RAFAEL DE NOGALES: SOLDADO, CABALLERO ANDANTE Y ARISTÓCRATA SOCIALISTA

Publicado 30 abril 2011 por RB
Categorías: Personajes

RafaelDeNogales1Nació en Venezuela y se llamaba Rafael Ramón Intxauspe Méndez. Se le conoce como Rafael de Nogales porque prefirió la traducción al español del apellido vasco Inchauspe. Fue militar profesional y guerrillero, conspirador político y espía, cazador y viajero, escritor y conferencista. Hablaba seis idiomas y frecuentó a la nobleza de Bélgica, Alemania y España. Recorrió cuatro continentes y su divisa era: “Cuando veas una guerra buena, alístate para combatir en ella”.  Algunos lo definen como “aristócrata socialista” y otros como “terrorista apoyado por bolcheviques”. Él se considera a sí mismo “caballero andante y ciudadano del mundo”, a la búsqueda de “un dictador que derrocar o un ejército de patriotas que organizar”.

Roberto Bardini

Nogales pelea junto a los españoles contra la invasión de Estados Unidos a Cuba a fines del siglo XIX y a principios del XX recorre el norte de África y la India. Es vaquero en Arizona y Nevada, minero en California y cuatrero en Texas. En la frontera se une a los revolucionarios mexicanos. Opera como agente secreto en China. Maneja un juzgado en Alaska, caza ballenas y convive con esquimales. Conspira contra el dictador Juan Vicente Gómez en Venezuela. En la Primera Guerra Mundial se alista con Alemania, sirve como oficial en el ejército turco y es condecorado con la Cruz de Hierro. Viaja como corresponsal de guerra en Nicaragua, conoce al rebelde Augusto C. Sandino y propagandiza su causa en Estados Unidos.

Personaje que parece surgido de la imaginación de Emilio Salgari o Joseph Conrad y autor de cuatro libros, de sus 59 años de vida pasa aproximadamente 15 en Venezuela y siempre por períodos cortos. Opositor a las dictaduras de turno en su país, una y otra vez parte al exilio.

El escritor y diplomático Kaldone G. Nweihed, embajador venezolano en Turquía y autor del libro The world of Venezuelan Nogales Bey, afirma que este caballero trotamundos y rebelde estuvo en contacto con doce imperios: el zarista, el prusiano, el austro-húngaro, el otomano, el manchú, el inglés, el español, el francés, el belga, el holandés, el portugués… y el naciente imperio de Estados Unidos.

Entre las armas y las letras

Hijo de un acaudalado matrimonio español, Rafael nace en octubre de 1877. Su padre, un hidalgo de origen vasco, es coronel y propietario de grandes plantaciones de café en Táchira, estado del oeste venezolano. Dos de sus tres hermanas se casarán con alemanes: una, con el cónsul Paul Johannes Gerstaecker; la otra, con el conde de Westerholtz, propietario de un castillo en Renania.

Rafael es enviado a los siete años a Alemania para terminar su educación primaria. Completa sus estudios en Bélgica e ingresa como cadete en la Real Academia Militar, donde es compañero del príncipe –y futuro rey– Alberto. En esa época, los monarcas belgas acostumbran invitar al palacio al mejor alumno de la academia, honor que goza Nogales. Egresa como subteniente y toma cursos de filosofía y letras en las universidades de Bruselas, Lovaina y Barcelona.

El joven frecuenta los círculos del rey Leopoldo de Bélgica, el káiser Guillermo II de Alemania y Alfonso XIII de España. Para entonces, además del castellano, habla y escribe alemán, francés, italiano e inglés. Más adelante, aprenderá turco para comunicarse con sus soldados sin necesidad de traductor.

Bautismo de fuego

RafaelDeNogales2

Baustismo de fuego en Cuba

Cuando en 1898 estalla la guerra entre Estados Unidos y España por la entonces posesión colonial de Cuba, adopta el apellido Nogales y se alista como alférez en el ejército español. Tiene su bautismo de fuego en la isla a los 20 años. Tras la victoria norteamericana huye a Haití, desde donde viaja a Marruecos y revista por poco tiempo en el ejército del sultán Abd al-Aziz.

Recorre el norte de África, la India, Afganistán, Indonesia y Angola. Después visita Inglaterra e Irlanda. Se traslada a Boston y en 1902 regresa a Venezuela.

Tiene 24 años, habla con acento alemán y aspira a iniciar una carrera en el ejército. Pero enseguida surgen diferencias políticas con el régimen del general Cipriano Castro y se interna en la selva con la idea de derrocarlo. No tiene éxito, pero adquiere experiencia en algo que no le enseñaron en la academia militar ni aprendió en Cuba y Marruecos: la guerra de guerrillas.

Al año siguiente, enfermo de malaria y herido en una pierna, huye rumbo a República Dominicana y pasa a Haití. Después atraviesa América Central –en Nicaragua es bien recibido pero Honduras y Guatemala ofrecen una recompensa por su captura– y llega a México. Cruza la frontera, trabaja con vaqueros en Arizona y caza osos en Nevada, donde se hace llamar Nevada Méndez. En Yuma vende su caballo, armas y equipo, va a San Francisco y se embarca a China, adonde llega a principios de 1903.

En el Lejano Oriente ha terminado la guerra chino-japonesa y está por comenzar la ruso-japonesa. Recorre Cantón y Shangai, se mueve en círculos diplomáticos, trabaja como espía para los gobiernos de Japón y Corea, viaja a Pekín. Una noche, cuando una bala rusa le roza el estómago, se da cuenta de que está siendo utilizado como carnada en el “gran juego” de la intriga internacional. A fines de aquel año sale apresuradamente a Siberia y se embarca hacia Alaska. En octubre ha cumplido 26 años y ya ha recorrido medio mundo.

Cazador, buscador de oro, cuatrero

RafaelDeNogales3

Cazador esquimal

De 1904 a 1906 vive en Alaska. Atiende por un tiempo el juzgado de la naciente ciudad de Fairbanks y convive con esquimales. Con ellos caza ballenas, come su carne cruda y bebe hootch, aguardiente que los nativos destilan de azúcar, harina y helechos. Los siguientes dos años los pasa en Estados Unidos, donde se dedica primero a buscar oro y después a vender ganado en Nevada y California.

En el Hotel Green, de Pasadena (California), conoce al anarquista mexicano Ricardo Flores Magón, quien ha oído vagamente acerca de sus andanzas. Viaja a Texas, donde se le unen Mike O’Reilly y Jimmy Sears, “vaqueros por tradición, mineros por necesidad y aventureros de nacimiento”. En la zona fronteriza de El Paso y Ciudad Juárez se dedican al arreo y venta de reses ajenas. En sus memorias describirá aquellos “antiguos días de vaquero en Río Grande, donde cada quien llevaba la ley colgada del cinturón”.

