (de abril de 1793 a julio de 1794) juzgó y condenó a muerte a 40 mil personas en nombre de la libertad, igualdad y fraternidad.

Tomemos, por ejemplo, el momento en que se lleva a cabo la farsa del segundo juicio a Saddam Hussein, acusado de varias y variadas matanzas. Según el fiscal que podría pedir la pena de muerte para el ex dictadormiles de poblados fueron arrasados, los niños separados de sus padres y las mujeres encarceladas, violadas y torturadas”. Lo curioso es que la descripción podría ajustarse, sin cambiar una coma, a las secuelas de la invasión Irak en marzo de 2003. O a la de Afganistán en octubre de 2001. O a la ocupación de Líbano durante 18 años –de junio de 1982 a mayo de 2000– por parte de Israel.

Salvo que en estos últimos tres años el fiscal haya deambulado por las nubes –como el joven Alí, legendario personaje de las Mil y una noches que sobrevolaba Bagdad sobre una alfombra mágica– debería tener presente el lado oscuro de las crónicas de guerra protagonizadas por los invasores estadounidenses. Como, por ejemplo, las torturas a sus compatriotas cometidas en la prisión de Abu Ghraib. O el angelical rostro de la soldado Lynndie England, una diminuta sádica de 22 años, ex trabajadora de una planta procesadora de pollos en Virginia Occidental, posando sonriente ante la cámara mientras vejaba a prisioneros desnudos. Pero, bueno, los árabes son fatalistas: el fiscal que en lugar de preocuparse por los derechos civiles de sus conciudadanos busca la muerte de Saddam Hussein, seguramente tiene claro que algún día volará en pedazos por los aires al encender su vehículo o terminará acribillado a balazos en una calle de Bagdad.

El 12 de marzo de este año el sargento de marines Paul Cortez, de 23 años, y cuatro soldados se emborracharon con whisky y una bebida energizante mientras jugaban a los naipes en la aldea de Mahmoudiya, 30 kilómetros al sur de la capital iraquí. Aburridos, jugaron un rato al golf y después se dirigieron a una casa cercana, violaron a una niña de catorce años, le dispararon un tiro en la cara porque “gritaba mucho” y, estando aún con vida, la quemaron con kerosén. Tanta actividad les abrió el apetito. Luego de asesinar a los padres de la víctima y a una hermanita de seis años, regresaron a su base y asaron alas de pollo. Ahora, durante el juicio, declararon que el problema fue el estrés, la incertidumbre de no saber si vivirían un día más.

Mientras se juzga a Saddam Hussein, la violación de la niña de Mahmoudiya es el quinto caso que trasciende de crímenes contra la población civil por parte de las fuerzas ocupantes. Apenas un dato más para las estadísticas del futuro, un fugaz episodio de la gesta estadounidense destinada a instaurar la democracia en Irak. Y ante un objetivo tan loable, como dice Ernst Jünger, “el sentimentalismo debe esfumarse”.

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NO MOLESTAR: PERRO RABIOSO

15 agosto 2006

Roberto Bardini

estrella-de-david.jpg Si a esta altura de los acontecimientos en Oriente Medio alguien todavía cree honestamente que Israel invadió y ocupó Líbano durante 33 días para rescatar a dos soldados capturados por la milicia islámica de Hezbolá, debería salir del error leyendo al judío belga Martin van Creveld, profesor de historia militar de la Universidad Hebrea de Jerusalén.

Van Creveld, un experto en guerra moderna, es el único autor no estadunidense en la lista de lecturas obligatorias para los oficiales del ejército de Estados Unidos. Entre sus libros se cuenta The Transformation of War (Free Press, Nueva York, 1991), donde recomienda olvidar las enseñanzas del teórico prusiano Karl von Clausewitz y establece los lineamientos de las llamadas guerras de “baja intensidad” y de “cuarta generación”.

El historiador, un “halcón” partidario de las deportaciones masivas de palestinos y la limpieza étnica, considera que en el futuro los cuarteles militares serán remplazados por “escondites y depósitos” y el control de la población por parte de las autoridades se realizará a través una “mezcla de propaganda y terror”.

