Archive for the ‘Periodismo’ category

SELSER, PERÓN, EL CORONEL JULES DUBOIS Y LA SOCIEDAD INTERAMERICANA DE PRENSA

31 marzo 2008

Roberto Bardini

El cementerio nacional de Arlington ocupa 250 hectáreas con más de 300 mil lápidas de mármol blanco sobre césped bien cortado cerca del Río Potomac y del edificio del Pentágono. Ahí están enterrados soldados que murieron en todas las guerras en la que participó Estados Unidos, desde la independencia de la Corona Británica y la Guerra de Secesión hasta las ocupaciones de Afganistán e Irak, pasando por Corea y Vietnam.

julesdubois.jpgTambién yacen en Arlington los restos algunos presidentes norteamericanos y de ciertos personajes que prestaron servicios distinguidos al país, como el coronel de inteligencia militar Jules Dubois, fallecido el 16 de agosto de 1966, a la edad de 56 años, en un hotel de Bogotá.

Casi desconocido por las nuevas generaciones de periodistas, Dubois fue retratado por el pintor mexicano Diego Rivera en el mural Gloriosa Victoria. La obra, que se conoció en México recién en 2007, fue donada por el artista a los trabajadores rusos y permaneció durante 50 años en una bodega del Museo Pushkin, de Moscú.

mural.jpgLa pieza es una condena al golpe militar promovido en Guatemala por la CIA y la empresa bananera United Fruit en junio de 1954. En ella aparecen dibujados, además de Dubois, el presidente Dwight Eisenhower (como si fuera una bomba), el dictador guatemalteco Carlos Castillo Armas, el embajador norteamericano John Emil Peurifoy y el secretario de Estado John Foster Dulles, hermano mayor de Allen Welsh Dulles, ex presidente de la United Fruit y primer director civil de la CIA en 1953.

Fue precisamente John Foster Dulles, ex asesor legal de la compañía bananera y abogado de Prescott Bush abuelo del presidente George W. Bush quien calificó al derrocamiento del presidente guatemalteco Jacobo Arbenz y la imposición de Castillo Armas como “una gloriosa victoria”. De ahí el título elegido por Diego Rivera para su mural. Tras el golpe, 12 mil personas fueron arrestadas, se disolvieron más de 500 sindicatos y dos mil dirigentes gremiales abandonaron el país.

En Miami también hay un edificio que lleva el nombre de Jules Dubois. Está ubicado en el número 1801 South West de la Tercera Avenida y alberga las instalaciones de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), fundada en La Habana en 1943, durante la dictadura del ex sargento convertido en general Fulgencio Batista.

¿A qué se debe el honor? Luego de ser instructor militar en Fort Leavenworth (Kansas), el coronel se metamorfoseó como reportero del Chicago Tribune y “refundó” a la organización en 1950 en Nueva York. Desde entonces la SIP dejó de ser un ámbito más o menos plural y se transformó en lo que es hasta hoy: un cartel de empresarios, dueños de periódicos, revistas, canales de televisión y emisoras de radio, muchos de los cuales dejaron de ser periodistas hace muchos años para convertirse en hombres de negocios.

El periodista e historiador argentino Gregorio Selser se ocupó durante años de este organismo empresarial. El 1 de diciembre de 1974 publicó en la revista Dinamis, de Buenos Aires, algo que parece redactado ayer: “La SIP tendió a inmiscuirse cada vez más prepotente y altaneramente en los asuntos internos de los países del continente, como si la OEA o algún otro organismo supranacional hubiera delegado en ella la visión de velar los postulados de la libertad de prensa. […] Obtenía de ese modo plusvalía al equivoco generalizado de que obraba en nombre de los periodistas del continente, cuando sólo era la expresión de los dueños de la prensa que en no pocos casos apenas si saben leer y escribir”.

El tres veces presidente argentino Juan Perón también se refirió, 51 años atrás, a las “grandes cadenas de diarios, revistas y órganos publicitarios diversos, que responden a la tendencia occidental, dirigidos, manejados y financiados desde la Sociedad Interamericana de Prensa”:

“Los órganos independientes, que en pequeño número funcionan en algunos países, deben vivir muy aleatoriamente, desde que las grandes cadenas les hacen una guerra ruinosa de avisadores, hasta conseguir su ruina económica. El sistema es fácil, mediante los grandes órganos que realizan el boicot a las empresas comerciales y particulares, que avisan en los diarios de la «lista negra». Así se va consiguiendo una unanimidad para que todos los «órganos de opinión» respondan a la «voz del amo». A esto se le llama ahora «libertad de prensa».

“Si algún mandatario, en uso de su derecho que no se le niega a estos empresarios de la falsedad, se decide a tener sus propios órganos de opinión o tomar medidas en defensa de los intereses nacionales limitando la licencia y la procacidad de los «órganos encadenados», mediante una censura apropiada, entonces todas las agencias de noticias también encadenadas, comienzan a cursar despachos con «noticias» en los que se tendrá buen cuidado de decir que se trata de un «dictador» y que el régimen es «totalitario» o «antidemocrático» y a renglón seguido se comienza a hablar de una revolucion, mientras viaja el inefable Jules Dubois para anunciarla”.

Esto fue escrito por Perón en Los vendepatria, publicado en el exilio en 1957, y también parece redactado ayer.

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LA HORA FINAL DE CASTRO

22 febrero 2008

Roberto Bardini

El título está tomado del libro publicado en 1992 por el periodista argentino naturalizado estadounidense y columnista del Miami Herald, Andrés Oppenheimer, por el que ganó el Premio Ortega y Gasset en España. Son más de 400 páginas, resultado de una estadía de seis meses en Cuba y más de 500 entrevistas a partidarios y opositores, menos al personaje objeto del libro. La contratapa prometía revelar “la historia secreta detrás del gradual derrumbe del comunismo en Cuba”, pero transcurrieron 16 años y el no-entrevistado se retira del gobierno luego de cumplir casi medio siglo en el poder, el comunismo aún no se derrumbó en la isla y, como bromean algunos colegas, Oppenheimer no devolvió el premio.

tad.jpgMás suerte con Castro tuvo Tadeusz Witold Szulc, un judío polaco de familia rica que fue joven reportero de Associated Press en Brasil, luego encargado de cubrir la ONU para United Press y, finalmente, célebre corresponsal y enviado especial del New York Times durante 15 años. Conocido mundialmente como Tad Szulc, era un dandy aficionado a la buena cocina y con excelentes vínculos en la alta sociedad de Washington y Nueva York. Ninguna de estas características atenuó su minuciosa curiosidad de investigador, que para la CIA lo hizo sospechoso como “izquierdista”.

Autor de 25 libros y fallecido en 2001 a los 74 años, Szulc nunca fue correa de transmisión de los poderosos ni propagandista de ninguna ideología porque era un aristócrata como persona y como profesional. Entrevistó a Castro por primera vez en 1959 cuando recién había triunfado la revolución y volvió a entrevistarlo en 1961, después de la invasión estadounidense a Playa Girón. Desde entonces, a diferencia de Oppenheimer, llegaba a La Habana cuando quería.