“Por aquellos días los cuatreros eran regularmente distinguidos caballeros deportistas que cruzaban la frontera”, relatará años después en sus Memorias de un soldado de fortuna. “Algunas veces cabalgando por semanas una angosta vereda, escapando de la vigilancia bajo un cielo abierto, aventurando ser colgados del árbol más cercano. Era una fortuna cuando el árbol se encontraba algo distante, como para darle tiempo al hombre de pensar, de rezar sus oraciones, de sobornar a sus captores”.

Con los revolucionarios mexicanos

En esa época, Nogales es un hombre alegre: “Hoy hablaba de política americana con el gobernador de Texas, mañana hacía conocer a un par de senadores de Estados Unidos las explosivas y deliciosas enchiladas en un café mexicano, dirigido por un chino y financiado por un americano. Dos días después estaba arreando ganado cien millas afuera, sucio y sudoroso, pero tan feliz como un estudiante escapado de clases”.

RafaelDeNogales4

Vaqueros por tradición, mineros por necesidad y aventureros de nacimiento

A eso se dedica cuando es convocado por Flores Magón para unirse a la revolución contra Porfirio Díaz. A partir de entonces, merodea con sus amigos O’Reilly y Sears entre Durango, Chihuahua y Sonora. Hacen lo que mejor saber hacer: transportar explosivos y robar ganado para alimentar a los revolucionarios mexicanos.

En 1909, Cipriano Castro es alejado del poder en Venezuela y Nogales regresa tras ocho años de ausencia. En 1910 asume el general Juan Vicente Gómez, quien se propone gobernar con mano dura. Nuestro hombre se transforma en opositor. De los cinco años que reside en su país, dedica cuatro a intentar el derrocamiento de Gómez –que permanecerá en el poder hasta 1935– desde la frontera con Colombia.

En la Media Luna turca

Cuando en 1914 estalla la Primera Guerra Mundial, Nogales se encuentra refugiado en Curazao y se embarca hacia Europa. Se ofrece como voluntario primero en el ejército de Bélgica y después en el de Francia, pero no acepta en ninguno de los dos el requisito de renunciar a su nacionalidad.

Viaja a Bulgaria y en Sofía conoce al mariscal prusiano Colmar von der Goltz, veterano de las guerras austro-prusiana y franco-prusiana, autor del libro El pueblo en armas. Von der Goltz le ofrece unirse al ejército alemán con el grado de capitán sin perder su condición de venezolano. Nogales acepta combatir al servicio del Imperio Otomano, aliado de Alemania.

RafaelDeNogales5

Soldados turcos en Armenia, 1916

Desde enero de 1915 hasta octubre de 1918 es oficial del ejército turco con el nombre de Nogales Bey. Primero lucha contra el ejército zarista en Anatolia. Después, hostiga a los armenios del Cáucaso que se han aliado a los rusos para independizarse de los otomanos. Al mando de 12.000 soldados, se enfrenta a 35.000 milicianos armenios en la ciudad de Van, situada a 1.700 metros de altura. De ahí parte al Kurdistán, en la frontera con Persia, para frenar a 30.000 rusos que vienen al rescate de Van y se enfrenta a la caballería cosaca en Bash-Kale, en las montañas de Kurdistán.

De Nogales en Palestina, 1917

De Nogales en Palestina, 1917

Sin embargo, indignado por las masacres de armenios cristianos solicita la baja. El Estado Mayor no se la acepta, pero lo cambia de frente. Es posible que de esa forma haya salvado su vida, ya que varios oficiales turcos están dispuestos a matarlo porque lo consideran un testigo comprometedor.

La Cruz de Hierro

En su nuevo destino, Nogales combate a británicos y árabes en Irak, Siria y Gaza. En mayo de 1917, penetra cien kilómetros tras las líneas inglesas y destruye líneas de ferrocarril y bases logísticas. Ese año lo nombran gobernador militar del Sinaí.

RafaelDeNogales6En 1918 toma cursos avanzados en la Academia de Guerra de Constantinopla, dictados por profesores alemanes. El sultán otomano Reshid Effendi lo condecora con la Estrella de Medchedieh y lo asciende a coronel. También recibe la Cruz de Hierro en Primera Clase, otorgada por el káiser Guillermo II. El origen de esta distinción –que muchos consideran erróneamente una condecoración nazi– se remonta a 1813, como homenaje a los militares que combatieron contra Napoleón.

RafaelDeNogales7Nogales va de licencia a Europa, donde al poco tiempo se entera de la derrota de su bando y el fin de la guerra. Podría haberse quedarse a salvo allí, pero regresa a Estambul para estar junto a sus camaradas de armas y asumir las consecuencias. Los vencedores, sin embargo, lo agasajan por haber salvado a 250 prisioneros británicos de la muerte. Recoge sus condecoraciones y cuadernos de apuntes, y en abril de 1919 se embarca rumbo a Madrid y de ahí a América.

Tiene 42 años y es general de brigada. Pero la prensa de su país no le perdona que haya elegido un exótico bando “oriental”. “El Garibaldi andino”, lo apoda un escriba al servicio del dictador Juan Vicente Gómez.

A partir de entonces, sin dejar de viajar, se transforma en periodista, escritor y conferencista. En 1920 regresa a Venezuela. Se recluye en un pueblo de los Andes, cerca de la frontera colombiana, y se dedica a escribir Cuatro años bajo la Media Luna. Viaja a Berlín, donde en 1925 sale la edición en alemán.  Y se publica en inglés en Londres en 1926, dos años antes que Los siete pilares de la sabiduría, de Thomas Edward Lawrence. En Venezuela, el general Gómez prohíbe el libro.

La contracara de Lawrence de Arabia

El 15 de noviembre de 1937, el escritor Roberto Arlt publica en el diario El Mundo un artículo titulado “Lawrence: 500.000 dólares. ¿Y Rafael de Nogales?”. Allí se pregunta:

RafaelDeNogales8

T. E. Lawrence

“¿Por qué se recuerda a Lawrence y se olvida a Nogales? Los dos han sido temerariamente aventureros, los dos ‘han trabajado con las manos tintas en sangre’ durante varios años en el desierto; los dos fueron escritores. […] Cuatro años bajo la Media Luna, el libro del general Nogales, tiene la misma grandeza sombría que Los siete pilares de la sabiduría de Thomas E. Lawrence. […] Creo que era un deber de justicia evocar el libro del aventurero Nogales, agotado en castellano, mientras que en estos momentos se recuerda tan vivamente la obra de Lawrence”.