Las deportaciones en masa tienen un lejano antecedente histórico: en el año 586 antes de Cristo, los babilonios ocuparon Jerusalén y llevaron a miles de hebreos como prisioneros a la Mesopotamia, donde con los años se integraron a las poblaciones nativas. Otro antecedente –bastante paradójico– de la propuesta de Van Creveld es la política del Tercer Reich a partir de 1939, cuando Adolf Eichman y los Judenräte (consejos judíos) fomentaban la inmigración masiva a Palestina. La limpieza étnica remite a los años más sangrientos de la guerra que enfrentó a croatas, bosnios y serbios luego del desmembramiento de la ex Yugoslavia. En cuanto al control estatal de la población mediante “mezcla de propaganda y terror” parece ser un tenebroso calco de la novela 1984, de George Orwell.

En enero de 2003, Van Creveld dio una entrevista a una publicación de Jerusalén y citó una frase del general Moshe Dayan, ex ministro de Defensa israelí (1967-1974): “Israel debe ser como un perro rabioso, demasiado peligroso para molestarlo”.

Dayan sabía de lo que hablaba. Hijo de ucranianos nacido en 1915 en un kibutz a orillas del Mar de Galilea, ingresó a la organización militar sionista Haganá a los 14 años, fue sargento de la policía británica en Palestina y terminó preso por actividades terroristas. Al salir en libertad, estudió en la academia militar de Bulgaria y durante la Segunda Guerra Mundial se unió al ejército australiano en Siria, donde perdió un ojo combatiendo a los franceses colaboracionistas de la Alemania nazi. En octubre de 1956, Dayan se fogueó contra el ejército egipcio como comandante en la guerra del Canal de Suez y en junio de 1967 dirigió la llamada Guerra de los Seis Días, en la que Israel se apoderó del Sinaí egipcio, los Altos del Golán sirios, Cisjordania y la franja de Gaza.

Cuando Israel invadió Líbano el 12 de julio pasado, Martin van Creveld escribió que “los ataques del ejército a objetivos libaneses no son exagerados” y que los bombardeos no produjeron una “masacre”, ya que “sólo hubo cien muertos”.

No sólo el historiador belga piensa que Israel debe proceder como un “perro rabioso”. Una encuesta publicada el 27 de julio por el diario Maariv, de Tel Aviv, demostró que el 82 por ciento de los israelíes apoyaba la ofensiva contra Líbano y que el 95 por ciento consideraba que la invasión era justificada. Ante esas cifras, se comprende que al iniciarse la tregua del lunes 14 de agosto el primer ministro Ehud Olmert haya declarado que “Israel tiene razón y no debe dar explicaciones a nadie”.

En un mes de ataques, el ejército israelí mató a 530 milicianos de Hezbolá, masacró a más de mil civiles e hirió a más 3 mil 500 no combatientes. A cambio, perdió 116 soldados y 41 civiles. Se calcula que el costo de la operación, sumando gastos militares y daños materiales en territorio de Israel, es de cinco mil millones de dólares.

¿Todo por dos soldados capturados?

Es más creíble la hipótesis del “perro rabioso”. El problema, sin embargo, es que parece que no hay vacuna antirrábica que valga.

Y el perro lo sabe.

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CONTINÚA LA «OPERACIÓN MASACRE» EN LÍBANO

10 agosto 2006

 

 

La red Nac & Pop, una original creación del publicista argentino Martín García, acaba de distribuir en una sola entrega a sus suscriptores la serie de artículos sobre Medio Oriente titulada “La Revolución Palestina”. Los trabajos fueron publicados en junio de 1974 por el diario Noticias, de Buenos Aires, con la firma del periodista, escritor y dramaturgo Rodolfo Walsh, quien el mes anterior había sido enviado por el periódico a Egipto, Siria, Argelia y Palestina. A 32 años de distancia, esos apuntes constituyen un documento de gran actualidad.