En abril de 1984, el periodista publicó en Parade Magazine una charla que da el tono de la relación que mantenía con el líder:

“Conocí a Castro hace 25 años, cuando yo era un joven periodista del New York Times y acababa de triunfar la revolución cubana. Tuvimos en esa época muchas largas conversaciones en las que Castro me iba explicando lleno de entusiasmo los planes del futuro revolucionario. En 1961, poco después de la abortada invasión de bahía Cochinos, regresé a Cuba, donde recorrí, acompañado de Castro, el escenario de la batalla. Habían pasado 23 años desde nuestro último encuentro y me hallaba ahora en el espacioso y sencillo despacho de Castro en el palacio de la Revolución, de La Habana, retornando la conversación donde la habíamos dejado hacía una generación.

“A sus 57 años, Fidel Castro parece mantenerse en una forma física impresionante. Está más delgado que antes y sus reflejos son asombrosos (como pude comprobar cuando estuvimos cazando patos ese domingo), y su energía no ha disminuido.

“Mientras escuchaba a Castro, tenía la impresión de que no habían pasado los años. Nuestra relación parecía la misma, como si estuviéramos continuando una conversación que había empezado una tarde hacía un cuarto de siglo. Efectivamente, su inteligencia y su retórica eran más agudas aún que cuando éramos jóvenes”.

En 1986, el reportero estrella publicó Fidel, un retrato crítico, hasta el momento la mejor biografía sobre el personaje, que no cae en odas al “comandante internacionalista” ni en ataques al “dictador comunista”. Szulc convenció a Castro de que no existía una “biografía seria” de él. Y el personaje, que de antemano sabía que no le iba a gustar lo que el periodista iba a escribir, aceptó: le abrió todas las puertas, lo abrumó con datos, no dejó pregunta sin responder y estuvo de acuerdo en no revisar los originales antes de su publicación.

Y, efectivamente, a Castro el libro no le agradó pero Szulc se transformó en el biógrafo más fiable de todos los que acometieron la tarea, entre los que se encuentran el español Ignacio Ramonet, el chileno Jorge Edwards, el brasileño Frei Betto, el cubano Norberto Fuentes y, desde luego, el argentino naturalizado estadounidense Andrés Oppenheimer.

Dieciséis años atrás, mientras leía el libro de Oppenheimer recordé una anécdota. A fines de diciembre de 1989 me encontraba en Buenos Aires en medio de un problema: tenía que renovar mi pasaporte argentino –trámite poco amable que se hacía en la Policía Federal y duraba 21 días hábiles– pero mi pasaje de regreso a México estaba marcado para la segunda semana de enero. Un periodista amigo me pasó el dato de una cubana anticastrista que tenía vinculaciones con varios comisarios y se ocupaba de agilizar estas gestiones extraoficialmente a cambio de una tarifa razonable.

La señora –una morena impactante y muy cálida– tenía un pequeño local lleno de chucherías de plástico frente al Departamento de Policía, que era la tapadera de su verdadero negocio. Cuando fui a verla, me escuchó cinco minutos y durante una turbulenta media hora habló pestes de Fidel. A la semana, me entregó mi pasaporte renovado. En agradecimiento quise pagarle un poco más del precio convenido, pero se negó.

“Oye, no”, me dijo. “Fijamos un precio y te lo voy a respetar. Ahora si tú quieres hacerme un regalito, alguna baratija, eso es otra cosa. Si algo nos enseñó aquel grandísimo hijueputa que tú ya sabes, es a tener dignidad”.

“NINGÚN HOMBRE ES UNA ISLA”

27 julio 2007

 

El ex falangista español

 

y el socialista argentino

En 1975, el periodista Gregorio Selser visitó en Madrid a un ex militante de la Falange Española y ex combatiente de la División Azul en la Segunda Guerra Mundial. Era el poeta Dionisio Ridruejo, uno de los autores del himno Cara al sol y para entonces un antifranquista que había conocido la persecución, la cárcel y el destierro.

Roberto Bardini

selser1.jpgA principios de 1975, el periodista argentino Gregorio Selser viajó a España enviado por el diario El Cronista Comercial, de Buenos Aires. Militante socialista e investigador obsesivo, Selser se había hecho famoso por Sandino, general de hombres libres, una biografía pionera publicada en Buenos Aires en 1955. Cuando llegó a Madrid ya era autor de 20 libros, entre los que se contaban Diplomacia, garrote y dólares en América Latina (1962), El rapto de Panamá (1964), La CIA en Bolivia (1970) y Una empresa multinacional: la ITT en Estados Unidos y en Chile (1974).

El general Francisco Franco aún estaba en el poder. Todavía en septiembre de ese año, dos meses antes de su muerte, el dictador ordenaría el fusilamiento de cinco presos políticos vascos e ignoraría el pedido de clemencia del Papa Paulo VI. Las ejecuciones causaron indignación en casi todo el mundo y protestas en varias capitales. Quince países europeos retiraron a sus embajadores en España.

Antifranquista desde su adolescencia, Selser también era lector de poesía desde joven y conocía muy bien la obra de León Felipe, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández y Antonio Machado. Y hacia la última vivienda del andaluz Machado en tierra española se encaminó el periodista argentino. Fue a Segovia y ubicó la casa de la calle Desamparados Nº 11, donde el poeta había vivido desde 1919 hasta 1933.

machado.jpgCuatro años después, Selser recordó: “La humilde casa de huéspedes era la que merecía el nombre de la calle. Nada en ella evoca otra cosa que la digna pobreza del alto poeta y humilde maestro. […] Hasta entonces los turistas norteamericanos no habían ‘descubierto’ a Machado, y tampoco, creemos, los latinoamericanos que ya le comenzaban a conocer a través de sus versos musicalizados por Joan Manuel Serrat. De modo que la sinuosa calleja empedrada como a garrotazos ocasionales sobre el duro suelo, seguía casi virgen de toda atención de los organismos oficiales de promoción del turismo”.

Pocos días después de su visita a Segovia, Selser quiso conocer a otro poeta: Dionisio Ridruejo, a quien hasta algunos años antes “por haber estado junto a Franco lo decretó irremisiblemente no poeta”, como reconoció el periodista en 1979, en México.

El poeta de la Falange Española

ri1.jpgEl escritor y político Dionisio Ridruejo, nacido el 12 de octubre de 1912 en El Burgo de Osma, una milenaria ciudad de Castilla y León, e hijo de un banquero, pertenece a la llamada Generación del 36. Se afilió a Falange Española en 1933, el mismo año en que fue fundada por José Antonio Primo de Rivera. Tenía entonces 21 años de edad.

El periodista e historiador español César Vidal, articulista del diario conservador La Razón y autor de 80 libros de divulgación histórica, relata que el 3 de diciembre de 1935, José Antonio convocó a siete destacados “camisas azules”, entre los que se encontraba Ridruejo, a La Cueva del Orkompon, un bar vasco de Madrid, para redactar la letra del himno de la Falange. La música ya había sido escrita por el compositor vasco Juan Tellería (1895-1949).

Los ocho camaradas se repartieron las líneas de lo que sería Cara al sol. “Nuestro himno debe ser una canción alegre, exenta de odio, pero a la vez de guerra y amor”, le dijo José Antonio a su “escuadra de poetas”. El resultado, luego de unas horas de trabajo, fue el siguiente:

Cara al sol con la camisa nueva,
que tu bordaste en rojo ayer,
me hallará la muerte si me lleva
y no te vuelvo a ver.

Formaré junto a mis compañeros
que hacen guardia sobre los luceros,
impasible el ademán,
y están presentes en nuestro afán.

Si te dicen que caí,
me fui al puesto que tengo allí.

Volverán banderas victoriosas
al paso alegre de la paz
y traerán prendidas cinco rosas
las flechas de mi haz.