Al igual que Lawrence, su contraparte en Oriente Medio, Nogales nunca se casa ni tiene hijos. Pero a diferencia del inglés, no existen testimonios de que le gustaran los jovencitos. Hay que reconocer, sí, que quiere más a sus caballos y mulas que a las mujeres. Está convencido –y así lo escribe en Memorias de un soldado de fortuna– que “las mujeres, con excepción de aquellas que sirven como enfermeras, se convierten en verdaderos problemas para los ejércitos”.

Don Quijote militar

Nogales frecuenta a compatriotas exiliados en Londres y da conferencias en Europa. Aunque él combatió en el bando rival a Gran Bretaña, el gobierno le reconoce haber salvado la vida de prisioneros ingleses.

“Profesores de Salamanca, Coimbra, Oxford y Cambridge le rinden pleitesía”, recuerda la periodista y poetisa Ana Mercedes Pérez, que lo conoció de pequeña porque era hija del cónsul de Venezuela en Londres.  Pero el embajador venezolano lo considera un “comunista y peligroso terrorista, apoyado por bolcheviques rusos y mexicanos”. El consulado no opina igual… y “rompe relaciones” con la embajada.

Mu

Muna Lee

Nogales viaja a Nueva York, donde conoce a la feminista, poetisa y escritora Muna Lee, nacida en Mississippi y esposa del periodista Luis Muñoz Marín, futuro gobernador de Puerto Rico. Ella mejora notablemente la traducción al inglés de Cuatro años bajo la Media Luna y logra que la crítica se ocupe del autor. “Don Quijote militar”, lo define The New York Herald Tribune.

Entre 1927 y 1928, Nogales es corresponsal de guerra en Nicaragua. Entrevista al “general de hombres libres” Augusto C. Sandino y colabora con su causa. Después publica El saqueo de Nicaragua, donde describe al Héroe de las Segovias así:

Sandino, general de hombres libres

Sandino, general de hombres libres

“Pálido y ojeroso. Mirada penetrante. Labios resecos. Estatura de Bolívar. Sandino no es un Napoleón ni tampoco un hotentote. Para mí, es un líder de masas, un estratega astuto de la escuela de Abd-el-Krim, de fama en Marruecos. Como Abd-el-Krim, Sandino consiguió adaptar las tácticas militares modernas a las condiciones topográficas y climáticas de la región en la cual realiza sus operaciones. Es un hombre sencillo, hecho a propio esfuerzo, de lo que está orgulloso”.

En 1930 el libro es prohibido por el gobierno en Estados Unidos. La editorial Robert McBride & Co debe pagar una multa de 250.000 dólares –una suma exorbitante para la época– y quiebra. El autor lo publica nuevamente en Londres, pero enviados de Washington compran casi toda la edición.

“Ya no es el viajero que vaga errante por los siete mares, a caza de un contrabando de armas o de una mina de oro”, escribe Ana Mercedes Pérez en el prólogo de 1975 a El saqueo de Nicaragua. “Ahora lucha contra las invasiones armadas en América Latina y contra el oro robado de nuestras minas. Tampoco es el Bey Nogales a la cabeza de doce mil turcos tomándose la ciudad de Van, ni es el caballero ocioso fuera de combate, buscando ingeniosamente el modo de hacer fortuna. Prefiere viajar con título de periodista, armado de su pluma y cámara fotográfica al mismo teatro de los acontecimientos, para desnudar el alma de la dolida Nicaragua”.

Entre Estados Unidos e Inglaterra, Nogales publica Memorias de un soldado de fortuna (1932) y Sombrero de copa y espuelas (1934).

Con la pobreza en los talones

El tirano Juan Vicente Gómez –apodado “El Bagre” y padre de 15 hijos reconocidos y más de 70 naturales, casi todos empleados en la administración pública– muere en 1935. Al año siguiente, Nogales regresa a Venezuela y se pone a las órdenes del nuevo gobierno. Quiere contribuir como militar o político a la reorganización de su patria.

Pero la desconfiada mediocridad ambiente de algunos compatriotas le retacea un cargo en el ejército o una banca en el Senado. Brilla demasiado y temen que los opaque. Sólo le ofrecen un puesto de administrador en la aduana de Las Piedras, un pueblucho costero al noroeste del país, a más de 500 kilómetros de Caracas. Acepta porque no tiene un centavo. La humedad del lugar agrava sus enfermedades.

“La pobreza rondaba sus talones de hombre honesto”, recuerda Ana Mercedes Pérez. “Ahora era simplemente Nogales, escritor, que había sobrevivido por el oficio quijotesco de vender sus libros. […]. En pocos meses se había envejecido. Su aparente artritis parecía venirle del alma”. Inactivo, aburrido y desterrado en su propia tierra, renuncia a los cinco meses.

Un bulto en un depósito

Para alejarlo de Venezuela, le ofrecen viajar a Panamá a estudiar el funcionamiento de la Guardia Nacional. Llega de traje raído, suelas gastadas, muy enfermo. El 10 de julio fallece de pulmonía. Faltaban tres meses para que cumpliera 60 años y ya era un anciano decrépito, pero de tristeza. Entre las pocas pertenencias de su austera vivienda se encuentra un cheque del National Bank of New York por poco más de mil dólares que se destina a embalsamarlo y trasladarlo en barco a su país.

Como paradoja final, el 24 de julio de 1937, mientras se conmemora el natalicio del Libertador Simón Bolívar, su cadáver es descargado en el puerto de La Guaira. Nadie lo espera ni lo reclama. El gobierno y los políticos permanecen tan indiferentes como cuando el militar se enfermaba en la aduana de Las Piedras. Una semana después, unos periodistas logran rescatar el bulto abandonado en un depósito.

Lo entierran el 2 de agosto sin honores ni ceremonia. El káiser de Alemania, su amigo exiliado en Holanda, envía una corona de flores al cementerio y una tarjeta:  “A Rafael de Nogales Méndez, generalísimo en la gran guerra, uno de los caballeros más valientes y nobles que haya conocido”. Recién en 1975 –casi cuatro décadas después– sus restos son trasladados al panteón de las Fuerzas Armadas de Venezuela. Sus condecoraciones se hallan en el Museo del Recuerdo de la Escuela Militar.

Nacionalista y bolivariano

En los últimos años, ha comenzado a rescatarse la figura de este militar hidalgo que proponía la unificación de América latina a través de carreteras y redes ferroviarias construidas sin participación estadounidense ni europea. Una de las personas más activas en esta tarea es el embajador Kaldone G. Nweihed, quien en un prólogo reciente a Cuatro años bajo la Media Luna afirma:

“Su pensamiento político sigue siendo materia prima poco aprovechada. A nivel venezolano era nacionalista, admirador del Libertador y manifiestamente opuesto a la dictadura. A nivel latinoamericano reiteraba su fe en la integridad histórica y cultural del continente con plena autonomía con respecto a Estados Unidos. A nivel universal partía de la defensa de los países débiles desde una plataforma antiimperialista e izquierdista”.