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Roberto Bardini

Nacido en 1927 en la Patagonia, descendiente de irlandeses y ex simpatizante de la Alianza Libertadora Nacionalista (ALN), Walsh fue uno de los fundadores de la agencia cubana de noticias Prensa Latina, junto con sus compatriotas –y también ex simpatizantes de la ALN– Jorge Ricardo Massetti y Rogelio García Lupo. Walsh fue un tenaz reportero de investigación y precursor del género conocido como non fiction novel con su libro Operación Masacre, editado en 1957, al que siguieron ¿Quién mató a Rosendo? (1969) y El caso Satanowski (1973).

“Desde hace un cuarto de siglo la política oficial del Estado de Israel consiste en simular que los palestinos son jordanos, egipcios, sirios o libaneses que se han vuelto locos y dicen que son palestinos, pero además pretenden volver a las tierras de las que se fueron voluntariamente en 1948, o que les fueron quitadas no tan voluntariamente en las guerras de 1956 y 1967. Como no pueden, se vuelcan al terrorismo. Son en definitiva terroristas árabes”, escribe Walsh con su habitual ironía.

Después, en muy pocas líneas, el periodista llega a una conclusión que mantiene vigencia: “Es inútil que en el Medio Oriente estos argumentos hayan sido desmantelados, reducidos a su última inconsecuencia. Israel es Occidente y en Occidente la mentira circula como verdad hasta el día en que se vuelve militarmente insostenible”.

Un ejemplo de “mentira que circula como verdad” se encuentra en la carta que Mario Sejatovich, agregado de prensa de la embajada de Israel en Argentina, envió a Noticias en respuesta a la serie de artículos y que fue publicada el 27 de junio de 1974. Con argumentos similares a los que hoy utilizan los representantes diplomáticos israelíes en el exterior, el funcionario acusa al escritor de “flagrantes inexactitudes, deformaciones de los hechos históricos, gruesos equívocos”.

Sejatovich condenaba al “terrorismo [árabe] que elige deliberadamente como blanco a civiles inocentes y que no trepida en asesinar a mujeres y niños”. Como paradoja hay que señalar que eso es exactamente lo que hoy hacen en Líbano la infantería, la artillería y la aviación de Israel: masacrar a ciudadanos no combatientes.

Walsh le responde a Sejatovich que él considera “la insurrección de los palestinos frente a los ocupantes de su patria tan legítima como, por ejemplo, el alzamiento del ghetto de Varsovia”, en referencia a la rebelión del 19 de abril de 1943 contra los nazis en un barrio cercado en la capital de Polonia. Y a continuación, cita el testimonio del escritor religioso judío Moshe Menuhin, autor de The decadence of judaism in our time (Institute for Palestine Studies, Beirut, 1969, un alegato antisionista de 589 páginas):

“En lo que a mi concierne, mi religión es el judaísmo profético y no el judaísmo-napalm. Los nacionalistas judíos, el nuevo tipo de guerreros –judíos– no son judíos, sino nazis –judíos– que han perdido todo el sentido de la moralidad y la humanidad judías… A pesar de todos los artificios de encubrimiento y la construcción de imágenes ficticias; a pesar de los torrentes de trucos sofisticados, publicidad astuta, retórica polémica, ocultamiento de los hechos, redacción tendenciosa de la historia, el hecho trágico es que los nacionalistas –judíos– se apoderaron por la fuerza de las armas, del terror y de las atrocidades, de los hogares, la tierra y la patria de los campesinos, trabajadores y comerciantes árabes, en la vieja Palestina; construyeron una Patria Judía y la expandieron durante los meses anteriores al 14 de mayo de 1948 por medio de masacres, despojos y terrorismo, entre el 10 de abril y el 14 de mayo, expulsando a los árabes de ciudades tan típicamente árabes como Deir Yassin, Jaffa, Acre, Ramleh, Lydda, etc. Los nacionalistas –judíos– son nazis –judíos– y yo siento vergüenza que me identifiquen con ellos y con sus causas herejes”.

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El 24 de marzo de 1977, Walsh envió una Carta Abierta a la Junta Militar argentina, en la que denunciaba “censura de prensa, persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en El Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija”. El escritor, que finalizaba el mensaje manteniéndose “fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”, fue secuestrado al día siguiente por un grupo de tareas de la marina y asesinado.