Volverá a reír la primavera,
que por cielo, tierra y mar se espera.

¡Arriba, escuadras, a vencer,
que en España empieza a amanecer!

¡España una!
¡España grande!
¡España libre!
¡Arriba España!

Ridruejo es autor de los dos primeros versos de la cuarta estrofa: Volverán banderas victoriosas / al paso alegre de la paz. Vidal define al poeta como “una de las mentes privilegiadas” del joven movimiento falangista.

“A pesar de sus defectos, el Cara al sol fue ciertamente un himno para la Falange que, en los próximos años, sería utilizado como himno de batalla y también de esperanza y en el que, paradójicamente, por una de esas ironías de la Historia, parecía reflejarse el conjunto de contradicciones del partido”, escribe Vidal. Menciona que donde se dice “impasible el ademán” muchos cantaban, en broma, “imposible el alemán”.

Sin embargo, agrega el historiador, “junto a la estética lírica e incluso excesiva, había un llamamiento a elementos militares y de acción directa, referencias a un futuro mejor pero difuso y una notable carencia de encajes entre tan dispares elementos. Venía a ser, dentro de su pluralidad de creadores, un claro antecedente del destino de la Falange durante lo que restaba del siglo”.

Encierro y destierro

Durante la Guerra Civil Española (1936-1939), Ridruejo es director de Propaganda del bando que finalmente vencerá. Poco después del triunfo se desilusiona del rumbo que toma el régimen de Francisco Franco, como les sucede a muchos falangistas que aspiraban a una revolución, a una “España Grande y Libre”, y no a una masiva represalia de compatriotas ya derrotados. El “generalísimo por la gracia de Dios”, escribe Ridruejo, impulsa “una especie de revanchismo deportivo, dando a la honrosa tarea del Poder una categoría de pago de gratificaciones”.

ri3.jpgPara tomar distancia, el escritor se alista como soldado raso en la División Azul en 1941 y combate en la Unión Soviética. Al año siguiente, de regreso del frente de guerra, le recrimina personalmente a Franco sostenerse gracias a una “Iglesia conservadora, un ejército represor y una justicia arbitraria”. Como muchos antiguos “camisas azules”, Ridruejo es acusado por los nuevos falangistas del franquismo de ser un “camisa roja”. En 1947 es obligado al destierro, primero en la ciudad de Ronda (Málaga) y después en San Cugat del Vallés (Barcelona).

En 1948 el poeta se va a vivir a Italia, donde, según sostiene el sociólogo e historiador español Santos Juliá, Premio Nacional de Historia 2004, comienza a rescatar el recuerdo de los últimos tiempos de aquel José Antonio Primo de Rivera “empeñado en servir de pacífico mediador entre las dos Españas”.

Ridruejo retorna a Madrid en 1951. Es encarcelado en 1956 por participar en un movimiento revolucionario junto con militantes del Partido Comunista. Al año siguiente, funda el Partido Social de Acción Democrática y nuevamente es condenado a prisión. Su libro Escrito en España, desaprobado por la censura franquista, se publica en Argentina en 1961.

“Espejo precoz” de la evolución falangista

falange1.jpgEn 1962, el ex “camisa azul” participa en las llamadas Conversaciones de Munich, un encuentro de toda la oposición franquista del interior y del exterior para intentar el restablecimiento de la democracia en España. La prensa oficialista denomina a la reunión “el contubernio de Munich”.

Ridruejo se exilia en Francia de 1962 a 1964. El régimen veta su nombre para el Premio Nacional de Literatura, se prohíben sus libros, se le priva de pasaporte.

En 1974, el escritor es uno de los fundadores de la Unión Socialdemócrata Española (USDE). El crítico literario Jordi Gracia, profesor de Literatura Española en la Universidad de Barcelona y autor de La resistencia silenciosa. Fascismo y cultura en España, considera que Ridruejo es un “espejo precoz” de lo que pudo ser la evolución intelectual de los fundadores de la Falange.

Antonio Machín Romero, también profesor de Literatura en la Universidad de Barcelona y autor de varias biografías de personajes españoles, escribe: “Resulta difícil encontrar en el mundo cultural y político del siglo XX una figura tan íntegra, tan humana, tan coherente, tan ajena a las vanidades, como la de Dionisio Ridruejo”.

Informe sobre vencedores y vencidos

El 12 de agosto de 2005, el diario La Vanguardia reveló que en los archivos nacionales de Estados Unidos existía un informe confidencial acerca del régimen franquista, que Ridruejo había hecho llegar 43 años antes al gobierno de John F. Kennedy. Recomendaba la lectura del documento nada menos que el asistente especial del presidente norteamericano, el historiador Arthur Schlesinger Jr, graduado en Harvard, autor de 20 libros, dos veces ganador del Premio Pulitzer y posteriormente opositor a las guerras de Vietnam e Irak.

En esa época, a Ridruejo le simpatizaba Kennedy por su origen irlandés y por ser católico. El informe, de agosto de 1961, comenzaba así:

franco.jpg“El Régimen español consiste fundamentalmente en una institución-persona. El dictador concentra todos los poderes del Estado, dirige el Partido único y ejerce el mando supremo de las Fuerzas Armadas. La opinión pública no interviene ni puede intervenir en ningún momento. […] El Consejo de Ministros funciona bajo la presidencia del dictador: sus miembros son nombrados y separados por su exclusiva decisión. El partido único consiste en una burocracia jerarquizada y bajo su dependencia los sindicatos son igualmente burocráticos y jerárquicos”.

Una de las preocupaciones de Ridruejo, según el artículo de La Vanguardia, era “la discriminación entre vencedores y vencidos de la Guerra Civil, una práctica evidente que aún se mantenía en aquella España de los años sesenta que pugnaba por ser reconocida internacionalmente y que se abría al turismo”. El poeta recomendaba “el ejercicio de la oposición ilegal o clandestina, la presión social directa como huelgas, manifestaciones, ejercicios de resistencia civil pacífica”.

“Ningún hombre es una isla”

De regreso a Madrid, después de visitar la casa en la que Antonio Machado había vivido en Segovia, Gregorio Selser le solicitó telefónicamente una entrevista a Dionisio Ridruejo. El poeta, de 63 años, le comentó que estaba muy enfermo y que sólo le podía conceder “unos 15 minutos”.

ri2.jpg“Nuestra conversación, que hoy evocamos con ternura, se prolongó durante varias horas. Quizás fueron cuatro”, rememoró el periodista años después. “De figura tan ascética y demacrada como la de los monjes esculpidos en el frontis de la catedral de Ávila, sospechamos que nos ganamos su paciencia y su tiempo a partir de una mención circunstancial que hicimos de nuestra visita a Segovia. Sin nosotros saberlo, Ridruejo había ‘pasado los mismos fríos’ que Machado en aquella ciudad que parecía detenida en el tiempo”.

El poeta dijo: “¿Sabe usted por qué Franco jamás gastará una peseta en restaurarla? Pues porque no le perdona aún a don Antonio que no haya sido de los suyos. ¿Qué se puede esperar de un hombre que en 40 años no ha aprendido a no odiar?”.

falan.jpgSelser registra que el escritor le comentó que en España “todo pudo ser distinto a partir de la victoria de los nacionales” en el conflicto civil que terminó en 1939, si se hubiera impuesto “la Falange de José Antonio y el proyecto en el que Franco no figuraba cuando fue soñado”.