La historiadora Jasmina Jäckel de Aldana coincide:

“Desde el punto de vista nacional, Nogales aparentemente fue influido por la idiosincrasia bolivariana y democrática, mientras que en el aspecto regional latinoamericano se manifestó expresamente panlatinoamericanista y pionero de la unificación. Abogó por la idea de la ‘raza’ latinoamericana unida, como contrapeso a las potencias mundiales, Estados Unidos y Europa, proponiendo la idea original de una alianza con la naciente potencia japonesa”.

En la dedicatoria de Cuatro años bajo la Media Luna, Nogales indica: “Esta modesta obra, escrita con la tosca pluma de un soldado, la dedico respetuosamente a la memoria de mis compatriotas latinoamericanos, desde México hasta la Argentina, que durante la Guerra Magna supieron combatir y morir con gloria para mantener en alto la tradición guerrera de nuestra raza”.

Y muchas décadas después, Otto H. Burguera lo recordará con estos versos:

En su bajel de eterno, errante peregrino,
los inmensos mares de la aventura surca.
Y, sueña cuatro años este andino,
bajo la Media Luna de la bandera turca.


RafaelDeNogales11

Fuentes

Jasmina Jäckel de Aldana, “¿Del aventurero trotamundos al héroe nacional venezolano?”, Estudios de Asia y África, El Colegio de México, enero-abril 2000, en http://www.redalyc.uaemex.mx

Luciana Mc Namara, “Rafael de Nogales Méndez, militar y aventurero: venezolano de película”, revista Encontrarte, fascículo 101 http://encontrarte.aporrea.org/101/personaje/

Rafael de Nogales Méndez, Memorias, Tomos I y II, Editorial Fundación Biblioteca Ayacucho, Colección La Expresión Americana, 1991. Traducción y prólogo: Ana Mercedes Pérez.

Rafael de Nogales Méndez, Cuatro años bajo la Media Luna, Fundación Editorial El Perro y la Rana, Caracas, 2006. Prólogo: Kaldone G. Nweihed.

Rafael de Nogales Méndez, El saqueo a Nicaragua, Fundación Editorial El Perro y la Rana, Caracas, 2007. Traducción y prólogo: Ana Mercedes Pérez.

Violeta Rojo, “Memorias de un aventurero venezolano: Rafael de Nogales Méndez”, Revista Virtual Contexto, N° 8, 2002. http://www.saber.ula.ve/bitstream/123456789/18898/1/violeta_rojo.pdf

ARMENIA: EL EXTERMINIO DE UNA NACIÓN

Publicado 4 abril 2011 por RB
Categorías: Ajustando tuercas

De 1895 a 1896 por órdenes del último sultán del Imperio Otomano, Abdul Hamid II, se masacran 300.000 armenios cristianos. En 1909 la rebelión de los Jóvenes Turcos –movimiento de universitarios y militares– derroca al genocida, pero lo que sigue es un ensayo de lo que después se conocerá como “solución final”

Roberto Bardini

El 24 de abril de 1915, durante la Primera Guerra Mundial, 600 profesionales, intelectuales y artistas de la comunidad armenia en Estambul son arrestados y asesinados. Eran médicos, odontólogos, farmacéuticos, abogados, arquitectos, escritores, profesores, pintores, músicos y actores. Se les acusó de colaborar con el Imperio Ruso, enfrentado a Turquía. A partir de entonces, en un período de cinco años, un millón y medio de armenios es aniquilado sistemáticamente.

El 15 de septiembre de ese año, el ministro del Interior, Talaat Pachá, envía un telegrama a la Prefectura de la ciudad de Alepo –al norte de Siria, entonces parte del Imperio Otomano– con una directiva: “El gobierno ha decidido exterminar totalmente a los armenios habitantes en Turquía. Sin miramientos por las mujeres, los niños y los inválidos, por trágicos que pueden ser los medios de exterminio, sin escuchar los sentimientos de la conciencia, se debe poner fin a sus existencias”.

El 6 octubre, menos de un mes después, lord James Bryce, político y jurista,  comparece en la Cámara de los Comunes de Gran Bretaña y declara:

“La totalidad de la población armenia, en cada ciudad y en cada aldea, fue arrojada fuera de sus casas. Los individuos eran lanzados a la calle; algunos hombres fueron reducidos a prisión, y allí se les dio muerte, después de someterlos a tortura en algunos casos; a los demás hombres, con las mujeres, se les hizo marchar fuera de las poblaciones. A cierta distancia de éstas se los separaba. Los hombres eran conducidos a algún lugar en la montaña, en donde los soldados o las tribus kurdas, llamadas a colaborar en la obra de exterminio, les daban muerte a balazos o a bayoneta”.

Entre 1915 y 1923, cien mil armenios emigran hacia Irak, Siria y Líbano. Alrededor de 200.000 –sobre todo mujeres y niños– son islamizados por la fuerza. Mil 500 templos cristianos son destruidos. El poeta Avedik Isahagian (1875-1957) escribe: “Nacer armenio es una desgracia y vivir como armenio es heroísmo”.

En su momento, las víctimas sólo cuentan con las voces solidarias de los franceses Anatole France y Jean Jaurés, quienes intentan llamar la atención ante la indiferencia mundial.

“Desde los tiempos de Temerlán, la historia no ha vuelto a registrar un crimen tan horrendo y llevado a cabo en tan gran escala”, sostiene el historiador británico Arnold Toynbee, quien colabora con lord Bryce en la redacción del libro Las atrocidades en Armenia: el exterminio de una nación, editado en 1916,  que fue traducido y publicado en Buenos Aires ese mismo año.  Cuando Toynbee escribe esas palabras, aún no se han ejecutado las masacres de judíos en la Segunda Guerra Mundial ni las matanzas ordenadas por José Stalin en la Unión Soviética.

Henry Morgenthau, embajador de Estados Unidos en Turquía, redacta un informe que posteriormente es editado en su autobiografía, publicada en 1918, como el capítulo El asesinato de una nación. Narra el sufrimiento de mujeres y niños famélicos, deportados a pie a través del desierto rumbo a Irak o Siria, y describe torturas, linchamientos y violaciones. “Las grandes matanzas del pasado parecen insignificantes cuando se comparan con los sufrimientos de la raza armenia en 1915”, señala el diplomático.

Uruguay fue el primer país que, en 1965, reconoció el genocidio armenio. La subcomisión de derechos humanos de la ONU lo hizo recién el 29 de agosto de 1985, seguida por el Parlamento Europeo el 18 de junio de 1987. Israel, después de décadas de negarse sistemáticamente a mencionar el tema, en 1994 aceptó informalmente que los armenios fueron “víctimas de matanzas”.