Si viviera, Walsh tendría 73 años y hoy hubiera leído en los diarios que el Gabinete de Seguridad israelí aprobó una ofensiva a gran escala en Líbano, que durará un mes con la participación de 40 mil soldados. Desde que él publicó “La Revolución Palestina” hace más de tres décadas, “Israel es Occidente y en Occidente la mentira circula como verdad hasta el día en que se vuelve militarmente insostenible”. Mientras tanto, en Medio Oriente continúa la Operación Masacre.

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LÍBANO: «NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS»

8 agosto 2006

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Roberto Bardini

El 7 de noviembre de 1938, el judío alemán Herschel Grynszpan, refugiado en Francia, atacó a tiros a Ernst von Rath, secretario de la embajada del Tercer Reich en París, quien falleció dos días después. Como reacción, en la noche del 9 al 10 de noviembre se desató en Alemania un pogrom contra la comunidad judía, que derivó en “36 muertos y 36 heridos”, además de la “destrucción de 815 comercios, 171 casas, 276 sinagogas y 14 monumentos”, según informó por escrito al día siguiente el jefe de Policía, Reinhard Heydrich, al mariscal Herman Goering.

El hecho se conoce como “la noche de los cristales rotos” (kristallnacht). Al pasar el tiempo, historiadores y periodistas judíos elevaron las cifras a entre 90 y 200 personas asesinadas, siete mil comercios atacados y más de mil sinagogas destruidas. Según las mismas fuentes, más de 20 mil judíos fueron enviados a campos de concentración.

Esta historia tuvo su contracara, multiplicada, 55 años más tarde. El 3 de junio de 1982, el embajador israelí en Gran Bretaña, Shlomo Agrov, fue atacado a tiros por terroristas disidentes de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Agrov se salvó y murió de viejo en 2003, pero como represalia por el atentado Israel invadió Líbano tres días después para destruir las bases de la OLP. El país árabe sufrió su propia y larga “noche de los cristales rotos”, que duró 18 años y causó 20 mil muertos, 32 mil heridos y medio millón de refugiados.

El atentado contra Agrov fue, evidentemente, un pretexto. Hacía mucho tiempo que los estrategas militares israelíes ya habían planificado la invasión. En su biografía de David Ben Gurión, el escritor Mijail Bar Zohar (Ben Gurion, Editorial Aurora, Tel Aviv, 1986), cita el diario del estadista judío, quien el 21 de mayo de 1948 anotaba: “El talón de Aquiles de la coalición árabe es el Líbano. La supremacía musulmana en este país es artificial y puede ser fácilmente destruida. Debería instaurarse un estado cristiano en ese país. Su frontera sur sería el río Litani”.

Ya en 1917, el experto en explosivos Jaim Weizman, quien 31 años después sería el primer presidente de Israel, le había escrito al primer ministro británico, Lloyd George, pidiéndole que la frontera norte de un posible Estado Judío abarcara el valle del río Litani. Y es exactamente ahí, al sur de Líbano y a 30 kilómetros del límite fronterizo, donde el ministro de Defensa Amir Peretz ha ordenado que se establezca el ejército invasor para lanzar una ofensiva en todo el país. Israel, el “Estado permanentemente amenazado”, parece dispuesto a ampliar sus fronteras por quinta o sexta vez.

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LA ONU, LOS DICHOS Y LOS HECHOS

2 agosto 2006

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Roberto Bardini

Y ahora, en medio del estruendo de las bombas en Líbano, van por Irán. No van por Israel, cuyos misiles aire-tierra y tierra-tierra ya han masacrado a más de 500 personas, la mayoría civiles y, muchos de ellos, niños. Las desgarradoras fotografías de los pequeños cuerpos mutilados y las caritas con los ojos abiertos de espanto, dan la vuelta al mundo, pero ellos ahora van por Irán porque podría estar en condiciones de fabricar bombas nucleares.

El Consejo de Seguridad de la ONU le dio plazo a Teherán hasta el 31 de agosto para poner fin a su programa de enriquecimiento de uranio, bajo la amenaza de sanciones. Pero aún no le puesto ningún plazo a Israel para que detenga la escabechina de árabes, ni le ha advertido acerca de represalias.

El Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), firmado en 1968 y que entró en vigor en 1970, permite sólo a cinco potencias la posesión de armas atómicas: Estados Unidos, la Federación Rusa, el Reino Unido, Francia y China. Las cinco son, además, integrantes permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU.

Aunque el quinteto atómico ha hecho la promesa de no usar armas nucleares contra países que no posean este tipo de armamentos, Estados Unidos se reserva el derecho de responder con ellos en represalia a un ataque con armas químicas o biológicas.

India, Pakistán e Israel –aliados de Estados Unidos– poseen armas nucleares, pero no firmaron el TNP. Ninguno de los tres está bajo la lupa de Washington y sus adeptos. En el caso de Israel, por ejemplo, es un secreto a voces que dispone de alrededor de 200 cabezas atómicas, más que China, India y Corea del Norte juntas.

Corea del Norte firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear, pero no lo ratificó. Irán también lo suscribió, pero los países occidentales sospechan que a partir de 2004 –luego de la asunción del presidente Mahmud Ahmadinejad– comenzó a impulsar el desarrollo de armas nucleares.

Las autoridades iraníes sostienen que se trata de un proyecto de aplicación civil, especialmente para la generación de electricidad. El representante permanente de Irán ante la ONU, Javad Zarif, afirma que es “un ­programa pacífico, que no representa ninguna amenaza para la paz y la seguridad internacionales” y, por tanto, “el Consejo de Seguridad no tiene ninguna base legal para ocuparse de ello”.

Cuando de trata de países “amigos”, el contraste entre los dichos y los hechos por parte de esa difusa entelequia llamada “comunidad internacional” es notorio. A fines de octubre de 2005, cuatro meses después de ganar las elecciones iraníes, Ahmadinejad habló ante cuatro mil estudiantes en Teherán y dijo que Israel debía ser “borrado del mapa”. El exabrupto provocó una dura condena de Estados Unidos, la Unión Europea e Israel, que pidieron la expulsión de Irán de la ONU.

Actualmente, Israel parece estar dispuesto en los hechos a borrar de Oriente Medio a la población civil de Palestina y Líbano, lo cual ha incluido la muerte deliberada de cuatro observadores de la ONU en la ciudad libanesa de Jiam, al sur del país. El 25 de julio, a lo largo de seis horas, los observadores –un austriaco, un canadiense, un finlandés y un chino– se comunicaron diez veces con el ejército israelí para solicitar que cesaran los ataques y recibieron promesas de que el bombardeo finalizaría. Investigaciones posteriores determinaron que perdieron la vida a causa de la explosión de un misil guiado, lo cual elimina la posibilidad de un error.

Pero nadie ha propuesto la expulsión de Israel del organismo mundial, ni siquiera mientras se investigan los hechos. En este caso, como siempre, la “comunidad internacional” se lamentó con sus habituales comunicados que, a esta altura de los acontecimientos, representan una pasiva, cínica e indignante letanía.

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EL FASCISMO JUDÍO

28 julio 2006

 

¿Se puede ser judío y fascista? Un recorrido a vuelo de pájaro por la agitada vida del ucraniano Vladimir Jabotinsky, nacido en Odessa en 1880 y muerto en Nueva York en 1940, quizá responda a esta pregunta. Periodista, escritor, orador, políglota, soldado y dirigente político, también fue, según como se mire, combatiente por la patria o terrorista.

Roberto Bardini

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Influenciado por El Estado Judío, libro de Theodor Herzl publicado en 1896, Vladimir Jabotinsky adopta el sionismo en su expresión más extremista e impulsa una sociedad de “hombres obedientes hasta la muerte”. Se opone al socialismo y al movimiento obrero judío en Palestina. Funda el grupo Betar, milicias juveniles que visten camisas pardas como los miembros de las Secciones de Asalto nazis (Sturm Abteilungen o SA) y están organizadas al estilo de los squadristi fascistas.

Menagen Begin e Isaac Shamir, que llegarán a ser primeros ministros de Israel, son en su juventud seguidores de Jabotinsky. Il Duce Benito Mussolini lo considera uno de los suyos y lo llama “el ciudadano fascista”. El laborista David Ben Gurión, fundador del Estado Judío en 1948, lo compara con el fuhrer y lo apoda “Vladimir Hitler”.