“Mi modo de contrición es denunciar aquello que antes canté”, dijo el hombre que moriría pocos meses después, sin alcanzar a ser testigo de la agonía de Franco y del final de una dictadura de cuatro décadas. “Mis cilicios me oprimen por dentro, tengo tantos muertos como cualquier otro español”.

El 28 de octubre de 1979, el socialista Gregorio Selser publicó sus recuerdos del ex falangista Dionisio Ridruejo en El Gallo Ilustrado, suplemento dominical del diario El Día, de México, país en el que estuvo exiliado 14 años y ocho meses, hasta su muerte en 1991. El artículo se titulaba: “Ningún hombre es una isla: recuerdo de Dionisio Ridruejo”.

Se trata de una línea del poeta metafísico John Donne (1573-1631), que muchos identifican como parte de la cita inicial de Por quién doblan las campanas, la novela de Ernest Hemingway sobre la Guerra Civil de España:

Ningún hombre es una isla, entero en sí mismo; todo hombre es un pedazo del Continente, una parte de Tierra Firme; si el Mar se llevara un terrón, Europa perdería un Promontorio como si se llevara la Casa de sus amigos o la tuya propia. La Muerte de cualquier hombre me disminuye porque soy parte de la Humanidad; y por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.

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LOS “PROGRES” Y WALSH

28 marzo 2007

El cretinismo progresista no concibe la muerte heroica de un guerrero en combate

Carlos Alberto Falchi

12.jpg La censura no es exclusiva de los sectores que los bienpensantes denominan “reaccionarios”. El “progresismo” también la ejerce en forma entusiasta.

El ejercicio del poder de censura, en el ámbito privado o desde el poder público, no es más que la exteriorización del miedo al cambio, el miedo a la verdad que corroe el mundo imaginario que se elabora el demente.

En su etapa “infantil”, los movimientos revolucionarios combaten la censura, proclaman la libertad, de vida y pensamiento, como cantaban los legionarios del fascismo. En los comienzos la revolución rusa estalló una primavera cultural. En 1945, el infantil peronismo derrochó un humor anárquico y libertario que destrozó a la Unión Democrática.

En su madurez, lamentablemente, el fuego juvenil se apaga y permite el avance de los burócratas, de los defensores de lo “políticamente correcto”, los que luchan denodadamente para impedirle al poeta que proclame:

Hoy necesitamos maestros
no predicadores melenudos…
Camaradas, haced un arte
que saque a la república del fango
(*)

Estos síntomas se agudizan con la llegada al poder, sobre todo cuando se comparte la “caja” con el poder. Se debe evitar cualquier irritación del “cajero”.

Así vemos como “predicadores” formados en la Federación Juvenil Comunista reaccionan como colegialas ofendidas si se cuestiona alguno de sus “sermones”.

No hay lugar para estudiosos, todos los asalariados deben repetir el mismo libreto.

El caso Walsh es emblemático. No solamente se censura su pensamiento. Se censura su historia de vida, se silencia su formación y militancia nacionalista, se trata de hacer creer a la juventud que sus investigaciones periodísticas las publicó el señor Mongo Aurelio.

Recordar a los hermanos Bruno y Tulio Jacobella o a Marcelo Sánchez Sorondo –que en aquellos años difíciles desde los periódicos Mayoría y Azul y blanco dieron a conocer textos de Rodolfo Walsh– es “herético” y, por lo tanto censurable, para los “barones” de la Monarquía Progresista.

La nueva censura es sutil, no quema libros: falsifica imágenes, tergiversa hechos, destruye el idioma.

Ayer escribí, contestando a un artículo: “Tergiversamos y simplificamos el idioma, como ejemplo la prensa conmemoró el asesinato de Rodolfo J. Walsh. No fue asesinado, cayó combatiendo heroicamente empuñando un arma de uso civil contra el armamento de guerra. Aludir a un caído en el campo de batalla –es decir, con honor– como asesinado es una muestra más del cretinismo progresista que no concibe la muerte heroica de un guerrero”.

En síntesis: los “periodistas” entre comillas, escribas a sueldo, de Página 12 –bien rebautizado por el humor porteño como el “boletín oficial”– son temerosos de que jóvenes periodistas (sin comillas) sigan el ejemplo de Rodolfo Walsh, encuentren medios como Mayoría y Azul y blanco y pasemos de esta aburrida y tediosa melodía monocorde a la polifonía.

(*) Vladimir Maiakovski.

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CENSURA POST MORTEM A RODOLFO WALSH

27 marzo 2007

 

No se es víctima cuando se es héroe.
Pierre Drieu la Rochelle

Roberto Bardini

abc.jpg Radar, suplemento cultural del diario argentino Página 12, le pidió a Roberto Baschetti –uno de los más acuciosos compiladores de la historia del peronismo– un artículo sobre Rodolfo Walsh con motivo de cumplirse 30 años de su muerte a manos de un grupo de tareas de la marina. Baschetti envió su trabajo, pero lo llamaron para informarle que el editor del suplemento, Juan Boido, no estaba de acuerdo con el contenido. El artículo no fue publicado.

Lo más curioso del caso es que el trabajo de Baschetti da la palabra a Walsh a través de una selección de citas. Es el autor de Operación masacre quien se expresa sobre el peronismo, la “revolución libertadora” de 1955, los fusilamientos clandestinos de junio de 1956 en José León Suárez, la resistencia a la última dictadura cívico-militar, el papel de los intelectuales en favor de “las esperanzas, las inquietudes y los reclamos de la clase obrera”.

Al final del artículo, Baschetti escribe: “Los bien pensantes, los intelectuales ‘progresistas’, con el retorno de la democracia en 1983, primero tratan de ignorar a Walsh, luego de ‘ningunearlo’. Ante la contundencia de sus escritos y valores deben resignarse a hacerle un lugar; eso sí, explicando permanentemente o dando a entender que era un brillante intelectual pero políticamente equivocado”.

pagina-12.jpg Se supone que Página 12 –a veces oficialista y a veces oficioso– es un diario “progresista”, de “centroizquierda”. Cuenta con un par de firmas antiperonistas que cada cierto tiempo, como “viudas de Walsh”, escriben sobre él. Uno de ellos, incluso, prologó una de las últimas ediciones de Operación masacre. Ellos lo recuerdan como escritor, como amigo querido, como ser humano. Se saltean, eso sí, su opción política por el peronismo en el que militó hasta el último día de su vida. Pasan por esa cuestión como gato entre las brasas: a los saltos y en zig zag.

Pues bien, la actitud de Juan Boido demuestra que han pasado tres décadas desde la muerte de Rodolfo Walsh y su palabra precisa sigue restallando como un látigo sobre la conciencia de algunos imbéciles. Los “intelectuales progresistas” y los “bien pensantes” no logran digerirlo. Mediante un complicado pase de prestidigitación, consiguieron convertir a esa mala persona que era Jaboco Timerman, en un esforzado periodista democrático, un ciudadano que nunca alentó golpes militares, una víctima del terrorismo de Estado, un mártir del cuarto poder. Ni Bartolomé Mitre -un pionero en eso de controlar el pasado para dominar el presente- lo hubiera hecho mejor. Pero esos mismos no consiguen domesticar la figura de Walsh para colocarlo en el anaquel de lo “políticamente correcto”.

El editor de Radar no censuró a Roberto Baschetti. Censuró post mortem a Walsh.