Turquía niega hasta hoy el término “genocidio”. El gobierno reconoce que perdieron la vida entre 250.000 y medio millón de armenios, pero insiste en que fue “represión contra una minoría culpable de colaborar con el enemigo ruso en la Primera Guerra Mundial”.

A Hollywood, cuyos productores se han enriquecido produciendo bodrios desgarradores sobre campos de concentración, nunca le interesó el tema.

MALVINAS: DE MILITARES CAUTOS Y CIVILES DECIDIDOS

Publicado 1 abril 2011 por RB
Categorías: Irreverencias y reverencias

Roberto Bardini

Una mañana de mayo de 1982, dos argentinos se presentaron en la delegación diplomática de su país en Perú y solicitaron hablar con el embajador, que por esos días era un oficial de la marina de guerra. El representante del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional instaurado en marzo de 1976, contralmirante Luis Sánchez Moreno, se sorprendió al escuchar los nombres de los inesperados visitantes a la embajada: Oscar Bidegain y Ricardo Obregón Cano.

Ambos habían sido gobernadores tras las elecciones generales que el 11 de marzo de 1973 ganó la fórmula Cámpora-Solano Lima, del Frente Justicialista de Liberación Nacional (Frejuli). Bidegain, de la provincia de Buenos Aires; Obregón Cano, de la provincia de Córdoba.

Los dos, vinculados a la llamada “tendencia revolucionaria” del peronismo, habían tenido que renunciar a sus cargos en 1974 –Bidegain en enero, Obregón al mes siguiente– a causa del embate de los sectores ortodoxos del movimiento. Los dos, además, habían sido condenados a muerte por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) y tuvieron que abandonar el país.

El almirante Sánchez Moreno sabía perfectamente que sobre ellos pesaba una orden de captura del régimen militar –que él representaba en Perú– por ser miembros de la Mesa de Conducción del Movimiento Peronista Montonero, junto con Mario Firmenich, Roberto Perdía, Raúl Yager, Fernando Vaca Narvaja, Eduardo Pereyra Rossi y Rodolfo Puiggrós.

Sánchez Moreno, por cierto, pertenecía a “la otra Argentina”. Desde 1963 era integrante de la Comisión de Afirmación de la Revolución Libertadora –cuya figura más notoria fue el almirante Isaac Rojas– y durante 1976 dirigió el Centro Clandestino de Detención que funcionó en las instalaciones de la Prefectura de Zárate, por las que pasaron más de cien “detenidos desaparecidos”.

Pero lo que seguramente causó el estupor del embajador fue que Bidegain, de 76 años de edad, se ofrecía para ir como voluntario a la guerra de las Islas Malvinas y solicitaba garantías para su vida a su paso por Buenos Aires.

El ex gobernador, un médico cirujano nacido en Azul, se había recibido a los 22 años. De joven militó en la Alianza Libertadora Nacionalista y a partir del 17 de octubre de 1945 adhirió al peronismo hasta el último día de su vida. Fue diputado nacional desde 1948 hasta 1952 y presidió el bloque del Partido Peronista.

Entre sus proyectos más notorios como legislador figura uno que enuncia la “afirmación de la soberanía sobre el mar y la plataforma submarina hasta 200 millas, sobre las Islas Malvinas y sus adyacencias”. Luego del golpe que en septiembre de 1955 derrocó al general Perón, Bidegain fue encarcelado en la penitenciaría de Las Heras y en el penal de Sierra Chica.

Posteriormente, ya como gobernador, el 14 de noviembre de 1973 presidió el acto que derogó una ley de 1957 que declaraba “reo de lesa patria” al brigadier general Juan Manuel de Rosas.

Y ahora, en Perú, se ofrecía para ir a las Malvinas “como combatiente, como médico o como instructor de tiro”. La entrevista con el embajador duró menos de cinco minutos. Sánchez Moreno, que los recibió de pie y no los invitó a tomar asiento, les pidió que se retiraran. Antes, le dijo a Bidegain que no pisara suelo argentino.

El médico y político ya había tenido una experiencia similar dos décadas y media antes. El 16 de junio de 1955, cuando estaba por cumplir 50 años de edad, se presentó con su pistola para defender al gobierno constitucional en medio de los bombardeos de la Marina a Plaza de Mayo. Un mayor del ejército, Ignacio Cialceta, que era edecán presidencial, le informó que “el general Perón sólo autoriza a los militares a tomar las armas”.

Dos meses después, Cialceta acompañó a Perón a ingresar en la embajada de Paraguay para solicitar asilo diplomático y posteriormente él se exilió en México, donde en 1956 nació su hija Claudia. Sin embargo, al regresar a la Argentina cambió de bando. Luego del golpe de 1976 y con el grado de teniente coronel (retirado), revistó en el Servicio de Informaciones del Estado (SIDE) en Rosario.

El militar duró poco tiempo: exactamente hasta después que su hija y su yerno francés, Ives Domergue, ambos militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), fueron detenidos y asesinados por el ejército en septiembre de 1976.

No se sabe si el almirante Sánchez Moreno y el teniente coronel Cialceta dispararon un arma en sus vidas fuera del entrenamiento cuando eran cadetes. Pero Bidegain –que era campeón nacional de tiro con revólver– en 1947 había participado en el Campeonato Mundial de Tiro por Equipo en Estocolmo, en 1948 en tiro al blanco en los Juegos Olímpicos de Londres y en 1949 fue campeón mundial de tiro con pistola.

Además, que se sepa, el ex gobernador nunca desapareció ni asesinó a nadie. Se podrá coincidir o no con sus opciones políticas, pero siempre fue de frente y con el rostro descubierto. Como cuando aquella mañana de mayo de 1982 se ofreció como voluntario para defender la soberanía argentina en el Archipiélago Sur.

RECORDANDO A JANA, LA NIÑA DE BAB AL-AZIZIA

Publicado 27 marzo 2011 por RB
Categorías: Medio Oriente

Roberto Bardini

Se llamaba Jana. En 1986 vivía con sus padres en Bab al-Azizia –un campamento de seis kilómetros cuadrados al sur de Trípoli– y hoy quizás sería una atractiva muchacha de 24 o 25 años viviendo la zozobra de los bombardeos a Libia.

Pero el 15 de abril de aquel año –cuando apenas tenía 15 meses de edad– el infierno se desató desde el cielo, con rugido de motores, estruendo de explosiones y alaridos de dolor, y su cuerpito fue destrozado por las esquirlas de una bomba arrojada desde un avión cazabombardero F-111 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

Jana era hija adoptiva del coronel Moamar Gadafi, la menor de nueve hermanos. El F-111 que lanzó la bomba en la residencia del líder libio y la mató, fabricado por General Dynamics y equipado por Texas Instrument, mide 19 metros, pesa 37.600 kilos y su costo es de 10 millones de dólares.