Una idea fija

Conocido como “Zeev”, Vladimir Jabotinsky habla fluidamente ruso, francés, inglés y alemán. La última lengua que aprende es el hebreo y lo primero que hace es traducir La divina comedia, de Dante Alighieri. Cuando en 1914 estalla la Primera Guerra Mundial, crea una Legión Judía al servicio de los aliados. Busca liberar a Palestina del dominio turco otomano y, después, lograr un lugar en las negociaciones de paz, con derecho a exigir el establecimiento de un Estado judío.

Al terminar la guerra en 1918, Jabotinsky se establece con su esposa e hijos en Palestina, que se halla bajo control de Gran Bretaña. En 1920, el descontento árabe por los festejos del Pesaj –una de las fechas sagradas judías, que conmemora la salida de los hebreos de Egipto– deriva en violentas protestas callejeras. Jabotinsky organiza la represión contra los nativos y no le tiembla la mano a la hora de apretar el gatillo. Los británicos lo arrestan y juzgan por posesión ilegal de armas. Sentenciado a quince años de prisión, es puesto en libertad unos meses más tarde.

Cuando en 1923 los ingleses adjudican tierras a los palestinos en Transjordania, Jabotinsky propone una “revisión” de las relaciones entre el movimiento sionista y el Reino Unido. Sus fines –tan agresivos como casi todas las decisiones que toma en su vida y las acciones que impulsa– incluyen la restauración de la Legión Judía y la llegada masiva de hasta 40 mil judíos por año hacia Palestina.

En 1925, Jabotinsky anuncia el establecimiento de la Alianza de Sionistas Revisionistas, con oficina en París, y la creación del Betar, encuadramiento juvenil nacionalsionista. Pasa los años siguientes dictando conferencias y colaborando en decenas de publicaciones para promover mundialmente su causa. Predica que la actividad económica del sionismo se concentrará en la economía privada, para financiar la inmigración masiva a Palestina. Retorna a Jerusalén en 1928, donde es gerente de una compañía de seguros y editor de un periódico.

En 1930, mientras se encuentra de viaje, las autoridades inglesas le prohíben el regreso a Palestina. Desde entonces y hasta su muerte, Jabotinsky impulsa el nacionalsionismo en varios países.

El “ciudadano fascista”

Jabotinsky no tiene reparos en establecer contactos con mandatarios antisemitas, como el mariscal polaco Jozef Pilsudski, un ex comunista que en 1926 dio un golpe de Estado e instauró un régimen cercano al nacionalsocialismo. Pero su ejemplo supremo es Benito Mussolini. Admira al fascismo y aspira a copiarlo en Palestina. “¿Qué queremos? Queremos un imperio judío, al igual que Italia”, declara.

Cuando Il Duce asume en 1922, Jabotinsky le hace llegar un mensaje con un enviado especial. Dos años después, un representante oficial del Partido Fascista Italiano visita Palestina para establecer relaciones con los seguidores del dirigente judío.

La agencia de noticias fascista, Avanti Moderno, aplaude la celebración del Congreso de los Sionistas Revisionistas en 1935 por el apoyo que este movimiento brinda a Italia durante la campaña de Etiopía. Ese año, Mussolini le comenta al Rabino de Roma: “Las condiciones necesarias para el éxito del movimiento sionista son poseer un estado judío con una bandera judía y lengua judía. Hay una persona que conoce esto muy bien y es el ciudadano fascista Jabotinsky”.

Lo cierto es que la persecusión de judíos no figura en la prioridades de Mussolini. Il Duce tiene varias amantes, entre ellas dos judías: Angelica Balabanov y Margherita Sarafatti. La primera, cuando milita en el socialismo; la segunda, luego de tomar el poder. Además, cinco judíos –entre ellos César Sarafatti, hermano de Margherita– participan en la creación de los Fasci de combattimento en 1919.