Con su “obediencia debida”, Boido ha ganado su minuto de fama. Lo hizo a través de una idiotez que pasará a la historia de lo más bajo del periodismo argentino, al más puro estilo “noche y niebla”. Una mezquindad más, idéntica a la de quienes en 1956 enterraban la cabeza en el suelo como avestruces para no ver a ese hombre que circulaba de diario en diario buscando quién le editara su serie de artículos sobre los fusilamientos en el basural de José León Suárez.

Walsh ya se ganó un lugar en el sitial de los periodistas valientes, los del “violento oficio de escribir”, esos que permanecen “fieles a su compromiso de brindar testimonio en momentos difíciles”, como él mismo escribió en marzo de 1977. Los otros quizá figuren, con mucha suerte, en una lacónica nota de pie de página.

A continuación, el artículo de Roberto Baschetti que fue censurado por Radar:

Palabra de Walsh

 

ab.pngEn el trigésimo aniversario del secuestro y asesinato de Rodolfo Jorge Walsh, con justa razón se suman homenajes y recordatorios en su memoria. Sus trabajos de investigación periodística (Operación Masacre, El caso Satanowsky, ¿Quién mató a Rosendo?) han dado lugar a un nuevo género literario, la novela de no ficción, anticipándose en ocho años a quien muchos creen su creador, Truman Capote el escritor de A sangre fría. Cuando incursionó por el cuento policial (Variaciones en rojo) fue acreedor a un Premio Municipal de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires en 1953. Y once años más tarde en 1964, con muy buena crítica por parte de entendidos y especialistas, estrena una pieza teatral de su autoría (La batalla) y un año más tarde otra (La granada), siendo esta última una lograda sátira sobre los militares y el poder en la Argentina.

Claro que todos estos logros y reconocimientos a nivel intelectual –que se irán acrecentando en el tiempo- van de la mano, como vidas paralelas pero íntimamente ligadas e interrelacionadas, con el accionar político que va potenciando. Su defensa de la revolución cubana y la causa palestina, su paso por la CGT de los Argentinos, el Peronismo de Base y su inserción en Montoneros, por ejemplo, son eslabones ineludibles e imprescindibles para entender su compromiso social en pos de una Argentina libre, justa, soberana, socialista.

Sin embargo son muchos los que se resisten aún a visualizar, a comprender, a analizar a Walsh como un todo, es decir su vena intelectual sumada a su opción política, que creo es la única manera de lograr un perfil acabado de su paso, de su existencia por este mundo, sin caer en distorsiones o supuestos que luego se muestran fácilmente refutables.

Me propongo entonces recuperar la palabra de Walsh sobre ciertos temas concretos: molestos e incómodos para algunos, gratificantes y reivindicativos para muchos, entre los que me incluyo.

1.jpg Operación Masacre. “Escribí este libro para que actuara; en este momento no reconozco ni acepto jerarquía más alta que la del coraje civil. No puedo, ni quiero, ni debo, renunciar a un sentimiento básico, la indignación ante el atropello, la cobardía, el asesinato. Este caso está de pie resuelto a impedir para siempre que un militarote prepotente juegue con la vida de la gente mansa. Sólo un débil mental puede no desear la paz. Pero la paz no es aceptable a cualquier precio” (En el prólogo de una de sus ediciones).

11.jpg “Revolución libertadora”. “El gobierno de Aramburu encarceló a millares de trabajadores, reprimió cada huelga, arrasó la organización sindical. La tortura se masificó y se extendió a todo el país. El decreto que prohíbe nombrar a Perón o la operación clandestina que arrebata el cadáver de su esposa, lo mutila y lo saca del país, son expresiones de un odio al que no escapan ni los objetos inanimados, sábanas y cubiertos de la Fundación incinerados y fundidos porque llevan estampado ese nombre que se concibe como demoníaco. Toda una obra social se destruye, se llega a cegar piscinas populares que evocan el ‘hecho maldito’, el humanismo liberal retrocede a fondos medievales: pocas veces se ha visto aquí ese odio, pocas veces se han enfrentado con tanta claridad dos clases sociales”. (Prólogo a la 4° edición de Operación Masacre, junio de 1973)

Peronismo. “¿Te considerás incluido en el Movimiento Peronista? Rodolfo Walsh: “Si se admite que la antinomia básica del régimen, antiperonismo-peronismo, traduce la contradicción principal del sistema, opresores-oprimidos, yo no me voy a anotar en el bando de los opresores ni en el de los neutrales” (revista Primera Plana N° 489, 13 de junio de 1972).

Resistencia a la dictadura militar. “Propaganda infatigable por medios artesanales. Si las armas de la guerra que hemos perdido eran el FAL y la Energa, las armas de la resistencia que debemos aportar son el mimeógrafo y el caño” (Aporte a una hipótesis de resistencia – Los métodos de acción, 2 de enero de 1977).

La historia. “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada, cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas” (Entrevista de Ricardo Piglia a Walsh, marzo 1970).

libros.jpg Socializar el conocimiento. “¿Cómo analizarías el paso de un trabajador intelectual desde su posición individualista, reconocida, a una dimensión donde lo importante sea la colectivo, lo anónimo?”. Rodolfo Walsh: “Creo que es un paso muy duro, pero nunca más duro que el que da cualquier persona de otro sector social, el obrero y el estudiante por ejemplo, que abandona su realización personal, su posible prestigio, para entrar en una acción colectiva. Es un acto de renunciamiento donde se prescinden en muchos casos de la tarea específica, de la vida en familia. Existe un obstáculo inicial muy grande, que es la propia conformación del intelectual dentro del sistema. Pero ese obstáculo debe franquearse para poder recibir otras gratificaciones, las auténticas y mucho más importantes, que consisten en percibir las esperanzas, las inquietudes y los reclamos de la clase obrera; en una elaboración común de sus consignas, de sus caminos de salida…” (revista Nuevo Hombre Nº 2, 28 de julio de 1971).

aa.jpg El 25 de marzo de 1977, Rodolfo Walsh muere en un combate desigual: él solo contra todos sus verdugos. Sabe que no puede caer con vida. Unos días antes había redactado ese paradigma de denuncia escrita y defensa de principios que es la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, justamente al cumplirse un año del golpe cívico-militar.

Es más que evidente que Rodolfo Walsh cumplió hasta el final de su vida con su compromiso de “dar testimonio en momentos difíciles” como enuncia en aquella carta. Por ejemplo, en los cables de Cadena Informativa a partir de diciembre de 1976 y hasta su muerte, podía leerse como un copete, de su propia autoría: “Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El Terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el Terror. Haga circular esta información”.

Los bien pensantes, los intelectuales “progresistas”, con el retorno de la democracia en 1983, primero tratan de ignorar a Walsh, luego de “ningunearlo”. Ante la contundencia de sus escritos y valores deben resignarse a hacerle un lugar; eso sí, explicando permanentemente o dando a entender que era un brillante intelectual pero “políticamente equivocado”. Con lo que sin proponérselo están dando lugar a la gestación de una equivocación gigante –que alguna vez deberían tratar al menos de comenzar a explicar- a la que adhirieron en vida (desde el peronismo revolucionario) no solo Walsh, sino también Héctor Germán Oesterheld, Pedro Orgambide, Roberto Carri, Rodolfo Puiggrós, Holver Martínez Borelli, Jorge Cedrón, Rodolfo Ortega Peña y Francisco Urondo, entre tantos otros.