El avión integraba una flota de 45 cazabombarderos que en sólo 20 minutos arrojaron sobre Trípoli y Bengazi 300 bombas y 48 misiles, que en total representaban 60.000 kilos de  metal y explosivos. Trece de los aviones tenían la misión de matar a Gadafi.

Una parte de las aeronaves había despegado de dos portaaviones de la VI Flota en el Mediterráneo. Otra, de las bases aéreas británicas de Mildenhall y Fairford, con la aprobación de la primera ministra Margaret Thatcher. Volaron 5.000 kilómetros en 14 horas, bordeando las costas francesas, españolas y portuguesas, a 20.000 pies de altura.

La flota atacante se demoró en llegar a Libia más de lo previsto inicialmente porque los entonces primeros ministros François Mitterrand, de Francia, y Felipe González, de España, no concedieron los permisos de sobrevuelo. Además, los cazabombarderos debieron reabastecerse de combustible en el aire cuatro veces.

Dos de los ocho hermanitos de Jana fueron heridos en el ataque aéreo. Según fuentes estadounidenses, 37 personas perdieron la vida en el bombardeo a las dos ciudades.  Fueron “daños colaterales”, desde luego, aunque fuentes libias aseguran que los muertos fueron más de cien.

¿Cuál fue el motivo de la demoledora incursión?

Diez días antes, a las dos de la mañana del 5 de abril de 1986, había estallado una bomba en la discoteca La Belle, de Berlín Oeste, frecuentada por soldados norteamericanos. Todos estaban destinados a la zona occidental de la ciudad, entonces dividida y ocupada militarmente por Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y la Unión Soviética.

En el atentado –que se presumía organizado por terroristas libios– murieron dos personas y más de 200 fueron heridas, entre las que se encontraban 69 militares. Perdieron la vida Nermin Hannay, una muchacha turca de 29 años, y el sargento Kenneth T. Ford, de 21 años, originario de un suburbio afroamericano en Detroit (Michigan).

El 7 de abril, el presidente republicano Ronald Reagan –asesorado por el director de la CIA, William Casey, y el embajador ante la ONU, Vernon Walters– ordenó una operación militar para vengar el atentado en Berlín y obligar a Gadafi a cambiar su política terrorista. Y los medios de persuasión fueron 60 toneladas de bombas y misiles, de las que posiblemente bastaron unos cuantos gramos de acero para matar a la pequeña Jana, de un año y tres meses de edad.

A veces, cuando se llega al final, se dice que “lo demás ya es historia”. Pero en esta historia lo demás sigue siendo actualidad, aunque hoy –25 años después y en el fárrago de noticias– pocos recuerden a la inocente niña de Bab al-Azizia.

CUANDO UN MARINO ARGENTINO IGNORÓ LA BANDERA DE EE.UU EN REPÚBLICA DOMINICANA

Publicado 15 enero 2011 por RB
Categorías: Iberoamérica

El 13 de enero de 1920, el gobierno y la Marina de Guerra de Argentina dan un noble, atrevido y admirable ejemplo de solidaridad iberoamericana –casi sin equivalente en todo el siglo XX– que ha sido cuidadosamente olvidado por nuestra historia oficial

Roberto Bardini

Sucede en aguas del Caribe. El crucero 9 de Julio, ancla en el puerto de Santo Domingo e ignora la bandera de Estados Unidos, que desde 1907 ocupa militarmente al pequeño país antillano. Rinde honores, en cambio, al inexistente –en ese momento– pabellón de la República Dominicana.

Entre 1899 y 1920, los marines yanquis han desembarcado en Cuba, Honduras, Nicaragua, Haití, México y Panamá. Y en varias ocasiones se quedan unos cuantos años.

En el caso de Dominicana, permanecen hasta 1924. Es “para bien de los dominicanos a pesar de ellos mismos”, escribe convencido el historiador norteamericano Samuel Flagg Bemis en La diplomacia de Estados Unidos en América Latina, publicado en 1943.

Pero esta pequeña historia que culmina en Santo Domingo comienza, en realidad, unos meses antes y en otro país. Exactamente el 24 de mayo de 1919, cuando muere en Uruguay el embajador mexicano Juan Crisóstomo Ruiz, también concurrente en Argentina.

El diplomático es mucho más conocido en toda América hispana por su seudónimo de poeta, novelista y ensayista: Amado Nervo.

El autor de La amada inmóvil y Raza de bronce fallece a los 48 años. “Eran tiempos en que la muerte de un poeta conmovía a pueblos y gobiernos”, escribirá décadas más tarde Carlos Piñeiro Iñíguez, ex embajador argentino en República Dominicana.

El gobierno uruguayo decide que el cuerpo del poeta se traslade a Veracruz en el crucero Uruguay. El presidente argentino Hipólito Yrigoyen acompaña el gesto y dispone que el crucero 9 de Julio lo escolte hasta México.

El comandante de la nave argentina es un desconocido capitán de fragata. Se llama Francisco Antonio de la Fuente y tiene 38 años. Ocho meses después demostrará que es un auténtico oficial y caballero de mar.

Cumplida su misión, inicia el regreso. Tiene instrucciones de efectuar visitas de cortesía en algunos países del Caribe.

El 6 de enero, cuando avista la costa de Santo Domingo, el capitán De la Fuente enfrenta un dilema: debe realizar el saludo protocolar de 21 salvas a la bandera nacional del puerto al que llega… Pero ve que en la fortaleza Ozama, construida por los españoles en el siglo XVI para vigilar el mar, ondea la bandera de Estados Unidos.

Pide instrucciones por telégrafo al embajador argentino en Washington. El diplomático se comunica con la cancillería en Buenos Aires. Y poco después, el marino recibe un mensaje muy claro: por orden del presidente Yrigoyen, debe saludar a la bandera dominicana.

Pero no existe esa bandera en el puerto… No importa. En el crucero hay varias de distintas repúblicas y De la Fuente encuentra una del país que visita. El 13 de enero, fondea frente a Santo Domingo, hace izar el pabellón dominicano en lo más alto del palo mayor y, ante la vista del pueblo que se ha reunido en los muelles, ordena disparar los 21 cañonazos de rigor como saludo a una nación soberana.

Frente a este inesperado gesto de nobleza y homenaje, los dominicanos enloquecen y estallan en gritos de alegría. Inmediatamente se corre la voz y los pobladores se lanzan a las calles, desafiando las ordenanzas de las fuerzas ocupantes.