Mussolini, un ex socialista al que su padre le puso el nombre de Benito en honor al político liberal mexicano Benito Juárez (1806-1872), sólo aprueba leyes antisemitas en 1938. Para entonces ya lleva trece años en el poder e Italia comienza a transformarse en un Estado satélite de Alemania. Hasta ese momento, la comunidad judía italiana convive tranquilamente con el fascismo.

El escritor Daniel Muchnik asegura que el hecho de que un judío pueda ser fascista es tan comprensible como que pueda ser gángster. Y describe a Jabotinsky de la siguiente manera:

“Fue uno de los líderes sionistas más brillantes y fanáticos de la historia. Nadie le fue indiferente: todos lo amaron o lo odiaron. Enemigo mortal del socialismo, fue su crítico más feroz cuando el sionismo socialista ganó la hegemonía del sionismo mundial. […] Hacia 1930, el partido de Jabotinsky, llamado revisionista, comenzó a asemejarse mucho a los movimientos fascistas de Europa, y Ben Gurión llegó a llamar a su líder ‘Vladimir Hitler’. El ideal de Jabotinsky, tal como él mismo lo describió, era el de una sociedad monolítica, de hombres todos iguales y todos obedientes hasta la muerte, capaces de actuar al unísono” (Mundo judío, Lumen/Mairena, Buenos Aires, 1984).

“Dispara y deja de charlatanear”

En 1934, “Zeev” firma un pacto con David Ben Gurión, jefe del sionismo laborista, secretario general de la poderosa Federación de Trabajadores y portavoz indiscutido de la principal tendencia sionista en Palestina. Pero el acuerdo, que busca disminuir las tensiones entre las dos tendencias, fracasa. Nacionalsionistas y laboristas continúan como encarnizados adversarios políticos durante décadas. La brecha se ahonda más con el asesinato, en una playa de Tel Aviv, de Jaim Arlozoroff, joven y prominente líder sionista moderado, que se atribuye a seguidores de Jabotinsky.

Cuando en 1936 una comisión británica recomienda la partición de Palestina en un Estado árabe y otro judío, Jabotinsky rechaza la propuesta y ordena incrementar los ataques contra los ingleses y los nativos árabes. Al año siguiente se transforma en comandante del Irgún, grupo paramilitar clandestino de los revisionistas. “Maldita es toda guerra, pero si no quieres tocar a un inocente, pereces. Y si no quieres perecer, dispara y deja de charlatanear”, escribe en julio de 1939.

Benoît Ducarme apunta en “Israel, Likud y el sueño sionista”:

“La primera etapa de la evolución del ‘revisionismo’ sionista es la de la constitución de la Nueva Organización Sionista, fundada en 1935, de cuyo seno surgieron dos grupos armados que, sustancialmente, no diferían políticamente en mucho: el Irgún y el Grupo Stern. Su diferencia se basó en la forma de combatir la presencia británica en Palestina […]. ¿Había que acabar con los británicos o dialogar con ellos? La dirección del Irgún, bajo el impulso de Begin, era partidaria de una inmediata revuelta contra los británicos. […] La cúpula del grupo Stern pretende provocar la revuelta antes incluso de que concluya el conflicto mundial. De hecho, dicha organización hizo proposiciones a Mussolini al final de los años treinta. Según los planes barajados, los sionistas deberían aliarse con Italia para acabar con los ingleses en Palestina, fundar un Estado hebreo de carácter corporativo satélite del Eje, y poner los lugares santos de Jerusalén a disposición del Vaticano. Estas propuestas no pudieron concretarse, ni siquiera el ofrecimiento hecho a Hitler de reclutar 40 mil soldados judíos procedentes de la Europa oriental con los que enfrentarse a los británicos en Palestina. Hitler prefirió jugar la carta árabe”.

Cuatro dólares y una pipa

El 4 de agosto de 1940, durante una visita a un campo de entrenamiento juvenil del Betar, a pocos kilómetros de Nueva York, Jabotinsky muere de un infarto. Le faltaba poco para cumplir 60 años y los diez últimos había permanecido fuera de Palestina. Sus partidarios relatan que sus únicos efectos personales eran una pipa y cuatro dólares.