Hay entonces un solo Walsh, único e indivisible, que conforman el intelectual más el militante. Tratar deliberadamente de separarlos es volver adrede hacia atrás, hacia la confusión deliberada, hacia la oscuridad que nos iguala en la ignorancia.
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SELSER, EL HOMBRE QUE JUNTABA PAPELES

3 noviembre 2006

Creció en un orfanato, fue aprendiz de relojero, estudió en escuelas nocturnas y cursó sólo ocho meses de Sociología. Creó uno de los archivos periodísticos más grandes de Iberoamérica, dio conferencias en universidades de Europa y Estados Unidos, y es autor de 47 libros y siete mil artículos de política internacional.

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Roberto Bardini

Fue una idea fugaz. Cuando a fines de 1979 la profesora de dibujo y pintora argentina Marta Ventura vio las quince enormes cajas de cartón llegadas de Buenos Aires, que ocupaban la sala y los pasillos de su departamento de la ciudad de México, pensó durante un instante: “¿Y qué pasaría si todo esto se quema?”.

Ganas no le faltaban. Si “todo esto” se quemaba, ella se evitaría la tarea que tenía por delante: revisar cientos de bolsas de plástico que había dentro de las cajas y que contenían miles de recortes periodísticos de 1945 a 1976, sin ningún orden cronológico ni clasificación temática.

En las cajas también había –para su desesperación– colecciones de diarios y revistas, folletos, boletines y documentos políticos, junto con los originales de cientos de artículos para periódicos, semanarios, quincenarios y agencias internacionales de noticias redactados en las últimas tres décadas por su marido, el periodista, historiador, conferencista y profesor universitario Gregorio Selser, un simpatizante del Partido Socialista Argentino exiliado en México desde hacía tres años.

“Todo estaba mezclado sin ton ni son y por unos segundos pensé que mi salvación era prender fuego esos papeles”, relata Marta Ventura. Los 300 kilos de impresos habían sido rescatados apresuradamente en Buenos Aires por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), bajo el gobierno militar que se había instalado en marzo de 1976, y enviados a México por barco.

Poco antes del rescate de sus papeles, Selser había donado su biblioteca de diez mil volúmenes al gobierno mexicano, que junto con la FLACSO tuvo que negociar con el régimen militar la salida del país de los libros. Paradójicamente, los mismos que habían obligado al periodista a partir al destierro y que hacían hogueras con textos “subversivos” de historia, filosofía y política, consideraban que su colección bibliográfica constituía un “patrimonio nacional” que debía permanecer en Argentina.

Un archivo y siete mil artículos

Marta no quiso hacer una fogata al estilo de los generales, almirantes y brigadieres rioplatenses. Y luego de evitar esa momentánea tentación piromaníaca, ella y Gregorio trabajaron en los siguientes años desde la mañana hasta la noche durante siete días a la semana, ordenando un archivo que, además, se engrosaba cada 24 horas con la incorporación de nuevos artículos, newsletters y cables de agencias noticiosas.

El resultado de esa labor fue la creación de uno de los centros de documentación más importantes de Iberoamérica. Hoy está ordenado en 187 archiveros de cartón que contienen más de 3.400 carpetas con recortes de prensa y 50 revisteros con publicaciones de Argentina, Cuba, América Central, Estados Unidos, Puerto Rico y algunos países europeos. Se encuentran, por ejemplo, las colecciones completas de la desaparecida revista Life en español, Soldier of Fortune, Cover Action y Le Monde Diplomatique. El archivo incluye ponencias universitarias, discursos de líderes políticos, conferencias y papers académicosm y contiene alrededor de un millón y medio de documentos.

Todo fue rigurosamente clasificado por Marta Ventura. En las etiquetas de los archiveros se lee: Relación Estados Unidos-América Latina, Armamentismo, CIA, Comisión Trilateral, Deuda Externa, Empresas Transnacionales, Espionaje, Fondo Monetario Internacional, Guerra Fría, Guerra de las Galaxias, Guerra de Vietnam, Iglesia Católica, Logias Secretas, Mafia, Masonería, Mercenarios, Militarismo, Nazismo, Opus Dei, Periodismo, Sectas, Sionismo, Sociedad Interamericana de Prensa, Tráfico de Drogas… Son 55 cajas y, aparte, hay otras 95 con información de todos los países de América Latina y el Caribe.

En el archivo también están los datos biográficos de todos los tiranos sudamericanos, centroamericanos y caribeños del siglo XX y de la mayoría de personajes clave de la política exterior estadounidense, desde los presidentes James Monroe, Theodore Roosevelt y Ronald Reagan hasta los secretarios de Estado Henry Kissinger, Alexander Haig y Zbigniew Brzezinski.

La documentación incluye la historia del Canal de Panamá, el apropiamiento de territorios mexicanos por parte de Estados Unidos, la lucha independentista de Puerto Rico, los conflictos civiles de Guatemala y El Salvador, la revolución sandinista en Nicaragua, la actividad de los contras en Honduras y Costa Rica, las operaciones terroristas de los gusanos cubanos refugiados en Miami, la guerra de las Islas Malvinas y la venta de armas israelíes a dictaduras latinoamericanas.

Además, la Fundación Latinoamericana Gregorio Selser (Flags), que dirige Marta Ventura, posee siete mil artículos de su esposo escritos entre 1956 y 1991. Alumnos de diversas universidades realizan su servicio social de seis meses colaborando con ella en la captura digital de los trabajos.

Marta menciona un dato ilustrativo: en los últimos 16 años, con información del archivo y la biblioteca, 35 alumnos de las carreras de Ciencias Políticas, Sociología e Historia de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) elaboraron sus tesis de licenciatura.

Este dato constituye un singular reconocimiento académico a la tarea de Marta y Gregorio, un voraz autodidacta que creció en un orfanato para niños judíos en el que su única posesión fue un diccionario. Después trabajó como aprendiz de relojero, oficinista en una fábrica de cajas de cartón y en una empresa que producía caramelos, realizó estudios secundarios en colegios nocturnos e ingresó a la Universidad en 1956, a los 34 años. Para entonces, Selser estaba casado, habían nacido dos de sus tres hijas y comenzaba a trabajar como reportero del diario La Prensa, de Buenos Aires, así que sólo pudo cursar menos del primer año de Sociología.

Periodista, editor y maestro

Gregorio Selser se transformó en uno de los escritores más prolíficos de su tiempo, sin equivalentes en América. Durante décadas dedicó –con la ayuda de su esposa– casi 16 horas diarias a la recolección de la más variada información histórica y política y a la redacción de artículos que publicaba en diarios, revistas y agencias de noticias, además de la preparación de numerosos libros, clases universitarias y conferencias en México, América Central, Estados Unidos y Europa.

Nacido en Argentina el 2 de julio de 1922, Selser fue articulista del semanario Propósitos, las revistas Inédito, Confirmado y Cuestionario, y de los diarios El Cronista Comercial, La Opinión y Página 12. Colaboró con el semanario Marcha, de Uruguay; las revistas Análisis y Ercilla, de Chile, y Presencia, de Bolivia. Escribió para los periódicos Siete Días, Expreso y Marka, de Perú; el diario El Nacional, el semanario El Clarín y el bimensuario Nueva Sociedad, de Venezuela, y las publicaciones Diálogo Social y Tareas, de Panamá.

En México, el escritor fue columnista en los diarios El Día, El Financiero y La Jornada, el periódico Le Monde Diplomatique en Español y las revistas Cuadernos del Tercer Mundo, Crítica Política y Proceso. También redactó informes especiales para las agencias de noticias Prensa Latina, de Cuba, e Inter Press Service (IPS), de Italia.