Algunas personas juntan trozos de tela y los unen precariamente, componen los colores de su enseña patria y la hacen flamear en el torreón de la fortaleza Ozama para ser dignos de ese honor. La felicidad del sufrido pueblo dominicano dura apenas un par de horas, pero es suficiente. Y cuando los marinos argentinos desembarcan, la gente aplaude, los abraza y les entrega ramos de flores.

Así, un viejo –para la época– presidente de 68 años, un poeta romántico y un joven marino amalgaman ética, estética y épica, valores que casi nunca coinciden con la política. Pero cuando lo hacen, son los ingredientes que al gesto más pequeño le confieren dimensión de epopeya. Como este simple episodio de soberanía nacional que honra al respetado y al que respeta.

Pero la historia no concluye ahí. En  1965, en su viaje de instrucción alrededor del mundo, la fragata argentina Libertad se detiene en Santo Domingo y entrega como obsequio el cañón del crucero 9 de Julio con el cual se hicieron aquellos disparos de honor. Aún hoy permanece frente a la Escuela Naval de la República Dominicana como símbolo de amistad entre los dos pueblos.

CUANDO UN OFICIAL DEL EJÉRCITO BRITÁNICO FUE MINISTRO DE DEFENSA EN ARGENTINA

Publicado 19 diciembre 2010 por RB
Categorías: Irreverencias y reverencias

Roberto Bardini

Hijos de inmigrantes eran los de antes. En su libro Contra la ocupación extranjera, publicado en 1968, el periodista Rogelio García Lupo enumera funcionarios y consejeros del círculo íntimo del general Juan Carlos Onganía, quien dos años antes había derrocado al presidente radical Arturo Umberto Illia, y comenta un detalle curioso: “Son hombres que casi nadie conocía, salvo en los círculos financieros, y han teñido las nóminas gubernamentales con la dificultosa pronunciación de sus nombres”.

Entre los apellidos de la lista –que no son criollos ni de origen hispano o itálico– figuran Bauer (Bienestar Social), Frischknecht (Difusión y Turismo), Krieger (Economía), Hirsch (de la empresa Bunge & Born), Helbling (representante de la banca Baring Brothers en Argentina) y Van Peborgh (Defensa).

A diferencia de los actuales inmigrantes bolivianos, peruanos y paraguayos, ninguno de ellos ocupaba espacios públicos –salvo los del gobierno y la administración– ni solicitaba facilidades para conseguir vivienda, porque ya las poseían amplias, cómodas y bien ubicadas. Además de la piel blanca, los ojos claros y los apellidos impronunciables, la característica común de los civiles cercanos a Onganía era su concepción liberal de la economía. A esto se agrega otra, también común: todos estaban vinculados directamente a empresas de capital británico y estadounidense.

Esta circunstancia, en honor a la verdad, incluía a otros altos funcionarios con apellidos menos exóticos. El canciller Costa Méndez, por ejemplo, había sido vicepresidente de Texas Instruments Argentina, subsidiaria de Texas Instruments Inc. de Dallas (Texas), y director de Field Argentina, una firma constructora de viviendas en gran escala, propiedad del magnate Granville Elliot Conway, de Nueva Jersey, que también era dueño de una flota naviera para transporte de petróleo.

Al servicio de Su Majestad

De todos, quien se destaca es Emilio Federico van Peborgh, el ministro de Defensa. Conocido por el apodo de “Mito”, entre sus antecedentes personales exhibía orígenes holandeses, vacaciones infantiles en Suiza y estudios de Economía en Harvard. Era, además, presidente de la fábrica de cristales Rigolleau y director de la Sociedad Minera Argentina (Sominar), que en realidad era norteamericana.

Lo singular de Van Peborgh es una particularidad menos empresarial: durante la Segunda Guerra Mundial se había enrolado como voluntario en el ejército del Reino Unido, donde alcanzó el grado de capitán en la Royal Air Force (RAF).

Aquel servicio a Su Graciosa Majestad británica, sin embargo, no fue suficiente para descollar en su propio país y en su nueva especialidad. La revista Primera Plana lo definió el 18 de junio de 1968 como “el funcionario oficial menos enterado de la intimidad militar”, evaluación que no debe interpretarse como un brote de racismo o xenofobia del semanario fundado por el periodista Jacobo Timermann.

“En condiciones normales, pocos gobernantes habrían tenido la ocurrencia de adjudicar el Ministerio de Defensa a alguien que, por poseer grado militar en un ejército extranjero también ha debido prestar juramento de lealtad a otra bandera y a otro gobierno”, escribe García Lupo, igualmente sin intenciones racistas o xenófobas. “Pero en el caso de Van Peborgh, uno no puede menos que preguntarse sobre los problemas éticos que el nuevo ministro deberá enfrentar para litigar con la reina de Inglaterra sobre las Islas Malvinas o con los importadores británicos de carnes argentinas”.

Doble lealtad

El periódico CGT de los Argentinos, orientado por el dirigente del sindicato gráfico Raimundo Ongaro y dirigido por Rodolfo Walsh, en el que también colaboraba García Lupo, publicó en agosto de 1969 un artículo titulado “Los monopolios en acción”, donde nuevamente se menciona al ex oficial de la RAF:

“La historia argentina de los últimos años deberá cambiarse para que el ministro de Defensa, Emilio van Peborgh, pueda dormir con la conciencia tranquila. Después de la denuncia formulada por un coronel a sus superiores, en el sentido de que Van Peborgh era oficial del ejército inglés, y por lo tanto estaba moralmente inhabilitado para mandar sobre los militares argentinos, se divulgaron algunas actividades del ministro relacionadas con el asunto. Se publicó su entusiasmo por pasearse con el uniforme de la Reina por las calles de Buenos Aires, su placer por retratarse con las insignias de capitán británico, su predilección por hablar solamente en inglés con su familia. Por si fuera poco, apareció otro Van Peborgh, primo hermano del ministro, residente en el balneario de Punta del Este, Uruguay, que explicó cómo había acompañado a su primo en la guerra, él también como oficial inglés. Una manía de la familia, como puede verse”.

La publicación, de la cual sólo salieron 55 números que se distribuyeron entre mayo de 1968 y febrero de 1970, cita declaraciones de Van Peborgh a reporteros que le preguntaron sobre sus servicios al gobierno británico: “Yo fui como voluntario a la Segunda Guerra Mundial, pero como argentino”, se justifica.

“De la respuesta, debe deducirse que existió en la guerra mundial un batallón argentino, o que el ejército argentino participó de dicha guerra, en algún modo”, agrega el periódico. “Hasta el momento, sabíamos que la Argentina había mantenido una celosa neutralidad, siguiendo el histórico antecedente del presidente Hipólito Yrigoyen, igualmente neutral en la primera guerra. Pero no teníamos ninguna noticia de que el ejército argentino se hubiera hecho representar en la guerra por el ciudadano Van Peborgh, de manera que éste, al incorporarse a otro ejército y alcanzar en él grados de oficial, mal podía continuar conservando su condición de ciudadano argentino. En el mejor de los casos estaríamos en presencia de un episodio de doble lealtad nacional”.

