NO MOLESTAR: PERRO RABIOSO

Roberto Bardini

estrella-de-david.jpg Si a esta altura de los acontecimientos en Oriente Medio alguien todavía cree honestamente que Israel invadió y ocupó Líbano durante 33 días para rescatar a dos soldados capturados por la milicia islámica de Hezbolá, debería salir del error leyendo al judío belga Martin van Creveld, profesor de historia militar de la Universidad Hebrea de Jerusalén.

Van Creveld, un experto en guerra moderna, es el único autor no estadunidense en la lista de lecturas obligatorias para los oficiales del ejército de Estados Unidos. Entre sus libros se cuenta The Transformation of War (Free Press, Nueva York, 1991), donde recomienda olvidar las enseñanzas del teórico prusiano Karl von Clausewitz y establece los lineamientos de las llamadas guerras de “baja intensidad” y de “cuarta generación”.

El historiador, un “halcón” partidario de las deportaciones masivas de palestinos y la limpieza étnica, considera que en el futuro los cuarteles militares serán remplazados por “escondites y depósitos” y el control de la población por parte de las autoridades se realizará a través una “mezcla de propaganda y terror”.

Las deportaciones en masa tienen un lejano antecedente histórico: en el año 586 antes de Cristo, los babilonios ocuparon Jerusalén y llevaron a miles de hebreos como prisioneros a la Mesopotamia, donde con los años se integraron a las poblaciones nativas. Otro antecedente –bastante paradójico– de la propuesta de Van Creveld es la política del Tercer Reich a partir de 1939, cuando Adolf Eichman y los Judenräte (consejos judíos) fomentaban la inmigración masiva a Palestina. La limpieza étnica remite a los años más sangrientos de la guerra que enfrentó a croatas, bosnios y serbios luego del desmembramiento de la ex Yugoslavia. En cuanto al control estatal de la población mediante “mezcla de propaganda y terror” parece ser un tenebroso calco de la novela 1984, de George Orwell.

En enero de 2003, Van Creveld dio una entrevista a una publicación de Jerusalén y citó una frase del general Moshe Dayan, ex ministro de Defensa israelí (1967-1974): “Israel debe ser como un perro rabioso, demasiado peligroso para molestarlo”.

Dayan sabía de lo que hablaba. Hijo de ucranianos nacido en 1915 en un kibutz a orillas del Mar de Galilea, ingresó a la organización militar sionista Haganá a los 14 años, fue sargento de la policía británica en Palestina y terminó preso por actividades terroristas. Al salir en libertad, estudió en la academia militar de Bulgaria y durante la Segunda Guerra Mundial se unió al ejército australiano en Siria, donde perdió un ojo combatiendo a los franceses colaboracionistas de la Alemania nazi. En octubre de 1956, Dayan se fogueó contra el ejército egipcio como comandante en la guerra del Canal de Suez y en junio de 1967 dirigió la llamada Guerra de los Seis Días, en la que Israel se apoderó del Sinaí egipcio, los Altos del Golán sirios, Cisjordania y la franja de Gaza.

Cuando Israel invadió Líbano el 12 de julio pasado, Martin van Creveld escribió que “los ataques del ejército a objetivos libaneses no son exagerados” y que los bombardeos no produjeron una “masacre”, ya que “sólo hubo cien muertos”.

No sólo el historiador belga piensa que Israel debe proceder como un “perro rabioso”. Una encuesta publicada el 27 de julio por el diario Maariv, de Tel Aviv, demostró que el 82 por ciento de los israelíes apoyaba la ofensiva contra Líbano y que el 95 por ciento consideraba que la invasión era justificada. Ante esas cifras, se comprende que al iniciarse la tregua del lunes 14 de agosto el primer ministro Ehud Olmert haya declarado que “Israel tiene razón y no debe dar explicaciones a nadie”.

En un mes de ataques, el ejército israelí mató a 530 milicianos de Hezbolá, masacró a más de mil civiles e hirió a más 3 mil 500 no combatientes. A cambio, perdió 116 soldados y 41 civiles. Se calcula que el costo de la operación, sumando gastos militares y daños materiales en territorio de Israel, es de cinco mil millones de dólares.

¿Todo por dos soldados capturados?

Es más creíble la hipótesis del “perro rabioso”. El problema, sin embargo, es que parece que no hay vacuna antirrábica que valga.

Y el perro lo sabe.

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