Selser creó en su país la editorial Triángulo, fue prologuista del sello Parnaso, dirigió la colección “Historia Viva” de ediciones Palestra de 1958 a 1966 y fue director de la Biblioteca América de la Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA) entre 1962 y 1966. Como editor divulgó textos claves de otros autores, como Fábula del tiburón y las sardinas (1956), del ex presidente guatemalteco Juan José Arévalo; Democracia y tiranías en el Caribe (1957), del canadiente William Krehm, corresponsal de Time en América Latina; y Estirpe sangrienta: los Somoza (1957), del nicaragüense Pedro Joaquín Chamorro, director del diario La Prensa, asesinado por somocistas en 1978.

El periodista también editó y escribió los prólogos de Mil norteamericanos (1957) y Los amos de la prensa (1959), de George Seldes; La batalla del petróleo (1957), del general Enrique Mosconi; Nuestra colonia de Cuba (1959), de Barry E. Barnes; Nuestra América y el imperialismo (1961), del dirigente socialista Alfredo Palacios, y América Latina, mundo en revolución (1964), de Carleton Beals.

El estudiante frustrado que no pudo ser sociólogo se convirtió en docente. En Argentina fue profesor en la Escuela Superior de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata y la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

Tras su exilio en México, trabajó como investigador en el Instituto Latinoamericano de Estudios Transnacionales (ILET), el Proyecto Lázaro Cárdenas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Posgrado del Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) y la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, en la especialidad Historia de América Latina, siglos XIX y XX. Y por sus méritos académicos, fue miembro de la Latin American Studies Association, de Estados Unidos.

Toda la historia americana del siglo xx

Selser es autor de 47 libros. El más conocido es Sandino, general de hombres libres, publicado en 1955, que cuatro años después reeditó en dos tomos, con mucha más documentación y con prólogo del escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias, premio Nobel de Literatura.

A ese título le siguieron El pequeño ejército loco (1958), El guatemalazo (1961), Diplomacia, garrote y dólares en América Latina (1962), El rapto de Panamá (1964), Alianza para el Progreso, la mal nacida (1964), Argentina a precio de costo: el gobierno de Frondizi (1965), ¡Aquí Santo Domingo! La tercera guerra sucia (1966), Espionaje en América: el Pentágono y las técnicas sociológicas (1966), De Dulles a Raborn: la CIA , métodos, logros y pifias del espionaje (1967) y Punta del Este contra Sierra Maestra (1968).

Antes del golpe militar del 24 de marzo de 1976, el escritor publicó La CIA en Bolivia (1970), Los cuatro viajes de Cristobal Rockefeller (1971), De la CECLA a la MECLA o la diplomacia panamericana de la zanahoria (1972), Una empresa multinacional: la ITT en Estados Unidos y en Chile (1974), Chile para recordar (1974), Los marines: intervenciones norteamericanas en América Latina (1974) y De cómo Nixinger desestabilizó a Chile (1975). De muchos de esos libros se hicieron ediciones “piratas”, que el escritor toleraba porque le interesaba más la divulgación de su obra que el cobro de derechos de autor.

A partir de su destierro mexicano, Selser tuvo acceso a muchas más fuentes informativas, publicaciones y documentación de primera mano, sobre todo originada en Estados Unidos y América Central. Tomó contacto con académicos latinoamericanos y estadounidenses, con corresponsales extranjeros y con varios de los protagonistas de la política en ese momento, quienes le suministraron sus testimonios a través de extensas grabaciones. En 1981, el escritor le comentó al autor de este trabajo: “Si yo hubiera sabido que iba a disponer de tanta información, me hubiera exiliado diez años antes”.

En México, Selser publicó –entre muchos otros títulos– La batalla de Nicaragua (en colaboración con Ernesto Cardenal, Gabriel García Márquez y Daniel Waksman, 1980), Apuntes sobre Nicaragua (1981), Bolivia, el cuartelazo de los cocadólares (1982), Reagan: de El Salvador a las Malvinas (1982), Honduras, república alquilada (1983), Nicaragua de Walker a Somoza (1984), Informe Kissinger contra Centroamérica (1984), Cinco años de agresiones estadunidenses contra Centroamérica y el Caribe – 1979-1984 (1984), Salvador Allende y Estados Unidos: la CIA y el golpe militar de 1973 (1987) y Panamá: érase un país a un canal pegado (1989).

Selser también redactó una monumental Cronología de las intervenciones extranjeras en América Latina, en cuatro tomos, que comienza con la independencia de Estados Unidos en julio de 1776 y concluye con la invasión norteamericana a Panamá en diciembre de 1989. Está toda la historia del continente, desde Alaska hasta la Patagonia : es la descripción día a día de más de 200 años de luchas emancipadoras, guerras civiles, conflictos fronterizos, tratados de límites, convenios comerciales, acuerdos diplomáticos, golpes de Estado, asesinatos políticos, rebeliones armadas, movimientos insurgentes, negociaciones de paz, elecciones… En más de dos mil páginas describe la actividad de presidentes, militares, embajadores, líderes populares, agentes secretos, guerrilleros, héroes, mártires y traidores.

El hombre y su circunstancia

A fines de los años 70, el sociólogo mexicano Stephen Hasam vivía en Hamburgo, donde trabajaba en un Centro de Investigaciones sobre América Latina. Allí, con cinco universitarios editaba cada tres semanas una publicación elaborada con fotocopias de recortes de diarios y revistas iberoamericanas. La mayor parte de los artículos eran del diario mexicano El Día y tenían la firma de Gregorio Selser.

Hasam creía que “Selser” era una firma ficticia, un seudónimo colectivo de varios redactores. No se le ocurría que una sola persona manejara ese volumen de información y publicara tanto y tan seguido.

Cuando regresó a México en diciembre de 1981, Hasam fue a ver al sociólogo y periodista peruano Rafael Roncagliolo, que entonces trabajaba en el Instituto Latinoamericano de Estudios Transnacionales (ILET), y le dijo que deseaba conocer al grupo de investigadores que firmaba como “Gregorio Selser”. Roncagliolo casi se muere de la risa: “Existe, es un solo hombre y tiene su oficina aquí, al lado”.

Después, cuando Hasam visitó el departamento de Marta Ventura y Gregorio Selser, no pudo creer lo que estaba viendo: había archiveros de cartón ordenados desde el suelo hasta casi el techo en la mayor parte de la vivienda. Estaban en la sala, la cocina, el cuarto de servicio y los pasillos. Sobre las mesas, sillas y sillones había decenas de recortes, fotocopias, diarios y revistas. “Hice un pequeño tour por ese laberinto y me asombró que sólo dos personas manejaran ese tremendo archivo”, relata 25 años después. “Esa labor artesanal me recordó a los artistas del Renacimiento, que preparaban su propias pinturas con polvos minerales y sus propios pinceles antes de realizar un mural o un fresco gigante”.

Diez años más tarde, lo que no lograron la CIA , ni el Mossad israelí, ni diversos matones pagados por dictaduras latinoamericanas que intentaron callar a este Miguel Ángel Buonnarotti de la información, lo consiguió un cáncer imprevisto. El escritor decidió adelantarse a una prolongada agonía y puso punto final a su vida el 27 de agosto de 1991, poco después de haber cumplido 69 años.