Y también sin ánimo de racismo o xenofobia, el periódico propone una adivinanza. “Si la banca Morgan Guaranty Trust de Nueva York compra el Banco Francés del Río de la Plata y el ministro Van Peborgh es director de dicho Banco, su presencia en el mismo, ¿es como ciudadano argentino, como ciudadano inglés, como ciudadano norteamericano o como capitalista internacional sin nacionalidad fija?”.

Nacionalismo equivocado, populismo envidioso

Hace poco, una publicación muy diferente al periódico CGT de los Argentinos entrevistó a Emilio Federico van Peborgh. Se trata de la revista Empresa, de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), que en su número correspondiente a octubre-noviembre 2008 reproduce declaraciones del ex ministro: “Tuve una formación universitaria ‘norteamericana’ que me ayudó a entender las implicancias de la modernidad en el trabajo y la economía”.

El entrevistado se queja porque al término de la Segunda Guerra Mundial, “al regresar al país, ya asumiendo responsabilidades empresarias, conviví con el peronismo y con todo el sacudón económico y social de entonces. Se percibía a partir de 1950 una fuerte orientación económica cerrada, con una gran influencia estatista y mucha presión sindical”. Por suerte, aclara, después del derrocamiento del presidente Juan Perón “surge entre el empresariado serio la necesidad de reorientar la política hacia una economía de mercado que ahora llamamos neoliberal”.

Pero esta suerte, al parecer, duró poco. Y Van Peborgh vuelve a quejarse, ahora de los tiempos actuales: “Lamentablemente, reaparecieron los fantasmas con ideas de encerrarnos en una mentalidad estatista: un nacionalismo equivocado que siguió acompañándonos casi siempre”.

El ex empresario rememora: “Hace muchos años, inversores extranjeros emprendedores abrieron el camino. Pensemos en los años cercanos a 1890, a los que se sumaron más argentinos y extranjeros con visión de futuro. Sin embargo, con el correr de los años, a la política primero, y al populismo después, se agregaron la inflación, la inseguridad de las reglas y cierta envidia o resentimiento a partir del peronismo del 45”.

Es lo que se dijo al comienzo: hijos de inmigrantes eran los de antes.

ADOLFO SALDÍAS Y “EL LODAZAL SANGRIENTO DE LA PRENSA ARGENTINA”

Publicado 16 diciembre 2010 por RB
Categorías: Los dichos y los hechos

[Tercera y última nota]

Roberto Bardini

Ya se dijo que aunque la historia nunca se repite, quizás sea cierto que a veces reitera como farsa lo que antes fue tragedia. Por eso, en algunos momentos conviene recordar un pasado que cotidianamente se reestrena, cuando el enfrentamiento entre unitarios y federales de ayer parece prolongarse entre liberales y nacionales de hoy.

El caso del abogado, político e historiador Adolfo Saldías, fallecido en Bolivia el 17 de octubre de 1914, a los 65 años, y considerado como iniciador del revisionismo histórico argentino, es elocuente. Fue liberal, admirador de Bartolomé Mitre –a quien consideraba un maestro– y uno de los fundadores de la Unión Cívica Radical en 1891. Sin embargo, hoy es –siempre fue– ignorado por la Academia Nacional de Historia, la prensa de efemérides, las generaciones jóvenes e, incluso, la gran mayoría de radicales contemporáneos.

En Argentina siempre hubo motivos para justificar silenciamientos, rendiciones, omisiones, ejecuciones y desapariciones. En el caso de Saldías, su falta grave fue escribir tres tomos de Historia de Rosas y su época, publicados de 1881 a 1887, que se transformaron en cinco volúmenes titulados Historia de la Confederación Argentina en 1892. Con abundante documentación de la época, ofrece una imagen del Restaurador y sus adversarios muy distinta a las versiones unitarias que circulaban hasta entonces y que aún persisten.

La minuciosa y honesta obra de este escritor liberal fue el equivalente a un crimen de lesa patria. José María Rosa lo resume en el ensayo “Adolfo Saldías y la génesis de la Historia de la Confederación Argentina”, publicado en 1960:

“Después llegaría el silencio. Los diarios cobraron una repentina afonía, los críticos enmudecieron, los escritores callaron […]. Nadie hablaba, nadie escribía, nadie comentaba el libro que él creyera iba a conmover a la Argentina. No había ataques ni elogios. […] Nadie comentaba en público el Rosas, pero desaparecía de los anaqueles. Al año de ponerse a la venta el tercer tomo, ya no quedaba un solo ejemplar. ¿Éxito genuino o maniobra de algunos para hacerlo desaparecer? Por consejo de Irigoyen lo volvió a editar, cambiándole el nombre: ahora se llamaría Historia de la Confederación Argentina. La palabra ‘Rosas’ era todavía demasiado fuerte para un libro argentino de historia”.

Para los cenáculos liberales –que más de un siglo después aún mantienen bajo secuestro a la historia, la educación, la cultura y los medios de comunicación– Saldías continúa siendo un “maldito”, uno más entre tantos otros condenados por el index unitariensis.

Hoy, cuando ha estallado la controversia entre periodismo “militante” versus periodismo “independiente”, Saldías adquiere una vigorosa actualidad. Su descripción de la época de Rosas puede aplicarse al cotidiano campo de batalla en el que se miden sin tregua una militancia oficialista acrítica, que abarca los errores, y una enceguecida oposición a todo, que incluye los aciertos.

El historiador menciona “el lodazal sangriento en que se revolcaba en 1843 la prensa argentina de Buenos Aires y Montevideo” y lo describe con estas palabras: “Nunca como entonces se dio mayor publicidad a hechos más bochornosos para un país. Nunca se llevó más allá la diatriba y el insulto en la polémica. Nunca se exageró más las manifestaciones del odio político, en fuerza de la inaudita vanagloria de convencer a los extraños, cuya alianza se buscaba, de que había en la República Argentina una raza de caníbales”. Parecen líneas redactadas hoy.

Cuando se refiere al periodista José Rivera Indarte (1814-1845), autor de las Tablas de sangre y santo patrono de la prensa “independiente”, lo define como un “incansable propagandista de los odios que desgarraron su patria”, que vivía un “estado de combatividad sangrienta” y un “apostolado de difamación”.

Y hay una conclusión de Saldías sobre este calumniador profesional que se puede aplicar, con o sin copyright, a varios comunicadores actuales de la prensa escrita, la radio y la televisión: “De todos sus trabajos no se extrae una sola idea para el porvenir de su patria”.