Cinco años antes, el líder nacionalsionista había redactado su testamento. Solicitaba que su cadáver fuera trasladado a Israel “sólo por instrucción del gobierno judío que será establecido”. En 1965, sus restos son llevados e inhumados en el Monte Herzl, en Jerusalén.

En 1977, los herederos políticos de Vladimir “Zeev” Jabotinsky llegan al poder en Israel con Menagen Begin y la alianza de partidos “revisionistas” llamada Likud. En Mundo judío, Daniel Muchnik afirma que Begin seguramente pasará a la historia como “el primer jefe de gobierno judío y fascista”. Quizá no sea el único: Isaac Shamir, Ariel Sharon y Ehud Olmert también provienen de las filas del Likud.

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UNA MARCA MÁS EN LA CULATA DEL REVÓLVER

25 julio 2006

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Roberto Bardini

El subsecretario general para Asuntos Humanitarios de la Organización de Naciones Unidas, el noruego Jan Egeland, especialista muy bien rentado y con estupendos viáticos para recorrer cualquier retaguardia del mundo, estuvo en Beirut. Fue una visita rápida, al tono con estos tiempos de ofensivas relámpago muy similares a la blitzkrieg alemana sobre Polonia en 1939, al inicio de la Segunda Guerra Mundial.

El funcionario internacional declaró que estaba “horrorizado” por los ataques de la aviación israelí y exhibió su “estupor” ante las cámaras de los corresponsales extranjeros al visitar la devastada zona sur de la capital de Líbano. Ecuánime, oportuno y sagaz, Egeland recordó que los bombardeos contra civiles “están prohibidos por las convenciones internacionales”.

Después se montó a un avión, se instaló en primera clase y partió hacia otros rumbos, a cualquier lugar del planeta donde los condenados de la tierra requieran su presencia para defender los derechos humanos. Como El Llanero Solitario, pero sin antifaz ni pistolas, con lentes y mucho más elegante.

Las declaraciones del enviado de la ONU seguramente conmovieron a los generales israelíes, a los jefes de Hezbollah, a los líderes de Hamas, a los comandantes sirios e, incluso, a los belicosos estrategas iraníes. Y a los centros del poder en Washington, Londres, Berlín, París, Roma, Moscú y Tokio. Seguramente conmovieron a casi todos, menos a los bravos pilotos judíos que –por las características de su faena aérea y como en los tiempos de Manfred von Richtoffen, más conocido como El Barón Rojo– parecen no estar al tanto de las noticias terrestres.

Cerca de 600 mil ciudadanos han abandonado sus hogares desde que el 12 de julio pasado Israel lanzó su ofensiva por tierra, mar y aire contra Líbano, que ha causado más de 360 muertos civiles. Los aterrorizados fugitivos se deben haber sentido muy reconfortados por las palabras de Jan Egeland, si es que se enteraron quién es y para qué fue a Beirut.

Es posible que otras dos personas hayan quedado sumamente impresionadas por las declaraciones del representante humanitario de la ONU: el primer ministro israelí, Ehud Olmert, se manifestó partidario de la intervención de tropas de la Unión Europea, mientras que su ministro de Defensa, Amir Peretz, se inclinó por una fuerza de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Nada de inoperantes “cascos azules” de la ONU, que sólo sirven para misiones de turismo de aventura en Haití o Somalia. Olmert y Peretz, dos reconocidos filántropos y seguros candidatos al Premio Nobel de la Paz en el 2008, como en 1978 lo fue aquel discípulo de Mahatma Gandhi llamado Menahen Begin, saben que sólo los auténticos guerreros tipo Robocop son capaces de imponerle un poco de sentido común a una potencia militar como Líbano o a las guerrillas de Hezbollah, las más poderosas del planeta.

¿Y qué mejor que la OTAN? La alianza militar disuasiva fue creada por iniciativa de Estados Unidos en 1949, en plena Guerra Fría, para servir de escudo a las arremetidas de la Unión Soviética y sus satélites de Europa Oriental. Gracias a la OTAN, entre otros factores históricos, el comunismo hoy es un recuerdo de una época muy lejana. Como lo serán, algún día, los necios árabes de esa díscola región del mundo. Un último esfuerzo y serán sólo una anécdota, apenas una marca más en la culata del revólver.

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