Papeles para la posteridad

Según el Programa Memoria del Mundo, de la UNESCO , “la recopilación, preservación y divulgación de la información son indispensables para la existencia de la humanidad” y “las bibliotecas y los archivos han sido los guardianes del patrimonio documental de la humanidad a lo largo de toda la historia”.

Con ese criterio, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) adquirió toda la información impresa reunida durante años por el matrimonio argentino y creó el Archivo Gregorio y Marta Selser, que se inauguró el 8 de noviembre de 2006. El proyecto, coordinado por Beatriz Torres y Ana Laura Ramos, del Colegio de Humanidades y Ciencias Sociales de la UACM, incluye el microfilmado y digitalización de todos los artículos y documentos.

Ambas se proponen, además, la realización de seminarios para dar continuidad a la obra del historiador y la publicación de varios libros inéditos, entre los que se cuenta Los otros militares, una recopilación de discursos y conferencias de los generales Juan Domingo Perón, Lázaro Cárdenas, Carlos Prats, Juan Velazco Alvarado, Omar Torrijos y ex oficiales del Centro de Militares Democráticos de Argentina (Cemida).

Entre los planes de Torres y Ramos también figura la adquisición de la correspondencia de Selser con la hija de Augusto César Sandino, el escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias, el socialista argentino Alfredo Palacios, de quien en su juventud fue secretario privado; los ex presidentes José Figueres, de Costa Rica, y Juan José Arévalo, de Guatemala; el venezolano José Vicente Rangel –hoy vicepresidente de Venezuela– y los intelectuales estadounidenses Noam Chomsky, James Petras y Larry Birns, director del Consejo de Asuntos Hemisféricos (COHA).

Torres y Ramos tienen una meta para el 2008: la organización el Primer Congreso Latinoamericano de la Memoria, dedicado al imprescindible Selser. Así, el ex estudiante que asistió menos de un año a la universidad continuará dando batalla, gracias a que Marta Ventura dominó en 1979 aquel súbito deseo de quemar 300 kilos de papeles que hoy se triplicaron. Y que, además, están a disposición de estudiantes, investigadores, periodistas e historiadores dispuestos a recoger las enseñanzas del hombre que juntaba papeles.

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MATAR AL MENSAJERO

29 junio 2006

Roberto Bardini

El gobierno del presidente George W. Bush ha puesto el grito en el cielo a causa de la revelación del New York Times acerca del programa secreto de espionaje a cuentas bancarias como parte de la “guerra al terrorismo internacional”.

El 23 de junio, el periódico informó que el gobierno estadounidense tiene acceso a los datos bancarios de miles de personas en todo el mundo, paralelamente a sus actividades de escuchas telefónicas e intervención de correos electrónicos. La CIA y el Departamento del Tesoro, según el diario, crearon una base de datos de transacciones financieras privadas de gente que, en su mayoría, no tiene nada que ver con grupos terroristas. El programa, que se puso en marcha poco después de los atentados del 11 de setiembre de 2001 en Nueva York, no fue autorizado por órdenes judiciales ni legislativas sino por un poder administrativo para situaciones “de emergencia”.

Para llevar a cabo sus actividades encubiertas, la CIA cuenta con la colaboración de un consorcio bancario internacional con sede en Bruselas que registra millones de movimientos financieros al día. Los bancos centrales de los diez países más industrializados del mundo conocían el plan desde hace cuatro años.

“Que la gente filtre ese programa y que un rotativo lo publique causa gran daño a Estados Unidos, porque hace más difícil ganar la guerra contra el terror”, declaró Bush en tono agresivo.

Aunque The Washington Post, The Wall Street Journal y Los Angeles Times posteriormente ampliaron la información, el gobierno de Bush centró sus ataques sobre The New York Times porque fue el primero en destapar las actividades encubiertas de inteligencia. La revelación del programa secreto, según Bush, “ayuda al enemigo”.

El portavoz de la Casa Blanca, Tony Snow, acusó al diario neoyorkino de poner en peligro las vidas de estadounidenses y violar las tradiciones periodísticas de mantener secretos oficiales durante tiempos de guerra. El representante republicano Peter King, presidente del Comité de Seguridad Interna, declaró que el Departamento de Justicia debe iniciar una investigación criminal contra The New York Times por violar leyes sobre espionaje. “Estamos en guerra, y que el Times difunda información sobre operaciones y métodos secretos es traicionero”, dijo.

Según David Brooks, corresponsal en Nueva York del diario mexicano La Jornada, “la decisión de la Casa Blanca y sus aliados de atacar al Times y otros medios en esta coyuntura no sorprende a muchos en Washington, ya que parte de la estrategia del Partido Republicano en este año de elecciones legislativas es precisamente atacar a los medios, acusándolos de ser parte del esfuerzo para minar la guerra en Irak. O sea, proyectar que los medios están ofreciendo una visión poca objetiva de la realidad bélica, ya que no es que las cosas estén tan mal en Irak y otros frentes, sino que los medios están distorsionando todo. Es la vieja táctica de matar al mensajero”.

Un mundo sin periodistas

Durante la “década infame” del presidente argentino Carlos Menem (1989-1999), circuló un chiste en las salas de redacción de Buenos Aires: “¿Qué hacen los periodistas más influyentes cuando no escriben, no hablan por radio o no salen en la televisión? Reciben amenazas”.

La relación entre el gobierno y los medios de comunicación fue tan tortuosa en aquellos diez años, que dio motivo a Horacio Verbitsky, columnista del diario Página 12, para escribir su libro Un mundo sin periodistas (Planeta, 1997). El título se le ocurrió gracias a una broma que el entonces primer ministro británico John Major les había hecho a Menem y a William Clinton en 1992, durante una reunión de mandatarios en Nueva York. Ante los micrófonos y frente a un enjambre de fotógrafos y camarógrafos que se apretujaban para tomar su imagen, Major preguntó: “¿No sería bueno un mundo sin periodistas?”

Tiempo después, el ex primer ministro dio una muestra de la relación que muchas veces existe entre la política, las relaciones públicas –además de las no tan públicas– y los negocios. Al concluir su mandato en 1997, se transformó en representante en el exterior del Carlyle Group, especializado en asumir el control de sociedades de armamentos y de medios de comunicación. El presidente de este consorcio es Frank C. Carlucci, ex director adjunto de la CIA, y entre sus miembros se cuentan el multimillonario George Soros, George Bush padre, Mijail Jodorkovsky –el hombre más rico de Rusia– y familiares de Osama bin Laden.

Cuando Major hizo su broma, sabía de lo que hablaba. También lo sabía Verbistky al escribir la introducción a su libro: “Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar a todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en los zapatos. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que de lo bueno se encarga la oficina de prensa, de la neutralidad los suizos, del justo medio los filósofos y de la justicia los jueces”.

[Nota al margen: Cualquier periodista medianamente decente podría suscribir lo anterior. Pero Verbitsky, presidente del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), un organismo de defensa de los derechos humanos fundado en 1979, ha recibido críticas porque entre quienes otorgan financiamiento al CELS se encuentran el Foreign Office británico, la embajada del Reino Unido en Argentina y la Fundación Ford. En un país donde el recuerdo de los Ford Falcon eriza la piel de muchos, convendría “poner a la vista lo que está oculto” detrás de ese financiamiento].

Enredado en sus propias cuestiones domésticas, George W. Bush posiblemente ignore todo esto. Pero a raíz del “destape” efectuado por The New York Times acerca del espionaje bancario como parte de la “guerra al terrorismo”, quizá busque una respuesta en serio a la pregunta en broma de John Major.

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